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En transición

El paso inexorable del tiempo continúa. El invierno se derrite y la primavera nace y crece con fuerza en esta ciudad gris. Sus habitantes despiertan finalmente del frío letargo y se van desperezando poco a poco. Algunos más rápidos que otros, como si ya la primavera les hubiera alterado ya la sangre. En este impasse, me encuentro yo en un standby, en un momento de espera que no sé cómo va a acabar. Sin embargo, cada vez me preocupa menos lo que tenga que ser, lo que tenga que venir.

Hace ocho meses aterrizaba en Toronto sin más sostén que una maleta y una bolsa de viaje. Eso sí, también contaba con un puñado de amistades, que me acogieron como si nunca me hubiera ido, como si siempre hubiera sido parte de sus vidas. Tras infructuosos intentos de lograr mis propósitos a la primera, resultó que el azar y la casualidad prefirieron que los fuera alcanzando sin proponérmelo.  Primero, vino un mes de búsqueda errática, de frustración palpable y de desilusionada resignación. Tras ello, me así a la suerte de haber encontrado una grieta en ese gris túnel que me sumía en el caos. Apareció la tienda de vinos, y sin pretenderlo, el trabajo de profesor de español.

Entrados ya en este nuevo año, a las clases se sumaron las horas matinales de oficina, con lo que finalmente hallaba la estabilidad largamente buscada. Al éxito profesional, se sumó el personal. En un pestañeo, acabé dejando un celibato bien largo para descubrir una relación que sigue viva y crece con fuerza. Con planes futuros, proyectos a medio plazo y, sobre todo, grandes dosis de ilusión, vuelvo a navegar en un mar de incertidumbre. Eso sí, ahora yo no soy el que ha de pergeñar mis acciones futuras. Lo único que me toca es esperar. Vivir en transición.

Al echar la vista atrás, y rememorar lo andado, el miedo se disipa. Hace ocho meses apenas podría haber imaginado que llegaría hasta este punto, hasta esta existencia única que late aquí y ahora. La vida no está para vivirla mañana, la vida está para disfrutarla hoy. Por ello, aunque en el horizonte sólo haya nubes, o quizás un cielo despejado, lo único que me queda es esperar, dejarme llevar, volar soñando. Desconozco lo que ha de venir, pero prefiero entregarme con pasión y jugar con el azar y la casualidad.

Esto no es un principio, tampoco es un final. Esto es una continuación. Es una rueda que gira y que, aunque, a veces, parezca que se pierde por algún recodo, sabe muy bien por donde va. Sin grandes novedades, me despido esperando que la espera no desespere y que mañana el cielo siga siendo azul y yo siga soñando.

Corriendo hacia mi destino

Mis admiradores más enardecidos se han quejado reiteradamente en los últimos días por mi falta de diligencia al no publicar nada la semana pasada. En fin, los oriundos de la península Ibérica tendemos hacia la más irremediable procastinación y, en algunos casos, incluso hasta la desidia nos vence. Lo sé, lo sé. ¡Excusas, excusas! Como las que muchos nos ponemos para no ir al gimnasio en un día perezoso. En todo caso, más vale tarde que nunca y, por ello, aquí y ahora os presento la historia silenciada de mi vida en Toronto durante los últimos días.

En el transcurso de todos estos meses, he pretendido tejer las complejas relaciones que el azar y la casualidad nos tienen preparados. Sin duda alguna, esta última quincena ha sido inequívocamente determinante para mi futuro próximo. No quisiera decir transcendental, porque suena demasiado rotundo. Por ello, ruego a la fortuna que me ayude una vez más en los proyectos futuros. Me encantaría poder relataros las maquinaciones maquiavélicas en las que me hallo, pero por miedo a recibir un mal fario me esperaré aún un tiempo para destripar todos mis planes. Os lo podéis tomar a risa, pero todavía me acuerdo de aquel amigo de la infancia que fue a hacer unas pruebas para un laureado equipo de fútbol español, y después de haber propagado la noticia a diestro y siniestro, no consiguió entrar en el equipo por culpa de una lesión tras un accidente de tráfico. Por ende, para no tentar a la suerte me voy a quedar chitón.

De cualquier modo, lo que sí os puedo avanzar es que los pronósticos parecen halagüeños. No lo digo por las probabilidades estadísticas por las que pueda conseguir mi meta. Si no, por el hecho de que se ha cumplido mi primer gran axioma de la teoría de los principios malos. Para los no avezados en esta creencia mía, la resumo en que para alcanzar el objetivo propuesto, todo debe empezar a la contra. Y así ha sido de nuevo esta vez. El sábado 22 de abril fui convocado a un examen para certificar mi nivel de inglés. Este requisito era perentorio para las gestiones que debía tramitar más adelante. Al llevar una vida desasosegada, el único día para el que me podía inscribir era en la fecha mentada.

Ese sábado tras levantarme, me dirigí a la escuela de aprendizaje de español done imparto clase. Allí comuniqué a mis alumnos que terminaríamos la sesión algo antes, debido a mi compromiso. Todos asintieron conformes y comenzaron mis suplicios gramaticales. A las 11.45 me dispuse a salir del centro para tomar el metro y dirigirme hacia el este. Según Google maps, el trayecto me llevaría algo menos de una hora y debería tomar dos metros y un autobús. Mentalizado, me senté y me dejé llevar. Al llegar a la estación de Kennedy, punto final de la línea 2 del metro. Una encartonada voz metálica nos informó de que la conexión en metro de la línea 3 no era posible a causa de unas obras. Eran las 12.25. La compañía de transporte público, Toronto Transit Commission (TTC), proveyó unos autobuses que hacían el mismo recorrido. Raudo, subí las escaleras para colarme en un vehículo justo antes de que partiera. Satisfecho por la hazaña, me senté y me dispuse a esperar. No obstante, se ve que no tenía toda la suerte conmigo. A pesar de mis prisas, el conductor parecía que no sentía devoción por la velocidad ni por los carriles rápidos.

Cuando llegamos a la penúltima estación de metro, Scarborough Centre, era el único pasajero que continuaba en el autobús. El señor que no me había visto comenzó a departir con un superior, con el fin de acabar su jornada laboral. El gerente le comunicó que me debía dejar en la estación siguiente y que podía irse a casa. El conductor se puso en marcha. Sin embargo, nunca me dejó en la última estación. Tras pasarla sin detenerse, en el cruce de las calles Grangeway Avenue y Progress Avenue, se detuvo y me preguntó que hacia dónde me dirigía. Al decirle que tenía un examen, que empezaba en 15 minutos y que el centro se encontraba en la calle donde estábamos, pero dos kilómetros hacia el este, el hombre se hizo el sueco y se negó a llevarme. Como no me dio ninguna alternativa, más allá de tomar otro autobús, en la calle en la que me entraba en donde no había ninguna marquesina, le di los buenos días y me fui corriendo. Cargado con mi mochila, comencé a recorrer la distancia que me separaba de mi futuro, de mi vida próxima y de los sueños, ideas y proyectos que ya empiezan a emerger en mi cabeza.

Consciente de que si llegaba tarde y el examen empezaba, no me dejarían entrar en el aula y debería esperar a otra fecha. Agotado por el esfuerzo de correr hacia mi destino, ojeaba el inexorable paso de las manecillas del reloj. Minuto a minuto, mis esperanzas se iban derrumbando. Poco a poco, los ojos se me iban llenando de unas lágrimas amargas, que ya había probado un lúgubre dieciséis de junio de 2006, cuando nunca pude sentarme en el avión que me tenía que llevar a Barcelona, para realizar otro examen y empezar otra vida.

Aquella vez y esta, han tenido solución. Finalmente, sin resuello alcancé la clase y pude sentarme a hacer el examen. Eso sí. Todas las instrucciones sobre el estado en el que debía presentarme a un examen, creo profundamente que las incumplí. Al menos, las de haber comido, haber llegado puntual y estar relajado. Tras este susto que el azar y la casualidad me tenían previsto, el resto de gestiones ha seguido su curso y todo sigue en marcha. No sé si mis planes y los del destino son los mismo, pero para averiguarlo tanto vosotros como yo tendremos aún que esperar.

Lo quiero para ya

Tras la historia melodramática de la semana pasada, este jueves vengo con noticias mucho más alegres. Todo ello por la espiral de felicidad en la que me veo envuelto y por haber celebrado recientemente el día en que este mundo me vio nacer. Aún sigo inmerso en los preparativos de los festejos de esta fecha tan señalada en mi calendario personal. Sin embargo, mi intención hoy no es enumerar el pantragruélico banquete que tengo en mente para la fiesta que estoy preparando para el sábado, sino que me voy a decantar por mi torbellino laboral.

Esta semana ha sido clave en mi situación laboral y económica en Canadá. El azar y la casualidad han querido que el mismo día, ayer, en el que, por cierto, cumplía años, se juntara el final de mi contrato en la universidad donde impartía las clases de español con mi nuevo trabajo de oficina. De hecho, ese mismo día dije adiós a uno y firmé el contrato del otro. Muchos dicen eso de a rey muerto, rey puesto. Pues yo, en amor no soy tan rápido, pero se ve que en asuntos del trabajo, tiro de uno a otro como si fuera de oca en oca.

Debo reconocer que llegar hasta el punto de tener tres trabajos puede resultar excesivo. Todavía me pregunto de donde saco el tiempo y la energía para dar el cien por cien a todo, incluida mi ajetreada vida personal y social. Sin embargo, me considero una de esas personas que cuando se propone algo, o se le cruza algo entre ceja y ceja, va hasta el final o, en su caso, hasta sus últimas consecuencias. Pues bien, las clases en la universidad han sido una experiencia buena desde el punto de vista docente. He podido mejorar como profesor y aumentar mis recursos educativos. Asimismo, ha sido una actividad enriquecedora también en el plano personal. Tanto hemos compartido estos días que hasta una amiga me ha hecho un regalo el último día: una caja con magdalenas coronadas por natas de colores y tréboles verdes de la suerte. Es bonito que cuando no te esperas nada, alguien muestre este tipo de detalles.

Para ser justos, este no es el primer regalo que recibo como profesor en Toronto. No es que quiera yo convertirme en uno de esos políticos que reciben ofrendas por favores, pero no le voy a quitar la ilusión a nadie. Hace unas semanas, unas señoras a las que imparto clase en la escuela de aprendizaje del español me vinieron con la propuesta de leer un libro juntos y comentarlo en clase. Yo les propuse unos cuantos y, finalmente, se decantaron por “El tiempo entre costuras” de María Dueñas. Pues bien, en cuanto tomaron la decisión, me compraron un ejemplar para mí. La verdad es que podría haberlo adquirido yo, pero es un bonito gesto que me lo regalaran.

Finalizada la etapa de la universidad, ahora ya estoy imbuido en los quehaceres burocráticos correspondientes a mi nuevo trabajo de oficina. La verdad es que en los pocos días que llevo en mi puesto he vivido una serie de acontecimientos totalmente variopintos. No obstante, lo que más me ha llamado la atención es una dinámica que se repite en varios casos. Todos quieren saber que es de lo suyo para ya. Me sorprende enormemente el grado de insistencia, impaciencia e intransigencia al que algunos pueden llegar. Sí, sí, las tres cualidades y en ese orden. Asimismo, muchas veces toda su disconformidad viene dada por pura ignorancia. Muchas veces producto de un desinterés propio mostrado en el pasado, que fomenta su frustración. A pesar de cualquier error humano, se ve que la autocrítica es algo que les gusta poco practicar.

En todo caso, más allá de conversaciones hostiles, mi nuevo puesto de trabajo también me ha brindado la oportunidad de maravillarme con el ser humano. No una ni dos ni tres veces ya me he encontrado con personas que se encuentran en situaciones no deseadas por pura dejadez de sus funciones. No sé si es la desinformación, la desidia o el olvido, pero lo que sí que es común es ese cabreo patente que no se sienten tímidos de reprimir o evitar.

En fin, una cosa tengo clara. El trabajo queda en la oficina y la vida personal, fuera. Quien quiera enfadarse, que se enfade; quien quiera contentarse, que se contente; y quien no sepa lo que quiere, que se aclara, pero que no maree la perdiz. Me despido una semana más, pero esta vez diferente. Ya con 29 años, y más cerca del abismo de los 30 y de una vida adulta que ha llegado volando sin haberme dado cuenta. Empiezo esta etapa nueva con la suerte de mi lado y con todo lo que durante mucho tiempo he estado buscando. A la espera de cambios en el horizonte, vivo el presente mientras me entretengo con estas necedades, que ponen el punto gracioso a esta vida mía.

La llama de mi hijo es Gustavo

El día a día está lleno de casualidades. A veces ya ni me sorprendo de que las cosas sucedan de la forma en que lo hacen. Si no existieran estas anécdotas, probablemente, ahora no estaría redactando estas líneas. De hecho, uno de los objetivos de este blog es contar estas casuales coincidencias con un toque de humor.

Esta semana me han pasado dos cosas un tanto curiosas. Empezaré con una relacionada con mi post anterior. Entonces comentaba mis impresiones sobre algunos aspectos del proceso selectivo en el que me vi inmerso. Pues bien, lo más sorprendente fue lo que me ocurrió cuando finalice la entrevista personal, que daba por finiquitada mi fase de pruebas para alcanzar el puesto ansiado. El hombre que me acompañó a la salida, un español de origen, con ya varios años en Canadá, me hizo un comentario que, como se dice en estos tiempos modernos, me dejo “ojiplático”; esto es, con los ojos abiertos como platos. Lo que me pareció tan chocante fue el hecho de que habíamos sido compañeros de clase durante un curso hace ya más de cinco años. Supongo que podréis imaginaros la cara de estupefacción que se me quedó ante tal noticia. De hecho, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue si me había reconocido, cosa que me sorprendía y me asustaba por igual. Sin embargo, el temor desapareció rápidamente, cuando comprendí que ese curso estaba anotado en mi currículo y deduje, por sus palabras, que era consciente de tal casualidad por ese motivo. Cuando decimos que el mundo es pequeño, a veces puede llegar a resultar diminuto.

Esta historia me recuerda a otra que me sucedió cuando era un mozalbete de diecinueve años y estaba cursando un curso de verano de neerlandés en Zeist (Países Bajos). En aquella ocasión, tras haber pasado tres semanas en un hotel en medio de un frondoso bosque, uno de los camareros que nos servía cada día se acercó a mí. No me acuerdo de si se dirigió a mí en inglés o en neerlandés, pero sí de su pregunta. El chico quería saber si era de Barcelona o vivía allí. Por aquel entonces, aunque los veranos los pasara en Asturias, mi residencia la tenía en la Ciudad Condal. Al asentir, él me juró y perjuró que me había visto en mayo en Las Ramblas. Aún no sé si esto fue una triquiñuela para ligar conmigo o sólo una coincidencia, pero, bueno, reitero lo dicho: “el mundo es muy pequeño”.

Volviendo al presente. Otra de las casualidades que me han sucedido recientemente no tiene mayor importancia, pero me ha parecido curiosa también. Hace unos días fue la gala de los Globos de Oro en Los Ángeles. En este evento Meryl Streep dio un discurso que no dejó a nadie indiferente, en especial, al próximo calientasillas del despacho oval. Al ver el homenaje que le hacían, pensé que sería una buena ocasión para repasar su filmografía. Me decanté por la película La muerte os sienta tan bien (1992), en la que Meryl Streep interpreta a una actriz que va viendo cómo la juventud se le escapa de las manos y busca todos los medios para remediarlo. El pasarme una tarde viendo este filme no habría tenido el mayor interés, sino fuera porque el martes pasado, en el cine, al comenzar los créditos de la película Aliados (2016) leo: “Directed by Robert Zemeckis”. El mismo director que en la cinta de 1992, y yo sin proponérmelo. A veces, las cosas pasan porque sí y no hay que buscar muchas explicaciones. No es que sea un hecho relevante, pero me llama la atención que nunca hubiera oído el nombre de ese señor y que en menos de siete días hubiera protagonizado dos momentos de mi vida. En fin, coincidencias.

Y antes de acabar con el post de esta semana, me gustaría traer a colación un juego de palabras que me sucedió en una de mis clases. Estaba hace unos días con uno de mis alumnos repasando las maneras de presentarse en español. Básicamente, tres: “Me llamo Pablo”, “soy Pablo” y “mi nombre es Pablo. Pues bien, resulta que a los anglófonos que se aventuran en el aprendizaje del español les cuesta diferenciar estas tres formas. Por eso, cuando estábamos practicando el otro día estas fórmulas, en vez de responderme que “mi hijo se llama Gustavo”, mi buen estudiante cometió un lapsus linguae y mencionó que “la llama de mi hijo es Gustavo”. Supongo que no hacía referencia al bonito animal de Los Andes. En fin, paciencia, buenos alimentos y repetir mis lecciones tantas veces como sean necesarias. Que visto lo visto, van a ser muchas.

Primavera viajera (Parte I)

Desidia. Palabra que describe mi actitud con respecto a este blog en los últimos meses. Me malacostumbro y al final pierdo el norte. En todo caso, ya lo dice el sabio refranero español: “Más vale tarde que nunca”. Por ello, intentaré ser más constante y escribir con mayor asiduidad. Vanas promesas que espero cumplir, aunque confieso que soy débil y me dejo llevar por la desidia.

8 de junio. Ni un sólo post en todo mayo. La verdad es que he estado ocupado. Pero no todo empezó en el mes de las flores, sino que hay que trasladarse al mes de las lluvias, abril, para retomar mi historia aparcada. Lo bueno de escribir con tanto desfase temporal, es que puedes hacer acopio de muchas experiencias vividas en un mes y sintetizarlas en unas breves líneas. Lo malo es que la memoria te puede jugar una mala pasada y hacerte olvidar anécdotas verdaderamente reseñables. En los próximos posts intentaré esforzarme para que no se me quede nada en el tintero, a la vez que echaré mano de la síntesis como recurso estilístico. Aun así, muchos sabéis que no soy parco en palabras y que me agradan sobremanera las perífrasis y demás parafernalias.

Abril. Ottawa. Fiesta hipster. Nueva York. Arantxa. 30 días de mi vida explicados en cinco conceptos y siete palabras. Me deberían de dar un premio a la simplificación. Tras este arrebato idólatra tan inherente a mi forma de ser, procuraré ser más prolijo en mis explicaciones. El primer punto de este relato tiene lugar entre el 31 de marzo y el 4 de abril, justamente la semana en la que tuve que ir a trabajar a Ottawa. Por entonces, disfrutábamos en Toronto de un tiempo envidiable. El domingo anterior a mi partida habíamos ido a tomar el sol a la plaza de Nathan Philipps, donde se erige el ayuntamiento de la ciudad, después de haber probado un suculento almuerzo en un restaurante japonés y de haber presenciado una manifestación en contra del referéndum de autodeterminación de Crimea.

Pues bien, ya el lunes con mi maleta en la mano me dispuse a coger mi camino hacia el aeropuerto Billy Bishop Toronto City, más conocido como “el aeropuerto de la isla”, dado que se encuentra en una de las islas de Toronto. Un metro, un autobús y un ferry fueron necesarios para poder llegar. Eso sí, el skyline de Toronto a una hora tan temprana de la mañana es digno de ver. Una vez instalado en mi asiento, despegamos y poco a poco iba dejando la primaveral Toronto para ir adentrándome en la invernal Ontario, aún cubierta de nieve. En una hora de vuelo había pasado de una incipiente primavera a un invierno persistente. En el taxi a la oficina, el taxista me pretendía alentar con la idea de que Ottawa es muy bonita en verano. Lo que no dudo en absoluto, pero, entonces, mis ojos no veían más allá de la incesante nieve amontonado por doquier.

El taxi me dejó en la Oficina y allí me dirigí con paso decidido, arrastrando mi pequeña maleta. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Una ciudad diferente, un lugar de trabajo distinto y gente desconocida. No obstante, el trato fue cordial en todo momento y me gustó poder desconectar de mi vida torontoniana durante una semana. Ottawa es una ciudad bonita, aunque, para mi gusto, pequeña. Quizás, ya me he acostumbrado a grandes urbes como Barcelona, Madrid o Toronto. En todo caso, lo bueno de las ciudades pequeñas es que son muy manejables. La Oficina está en el centro de la ciudad, a 10 minutos del hotel donde me hospedaba (valga decir, que la habitación en la que me alojaba era más grande que mi propio apartamento y que el hotel contaba con gimnasio y piscina), el Parlamento de Canadá (principal atracción turística de la ciudad) quedaba a un tiro de piedra, además de otros sitios de interés, que, por pereza o por desidia, no visité. Sabía que volvería a ir, así que tampoco pretendía hacer un recorrido turístico al estilo japonés. Básicamente, los cinco días que estuve allí fueron de relax, desconexión y tranquilidad.

Al menos, tuve esa calma durante la estancia, ya que el vuelo de vuelta a Toronto fue de todo menos sosegado. Tras compartir el taxi con un desconocido que me invitó al trayecto, llegué al aeropuerto con tiempo suficiente antes del embarque. Una vez sentados todos los pasajeros, que difícilmente llegaríamos a la treintena, el avión despegó. El viaje fue en general cómodo. Sin embargo, en cuanto nos dispusimos a descender, comenzaron todas las penurias. Turbulencia tras turbulencia, el avión se aproximaba al aeropuerto, cubierto por una espesa capa de niebla que parecía que nos mantenía en un limbo inquietante. Blanco era el único color que se veía a través de la ventanilla. Una inmensidad blanca. Nada más se vio durante un rato, hasta que finalmente una masa de agua oscura se perfilaba debajo del aparato. Era el lago Ontario. Y justo detrás nuestro estaba el aeropuerto. El piloto no había calculado bien y no era capaz de aterrizar. Ante el nerviosismo de los pasajeros, sonó la voz enlatada de la cabina. Parafraseo: “Debido a la poca visibilidad no he podido aterrizar el avión. Lo intentaré una segunda vez. Cruzad los dedos. Si no lo consigo, nos volvemos a Ottawa”. No sé qué me horrorizó más si pensar que tenía que pasar un minuto más en ese avión o si verme de vuelta en Ottawa sin nada que hacer. Hubo suerte. A la segunda, aterrizamos. Ya en la pista, una señora que estaba sentada cerca de mi exclamó: “Thank you, pilot, for keeping me alive” (“Gracias, piloto, por mantenerme con vida”). Yo entonces sólo pensaba en tomarme una copa y calmar los nervios. En casa, eventualmente, cayó un chupito de vodka.

Así empezó abril y mi primavera viajera. El siguiente viaje sería Nueva York, pero entremedias celebramos la segunda fiesta temática: la fiesta hipster. Mi disfraz: una barba espesa, una camisa roja y bastante llamativa, un gorro de punto y unas gafas de sol. Leñador canadiense me llamaban. En verdad, no sé si acerté o no con el atuendo. En todo caso, creo que lo del hipsterismo no va mucho conmigo. Hay que comerse demasiado el tarro en una estética que no pega mucho con mi personalidad. Eso sí, para pasar un rato divertido y ser alguien diferente por una noche, el disfraz me vino de perlas. Y con esto y un bizcocho escribo punto y final al post de hoy y prometo no demorarme en escribir el siguiente, a no ser, claro está, que me pueda la desidia.

Carnaval a bajo cero

Lo admito. Soy un vago. Tanto en Toronto, como en España, como en cualquier sitio donde esté. Si no lo fuera, este post lo habría escrito hace justamente un mes, semana arriba o semana abajo. Sin embargo, los vaivenes de la vida te vuelven perezoso e inconstante, por lo que me he visto obligado a posponerlo sine die hasta hoy que he encontrado un momento de tranquilidad para escribir cuatro líneas. Pues bien, una de las películas que más me gustan es Le premier jour du reste de ta vie (“El primer día del resto de tu vida”) de Rémi Bezançon.  Saco a colación esta cinta, porque en una escena la madre de la familia protagonista pregunta a su hijo (interpretado por Marc-André Grondin, actor oriundo de Montreal) si sabe lo que es la “procrastinación”. Éste a duras penas es capaz de pronunciar tal vocablo, así que obviamente también desconoce su significado. Para los que nunca hayáis escuchado esta palabra, indica el hábito de realizar actividades más entretenidas e irrelevantes en lugar de aquellas tareas que son más urgentes. En castellano plano, es el antónimo del famoso refrán: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Vaya, la historia de mi vida.

Así pues, si hubiera sido más raudo con la pluma, o en este caso con el teclado, os podría haber detallado con mayor precisión mis aventuras y desventuras de principios de marzo. No obstante, intentaré hacer acopio de aquellas anécdotas que puedan resultar de interés. Y por ello, nos tenemos que trasladar al 8 de marzo, conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. De hecho, no sé si sigue llevando esa coletilla final, pero mis creencias religiosas me obligan a añadir el adjetivo. Además de ser un día tan importante para nuestras sociedades, también es una fecha muy señalada en mi calendario, dado que fue justamente ese día hace 26 años cuando decidí aparecer en este mundo. Podrían surgir cientos de debates sobre la génesis de mi aparición en relación con el momento preciso, esto es, la concepción o el alumbramiento, pero no me apetece iniciar una disertación sobre aspectos ético-morales y metafísicos. Por el contrario, quiero hablar de mi cumpleaños.

El cumpleaños es un día importante. Algunos se lo toman peor, otros mejor, yo, en particular, me siento contento. Mentiría si dijera que no es duro pasar esa fecha tan señalada sin el cariño de los seres queridos, pero es lo que hay, así que no me queda otra. Para ese día tan especial tuve la idea de organizar una fiesta de cumpleaños. Llamadme original. No es que no me gusten las fiestas sorpresa, pero seamos serios, cuando uno no hace nada para celebrar su cumpleaños, ¿quién no se imagina que sus amigos le tendrán algo preparado? Por ello, para no cargar a nadie con responsabilidades innecesarias, y porque, además, es algo que me encanta, tomé la decisión de celebrar una fiesta, más concretamente una fiesta temática. Por aquel entonces, mi cabeza en lo único que podía pensar era en que el invierno me estaba amargando la existencia. Por ende, tomé le resolución de enfrentarme a todo pronóstico meteorológico y propuse festejar mi aniversario con una fiesta veraniega. La idea tuvo gran acogida, más si cabe, porque ya era marzo y aún no habíamos celebrado el oportuno carnaval con sus típicos disfraces. Así pues, ¡qué mejor ocasión que una fiesta espontánea para evadirse y dejar a un lado la rutina diaria!

El tema de la fiesta debo reconocer que era facilón. No obstante, mi carencia de vitamina D me animaba a urdir esta estratagema para saciar mis ansias de sol, incluso si la fiesta no me iba a proporcionar la calidez de los rayos de Lorenzo. Principalmente, porque era de noche, pero, además, porque en el mundo real seguía haciendo frío. En resumidas cuentas, que ahí estábamos un grupo de entre diez y quince personas, ataviados con ropa de playa y bailando al son de canciones más propias de otras tierras y otras épocas del año. No quiero caer en la soberbia, pero debo afirmar con rotundidad que la fiesta fue un gran éxito. Al menos, esa es la impresión que da cuando miro las fotos de esa noche.

Aparte de celebrar el carnaval con esencia veraniega, también llegó el momento de hacerlo vestidos de verde. No por la esperanza o por la primavera, sino que por el día de San Patricio, el 17 de marzo. Como, al parecer, no tuvimos suficiente con disfrazarnos la semana de antes con nuestros atuendos veraniegos, fuimos a Dollarama a aprovisionarnos de todos los accesorios necesarios para alumbrar nuestra chispa verde. Yo me compré un gorro, unas gafas y un colgante en forma de trébol. He de indicar que el dichoso collar de plástico me dejo una marca verde en todo el cuello, por lo que no sabía si me estaba transformando en Hulk o en la Malvada Bruja de Oeste. En todo caso, de este detalle no me percaté hasta la mañana siguiente. Nuestra particular celebración de San Patricio transcurrió como cualquier fin de semana normal, pero con un toque verde. Eso sí, la gente que nos cruzaba con la calle nos saludaba y sonría de una manera peculiar, e incluso nos felicitaba por haber dejado la vergüenza en casa.

Fue un día memorable, o mejor dicho, un fin de semana diferente, ya que además de la noche de juerga, también asistimos al desfile de San Patricio, en el que participó el mundialmente conocido alcalde de Toronto, Rob Ford. Desgraciadamente, no tuve la suerte de conocerlo. Otra vez será. Lo que sí que tuve la ocasión de presenciar es la unión de toda la ciudadanía de Toronto alrededor de la festividad de este santo irlandés. Nunca había ido a un desfile de San Patricio, así que tampoco sabía lo que me iba a encontrar, pero, sin duda, una charanga de chinos no estaba ni remotamente en mis quinielas.

En definitiva, “a mal tiempo, buena cara”, así que hemos decidido celebrar fiestas temáticas con asiduidad. Será que nos gusta lo de disfrazarnos. De hecho, la próxima será este fin de semana y ya lo tengo todo preparado, pero debido a mi vagancia innata, probablemente no os la contaré hasta dentro de unos cuantos días; cuando, por fin, haya conseguido ponerme al día. En esta batalla sólo puede quedar uno: la pereza o yo; aunque me cueste, resistiré.

La torre de Babel

Antes de llegar a Toronto, muchos de mis allegados, amigos, familiares y conocidos en general se obsequiaron con ciertas útiles indicaciones de cómo iba a ser mi vida en Toronto. Algunos conocían la ciudad y me animaban efusivamente a descubrirla, mientras que otros se decantaban por transmitirme los tópicos típicos sobre la metrópoli canadiense. Muchos de ellos no eran más que prejuicios o puro desconocimiento.

En España hay tres historias que la gente te cuenta cuando sabe que vas a vivir en Toronto. En primer lugar, el tema estrella de conversación es el frío. Por norma general, la mayoría de españoles con los que hablé antes de venirme para aquí me comentaban que iba a pasar mucho frío, porque iba prácticamente al Polo Norte. Me resulta graciosa la ignorancia de la gente o la falta de curiosidad sin más. Cierto es que Canadá es un país que se encuentra muy al norte, pero si alguien cogiera un mapa y se parara a mirar dónde está situado Toronto (latitud 43º 42′ 59.72″ N), comprobaría que no me hallo en la tierra de los osos polares. De hecho, si lo comparamos con mi pueblo natal, Oviñana/Ouviñana (Asturies), comprobamos que se encuentra ubicado en la latitud 43º 35′ 2.9004″ N. Por ende, sólo me he desplazado hacia el oeste unos cuántos miles de kilómetros, más concretamente, 5.687 kilómetros. Cuatro pasos de nada…

En segundo lugar, muchos te cuentan la historia de un argentino de Santa Fe que se fue a vivir a Toronto cansado de su país. Tras pasar unos idílicos días otoñales en Canadá, se maravilla del primer día en que los copos de nieve invaden el cielo dejando un manto blanco tras de sí. Al cabo de los días, el pobre hombre se da cuenta de que la nieve no cesa de caer y que hace un frío insoportable. Entonces, comienza a maldecir el día en el que se le ocurrió montarse en un avión con rumbo Toronto. Al final, no duda en marcharse y volverse a su país de calor y mosquitos. La comparación entre su historia y la mía dista mucho en asemejarse. No niego que estoy ya un poco hasta las narices de la nieve y del frío, pero la promesa de un verano cálido y de una ciudad que despierta del largo letargo invernal me seduce y me tienta. ¿Cuánto puede cambiar la perspectiva de una ciudad al pasar de ir disfrazado con capas y capas como una cebolla a ir ligero de ropa enseñando carne? Hasta que no lo viva os tendréis que quedar con la intriga…

En tercer y último lugar, posiblemente, el chascarrillo más manido y utilizado hasta la saciedad en relación con Toronto es el que comienza con la famosa pregunta: “¿Sabes qué se ve desde la torres más alta de Toronto (la CN Tower, para quienes lo desconozcan)?; y sigue con la respuesta: “Torontoentero”. ¿Absurdo? Sin lugar a dudas. Pero, indiscutiblemente, en España se ha extendido más rápidamente que la Coca-Cola.  En todo caso, de torres va el post de hoy y no se trata de ningún doble sentido. Más concretamente, quiero hablar de la Torre de Babel, aquel edificio erigido en la antigüedad en Babilonia en donde se hablaban infinidad de lenguas. Si juntamos este concepto con el de Toronto, obtenemos: Toronto Babel. Se trata de un grupo de gente que queda todos los miércoles en un bar de la calle Queen West para conocer a gente de otros países y aprovechar para hablar diferentes idiomas. Un servidor ha frecuentado estos encuentros un par de veces. Unas veces conoces a gente encantadora y otras veces a gente no “tan” encantadora. De cualquier modo, hay un par de anécdotas que me han ocurrido durante estas reuniones. Por ejemplo, el primer día que fui conocí a los dos organizadores: un brasileño y una rusa.  Sin embargo, la mayor parte de la tarde la pasé  jugando al billar con un chico que quería aprender español. Le gané las tres partidas. Resultado: No lo he vuelto a ver más. Espero que no se lo tomara como algo personal.

Asimismo, tras haber ido un par de ocasiones, acabé haciendo buenas migas con la chica rusa. La verdad es que me ayuda un montón a mejorar mi paupérrimo ruso. Sinceramente, apenas la entiendo cuando me habla en ruso, pero, bueno, poco a poco voy mejorando. Las clases en la Universidad de Toronto también ayudan bastante. En todo caso, la chica ha conseguido sorprenderme por su espontaneidad. Una tarde estábamos hablando de todo y de nada cuando, de repente, me suelta: “Tengo un pasaporte ruso y uno canadiense. Ahora quiero uno americano y otro de la Unión Europea”. Me mira fijamente y me sonríe. Yo, con mi cara de perplejidad, esbozó una sonrisa forzada y pienso para mis adentros: “Pues va a ser que conmigo no…” La verdad es que después de esa conversación, no hemos vuelto a tocar el tema. De cualquier modo, me ha cogido bastante confianza y, por ello, una de las tardes que fui al encuentro (el 26 de febrero, más concretamente) me propuso que participara en una entrevista en francés para CBC/Radio-Canada. Ni corto ni perezoso, acepté encantado y le conté mi vida a la periodista. Aún no me han pasado el enlace de Internet; sólo espero que la cerveza no hablara por mí.

En definitiva, los tópicos típicos no dejan de ser estereotipos que no siempre tienen por qué cumplirse. Mismamente el chiste de la torre más alta de Toronto, a la cual aún no he subido, no deja de ser una nadería, pero debo confesar que envidio su popularidad. Por ello, desde este momento, me propongo firmemente buscar el éxito mediático. Ya he tenido mi primer intento, aunque, posiblemente, mi participación radiofónica no sea espectacular, pero, al menos, me consuela saber que ya he tenido mi primer minuto de fama en Canadá.

El lago Muskoka

La idiosincrasia del pueblo canadiense es singular. De hecho, cada pueblo tiene unos rasgos distintivos que los diferencian de otros pueblos y sociedades. En el caso de Canadá, y más concretamente de Toronto, se puede decir que un aspecto inconfundible de sus habitantes es la educación o el saber estar. Probablemente haya dicho más veces sorry, thank youplease en este país en dos meses que en Madrid, Barcelona o Asturias en el mismo periodo de tiempo. No es que mis padres no me hayan criado adecuadamente, sino que en España no se estila ser tan pomposo en las formas. De cualquier modo, mejor que te sonrían y que te deseen un buen día, tarde o noche a que te traten fríamente y de manera brusca, como te puede pasar en cualquier supermercado chino de la avenida Spadina.

Ciertamente, Toronto es una de las ciudades más multiculturales del mundo. De hecho, cuesta encontrar lo que un español denominaría un “canadiense canadiense”. Sé que el término es un poco vago, pero creo que se entiende perfectamente a lo que me refiero. Por ello, muchas veces es curioso ver cómo cada cultura interacciona con las demás. En todo caso, volviendo al tema de los canadienses, una cosa curiosa, aunque normal, es la obsesión por los temas relacionados con la meteorología. Si quieres hablar con alguien, sólo tienes que decir qué frío hace, qué invierno más largo, cuánta nieve, etc. Seguro que con esos temas de conversación haces amigos en Canadá. Pero, ¿qué se puede esperar de un pueblo que celebra el día en el que se ha registrado más frío en su país (-63 ºC en Snag (Yukón), el 3 de febrero de 1947)? Incluso, el Google de Canadá hizo un doodle especial para conmemorar tan señalada fecha.

En todo caso,  a los canadienses les gusta celebrar un montón de ocasiones especiales. Una de ellas es Family Day (“El día de la familia”), que tiene lugar el tercer lunes de febrero en la mayoría de provincias de Canadá. Es una fiesta que no conmemora nada en especial, sino que sirve de excusa para no trabajar y disfrutar de un fin de semana largo en febrero. Para no hacer caso omiso al refranero español, que sabiamente dice que “allá donde fueres haz lo que vieres”, el fin de semana del 14 al 17 de febrero, 6 españoles, 2 brasileños y un perro (Capone) alquilamos un coche y una casa de campo (cottage) en los alrededores del Lago Muskoka, más concretamente a las afueras de la ciudad de Huntsville.

El viaje cumplió todas las expectativas. Aunque eso ya lo sabía, ya que antes de emprender el periplo por la llanura de Ontario, volvió a demostrarse mi teoría de los malos inicios. En pocas palabras, para que algo me salga bien, al principio me tiene que ir mal. Tengo varios ejemplos en mi vida que han ido constatando esta teoría, pero como seguramente me volverá a suceder, la explicaré más detalladamente en otra ocasión. Esta vez no fue una excepción. Tras pasarnos horas y horas buscando un coche para 8 personas y un perro en Toronto y alrededores, hacía falta que nos organizáramos bien para proveernos de los enseres y vituallas necesarias para un fin de semana en el campo. Para ello, cogimos el coche y nos dirigimos a un supermercado con aparcamiento subterráneo. Aparcamos y subimos a hacer la compra.

Cuando llegamos, empezó a sonar la alarma de incendio; algo bastante frecuente en Toronto. ¡Ya me ha pasado más de cinco veces y no es que se encienda por lo ardiente que soy! Pasamos del ruido y nos dispusimos a buscar la comida que necesitábamos. De pronto, sonó el altavoz del supermercado anunciándonos que sólo quedaban 15 minutos para el cierre del supermercado. Os lo podéis imaginar. Seis personas corriendo como locas por todo el supermercado cogiendo productos diversos a diestro y siniestro. ¡Un show, vaya! Cuando la cajera nos vio llegar con el cargamento de comida a 5 minutos de cerrar, creo que se acordó de todas nuestras familias juntas. De cualquier modo, esbozó una sonrisa y nos saludó cortésmente, como buena canadiense. Metimos todas las bolsas en el carro y bajamos al aparcamiento. Al llegar, nos llevamos la gran sorpresa de la noche. Habíamos aparcado el coche en zona restringida y, por lo tanto, no podíamos acceder a ella. Ante nuestra impotencia y estupefacción, a los 15 minutos apareció la responsable de seguridad del edificio con cara de “me habéis jodido en medio de mi estresante trabajo, sentada en mi cubículo devorando pollo frito y rascándome la barriga.” Nosotros, como ya habíamos aprendido, sonreímos, nos disculpamos, fuimos educados y así nos dejó ir a buscar el coche y salir de ese agujero. Moraleja: Aparca el coche en zona restringida, te haces el “longui” y te sale gratis.

Tras la comida, vino la bebida. Canadá y su política de venta de bebidas alcohólicas. Se podría hacer un estudio sociológico. Fuimos a la tienda Beer store y pedimos unas 144 cervezas. Sólo por si nos quedábamos con sed en medio de la campiña. Una vez hecha la compra, estaba todo resuelto. 8 personas, un perro, 144 cervezas, una tonelada de comida y el equipaje. ¿Misión imposible? No, fin de semana genial. Y así fue. Al día siguiente nos embarcamos en un viaje de unas tres horas largas para llegar a la casa de campo. Desempaquetamos y nos dispusimos a conocer un poco la zona. En verdad, el fin de semana se puede resumir con dos palabras: comida y fiesta. Aparte de esto, caminamos por un lago helado, comimos nubes al fuego con chocolate (malvaviscos o marshmallows), jugamos con Capone y él con nosotros, nos metimos dentro de un iglú y conocimos la hermosa ciudad/villa de Huntsville, lugar de nacimiento de la medallista olímpica Dara Howell. Pero, bueno, que en definitiva lo que hicimos fue comer, comer y comer: tortitas, pizzas, pasta, arroz, ensaladas, salchichas, bacon, huevos, tortillas de patata, chocolate, helado, etc. ¡Una dieta sana y equilibrada, aderezada, por supuesto, con litros y litros de cerveza!

En suma, no hay mejor manera de pasar el día de la familia en Canadá que con aquellos que forman parte de ella en tu nuevo país. Fue un fin de semana lejos de la bulliciosa Toronto, de su tráfico, su gente, sus restaurantes de comida rápida y su palpitante ajetreo diario. Un fin de semana diferente que espero volver a repetir, aunque la próxima vez con el lago descongelado. En todo caso, el invierno aún tiene que dar sus últimos coletazos y auguro una lenta entrada a la estación primaveral.

Las viejas costumbres

Comenzar una nueva vida desde cero en un país diferente no es fácil. Era algo que sabía, que tenía interiorizado y que no me suponía ningún trauma existencial. Además, creo que es algo que ya he comentado un par de veces. Por ello, con ánimo de no provocar una epidemia de bostezos, no volveré a enumerar los cientos de trámites que deben realizarse cuando se empieza a vivir en el extranjero. Esta vez, por el contrario, prefiero referirme a esas pequeñas cosas del día a día que te devuelven a tu realidad de inmigrante. Por ejemplo, en la manida película francesa Amélie o, para los más puristas, Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, el guionista nos presenta a los distintos personajes diciéndonos lo que les gusta y los que no. En ningún caso, se tratan de esas preferencias pseudointelectuales que abundan en los grupos de hipsters, o por simplificar, amantes del “postureo”, en relación con la última canción del grupo más indie del rincón más underground de su trozo de cultura suburbana, o la contagiosa pasión por las novelas del autor más controvertido en materia de cría de cuervos albinos. Lo que hace el guionista de Amélie no es nada más que presentar a unos personajes normales a través de unas acciones cotidianas. Pues eso es lo pretendo yo con este post: mostrar mi vida en Toronto a través de esas costumbres rutinarias que te demuestran que aún no eres una parte integrada de tu nuevo país.

Las viejas costumbres son las que calan. Las que permanecen estoicamente en tu interior a pesar del inexorable paso del tiempo. Para evitar más pensamientos profundos (y con demasiada carga de “postureo”), voy a continuar con una serie de ejemplos que se han ido sucediendo durante este primer mes en tierras canadienses. Con el paso de tiempo, te acomodas. Es inevitable. No puedes luchar contra ello. La rutina te envuelve y te dejas llevar. Todo parece que es igual que cuando estabas en España. Han cambiado muchos aspectos de tu vida, pero has sabido suplir los huecos para hacer más llevadera tu estancia fuera de tu país. Sin embargo, siempre hay momentos en los que vuelves a tener los pies en la tierra. Un ejemplo que ilustra todo lo que cuento es el agua corriente de casa. Tanto en la pila como en el baño y en la ducha tengo un grifo con dos roscas. En una aparece la letra “C” y en la otra, la “H”. Pues bien, no sé qué cable se me debe de cruzar en la cabeza que siempre, o al menos en la mayoría de las ocasiones, acabo girando la de la letra “C”. Mi subconsciente asocia esa tuerca con “caliente”, mientras que la “H”, con “helado”. Sin embargo, amigos, la realidad es bien distinta. “C” se refiere a cold (frío) y “H”, a hot (calor). ¡Qué desastre!Tantos años aprendiendo inglés, para que no sepa la diferencia. ¡Qué dinero más mal invertido! Si es que no sé si soy gilipollas al girar siempre la rosca con la “C” o masoquista. En todo caso, he tenido una gran idea. Voy a hacer igual que en el experimento de “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange) en el que se asociaba la música de Beethoven con un sentimiento de dolor. Cada vez que vea una “C”, me recorrerá un escalofrío por todo el cuerpo y alejaré instantáneamente mi mano para no sufrir las temibles consecuencias. Poco a poco, espero que pueda entrar en razón.

Otra muestra de mi inadaptación mental es el caso de los semáforos. En cada país las señales de tráfico son las mismas, pero, a la vez, diferentes. Canadá no es una excepción, pero parece que yo no me quiero dar cuenta. Espero no tener que lamentarlo un día de estos. Pues eso, el caso es que tengo un cierto apego a los semáforos españoles. No sé de dónde procede ese encariñamiento, pero es una verdad como un templo. En Canadá los semáforos para viandantes tienen tres paneles diferentes. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, no son tres colores (rojo, ámbar y verde), sino que son un monigote andando, una mano naranja  y una mano con unos números cuenta atrás. El primero significa que se puede cruzar; el segundo, que no se puede; y el tercero, que se puede cruzar, pero que los coches también pueden pasar. Pues bien, mi amor por los semáforos españoles se refleja en el hecho de que cada vez que veo al monigote digo: “Está en verde”; cuando no hay nada en verde. Del mismo modo, cuando veo la mano naranja, digo: “Está en rojo”; cuando no hay nada en rojo. No sé si esto puede ser un problema de daltonismo o, simplemente, que tendría que haber visto más “Barrio Sésamo”. En todo caso, viendo que en Canadá se puede girar a la derecha en un semáforo en rojo, no se si me lo deberían de hacer mirar a mí o a los canadienses.

Por último, y para no aburrir más, otro aspecto que también me choca bastante y que me hace tener los pies en la tierra son las preconcepciones culturales. Esto es, a grandes rasgos, lo que nuestra cultura nos enseña que podemos esperar del otro. Para ejemplificar este concepto voy a utilizar mi propia experiencia a la hora de comprar mi teléfono canadiense e intentar instalar Internet en casa. Pues bien, en ambos casos, la historia es parecida. Un cliente, yo, va a una tienda (Wind para el móvil y Rogers para Internet), expone su situación y hace la pregunta que le interesa. Pues bien, para la gran mayoría de españoles, y no creo que me esté equivocando al generalizar, lo que en el fondo se quiere saber es: “¿Esto cuánto me va a costar?” Pues bien, para los canadienses, al parecer no, sino que tienen todo un procedimiento para hacerte perder el tiempo hasta responder esa pregunta. Te piden los datos, te miran que tu tarjeta de crédito sea compatible al no ser canadiense, te explican los planes en lo referido a prestaciones, etc. Cuando ya llevas más de media hora en la que te han contado las maravillas de contratar el respectivo servicio con su compañía, te dicen algo así: “Pues esto te va a costar X dólares canadienses, ¿lo quiere pagar ahora con la tarjeta?” En el caso del móvil, caí en la tentación de los datos ilimitados; sin embargo, en el caso de Internet, aún recuerdo la cara del vendedor tras contarme su discurso con toda su parafernalia hasta llegar a la gran pregunta: “¿Quiere que le concierte una cita para instalarle la conexión a Internet?” Mi respuesta fue llanamente “no”. Al pobre se le rompieron todos los esquemas, pero más pobre era yo que lo había estado oyendo durante horas cuando sólo quería saber cuánto me iba a costar. Por eso, a veces, se presuponen modos de actuar distintos desde perspectivas culturales diferentes.

En definitiva, que por mucho que quieras integrarte en una sociedad, siempre hay aspectos de tu pasado que te devuelven a la realidad. Podría haber citado muchos más ejemplos como las cuentas en los bares para saber cuánta propina hay que dejar al camarero, las tiendas en las que dejas tu bolso al dependiente para que lo tire al suelo a cambio de un número de identificación, o esos establecimientos en los que sienten una curiosa afición a llevar a cabo repentinos simulacros de incendio. No obstante, no es mi estilo desgranar todas mis anécdotas en una sola partida; los que me conocen bien saben que siempre me gusta hacerme el interesante y guardarme un as bajo la manga. Como bien enuncia el título de este post, nunca hay que perder las viejas costumbres.

Saltando charcos

La vida desde cero en un nuevo país no es para nada sencilla. Al menos, al principio, ya que tienes que lidiar con un sinfín de tareas. Encontrar casa, limpiarla, decorarla, comprar comida y otros enseres, ir al banco, sacar dinero, apuntarte al gimnasio o a la biblioteca, etc. Tan sólo son algunas de las actividades a las que debes enfrentarte en un corto lapso de tiempo. Eso si te apetece tener cierta estabilidad desde el principio. Yo no es que sea muy maniático, pero, digámoslo así, me gusta ser previsor. Además, estos quehaceres de índole personal no suponen ningún esfuerzo, hasta que no los compartes con los propios del trabajo. Y es que así es, una vez que empiezas a trabajar tu vida se ve trastocada por completo. O eso es lo que me ha pasado a mí desde el lunes pasado, cuando puse mis pies por primera vez en la oficina.

Mi puesto oficial en mi nuevo trabajo es el de asistente de analista comercial, que suena menos pretencioso que la traducción al inglés: Trade Analyst Assistant. Además, de todas las áreas que podía abarcar dentro de mi posición, me ha tocado o he elegido, según se mire, el departamento de vinos. ¡Que sí!¡Que estoy de acuerdo con que me pega bastante! Si no fuera así, habría buscado algo más ameno, como puede ser la inversión (irónico). No obstante, no es cierto que sólo me dedique al tema comercial o de promoción (vocablo que ha cobrado un nuevo significado para mí tras haberlo oído más de veinte mil veces), sino que también tengo otras responsabilidades, entre las que se encuentra el ocuparme de los sistemas informáticos de las oficinas de Toronto y de Ottawa. Tampoco estoy muy seguro de si, también esta vez, tuve yo algo que ver con la elección de un perfil de tecnologías de la información, o por el contrario, me tocó por puro azar y casualidad. Supongo que será por una mezcla entre suerte y preferencia o, quizás, porque me vieron entusiasmado con adquirir más responsabilidad. De cualquier modo, ésta es mi realidad. Soy como Clark Kent y Superman, o pensándolo mejor, como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, ya que no me siento para nada un superhéroe. Ojalá tuviera poderes sobrenaturales, así mi vida sería mucho más fácil en el trabajo, o al menos, mucho más sosegada.

Si es que me quejo de vicio. Mi carga de trabajo no es para nada abrumadora. Lo que pasa es que aún no le tengo pillado el punto. Además, la combinación de mis dos funciones me desborda por momentos, sobre todo, en lo que a informática se refiere. Pero, bueno, poco a poco parece que me las puedo ir apañando, aunque sea con algo de ayuda. En todo caso, no puedo evitar esbozar una sonrisa cuando pienso en ese momento tan placentero de la mañana, en el que acabas de llegar a la oficina, te sirves un café, te acomodas y te pones a comprobar tu correo. Estás tan a gusto sin apenas nada que hacer. Sólo tienes que ponerte al día, revisar las tareas pendientes y… De repente, tu paz y tranquilidad desaparecen. Has recibido un correo electrónico. Lo abres y lees un mensaje críptico que dice: “Se me ha caído el móvil a un charco. Ven enseguida.”

Sudores fríos recorren tu espalda y empiezas a notar cómo te tiemblan las piernas. Temes lo peor y sólo se te vienen a la cabeza pensamientos absurdos. Es que te parece imposible que haya podido caer un móvil en un charco si hace tanto frío que están todos congelados. Sin embargo, te armas de valor y vas a ver qué ha pasado. Pues sí, imposible pero cierto, el móvil se había mojado y estaba para tirar. De pronto, ante tu perplejidad, oyes pronunciar la frase lapidaria: “Soluciónamelo ya.” Das un respingo y te pones lívido como la nieve que ves caer a través de la ventana. Remueves toda la oficina de arriba a abajo sin encontrar un móvil operativo, preguntas a tus compañeros de trabajo y, al parecer, consigues que alguien traiga uno al día siguiente. Informas de la buena noticia y respiras aliviado.

Sin embargo, tu felicidad no dura mucho tiempo, ya que al día siguiente el móvil de sustitución resulta ser incompatible con la tarjeta SIM del móvil encharcado, así que te mandan ir a comprar uno nuevo. Tras perderte y encontrarte, preguntar, dudar e, incluso, regatear, vuelves a la oficina con las manos vacías. Pero justamente en el instante en que has perdido toda esperanza es cuando alguien te dice por la espalda: “¿Un móvil? Yo tengo uno en mi mesa. No me acordaba…” En ese momento, experimentas sentimientos de alegría y desconcierto, paz y violencia, pero acabas sonriendo y agradeciendo la ayuda ofrecida. Una vez que tienes el nuevo aparato en tus manos, compruebas su compatibilidad y esta vez, aparentemente, sí que funciona. Lo entregas contento y, por fin, te desentiendes del asunto del móvil y el charco.

Pues eso, que la vida en un nuevo país no es sencilla. Además del día a día, a veces te toca lidiar con problemas imprevistos que te parecen surrealistas, pero ya lo dicen los franceses, o siendo más políticamente correcto, los francófonos: “C’est la vie !“, así que sólo me queda resignarme, disfrutar de lo bueno y estar preparado para cuando se cierna sobre mí una nueva tormenta y las calles se llenen de charcos. Antes de venirme a Toronto, y debido a las noticias poco alentadoras en relación con la ola de frío que asolaba la ciudad, pensaba que el único charco que saltaría en un tiempo sería el Atlántico, que los de la ciudad estarían congelados. Se ve que me equivocaba, puesto que, inesperadamente, ya me ha tocado saltar otro. ¡Me alegro de que esta vez no me haya mojado!