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Beautiful things are happening in here

El sábado pasado nos encontrábamos sentados en el coche azul eléctrico a punto de iniciar nuestro fin de semana en el Condado del Príncipe Eduardo. Como una señal divina, justo en el edificio de enfrente habían puesto unos pósteres con obras de arte. En una de las columnas, el azar y la casualidad nos enviaba un mensaje casi profético: Beautiful things are happening in here (“Cosas bonitas están pasando aquí”).

En contraposición a ese porvenir tan halagüeño, una torrencial lluvia nos pronosticaba unos días pasados por agua. No obstante, nuestra confianza en que el temporal amainaría era más fuerte. Salimos de la gran urbe raudos y veloces, para tener que detenernos al poco tiempo en una de las arterias que comunican a Toronto con el exterior. Los días festivos, junto con la incesante lluvia, habían provocado fuertes retenciones en la salida de la ciudad. Aún así, eso no nos desanimó. Quizás, al no tener prisa, no nos preocupábamos por el tiempo que pudiéramos pasar en la carretera. Ya lo dicen los libros de autoayuda, la meta no es el destino final, sino el camino. En fin, que tras los percances varios, seguimos nuestro rumbo con destino a Wellington.

Cuando nos adentramos por la península que constituye el Condado del Príncipe Eduardo, la verdad es que el paisaje no era muy diferente del que habíamos dejado atrás. Cierto es que entre recodo y recodo, el lago era cada vez más patente, hasta un punto en que ya no nos abandonó. Llegamos temprano al hotel The Drake Devonshire Inn. Para quienes no lo conozcan, se trata de un establecimiento de diseño con habitaciones individualizadas, que cuidan hasta el más mínimo detalle. Nuestro cuarto estaba en la planta principal. Justamente, al lado de la escalera que conducía al segundo piso. Era un espacio bastante grande, con múltiples detalles que lo hacían acogedor. Lo único perturbante era su proximidad a la entrada del hotel y sus cortinas recogidas con total visión a nuestros aposientos. Sin embargo, tanta falta de intimidad se resolvió con un poco de música y con correr las cortinas.

Bajado el telón, y tras un merecido descanso, decidimos tomar el coche para acercarnos al pintoresco pueblo de Picton. Una buena amiga canadiense me había asegurado que era un lugar muy coqueto, con un estilo genuino que, a veces, es difícil de encontrar por estos lares. No se equivocaba. Como muchas otras localidades norteamericanas, Picton se organizaba entorno a su calle principal, en donde se encontraban los edificios públicos y la mayoría de tiendas y comercios. No obstante, se constataba que era un sitio con cierto interés turístico, ya que todo el mobilario urbano estaba bien cuidado y las portadas de los edificios conservaban un sabor británico, que nos retrotraían a otros tiempos. Picton es un pueblo importante para la historia de Canadá, ya que fue donde el primer primer ministro de Canadá, Sir John Alexander MacDonald, empezó su carrera como abogado. Estatuas, jardines, calles y edificios rememoraban la figura del ilustre habitante. Sin prestar especial atención, más allá de leer un par de carteles informativos, nos dispusimos a hacer lo que nos había llevado hasta allí: tomar un café en una acogedora cafetería, que resultó comunicar con una librería con un gato orondo maullando sin parar.

Tras disfrutar del cortado, muy de moda en los antros más a la última de Canadá, y de leer la prensa, hicimos tiempo suficiente para volver al coche y dirigirnos al interior de la península a la casa de unos conocidos. Allí nos esperaba un matrimonio que había adquirido y reformado una antigua casa de estilo georgiano. Después de la tournée por su hogar, nos agasajaron con un vino tinto de la zona, muy apreciado por los ontarianos, y con diversos quesos y tentempiés. La charla fue muy amena, pero demasiado centrada en las aficiones favoritas de los torontonianos: el dinero y el trabajo. En fin, a caballo regalado, no le mires el diente. Pasado un rato, nos tuvimos que despedir, ya que teníamos reservada una mesa en el restaurante del hotel.

Con tanto piscolabis y conversación, el tiempo se nos había echado encima. No obstante, eso no impidió que llegáramos puntuales a la hora de la reserva. El problema surgió cuando en el restaurante nos comunicaron que no nos tenían en la lista de la cena. Extrañados, pusimos nuestras mejores caras de asombro. Entonces, los encargados nos respondieron con una cordial sonrisa y nos condujeron al interior del restaurante. Allí nos ofrecieron la mejor mesa del establecimiento, justo en la esquina con vistas al lago Ontario, a un riachuelo y una panorámica completa de toda la sala. Nada más sentarnos, Carrie, nuestra camarera, se apresuró a atendernos. Vino provista de una bandeja con dos copas de champán. Antes de mediar palabra, nos preguntó: “Honeymoon?” (“¿Luna de miel?”). Nos miramos, sonreímos y dijimos que no. La camarera, contrariada, se dio la vuelta y huyó con el elixir burbujeante. Al cabo de un par de minutos, regresó de nuevo con las copas aún consigo y nos la sirvió con un cortés: “Enjoy!” (¡Disfrutad!).

La velada fue perfecta. Risas, conversaciones, recuerdos, confesiones, confianza, comida, vino, champán, cócteles, luces, postres. Todo había salido redondo y el fin de semana no había hecho nada más que empezar. Se ve que el azar y la casualidad no erraban al decirnos esa mañana en Toronto que “beautiful things are happening in here”.

12 horas

“La primavera ha llegado a la ciudad, y no sabes lo bien que me sienta, papá.” Entonando la letra de esta canción de Facto Delafé y las Flores Azules, os escribo de nuevo una semana más desde el cada vez más soleado Toronto. Parece mentira que ya estemos dejando atrás el invierno para adentrarnos en la primavera. De hecho, ya se empiezan a notar los primeros efectos del cambio estacional. Con temperaturas rondando casi la veintena, los lugareños han copado las terrazas de los bares y restaurantes. Sin embargo, la algarabía es efímera, porque tan pronto te sobra la ropa, como te hace falta un abrigo. En fin, misterios de la vida.

El azar y la casualidad han querido que este alcanzando el cúlmen del sueño capitalista. Es decir, amasar montones y montones de dinero. Al menos, eso es lo que me responde la gente cuando les explico mis interminables jornadas laborales. Hace unos días, le comentaba a una compañera de trabajo mi pavor por pasar mañana y tarde trabajando. Su respuesta fue una pícara sonrisa acompañada del rintintín: “Money, money, money” (“Dinero, dinero, dinero”). De hecho, justamente ayer, estuve trabajando durante doce horas: siete en la oficina y cinco impartiendo clase. No es que el salario que percibo vaya a sacarme de pobre, pero sí que me produce un cansancio crónico, que enardecido con la falta de sueño, pues os podéis imaginar el careto. Sin embargo, debo reconocer que cuando estaba enseñando por cuadragésima vez la diferencia entre el verbo ser y el estar, me sentía con una cierta vitalidad. Debe de ser la primavera.

En fin, que llevo una vida ajetreada. No es que me queje, pero como dicen los jóvenes asturianos de hoy en día, “no me renta”. Tendría que buscarme un solo trabajo con retribuciones suficientes para subsistir y cumplir mis proyectos vitales. Pero, quizás, estoy pidiendo la luna. En todo caso, entre los temas del visado, la vida amorosa, el ir de aquí para allá, no me queda tiempo para nada. Pero, lo reitero, no me quejo. Y menos, hoy: Jueves Santo, y también principio de mis vacaciones de Semana Santa. No es que sea yo muy religioso, pero no le voy a decir que no a unos merecidos días de descanso. Sobre todo, si te tienen preparado un viaje romántico, en un hotel de lujo junto al lago Ontario en el refinado Condado del Príncipe Eduardo.

Aguardo con impaciencia esa bucólica estampa canadiense. Me han explicado que junto al pueblecito en el que nos hospedaremos hay un parque natural con dunas de arenas, que te transportan a otro lugar del planeta. Sin embargo, la suerte ha querido que la caprichosa primavera venga cargada de lluvia este fin de semana. Espero que los pronósticos yerren en su desolador vaticinio y que pasemos una feliz estancia en The Drake Devonshire Hotel. Sí, lo sé, os he puesto el nombre del establecimiento, para que se os pongan los dientes largos, pero es lo que hay. Además de los bellos parajes, me han comentado que esa es una de las zonas con mayor producción de sidra de Canadá. Como asturiano de pura cepa, es mi obligación catar el jugo dorado de sus manzanas con suma precisión para determinar si su bebida es tan buena como afirman.

En definitiva, acabo hoy con un texto algo más breve, porque ante tantos acontecimientos, aún tengo la casa patas arriba, las maletas sin hacer y un par de clases por dar. Si ya lo decían en mi pueblo, no se puede estar en misa y repicando. En próximas entregas, seguiré profundizando sobre este afán repentino por convertirme, sin quererlo, en un Tío Gilito y nadar en montañas de dólares. Hasta entonces, felices fiestas, buenos días de descanso, salud y República (en especial, para los que aún guardamos en nuestra memoria las efemérides del 14 de abril).

Pasos a ciegas

De una forma incesante, el azar y la casualidad siguen tejiendo los hilos de nuestras vidas. Las opciones entonces desechadas son ahora alternativas reales, mientras que las más firmes convicciones se tambalean. Ya decía Heráclito que “todo fluye, nada permanece”. De hecho el filósofo griego también diría que “lo más constante de esta vida es el cambio”. ¡Razón no le faltaba! Es sorprendente que con miles de años de diferencia, al final, cuando nos preguntamos por las incógnitas de nuestra mera existencia, da igual que escribamos en pergamino o en tabletas y teléfonos inteligentes.

La tecnología ha transformado nuestra manera de vivir. No sé si siempre ha sido una mejora o, quizás, una rémora para la supervivencia de los pocos valores que vamos conservando. Supongo que no deja de ser algo a medio camino. Cierto es que en el mundo laboral, las facilidades que la informática nos ha traído son irrenunciables. Justamente hoy, estaba archivando varias cajas de documentos que habían sido mecanografiados con máquinas escribir. Hoy en día es increíble pensar que no hace relativamente poco tiempo si te equivocabas a la hora de escribir, debías sacar tu papel de la máquina y volver a empezar. Si nos remontáramos más atrás y pensáramos que antes de ese gran avance, todo debía de estar escrito a mano, es básicamente demencial. Sin embargo, al mismo tiempo, la tecnología ha traído hábitos desagradables, que poco a poco se van afianzando en nuestras sociedades. Por ejemplo, sin ir más lejos, ayer de tarde, al salir del trabajo iba de vuelta a casa por la calle. Me crucé con varias personas. Todas ellas iban pegadas con su cara a la pantalla de su teléfono. Absortos en un estado comatoso, parecían sonámbulos en plena calle. No es que con esto quiera negar que yo soy un espécimen distinto, pero, a veces, me da por desprenderme de las cadenas que mi Iphone me impone para ver el mundo en el que vivo. Muchas de esas veces me pregunto si estamos yendo por el camino correcto.

Para más inri, no solamente nuestros valores flaquean ante el nuevo imperio de la tecnología. Nuestra propia salud se ve expuesta directamente ante nuevas amenazas. Cuando hagan estudios dentro de unos años sobre el incremento de problemas ópticos por haber pasado años embotados ante televisiones, ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, quizás nos demos cuenta demasiado tarde de que deberíamos haber cerrado los ojos ante tanta luz incandescente. Asimismo, recuerdo con nitidez aquella clase de música del primer curso del instituto. Nuestro profesor repartió una hoja con un texto sobre los problemas de escuchar música a un alto volumen, en especial a través de auriculares. Pues bien, dentro de esta moda estulta de hacer cualquier test que publican en Internet, me hice una prueba para constatar la calidad de mis oídos. El resultado, tremendamente alarmista, pronosticaba un deterioro leve en mis conductos auditivos. No obstante, es cierto que, en el trabajo, cuando tengo que escuchar a alguien a través de un grueso cristal, muchas veces, no me entero de la misa a la media.

No obstante, toda esta reflexión encuentra un punto contradictorio. ¿De quién es la responsabilidad de todo esto?¿Individual o de la sociedad? Nadie nos obliga a estar pegados a nuestras máquinas de última generación. Nadie nos ordena a que dejemos de prestar atención a las personas que nos rodean, a nuestro entorno, a nuestra vida cercana, por estar enganchados a una red que no está presente ni nos abraza por las noches. Sin embargo, somos animales gregarios, cuyas acciones colectivas nos condicionan. Por mucho que nos indignen o preocupen, estos cambios están ahí y, presumiblemente, permanecerán entre nosotros por una buena temporada. Será gracioso ver cómo en un futuro cercano, o quizás en un presente desconocido, salen múltiples centros de desintoxicación y terapias de choque contra las perniciosas consecuencias de las nuevas tecnologías.

En esta senda en la que nos deshumanizamos para convertirnos en autómatas, la tecnología se impone y nosotros nos doblegamos ante ella. Nos movemos en un mundo rápido, pero se me dibuja una sonrisa al pensar que por mucha innovación, aún es un paraguas el mayor invento que me separa de las gotas de lluvia, que estos días refrescan las polvorientas calles de Toronto. El azar y la casualidad quieren que avancemos velozmente hoy en día, sin embargo, yo sigo dando palos de ciego para dilucidar cuál es mi camino. Y por mucho que busque en mis nuevos compañeros robotizados, la única respuesta está en mi cabeza y, también, mi corazón.

A diez minutos

La cama revuelta. Las sábanas hechas jirones. Yo, revolviéndome en una maraña de tela, sentimientos y dudas. No estoy solo. La cama no está vacía. Ahí está a mi lado. Observándome detenidamente con temor a que me fuera a escapar. Clavo mi mirada en sus ojos de un color castaño profundo. Con una sonrisa me acurruco a su lado. Siento el calor que emana de su cuerpo. Ese calor que no me deja dormir, que me saca de mi sueño, que me despierta.

Hace unos días la máquina de café dejó de funcionar. Ante la falta de mi chute diario, me vi obligado a alternar con otros sustitutivos: té, básicamente. Este hecho me ha provocado cierta irascibilidad, aunque intento no pagarlo con mis interlocutores. Entre la falta de sueño y el déficit de cafeína, deambulo por las calles de Toronto a la merced del frío y del viento. Aprovechando los cuatro rayos de sol que se escurrían por las rendijas de mi persianas de tela, hace unos días me decidí por adentrarme en las calles que se encuentran tan solo a un centenar de pasos de distancia de mi nuevo hogar.

El barrio no era desconocido para mí. De hecho, había visitado una habitación en alquiler un mes antes. Aparte de las condiciones deplorables de la cocina, o lo que fuera aquello en donde ningún ser humano sería valiente de guardar sus alimentos, rehusé habitar en una vivienda con mascotas de origen roedor alado. Sin embargo, eso no quita que no me pique la curiosidad por el barrio en donde se encuentra, debido a su proximidad. Al ser una urbe en constante evolución y crecimiento, Toronto resulta un amasijo de contrastes. Así pues, desde mi casa, a diez minutos a pie hacia al oeste, me encuentro con el punto neurálgico de la ciudad, lleno de tiendas, restaurantes, luces y rascacielos; mientras que si empleo el mismo tiempo en irme hacia el este, la impresión poco tiene que ver con la anterior: casas desatendidas, comercios destartalados y una sensación de dejadez, en general. Eso sí, en cada manzana, empiezan a aparecer grúas o, incluso, ya hay nuevos edificios, que desentonan con el entorno. La ciudad prospera, la burbuja inmobiliaria aumenta, y los nuevos inquilinos van desplazando más hacia al este a aquellos que antes ocupaban este barrio. Yo, mientras tanto, me encuentro en la frontera de dos mundos, que prefieren darse la espalda.

Hace unos meses, salía en la prensa la palabra “gentrificación”, también denominado “elitización residencial”, es decir, el cambio de las condiciones de una zona para aumentar las inversiones. Durante un tiempo el vocablo proliferó en los medios, hasta que como ocurre hoy en día, el término se evaporó y pasó a mejor vida. El centro de Toronto se expande y, para ello, arrasa con todo lo que se le antepone, lo que provoca un ineludible proceso de gentrificación en sus aledaños desprotegidos. Hoy la frontera está en la calle Jarvis, en diez años, puede que sea en la calle Sherbourne y en 50, quizás, llegue hasta el río Don. Sin embargo, este cambio del paisaje urbano de Toronto no parece preocupar a sus ciudadanos, que con tanto progreso, se ven ahogados por el dineral que les supone malvivir en uno de tantos condominios que pueblan la ciudad. Este aumento constante de los alquileres es un problema acuciante que también se da en otras partes del país, como Vancouver. De hecho, según la prensa, las autoridades públicas son conscientes de la situación. No obstante, muchos resultados para frenar esta situación no parece que se hayan conseguido. En fin, me imagino que habrá muchos intereses de por medio y que la solución será más compleja de lo que, a primera vista, parece.

Toronto crece y cambia, y yo, con él. Aún así, en este mundo de contradicciones, siempre resulta curioso cómo actividades tan normales como sacarte una foto de carné se convierten en nuevas anécdotas. La semana pasada me fui a renovar el pasaporte. Su validez expira en mayo, pero me gustaría tenerlo al día por si fuera necesario. Antes de realizar los trámites, tuve que ir a una tienda a sacarme las fotos. La verdad es que me estuve esperando un tiempo para este momento. Tras sufrir una foto de pasaporte por más de diez años, porque a un simpático funcionario no le pareció conveniente cambiarla en la anterior renovación, ya era hora de estar orgulloso de mi imagen en mi documento de viajes. Además, con unos cuantos kilos de menos, se puede decir que salgo más resultón. Pues bien, el sitio más barato que encontré no fue un estudio especializado, sino un comercio que puede ser supermercado, droguería, farmacia y, por el mismo precio, salón de fotografía. En medio de un pasillo, junto a la leche y el yogur, tomaron mi foto. Tras varios minutos, las imprimieron y me las entregaron, no sin antes sellarlas con el nombre del local y la fecha, no fuera a ser que me la rechazaran por no estar actualizada. Si los pobrecitos supieran mi historia con el funcionario dichoso, quizás no se pondrían tan impertinentes con estas minucias.

Ahora, tumbado sobre la cama hecha, finalizo por hoy. Fuera el cielo es azul y los pajaritos cantan. Al invierno aún le queda un mes, pero ya empieza a oler a primavera. No sé si la Candelaria sonrío o lloró este año, pero, sin duda, estamos siendo unos afortunados. Con más calor, emprenderé de nuevo los largos paseos que me descubrirán más rincones de esta ciudad que el azar y la casualidad han querido que sea mi nuevo hogar.

Todos se llaman Pablo

Mucho agradecer que el invierno no había llegado en mi post anterior y ahí vino la gran nevada de febrero. El fin de semana una intensa e imparable tormenta de nieve cubrió las calles, jardines, parques y edificios de Toronto. Solo fue un día, pero los restos de nieve siguen impertérritos en las aceras, esperando a que vuelva a nevar o, en su lugar, a fundirse y diluirse en el suelo.

Esta semana vengo con una de esas tontas casualidades que te hace gracia en su momento, pero la acabas olvidando porque no tiene la menor importancia. De hecho, no se trata de nada relativamente reciente, sino que son dos sucesos que me ocurrieron hace ya tiempo. El primero se remonta ya varios meses atrás. Cuando me encontraba en la búsqueda de trabajo a la desesperada, y ahogaba mis penas en estas líneas a cambio de consolación. Durante mi primer interés por encontrar un empleo en el sector del vino, realicé varias entrevistas en establecimientos de venta al público de esta bebida alcohólica. Como soy una persona muy supersticiosa, debido a mis orígenes pueblerinos y a pesar de mi cosmopolitismo, o quizás “cosmopaletismo”, tiendo a ver señales del destino en todas las pequeñas cosas que constituyen mi día a día. Pues bien, antes de una de las entrevistas personales en una de esas tiendas especializadas, iba yo de camino al lugar designado cuando me paré en un paso de cebra. Entonces, mi mirada se alzó para comprobar el color del semáforo. Ahí, sin pretenderlo, descubrí un garabato que me llamó poderosamente la atención. Al principio, no estaba seguro de que fuera cierto, pero era bastante legible como para haberme equivocado. Ese grafiti desapercibido para otros me estaba llamando, decía: “Pablo”. En ese momento, pensé que era una señal de buena suerte, que el azar y la casualidad me traían para afrontar positivamente la entrevista. Erraba en mi planteamiento, porque nunca me llamaron de aquel lugar. Quizás, esa señal no era un mensaje halagüeño, sino un augurio de que ese no era mi lugar. Como dirían los creyentes, “los caminos del Señor son inexpugnables”.

Más allá de que un amigo cercano se llame Pablo y que cada vez que damos nuestro nombre en algún lugar, seamos la anécdota del momento. Hace unos días, también me ocurrió algo parecido, pero con un desconocido del que no hubiera pensado nunca. Me encontraba yo en un restaurante de ensaladas, pidiendo un tentempié para llevar. Había quedado con unos excompañeros de trabajo y era el lugar más próximo al que podía acudir. Tras realizar mi pedido, me puse a esperar mi turno, mientras el resto de clientes hacían lo mismo. Cuando mi ensalada estuvo lista, un camarero pronunció mi nombre. Junto a la ensalada, había una sopa. Extrañado, miré con recelo y le comenté que no era mía. La mujer me dio la ensalada y volvió a repetir mi nombre: “Pablo”. Fue entonces cuando un chico, posiblemente de mi edad, se acercó al mostrador y recogió, esta vez sí, su pedido. No hay nada raro en esto. Lo único que me suscitó asombro es que el hombre era asiático. Me sorprendió, porque no me lo habría imaginado. Además de Filipinas, España, a mi entender, no cuenta con excolonias en ese continente, por lo que es algo peculiar. También es cierto que el chico podía tener una historia familiar que fuera totalmente inesperable y que lo relacionaran directamente con un país hispanohablante. Asimismo, existía la posibilidad de que tuviera un nombre asiático, pero como nombre “occidental”, hubiera elegido “Pablo”. Fue esta última historia la que me inventé en mi cabeza y con la que preferí quedarme. No sé, a veces el aburrimiento hace que veamos el sol en un día de lluvia. El caso es que de ser esta posibilidad la acertada, es halagador que alguien haya escogido un nombre como Pablo.

Como veis, la vida está llena de pequeños momentos, que te regalan historias efímeras, pero curiosas. Me encantaría poder plasmar todas aquí y encerrar estas anécdotas en esta caja del recuerdo perpetuo que es Internet. Lamentablemente, el tiempo vuela y yo sólo tengo dedos para transcribir estos pensamientos. Ojalá un día me crezcan alas, para ganarle la batalla al tempus fugit y poder así contar mi historia. Para no cerrar el capítulo de hoy tan filosóficamente, os dejo con mi casualidad más reciente. Ayer me invitaron al musical de “El guardaespaldas”. Hace poco habían echado la película por televisión, pero yo no me paré a verla. En el descanso, ojeando el programa, me percaté que dos de los bailarines eran españoles. Uno había actuado durante un tiempo con Fangoria, el otro se llamaba Pablo.

La hora de la cena

Otra semana más en Toronto, o, quizás, otra semana menos. Todo depende del punto de vista en que se mire. Febrero ha llegado con frío. El viento aúlla cada día para recordarnos que debemos ir abrigados. Sin embargo, la nieve, patente en otras épocas, apenas ha hecho aparición estos días. Cierto es que hace unos días una helada sacudió la ciudad, dejando los árboles llenos de carámbanos que les proporcionaban un aspecto fantasmagórico. De hecho, ahora mismo, un radiante sol entra por la ventana, lo que me provoca un irrefrenable deseo por salir fuera y disfrutar de este nuevo día. Aún así, soy consciente de que las temperaturas son más bajas de lo que aparentan y que “el invierno está aquí”.

Tras contextualizar la meteorología actual, hecho que despierta mucha curiosidad entre mis conocidos allende los mares, en el post de esta semana me propongo a relatar una extraña circunstancia que me ha acaecido recientemente. Hace unos días comencé a dar clase a una pareja de señoras mayores. Están interesadas por aprender español, porque suelen pasar grandes temporadas de vacaciones en países latinoamericanos. Debo reconocer que fue una clase poco al uso. En realidad, siempre me sucede lo mismo con las primeras clases privadas o semiprivadas que imparto. Al no conocer a mis interlocutores, necesito tiempo para averiguar cuáles son sus necesidades y motivaciones. Pues bien, mis nuevas alumnas me propusieron algo que nadie hasta el momento me había pedido: leer un libro conjuntamente. La idea me pareció muy interesantes, pero también revoloteaban por mi cabeza un sinfín de enigmas sobre qué lectura podría ser idónea para estas mujeres. Por un lado, debía encontrar un libro entretenido, con un lenguaje sencillo y con unos capítulos cortos que pudiéramos trabajar en clase. Por otro lado, necesitaba dar con un libro que se pudiera adquirir fácilmente, ya fuera en una biblioteca o en alguna tienda especializada.

Tras una semana, esta tarde vuelvo a reunirme con ellas. Entre los libros que he pensado se encuentran: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, o El camino de Miguel Delibes. No sé finalmente por cuál se decantarán, pero me intriga saber cómo se desarrollarán las clases a partir del primer capítulo. Durante estas últimas semanas como docente, me he dado cuenta de que cada alumno y cada grupo es un mundo. Hay actividades que funcionan con unos y que son un auténtico desastre con otros. Eso sí, en todo momento, dejo relucir mi sonrisa y eso les contenta y apacigua. Además, cuando observo que la atención decae, empiezo a utilizar mis recursos oratorios y comienzo a explicar historias de mi familia, amigos, conocidos y otros personajes que voy sacando de la chistera. Lo importante, en todo caso, es que el espectáculo debe continuar.

Pero volviendo a mis dos señoras. El otro día más allá de la primera toma de contacto, me sucedió algo curioso, que me hizo reflexionar. Una de ellas me preguntó si podíamos atrasar las clases media hora. Para mí no era un problema, aunque eso supusiera regresar más tarde a casa. El motivo de esta petición es que la señora no tenía tiempo suficiente para prepararse para la clase a las 18.30, ya que antes de venir, debía cenar. En mi cabeza, la idea me resultó peculiar. De hecho, me imaginaba a mí en la misma situación. Culturalmente, en España cuando cenamos, después no tenemos en mente hacer nada realmente productivo. Solamente, vaguear, descansar e ir a la cama. ¡Acaso se me iba a ocurrir a mí salir de mi casa para ir a estudiar un idioma extranjero después de cenar! Me pregunto si, en España, con el enconado debate sobre el cambio de hora y la conciliación familiar llegaremos a ese punto en que la cena dejará de suponer el fin de nuestras jornadas para convertirse en una simple comida más.

En fin, Canadá y España, mundo anglosajón y mediterráneo, culturas cercanas pero, al mismo tiempo, distintas. Como dice el dicho, “no te acostarás sin saber una cosa más”. Por ejemplo, días más tardes me invitaron a un partido de la NBA entre los Toronto Raptors y Los Ángeles Clippers. Por fortuna, los canadiense vencieron con facilidad al equipo californiano y, para mi suerte, superaron los cien puntos. ¿Qué significa eso? Pizza gratis para todos los asistentes al partido al día siguiente en una famosa cadena de pizzerías de la ciudad. No es que se trate de una dieta muy equilibrada, pero volviendo al refranero español: “A caballo regalado, no le mires el diente”. En fin, me despido por una semana más, pero os deseo un feliz fin de semana y que el azar y la suerte, al igual que “la fuerza”, estén con vosotros.

Primeras veces

Sentado en la mesa de un bar con un nombre tan lleno de significado como inspirador, Page One (página uno), me niego a hacer todas las tareas que debo realizar. En su lugar, prefiero invertir mi tiempo para reunirme de nuevo con vosotros, seáis quien seáis, y me leáis desde donde me leáis. Hoy me he levantado en una cama nueva. En una casa nueva. En un lugar aún desconocido, pero elegido para registrar las minucias de mi cotidianidad. Las sábanas aún no están impregnadas de mi olor, la habitación aún no se ha empapado de esa calidez propia que traemos las personas. Todo sigue pareciendo impersonal, pero sólo es el principio de una etapa nueva. No es cuestión de correr demasiado. En todo caso, febrero no ha hecho nada más que empezar y todo ya ha cambiado.

Bueno, todo, todo… Quizás sea demasiado exagerado, pero ya sabéis la hipérbole y yo somos inseparables. Llevamos dos días del nuevo mes y, además de yacer sobre un colchón diferente, y ostensiblemente más grande, ya se han sucedido una serie de acciones primerizas, que se van acumulando a ese insaciable bagaje que el azar y la casualidad se encargan de cargar a mis espaldas. Por ejemplo, en esta última semana, he cobrado por primera vez una cantidad importante con un cheque al portador. Es una tontería, pero me despierta ternura utilizar un medio de pago tan arcaico en un mundo que lucha por ser tan innovador y, a su manera, “revolucionario”. Asimismo, he empezado a trabajar en un centro educativo superior de Toronto, con un sueldo muy razonable. No es que sea en sí algo para hacer alarde, pero el hecho de tener que impartir clases en los suburbios de la ciudad me ayudan a confirmar mi elección por vivir en el centro. Con este nuevo puesto laboral, ya van cuatro. Y recientemente he recibido una llamada para un quinto. ¿Pluriempleo? Déjame que os escriba un libro.

Hace poco también fui por primera vez al acuario de Toronto y a la destilería de la cerveza local, Steam Whistle. En este último lugar, pude experimentar algo muy poco canadiense. No es que quiera hacer publicidad, pero es que me resultó, cuando menos, peculiar. Es un sitio en el que puedes acercarte a la barra del bar y pedir una muestra de cerveza. Los diligentes camareros te sirven una caña con una sonrisa en la cara y sin cobrarte. En una sociedad con tantas restricciones en torno al alcohol, es todo una sorpresa.Esta última semana de enero y primera de febrero, me ha traído una buena noticia en relación con mi desafío de vientre plano u operación bikini. Lamentablemente, he sido irresponsable el resto de días, así que tengo que volver a engañar a la báscula para que vuelva a ser mi amiga. Para ello, estoy intentando persuadir a algunos amigos, e incluso alumnos, para correr 10 kilómetros el 7 de mayo. Después de mi caminata de más de 63 kilómetros hace dos años con mi acompañante de viaje catalana, creo que estoy preparado para alcanzar esta nueva meta. Espero que la desidia no sea más fuerte que yo, aunque estos días le esté venciendo la partida a la fuerza de voluntad. En fin, en cuanto esté más asentado, prometo seguir por el camino de la rectitud y de la dieta con bajo contenido calórico.

Para finalizar el blog de esta semana, sólo comentar un hecho curioso que me sucedió el domingo pasado. Ese día fuimos al cine un grupo de amigos a ver un documental sobre la biografía del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Fue una cinta muy interesante, que describía cómo un niño de un pueblecito de la costa caribeña de Colombia se había convertido en el “mejor” escritor de las letras españolas del siglo XX. Viendo la película, retazos de recuerdos de “Relato de un náufrago”, de “El coronel no tiene quien le escriba” y, sobre todo, de “Cien años de soledad” aparecieron, entonces, en mi pensamiento. Sin embargo, mi intención no es resaltar la maestría de este gran personaje de la literatura, sino lo que sucedió en el cine esa mañana de enero. Pues bien, estábamos en el cine, que para ser un documental estaba abarrotado, cuando a mitad de la película, la cinta se empezó a bloquear hasta que se paró por completo. Considerando que el precio de la entrada era muy superior al que suelo pagar los martes cuando voy al cine, y que nos encontramos en un país que se vanagloria por estar en la vanguardia tecnológica, no deja de ser paradójico. En fin, tras cinco minutos, consiguieron resolver la incidencia.

En definitiva, febrero ya está aquí. Ya llevo más de cuatro meses en este país, que sin ser mi patria, he convertido en mi hogar. El futuro se ve prometedor a corto plazo, aunque la incertidumbre continúa cerniéndose sobre mí como la draga de Damocles. En todo caso, como no me canso de repetirlo a mis allegados, ahora toca vivir el momento. Lo que tenga que venir ya será problema de nuestro yo futuro. No queramos correr demasiado para llegar a un punto que alcanzaremos más tarde o más temprano. Si nos apresuramos, quizás nos perdamos los matices y detalles, que hacen de nuestra existencia maravillosa y única. ¡Feliz semana y feliz camino!

La ardilla voladora

Al final, la perseverancia da sus frutos. Tras mucho tiempo de preparación y nervios, he conseguido el puesto de trabajo del que he estado hablando las últimas semanas. Estoy muy satisfecho, porque es un trabajo interesante, haré currículum y mis finanzas mejorarán ostensiblemente. Todo parece ir viento en popa y a toda vela en este 2017. Nuevos empleos, nuevas amistades y, en breve, nuevo domicilio.

Hoy me apetece contaros mi corta, pero esclarecedora, búsqueda de vivienda en Toronto. Como ya sabéis, durante estos meses he estado compartiendo piso con unos amigos, que generosamente me han acogido en su hogar. Tras ya unos cuantos meses, consideré que ya era hora de emanciparme y devolverles su preciada privacidad. Pues bien, hace menos de una semana, me puse manos a la obra. Debo reconocer que buscar apartamentos es una actividad que me hastía profundamente, pero, en esta vida, siempre toca hacer algo que no nos gusta.

El primer piso que visité se encontraba en la intersección entre las calles Queen Street West y Spadina Avenue. Para los no conocedores de la gran urbe canadiense, se trata de un barrio céntrico y, a la vez, moderno. En su entorno más cercano se hallan restaurantes, tiendas, bares, discotecas y otros centros de ocio. Según el anuncio, el piso era una maravilla. Sin embargo, la letra pequeña irrumpió con fuerza durante la visita. El dueño, un hombre afable con pintas de hippy, me enumeró las ventajas del apartamento, pero, al mismo tiempo, me dejó meridianamente claro que a partir de las 21.30 no quería a nadie en casa. Es una lástima, pero ese aspecto rechinó en mis oídos.

El segundo piso se trataba de una habitación con baño propio y cocina compartida. Se encontraba en un barrio más humilde que el anterior, pero en una zona cercana al lugar en donde resido actualmente y que, por ende, conozco bastante bien. La habitación se encontraba en la primera planta. El dueño me hizo pasar a mí primero mientras que él subía las escaleras. Tras un largo pasillo, se encontraba mi potencial habitación, justo después de la cocina. Cuando el hombre encendió la luz, encima de los fogones había algo que se movía. Se trataba de un roedor. Para mi fortuna, no era una rata, sino una ardilla. El asustadizo animal al vernos empezó una trepidante carrera de pared en pared, saltando de un lado para otro como si le corriera la vida en ello. Nos llevó un buen rato sacar a nuestra amiga peluda de la casa, pero, finalmente, lo logramos. La habitación en sí no estaba mal. No obstante, el control de plagas y el deprimente estado de la cocina me echaban para atrás.

Al llegar a casa la tarde que vi a la ardilla, encontré un piso en la misma zona, pero con mejores fotografías. Así pues, al día siguiente, por la mañana, me dirigí a la tercer casa; esperando que a la tercera fuera la vencida. Desafortunadamente, no fue el caso. En esta ocasión, la cocina era algo mejor, pero la abundante suciedad y desorden por doquier me indicaban que ese no sería mi futuro hogar. El precio era muy asequible y el dueño era un hombre encantador, que me empezó a contar historias de cuando era joven y a poner música latina. Si hubiera invertido un poco más en el lugar y la gente fuera más limpia, quizás me lo pensaba y todo.

Tras tres intentos fallidos, decidí aumentar mi presupuesto. Fue entonces cuando la perspectiva mejoró. Di con un anuncio que me pintaba un piso espectacular en el centro de Toronto. El azar y la casualidad me habían traído, al fin, una casa que mereciera la pena. Raudo y veloz, llamé para concertar una cita. Nada más entrar al apartamento, pensé: “Pablo, ¡bienvenido a tu nueva casa!”. Y dicho y hecho. Hoy mismo he pagado el primer mes y la fianza. En breve, me mudaré y comenzará una nueva etapa en esta fantástica ciudad, que siento ya como si fuera mi hogar.

Y la nieve llegó…

El viernes pasado vivimos en Toronto un clima de absoluta excepcionalidad para estas fechas del año. Hacía 18 grados centígrados. Ni corto ni perezoso me dispuse a dar un paseo con el perro por alguna senda que no hubiera transitado aún. Para los que me conocen, me imagino que no les extrañe mi interés por caminar, ya sean 10, 20, o incluso, más de 60 kilómetros en el mismo día. Pues con un tiempo tan atípicamente bueno, no lo podía desaprovechar.

Durante estos meses en Toronto, he seguido cultivando esta afición por descubrir mi entorno paso a paso. La verdad es que me viene heredada de mi padre, quien camina más de una hora al día, y  a su vez de mi abuela paterna, que solía andar bastante cuando la salud se lo permitía. Pues bien, ese día me decanté por una excursión a lo largo del río Don hasta llegar a su desembocadura en el lago Ontario y alcanzar la cercana playa de Cherry Beach. En total, eran unos 13 kilómetros, que me servirían para ejercitar mi aún dolorida rodilla, tras el trastazo que me había llevado la semana anterior. Como es habitual, no suelo encontrarme a muchos viandantes por los recovecos en los que suelo transitar, pero no puedo quejarme del estado de las sendas. Al menos, hasta ahora, ya que en invierno el ayuntamiento no realiza tareas de mantenimiento. Tampoco puedo dejar de mencionar los sitios pintorescos que encuentras en zonas apartadas de la ciudad. Puentes inutilizados de una época pretérita, largos caminos cubiertos por un frondoso manto de hojas amarillas y escoltados por altos árboles que mudan para el invierno, vías de ferrocarriles sin trenes, que al buscar su principio o final, siempre me hacen recordar el futuro, el porvenir y la oportunidad, además del triste final de Tolstói en aquella fría habitación de la estación ferroviaria de Astápovo en que exhaló su último aliento.

Ese viernes, aparte de conocer nuevos rincones de la ciudad, pude disfrutar de un agradable paseo para meditar. Una vez dejado el río a un lado, había que cruzar la zona portuaria hasta llegar al destino. El sol estaba sucumbiendo ante la noche y una vez a la altura del lago, se podía observar el reflejo de los imponentes edificios del centro de la ciudad teñidos de colores rosáceos y anaranjados. Durante la vuelta los rascacielos comenzaban a brillar y a dar la impresión de una ciudad futurista. El perro me acompañó sin mostrar fatiga alguna, aunque el pobre a veces aqueja las largas distancias que le marco. En todo caso, para su alivio perruno, no creo que vayamos a recorrer muchas millas más en los próximos meses debido a las adversas condiciones climáticas que tenemos por delante.

De hecho, mi idílico tiempo primaveral se esfumó a la primera de cambio. Es decir, a los dos días. El domingo me levanté y tras las ventanas un cielo gris encapotaba la urbe. Echando la vista abajo, un manto blanco cubría los tejados, aceras, calles y jardines que podía ver desde el apartamento. Adiós al otoño, el invierno ha llegado. Por suerte, ese día me invitaron a una feria de vinos y productos gourmet. De esta manera, podría llorar mis penas ante el túnel que nos acompañarían durante los próximos meses. No es que no supiera dónde me metía antes de venir, pero es que me sigue dando mucha pereza el frío gélido que se avecina. Espero que una vez mentalizado lo pueda soportar con más alegría.

La feria no tuvo pérdida. Pero, sin duda, lo mejor fueron los puestos de vinos, quesos y caquis españoles. No sólo porque hubiera trabajado en ellos dos años atrás, sino que sus productos me acercaban un poco a casa, al menos aunque fuera un poco. Del resto de expositores, me quedo con una salsa de champiñones y unos tentempiés vegetarianos parecidos a las patatas fritas, junto a las entretenidas instrucciones de un joven cocinero canadiense. Así mismo, también probé suerte en un sorteo para un viaje con todos los gastos pagados a Barbados. Si el frío llama a la puerta de tu casa, un avión al Caribe siempre es una buena opción. Veamos si el azar y la casualidad quieren que el país isleño se sume a la lista de mis próximos destinos.

Un crisol de culturas

El avispado lector al entrar en el post de esta semana pensará: “Pufff… Ya nos viene a contar las maravillas de la conocida como la ciudad más multicultural del mundo [Toronto]”. Pues bien, no van desencaminados, pero mi intención no es repetir mis impresiones cuando llegué por primera vez a esta gran urbe canadiense ni tampoco enumerar los barrios de comunidades extranjeras. Por el contrario, busco plasmar una serie de experiencias acaecidas la última semana que ponen de manifiesto la diversidad cultural en la que me veo inmerso.

Empecemos por el fin de semana pasado. Como ya mencionaba en mi post anterior, el sábado ayudé a organizar una fiesta sorpresa. Los asistentes éramos principalmente canadienses o españoles. Entre mis tareas, se encontraba recoger la comida encargada. Poco antes del comienzo del guateque (esta palabra me recuerda a mis padres), ahí estaba yo esperando al coche que me habían reservado por Uber. Debo reconocer que es la primera vez que lo utilizaba y que, como me suele pasar, estaba algo nervioso al no saber qué podía o no podía hacer. El hombre, callado pero simpático, me llevó en un pispás a la zona conocida como Midtown Toronto, que sería el centro geográfico de la ciudad. Allí me estaban esperando cuatro kilos de carne con tortillas mexicanas, nachos y varios tipos de salsa. El restaurante estaba hasta la bandera y había una cola fuera para obtener mesa. Al tener la comida encargada, me dirigí directamente a la barra y allí una señora me atendió. Por supuesto, toda la conversación fue en español. Tras ahumar un poco el coche del Uber, la llegada del manjar mexicano fue gratamente recibida por los invitados de la fiesta. Sin embargo, sobró mucha comida y durante tres día estuve comiendo tacos. Ya llegó un momento en el que pensaba que iban a salírseme por las orejas, pero, bueno, finalmente se acabaron.

Tras la anécdota del fin de semana, pasamos al martes. Me imagino que todo el mundo estaría expectante por las elecciones en Estados Unidos. Al compartir huso horario y tener acceso a las cadenas de televisión estadounidenses, la experiencia fue más llevadera que la de los compatriotas europeos, que tuvieran que seguir los resultados de madrugada. Durante semanas nos han bombardeado con noticias sobre la campaña electoral. Hemos visto los debates presidenciales y presenciado el intercambio de acusaciones, recriminaciones y descalificaciones mutuas. Una vez pasado el 8 de noviembre, lo que observamos es una nación dividida, pero como ya nos dice el refranero español, “nunca llueve a gusto de todos”. Estoy contento de poder vivir este momento histórico tan cerca de Estados Unidos, pero me alegra aún más poder hacerlo desde Canadá con Justin Trudeau al mando. Esperemos que la decisión democrática de los estadounidenses no repercuta negativamente en el devenir de muchos desafíos globales. Eso sí, de la nueva presidencia de EE. UU. me llevo el meme en el que salen Donald Trump y Barack Obama con un titular que dice: “Orange is the new black” (“El naranja es el nuevo negro”, nombre de una serie estadounidense), al comparar el color de la tez de ambos mandatarios.

Recompuesto tras el shock electoral, el miércoles me dirigí a la Galería de Arte de Ontario para asistir a una exposición titulada Mystical Landscapes (“Paisajes místicos”). En ella se exponen obras de Gauguin, Monet, Munch y Van Gogh, junto con otros artistas europeos y canadienses. Al contemplar los cuadros, me retrotraje a mis clases de historia del arte con 18 años e intenté recordar las enseñanzas que una vez aprendí. En la exposición quedé cautivado por el artista sueco Eugène Jansson, del que nunca había oído hablar, pero que consiguió llamar fuertemente mi atención con sus cielos de Estocolmo al atardecer, bañados por los últimos rayos del ocaso y las luces del norte tiñendo el firmamento. La exhibición ha despertado el interés de muchos torontonianos y las salas estaban llenas de gente, en especial aquellas con obras de artistas reconocidos.

Así pues, una semana con un poco de diferentes culturas. Esto es Toronto. Más allá de sus barrios, sus restaurantes y sus peculiaridades, estoy en una ciudad en la que te despiertas en un sitio y pasas el día en el país que más apetezca. Hoy me iré a dar un paseo por el barrio griego para luego seguir por el indio y mañana ya será un día nuevo. El azar y la casualidad ya dirán adónde debo encaminar mis pasos.