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La interrupción

El teatro estaba en el centro de la ciudad. Solía acoger grandes representaciones y obras artísticas. Ese día, por el contrario, no había ningún espectáculo teatral. Sin embargo, el lugar no permanecía cerrado. Se estaba llevando a cabo la presentación de un libro de una joven autora oriunda de la región.

La tardía pareja se apresuraba para encontrar su camino hacia la sala en la que se celebraba la tertulia. Acababan de llegar en un vuelo desde Londres y no habían tenido un segundo ni siquiera para tomar aire. Tras aparcar el coche automático de alquiler, juntos, de la mano, se dirigieron al teatro. La entrada lateral del edificio les condujo a unas escaleras que les llevaban directamente adonde estaba teniendo lugar el acto. La voz de ella ya llenaba el vacío de aquel espacio amarmolado. Esa voz familiar les atraía hacia allí y cada vez se iba sintiendo más cercana. Uno de los dos hombres puso su mano sobre el pomo de la puerta y la abrió. Su mirada y la de ella se cruzaron.

Una noche fría de invierno ella dormía. Había sido un día feliz. Desde hace semanas, su madre pasaba todo el día con ella, por lo que no se sentía sola. Como cada día, antes de acostarse, le leyeron un cuento. No fue difícil para ella sumergirse en ese mundo de fantasía que la historia iba recreando en su cabeza. En poco tiempo, cayó dormida y comenzó a soñar con los personajes del relato. En ese mundo onírico, todo era posible, incluso, podría volverse real.

En medio de la noche, sin embargo, el sueño se volvió más oscuro, más complicado, mutó en una pesadilla. Angustiada por el miedo, se despertó. Había soñado que se quedaba sola, que sus padres se habían ido. Con los ojos abiertos, intentó vislumbrar algo en el vacío negro de la habitación. Cuando alcanzó el interruptor de la luz, sus padres ya no estaban allí, habían desaparecido, solo estaban ella y una anciana despeinada en camisón y con una mancha en la cara. Ella gritó y gritó, lloró y lloró, pero su llanto era inconsolable.

La anciana intentó tranquilizarla. Con grandes dosis de paciencia, y con una voz dulce de abuela, consiguió serenar a la muchacha. Reconoció a la señora: Era la vecina de enfrente. Más calmada, ella le preguntó por sus padres. ¿Adónde se los había llevado el sueño? La mujer le abrazó y le dijo en un susurro: tu hermano está de camino.

Sobre el escenario, ella aguantaba los nervios como podía. No le gustaba hablar en público. A pesar de haber repetido el discurso unas mil veces, tenía miedo a quedarse en blanco. Tras la introducción del editor, comenzó a relatar los pormenores de su nueva novela. Comentaba con pasión la trama principal, la relación de los distintos personajes y los significados ocultos, que se podían leer entre líneas. Pasada una media hora, ya había perdido toda vergüenza y hablaba del libro distendidamente. De pronto, la puerta de la sala, se abrió y apareció su hermano, al que no veía desde hace meses. La sorpresa le hizo enmudecer y por un corto lapso de tiempo se quedo sin palabras. Solamente unas lagrimas de alegría interrumpieron en su semblante. Las mismas que aquella noche de marzo le anunciaron que ya no estaba sola.

Sentado en el avión, junto a Dave, vuelvo a casa. Escribo estas líneas imaginándome la reacción a una sorpresa largamente esperada. En la cabeza cientos de posibilidades cobran sentido. En algo menos de dos horas, cruzaremos el umbral de esa puerta, nos fundiremos en un abrazo y compartiremos lagrimas de felicidad, de reencuentro.

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