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Clases y clases

El azar y la casualidad o, más bien, el dios del tiempo se han puesto en mi contra. No me entra en la cabeza lo que habremos hecho los pobres habitantes de Toronto, pero ya estamos hartos. Sí, señor, ¡basta ya! Estamos hastiados de este clima que quiere pero no puede, de una de cal y otra de arena. Un invierno rezagado que nos envía bofetadas heladas y una primavera tímida a la que le cuesta despuntar. Sin embargo, lo que más me enerva es que las inclemencias meteorológicas tienden a escoger los fines de semana como campo de batalla, ya sea de lluvia, nieve o viento.

Por ello, en las contadas ocasiones en las que el perezoso sol se atreve a hacer frente a las nubes, los castigados urbanitas debemos aprovechar el momento. Justamente, eso hicimos el domingo pasado. Sorprendentemente, amaneció soleado y sin una brizna de viento. Tras retozar más de la cuenta en la cama, decidimos ir a desayunar fuera. En mente teníamos una pequeña cafetería de la calle Yonge, en el barrio de Summerhill, en la que aún no nos habíamos aventurado. Se hallaba muy cerca de donde trabajaba como vendedor de vino, hace ahora ya una eternidad, aunque solo hayan pasado cuatro meses. ¡Qué caprichosa es la vida y cuántas vueltas puede llegar a dar!

En fin, vuelvo al hilo de la historia, que si no, me voy por las ramas. Fuimos a la cafetería The Pantry (“La Despensa”) y pedimos dos desayunos con café. El sol entraba a raudales por el enorme ventanal junto a nuestra mesa. A esa hora éramos pocos en el bar y el ambiente era agradable. Mientras nos encontrábamos charlando sobre todo y nada, entró una familia para pedir unos cafés para llevar. Al alzar la vista, la cara de la mujer me resultó familiar. No dudé ni por un momento. Estaba convencido. Se trataba de Chrystia Freeland, actual ministra canadiense de Asuntos Exteriores. Sin embargo, no era la primera vez que me  topaba con ella. De hecho, durante mis ajetreados días en Bruselas, tuve la fortuna de asistir a una reunión del Comité de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, en la que la entonces ministra canadiense de Comercio Internacional defendía apasionadamente las ventajas del acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. En aquella ocasión, esta mujer mostró un desparpajo tal, que dejó a más de uno boquiabierto y supuso un recuerdo indeleble en mi memoria.

Como norma general, siempre que veo a alguien famoso, no armo ningún revuelo. Por el contrario, actúo con total normalidad. Si yo fuera alguien de renombre, no me gustaría que me atosigaran por doquier. Además, entiendo que todo el mundo tiene derecho a vivir con su familia con total privacidad. En fin, una casualidad más del destino. Al menos, me alegra saber que existen políticos a los que no se les caen los anillos por frecuentar cafeterías con el resto de los mortales. En España, los políticos profesionales no sé si atreverían. Incluso, hay muchos que no viven de la cosa pública que tampoco compartirían espacio con simples comuneros. Recientemente, he tenido la oportunidad de conocer a alguien, presuntamente de la nobleza, que argüía estar emparentada con el mismo rey Felipe VII. Para no contrariarla, le seguí la corriente, aunque era obvio que alguien no estaba en su sano juicio.

Lo dicho. No todas las semanas te cruzas con dos personalidades famosas, aunque una de ellas lo sea de un mundo inventado. A este paso, en unos meses, coincido con Justin Trudeau en un bar tomando unas cervezas. Si es así, me imagino que seré la envidia de más de uno y una. En tal caso, no tardaré ni un segundo en sentarme enfrente del ordenador y relataros los pormenores de tal eventualidad. Hasta entonces, jueves tras jueves, tenemos una cita con el azar y la casualidad en Canadá.

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La llama de mi hijo es Gustavo

El día a día está lleno de casualidades. A veces ya ni me sorprendo de que las cosas sucedan de la forma en que lo hacen. Si no existieran estas anécdotas, probablemente, ahora no estaría redactando estas líneas. De hecho, uno de los objetivos de este blog es contar estas casuales coincidencias con un toque de humor.

Esta semana me han pasado dos cosas un tanto curiosas. Empezaré con una relacionada con mi post anterior. Entonces comentaba mis impresiones sobre algunos aspectos del proceso selectivo en el que me vi inmerso. Pues bien, lo más sorprendente fue lo que me ocurrió cuando finalice la entrevista personal, que daba por finiquitada mi fase de pruebas para alcanzar el puesto ansiado. El hombre que me acompañó a la salida, un español de origen, con ya varios años en Canadá, me hizo un comentario que, como se dice en estos tiempos modernos, me dejo “ojiplático”; esto es, con los ojos abiertos como platos. Lo que me pareció tan chocante fue el hecho de que habíamos sido compañeros de clase durante un curso hace ya más de cinco años. Supongo que podréis imaginaros la cara de estupefacción que se me quedó ante tal noticia. De hecho, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue si me había reconocido, cosa que me sorprendía y me asustaba por igual. Sin embargo, el temor desapareció rápidamente, cuando comprendí que ese curso estaba anotado en mi currículo y deduje, por sus palabras, que era consciente de tal casualidad por ese motivo. Cuando decimos que el mundo es pequeño, a veces puede llegar a resultar diminuto.

Esta historia me recuerda a otra que me sucedió cuando era un mozalbete de diecinueve años y estaba cursando un curso de verano de neerlandés en Zeist (Países Bajos). En aquella ocasión, tras haber pasado tres semanas en un hotel en medio de un frondoso bosque, uno de los camareros que nos servía cada día se acercó a mí. No me acuerdo de si se dirigió a mí en inglés o en neerlandés, pero sí de su pregunta. El chico quería saber si era de Barcelona o vivía allí. Por aquel entonces, aunque los veranos los pasara en Asturias, mi residencia la tenía en la Ciudad Condal. Al asentir, él me juró y perjuró que me había visto en mayo en Las Ramblas. Aún no sé si esto fue una triquiñuela para ligar conmigo o sólo una coincidencia, pero, bueno, reitero lo dicho: “el mundo es muy pequeño”.

Volviendo al presente. Otra de las casualidades que me han sucedido recientemente no tiene mayor importancia, pero me ha parecido curiosa también. Hace unos días fue la gala de los Globos de Oro en Los Ángeles. En este evento Meryl Streep dio un discurso que no dejó a nadie indiferente, en especial, al próximo calientasillas del despacho oval. Al ver el homenaje que le hacían, pensé que sería una buena ocasión para repasar su filmografía. Me decanté por la película La muerte os sienta tan bien (1992), en la que Meryl Streep interpreta a una actriz que va viendo cómo la juventud se le escapa de las manos y busca todos los medios para remediarlo. El pasarme una tarde viendo este filme no habría tenido el mayor interés, sino fuera porque el martes pasado, en el cine, al comenzar los créditos de la película Aliados (2016) leo: “Directed by Robert Zemeckis”. El mismo director que en la cinta de 1992, y yo sin proponérmelo. A veces, las cosas pasan porque sí y no hay que buscar muchas explicaciones. No es que sea un hecho relevante, pero me llama la atención que nunca hubiera oído el nombre de ese señor y que en menos de siete días hubiera protagonizado dos momentos de mi vida. En fin, coincidencias.

Y antes de acabar con el post de esta semana, me gustaría traer a colación un juego de palabras que me sucedió en una de mis clases. Estaba hace unos días con uno de mis alumnos repasando las maneras de presentarse en español. Básicamente, tres: “Me llamo Pablo”, “soy Pablo” y “mi nombre es Pablo. Pues bien, resulta que a los anglófonos que se aventuran en el aprendizaje del español les cuesta diferenciar estas tres formas. Por eso, cuando estábamos practicando el otro día estas fórmulas, en vez de responderme que “mi hijo se llama Gustavo”, mi buen estudiante cometió un lapsus linguae y mencionó que “la llama de mi hijo es Gustavo”. Supongo que no hacía referencia al bonito animal de Los Andes. En fin, paciencia, buenos alimentos y repetir mis lecciones tantas veces como sean necesarias. Que visto lo visto, van a ser muchas.

Acento circunflejo

No una, ni dos, ni tres veces. ¡Ya no sé en cuántas ocasiones me han confundido con un francés! Es curioso cómo la gente te asocia una nacionalidad sin ton ni son. Me imagino que para un canadiense medio no hay mucha diferencia entre un francés y un español. Al fin y al cabo, somos europeos, pero lo confuso es que te consideren oriundo del país de los galos cuando saben que te llamas Pablo.

Hace unos días tuve una cita. No es que sea yo muy proclive a contar por las redes mi vida amorosa, pero es importante describir bien el marco de la acción. Se trataba de una primera cita. Intento no ir con grandes expectativas, pero con una actitud positiva. El encuentro se llevó a cabo en un bar-restaurante en el centro de Toronto. El local es una casa con varias plantas. Para poder tener más intimidad escogimos el último piso y nos empezamos a conocer. La estancia era pequeña, pero acogedora. Estaba adornada de lucecitas y tenía un encanto especial. Tras una larga conversación, y acabadas nuestras consumiciones, pedimos la cuenta. En ese momento, el camarero me miró y me preguntó directamente si éramos franceses. Le contesté que no y, entonces, quise saber si él era oriundo de Francia. Me dijo que no, que le había parecido notar un acento francés. Hay quedó la cosa.

Si hubiera sido la primera vez que me pasa, no le habría dado especial importancia. Sin embargo, al repetirse ya reiteradamente, me ha llevado a plasmarlo en este blog. Ya me había pasado en otro bar con unos amigos, cuando un señor cuyos músculos no cabían dentro de la camiseta y cuyo porte imponía se acercó a mí y, siendo poco común para los estándares canadienses, posó su mano en mi hombro y me formuló la misma cuestión. Asimismo, en la tienda de bebidas alcohólicas hace unas semanas vino un chico con dos botellas de vino de Denominación de Origen de Navarra. Resulta que la representante de este vino en Norteamérica es conocida y amiga mía, por lo que le dije al joven que había hecho muy buena elección. Interesado por mi  comentario, le expliqué que era español y que conocía bien el vino. Él, sorprendido, me aseguró que pensaba que era francés (¡Mira, que llevo una miniplaca en la camisa con mi nombre! Pero, bueno, sí, francés). Él era hispanohablante, pero nunca me dijo de qué país. De lo que sí que me informó fue de la coincidencia de que sus antepasados también eran asturianos. ¿Casualidades? Por algo, escribo este blog.

En fin, resulta que soy un joven afrancesado. Espero que tengan buena imagen de los galos, porque si no, no sé cómo tomármelo. En todo caso, es mejor que cuando conozco a alguien, les digo mi nombre y se quedan perplejos, porque piensan: “¡Hostia, como Pablo Escobar!” De hecho, hace unos días, me presentaron a un chico. Al verme con mi camisa de rayas rojas y blancas, que utilizo tanto como disfraz de Wally o de pirata, en festividades carnavalescas, y saber que me llamaba Pablo, me asoció rápidamente con el famoso narcotraficante colombiana. Incluso, me afirmó que llevaba la misma camiseta que él llevaba. Mira que me he visto las dos temporadas de la serie de Narcos, pero no me suena que llevara justamente esa indumentaria. En definitiva, si me dan a elegir entre Escobar o un francés, creo que me quedo con los gabachos.

Esto es todo por hoy. Sigo siendo pobre un día más, porque no me ha tocado la lotería, pero sólo económicamente. En el fondo las experiencias son las que enriquecen nuestras vidas. He pasado de tener una belleza de cánones griegos, según algunas amistades, a parecer algo afrancesado. ¿Qué nos deparará el azar y la casualidad en 2017? Eso está por ver y aquí estaré para contároslo.

Acento circunflejo

No una, ni dos, ni tres veces. ¡Ya no sé en cuántas ocasiones me han confundido con un francés! Es curioso cómo la gente te asocia una nacionalidad sin ton ni son. Me imagino que para un canadiense medio no hay mucha diferencia entre un francés y un español. Al fin y al cabo, somos europeos, pero lo confuso es que te consideren oriundo del país de los galos cuando saben que te llamas Pablo.

Hace unos días tuve una cita. No es que sea yo muy proclive a contar por las redes mi vida amorosa, pero es importante describir bien el marco de la acción. Se trataba de una primera cita. Intento no ir con grandes expectativas, pero con una actitud positiva. El encuentro se llevó a cabo en un bar-restaurante en el centro de Toronto. El local es una casa con varias plantas. Para poder tener más intimidad escogimos el último piso y nos empezamos a conocer. La estancia era pequeña, pero acogedora. Estaba adornada de lucecitas y tenía un encanto especial. Tras una larga conversación, y acabadas nuestras consumiciones, pedimos la cuenta. En ese momento, el camarero me miró y me preguntó directamente si éramos franceses. Le contesté que no y, entonces, quise saber si él era oriundo de Francia. Me dijo que no, que le había parecido notar un acento francés. Hay quedó la cosa.

Si hubiera sido la primera vez que me pasa, no le habría dado especial importancia. Sin embargo, al repetirse ya reiteradamente, me ha llevado a plasmarlo en este blog. Ya me había pasado en otro bar con unos amigos, cuando un señor cuyos músculos no cabían dentro de la camiseta y cuyo porte imponía se acercó a mí y, siendo poco común para los estándares canadienses, posó su mano en mi hombro y me formuló la misma cuestión. Asimismo, en la tienda de bebidas alcohólicas hace unas semanas vino un chico con dos botellas de vino de Denominación de Origen de Navarra. Resulta que la representante de este vino en Norteamérica es conocida y amiga mía, por lo que le dije al joven que había hecho muy buena elección. Interesado por mi  comentario, le expliqué que era español y que conocía bien el vino. Él, sorprendido, me aseguró que pensaba que era francés (¡Mira, que llevo una miniplaca en la camisa con mi nombre! Pero, bueno, sí, francés). Él era hispanohablante, pero nunca me dijo de qué país. De lo que sí que me informó fue de la coincidencia de que sus antepasados también eran asturianos. ¿Casualidades? Por algo, escribo este blog.

En fin, resulta que soy un joven afrancesado. Espero que tengan buena imagen de los galos, porque si no, no sé cómo tomármelo. En todo caso, es mejor que cuando conozco a alguien, les digo mi nombre y se quedan perplejos, porque piensan: “¡Hostia, como Pablo Escobar!” De hecho, hace unos días, me presentaron a un chico. Al verme con mi camisa de rayas rojas y blancas, que utilizo tanto como disfraz de Wally o de pirata, en festividades carnavalescas, y saber que me llamaba Pablo, me asoció rápidamente con el famoso narcotraficante colombiana. Incluso, me afirmó que llevaba la misma camiseta que él llevaba. Mira que me he visto las dos temporadas de la serie de Narcos, pero no me suena que llevara justamente esa indumentaria. En definitiva, si me dan a elegir entre Escobar o un francés, creo que me quedo con los gabachos.

Esto es todo por hoy. Sigo siendo pobre un día más, porque no me ha tocado la lotería, pero sólo económicamente. En el fondo las experiencias son las que enriquecen nuestras vidas. He pasado de tener una belleza de cánones griegos, según algunas amistades, a parecer algo afrancesado. ¿Qué nos deparará el azar y la casualidad en 2017? Eso está por ver y aquí estaré para contároslo.

Más frío que el invierno

Acabo de llegar a casa de hacer unos recados. En el transcurso de vuelta a casa, se ha desatado una tormenta de nieve que nos ha dificultado el paso a los viandantes. Por suerte, no he pasado demasiado frío, ya que me había provisto de más capas que una cebolla. Eso sí, mi pobre cara sí que se ha tenido que enfrentar con las gélidas ráfagas de viento y copos de nieves que se le cruzaban. Con las temperaturas que estamos viviendo, ya tengo un cutis terso y, por desgracia, unos labios resecos, que ni siquiera el cacao que me he comprado pueden remediar. En fin, esto es Canadá.

Hoy, por suerte, no he tenido que trabajar. Ni en la tienda ni en la escuela. Por lo tanto, ha sido un día un tanto relajado. Nada comparado con este fin de semana pasado en la tienda. En donde ha habido una afluencia masiva para aprovisionarse de los néctares etílicos preferidos de los canadienses. Como es costumbre ya, algunos clientes merecen que hable de ellos en este rincón de Internet. En el post anterior, mencionaba la campaña de donaciones para fundaciones benéficas que estamos desarrollando en la tienda. Pues bien, una señora se me acerca el otro día con un par de botellas de champán. La mujer iba engalanada con un abrigo de pieles y llevaba un gorro con lentejuelas, que me recordaba a aquellos típicos de los años veinte. Además, portaba varias joyas que brillaban por doquier. Hago contacto visual y le pregunto si desea donar para un hospital para niños. En lugar del socorrido “not today” (“hoy no”), me contesta que se había enterado de lo que cobraban los médicos en ese hospital y que le aparecía abominable tener que contribuir con dos, cinco o diez dólares. Mi respuesta, como siempre, fue una sonrisa.

Sin embargo, este no fue el caso que más me llamó la atención. Ese mismo día un hombre se acercó más tarde. Su vestimenta denotaba un alto estatus social. Básicamente, como la mayoría de clientes del barrio, dado que es un lugar en donde el dinero podría crecer de los árboles. Llevaba uno de esos típicos fulares estampados alrededor del cuello junto con ropa de marca. Al formularle la pregunta en cuestión, el hombre se negó taxativamente mientras farfullaba que él no se había hecho millonario gracias a donaciones y que si los del hospital querían dinero que trabajen más duro. Sí, señoras y señores, ese es el típico espíritu navideño. En fin, no todos son tan vehementes a la hora de rechazar este pago.

Más allá de mis clientes adinerados, esta semana he tenido una nueva clase privada como profesor de español. Mi alumno fue un señor de unos 70 años, a quien le apetecía aprender una lengua nueva. Cuando le comenté que era de España, me comentó que tenía pensado viajar allí pronto. La clase comenzó con una serie de dudas sobre un texto que había leído. Entre ellas, el hombre no se aclaraba en relación con las fechas. Para ilustrarle, utilicé el mismo día: “el martes 13 de diciembre de 2016”. Con esto, como presupondréis, vino la consabida superstición de los martes y 13 en España, junto con la dichosa coletilla. Al señor parece que le hizo gracia y continuamos con la lección. Aunque su nivel era de principiante, se notaba que hablaba otras lenguas extranjeras, ya que hacía preguntas muy concretas que para otro estudiante pasarían desapercibidas. Un tema que le suscitaba especial interés era la pronunciación de diferentes palabras como “caro” y “carro”. Lo tengo que confesar. No lo pude evitar y le expliqué que carro no era la única palabra para referirse al automóvil y que, concretamente, para mí era bastante inusual. De hecho, cada vez que leo “carro” en el libro de texto, se me viene a la cabeza Manolo Escobar y su carro robado. Y lo que me intriga es la imagen que tendrían los latinoamericanos que no usen el vocablo “coche” cuando escuchan esta canción. Como bien dice otra pieza musical, más moderna y con vídeo de Youtube incluido, “¡qué difícil es hablar el español!”

Pues bien, compañeros del metal, como cariñosamente se dirige a mí un buen amigo, y aún no tengo claro por qué, esto es todo por hoy. El próximo jueves espero estar brindando porque algún joven del colegio San Ildefonso cante el número de mi décimo de lotería. Hasta entonces, a seguir por esta senda marcada por el azar y la casualidad en Canadá.

Primeras impresiones

Como ya contaba en posts anteriores, mis penas por la búsqueda de un trabajo son cosas del pasado. Ahora, a la falta de uno, tengo dos. Pero vayamos paso por paso. Hace una semana que llevo haciendo cursos de formación, tanto para la tienda de bebidas alcohólicas como para las clases de español. Sin embargo, solamente he trabajado por el momento en el monopolio público y mis futuros alumnos aún no han tenido la suerte (o desdicha) de conocerme. Eso ocurrirá mañana, así que todavía queda tiempo para contar.

De los alicientes de trabajar en la tienda de vinos, además de servir a una entidad pública y haber prometido mi lealtad a la reina Isabel II como muestra de mi honestidad ante las tareas que me toca desempeñar, se encuentra el trato con los clientes. Es cierto que llevo pocos días, pero eso poco ha importado para sumar nuevas historietas a mi haber. Muchos de nuestros clientes se percatan de mi acento y se interesan por saber mi historia. Todos quedan embelesados con la idea de España, el sol, la comida y el estilo de vida. De hecho, no pocos han pasado sus vacaciones en varios puntos de la geografía española, aunque ninguno me ha sorprendido por haber visitado Asturias. Es lo que hay. Seguimos siendo un diamante en bruto, aún por explotar turísticamente. Espero que todavía quede mucho tiempo para eso.

Hay otro grupo de clientes que aprovechan estos días para hacer acopio de bebidas para las fiestas. Ya sea para regalar o para convidar durante alguna de las celebraciones. Cada día que voy me encuentro con personas que gastan en alcohol cifras desorbitantes. Por ahora, mi récord en una sola venta asciende a más de 6.400 dólares canadienses, esto es, unos 4.500 euros. ¡Vaya! ¡Casi nada! Pero qué se puede esperar de un barrio en el que algunos clientes gastan 1.000 euros por unos zapatos, que parecen unas babuchas de cualquier mercado marroquí. Pues lo obvio: un despilfarro constante. En todo caso, a final de cuentas, el dinero está para gastarlo y quien tenga, pues que se permita todos los lujos que vea conveniente.

Otro tipo de clientes son aquellos que parece que no tienen otro pasatiempo en la vida que darte conversación. Por ejemplo, el fin de semana pasado un señor ya mayor se me acercó y me empezó a contar la historia del edificio en el que se halla la tienda: la antigua estación del Norte de Toronto en el barrio de Summerhill. Entre los datos que más me llamaron la atención se encuentran la visita del rey Jorge VI de Inglaterra y su esposa en 1939, justo antes del inicio de la II Guerra Mundial; la torre del reloj imitando el Campanile di San Marco, sito en la plaza de San Marcos de Venecia; o los ladrillos y piedras empleados para su construcción, que fueron traídos desde la vecina provincia de Manitoba y que tienen fósiles incrustados. En definitiva, un sitio con solera y con más secretos que lo que se puede apreciar a primera vista.

Del uso como estación ferroviaria ya estaba enterado. De hecho, es algo patente cada hora cuando pasan por encima un tren tras otro. El temblor de las miles de botellas en ese momento apunta a un mal desenlance. Entiendo que el sitio tiene su encanto, pero situar una licorería junto a unas vías de tren es algo rocambolesco. Esta situación me recuerda a la que vivía la familia Banks de Mary Poppins cuando el Almirante Boom ordenaba disparar un cañonazo para indicar cada hora en punto. Sin duda, en la película todo era más exagerado, pero es para que os hagáis una idea de lo que experimento cada hora.

En resumen, las primeras impresiones son bastante positivas. El azar y la casualidad me han llevado a un lugar histórico, que esconde más de lo que parece. Por el momento, seguimos pasito a pasito hacia adelante y sin perder la sonrisa. Espero que con el transcurrir de las semanas también aumente mi conocimiento en bebidas alcohólicas y pueda ser aún más sibarita si cabe con lo que consumo.

La galleta de la suerte

Tras varios días de dieta baja en calorías, el domingo me di una recompensa en forma de sushi. Con mi hermana y un selecto grupo de amigas comparto esta pasión por el pescado crudo enrollado en bolitas de arroz y algas. Fuimos al restaurante al que solía ir hace dos años, que se encuentra a dos minutos de mi entonces hogar. Snif. Snif. Según Jorge Luis Borges, “cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios, sino los tiempos”. La verdad es que parte de razón tiene, pero, en este caso, también echaba de menos su comida.

El restaurante servía los mismo platos que entonces, pero como novedad, en cada mesa había una tableta con todos los platos y la comanda podía realizarse directamente desde la mesa. Tienen un sistema de bufé libre, pero que te traen directamente a la mesa. Una vez acabado el atracón de la delicia nipona, nos obsequiaron con dos galletas de la suerte. Cuando abro la mía, me encuentro con el siguiente mensaje: “What you have been wishing for is on its way/ Ce que vous désirez est en route”, o en español: “Lo que deseas está en camino”.

Pues bien, la galleta no estaba muy equivocada, porque al día siguiente conseguí una nueva oportunidad laboral. Esta vez como profesor de español como lengua extranjera. Es decir, una vuelta a los orígenes. Aún no están cerrados todos los detalles, pero parece ser que podría empezar a impartir clases a partir de enero, una vez que haya seguido un curso de formación. La idea sería compaginar ambas ocupaciones y convertirme en una hormiguita trabajadora que se ganara el pan. En todo caso, no alcemos las campanas al vuelo, porque aún tengo que realizar sendas formaciones y empezar sendos trabajos antes de hacer planes de futuro. Pero la alegría no me la quita ya nadie.

Sin embargo, no quiero recrear el cuento de La lechera, aunque parece que vaya siguiendo sus pasos. Y no lo digo de una manera metafórica. Como muchos sabréis, la lechera es una muchacha que lleva su cántaro de leche al mercado. En su cabeza va imaginando las cosas que comprará con el dinero que obtenga de la leche. En su imaginación cada vez se va haciendo más rica, pero todos sus sueños se derrumban cuando tropieza con una piedra y el cántaro se hace añicos. Siguiendo su ejemplo, ayer tras haber obtenido una evaluación positiva de la prueba que me hicieron como profesor, volvía yo a casa del supermercado inmerso en mis pensamientos cuando me vi envuelto en el juego de la gravedad dirigiéndome estrepitosamente hacia el suelo. Por fortuna, la compra se mantuvo en su sitio, a excepción de las manzanas que salieron rodando sobre el negro asfalto. Entre la vergüenza, la cola de coches que querían pasar y mi dolor de rodilla, me levanté como pude y seguí adelante. Eso sí, más atento a la realidad.

Otra vez el azar y la casualidad han querido escribir las líneas de mi aventura vital. Pareciera que me pongo a buscar anécdotas, pero como muchos dicen, la realidad supera a la ficción. De cualquier modo, mi filosofía actual es vivir el presente y dejar las decisiones futuras para mi yo futuro. Esta enseñanza la aprendí durante mi viaje a Indonesia hace ya un año y, desde entonces, intento aplicarla cuanto puedo. Cierto es que como buen piscis, debo luchar viento y marea para intentar no planificar. Aún así, en una conversación reciente con una amiga, me comentaba que yo tenía un máster en planificación, así que supongo que deberé seguir trabajando por cambiar.

En todo caso, me alegro de seguir sin engrosar la cuenta corriente de ningún psicólogo, ya que al parecer las galletas de la suerte de esta ciudad parecen hacer su papel. Hace dos años ya me decían que quisiera más a mí mismo con el siguiente mensaje: ”It is impossible to please everybody. Please yourself first. / Charité bien ordonnée commence par soi même” (“Antes de complacer a los demás, quiérete a ti mismo”, o algo así). Y ahora, parece que tampoco se han equivocado. Veremos que me depara el azar y la casualidad en el siguiente tentempié asiático.

La Arcadia laboral

Finalmente, he logrado mi primer trabajo. Es el primero, porque si decido pasar aquí el invierno, posiblemente necesite buscar más sustento económico para sobrevivir en el paraíso helado. Sin embargo, por algún lugar hay que empezar y el mío será en el monopolio provincial de compra, venta y comercialización de bebidas alcohólicas de Ontario. Al entrar a trabajar en esta empresa pública, mi vida laboral, nacida en el estanco familiar, continúa en una la licorería oficial. Se ve que el azar y la casualidad han querido que me siga dedicando a la mala vida.

Debido a mi santa cabeza, hoy he dejado mi tarea de escribir en el último momento. No obstante, al haberse cambiado la hora en España el fin de semana pasado y al seguir con la misma en Toronto al menos hasta dentro de unos días, puedo escribir dentro de los márgenes del jueves. Eso sí. Será una carrera a contrarreloj y espero que mi prosa no se vea desnaturalizada por las prisas. Pues bien, como contaba, tengo trabajo en una tienda de bebidas alcohólicas. Mi primer día será dentro de un par de semanas, porque antes debo realizar una formación, que según me describieron en la entrevista es muy “divertida”. No creo que nos den muestras gratis del producto, porque el curso es en línea, pero estaría bien. De hecho, el viernes pasado tuve otra entrevista en otra tienda de bebidas alcohólicas canadienses. Durante el transcurso de la misma, me dijeron que dentro de la política de empresa estaba entregar cada semana una botella de vino para que el dependiente conociera el producto y pudiera venderlo mejor. Lo que no te contaban es que de esta manera podían justificar el salario paupérrimo al que te sometían, que ascendía a poco más del salario mínimo por hora. Este hecho, junto con la pregunta de si estaría dispuesto a disfrazarme de racimo de uvas, me tiró un poquito para atrás, pero nunca se sabe. Quizás acabe trabajando allí también. Así, me conviertiré en un pluriempleado, aunque todo eso es adelantar acontecimientos y, por ahora, mis dotes de adivino no han dado buen resultado.

Así pues, la entrevista de la empresa sin disfraz fue bien. Tan bien que me han seleccionado para cubrir una vacante de manera temporal. Durante mi conversación con el gerente, intenté crear un vínculo de confianza. Por ello, le expliqué anécdotas e historias relacionadas con mi conocimiento sobre el vino y otras bebidas alcohólicas. Asimismo, cuando me indicó que antes de empezar a trabajar, tenía que hacer un juramento a la Reina Isabel II de Inglaterra (y también de reina de Canadá) por trabajar en una empresa pública, le dije que estaba dispuesto, pero que, claro, no sé si sería contrario a mi supuesta lealtad como súbdito de la corona española. Le debí hacer gracia y, por eso, me ofreció el trabajo. Al final, todos los manuales y páginas webs con consejos sobre entrevistas laborales deberían mencionar que lo importante es ser uno mismo y crear confianza, ya que somos seres humanos y buscamos a alguien en quien podamos contar.

Hasta mi estreno laboral, no tengo claro qué estaré haciendo. Tengo varios planes en mente, desde una boda y una fiesta sorpresa hasta una feria de vinos y un voluntariado de última hora. En todo caso, a pesar de que no he alcanzado aún la Arcadia laboral del trabajo acorde con mi perfil académico y laboral previo, me siento contento y predispuesto a enfrontar este nuevo reto. Disculpas por el retraso a los que me lean en Europa de noche, pero “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir.”

Hasta el infinito o más allá

Esta semana ha sido de locos. He empezado a recibir llamadas de empresas, he asistido a ferias de empleo y he sido entrevistado para varios puestos. Al final, os podréis librar de mis lamentos y penas varias ante las inciertas perspectivas de mi futuro aún por escribir. Me doy cuenta de que tiendo a la exageración cuando explico los pormenores de esta búsqueda ciega de un porvenir. No obstante, es mi estilo y es el que es. Alguien muy cercano a mí me ha felicitado recientemente por haber encontrado una voz propia y distinguible, aunque a veces peque de seriedad y me aleje de mis lectores. Hoy vengo aquí a volver a hacer a hincapié a un tema que me ha acompañado desde antes de aparecer en escena en este teatro de la vida, esto es, mi primer apellido.

Después de dos años, compruebo que las gentes de Toronto están más habituadas al hecho de que alguien tenga dos apellidos. Si muchos tienen dos nombres, ¿por qué no podrían tener dos apellidos? Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, como ya es costumbre, resulta que Ruisánchez no es del gusto de todos, ya sea en Canadá o en España. Desde mi más tierna infancia, he tenido que lidiar con personas que se creían con la autoridad de decirme cómo se escribía mi propio apellido. En algunas ocasiones, cuando añadían una zeta en medio, incluso argüían que yo era el responsable del equívoco. En conclusión, desidia e ignorancia. Entiendo que para los no avezados o no conocedores de personas con tan insigne apellido pueda resultar extraño. De hecho, según el Instituto Nacional de Estadística, en España sólo lo compartimos 417 personas en primera posición y 514 en segunda; por lo que muy común, muy común, pues no es.

Acostumbrado ya a los “Ruizsánchez” y otros engendros, el hecho de que me lo volvieran a escribir mal en Toronto no me pilló por sorpresa. Si de pequeño el Club Pescanova no me traumatizó al enviarme correspondencia con el apellido equivocado, no me iba a afectar ahora con unos cuantos años más a mis espaldas. El jueves pasado, unas pocas horas más tarde de haber publicado el post anterior, asistí a una conferencia titulada “Innovación en Canadá”, organizada por una asociación de empresarios hispanos afincados en Canadá. El plato fuerte de la charla lo protagonizó el Director Gerente de Twitter Canadá, quien nos habló de las bondades del mercado canadiense y de los retos de las nuevas tecnologías en el mundo actual. El acto se celebró en una de las últimas plantas del edificio Bay Adelaide Centre, con unas vistas impresionantes de toda la ciudad, especialmente al caer el sol.

Llegué a la cita a la hora establecida, mostré mi entrada y me dieron mi tarjeta de identificación. Ahí aparecía mi nombre acompañado de “Ruiz” y “Sanchez”, como si estos dos tuvieran algo que ver conmigo. Es como si a Mariano le escribieran “Mar” y “Ano” o “Marrano”. No sé, a pesar de todos los años, sigue siendo absurdo. Algo contrariado, me resigné y me colgué la tarjeta del bolsillo de la chaqueta. Me acerqué a la sala y esperé a que comenzara la conferencia. Una vez finalizada, se formaron corrillos en los que los asistentes intercambiaban impresiones y se relacionaban. Lo que se conoce hoy en día como hacer networking. Yo, en la cola de la comida, entablé conversación con varias personas. Entre ellas, se encontraba un informático de una importante empresa canadiense. Al ver mi tarjeta, su reacción fue de asombro al leer a lo que me dedicaba: Spacecraft Controller en la European Space Agency (es decir, Controlador de Aeronaves Espaciales en la Agencia Espacial Europea). ¡Exacto! “Esto que es lo que es”. Pues bien, al haber escrito mal mi nombre, a la hora de buscarlo en Linkedin para incluir mi profesión, habían utilizado la información de otra persona. Aunque desorientado en un primer momento, el error no me arredró y continué con la conversación haciendo chanza de la situación. De hecho, me inventé que esa era mi doble identidad y que, en realidad, era un espía. Un poco de comedia no hace daño a nadie, incluso si delante de ti tienes a una alta ejecutiva de Twitter Canadá.

Sin duda, ese día fue cuando menos curioso, pero me sirvió para conocer a gente, hacer algún que otro contacto y aclarar un poco mis expectativas laborales. El azar y la casualidad dirán qué pasos habré de andar y aquí estaré cada jueves para relataros el camino recorrido. En todo caso, de la anécdota de esta semana he aprendido que para futuras ocasiones tengo que leer las cosas con más detenimiento, no vaya a ser que un día despegue hasta el infinito o más allá.

Nuevas tradiciones

lista de propósitos que queremos cumplir para el futuro. Asimismo, tras sopesar de los pros y contras de nuestras situaciones personales, nos autoimponemos cambios para mejorar. O, al menos, lo intentamos. Y, a veces, simplemente nos inventamos nuevas tradiciones que hagan nuestra existencia algo más entretenida.

En este momento, es una perogrullada afirmar que a través de los recientes senderos por los que discurre mi vida, ésta se ha vuelto algo convulsa. No obstante, lo maravilloso de estos giros de guión es exactamente la oportunidad de elegir cualquier cosa, esto es, empezar de nuevo, ser alguien diferente. Aun así, en esencia, es arduo modificar hábitos que están inherentemente ligados a nuestra persona. Otros, sin embargo, son más fáciles. Por ejemplo, antes de venir a Canadá, estuve valorando mis posibilidades en ese futuro incierto que, de cierta forma, aún perdura. Gracias a los distintos ámbitos a los que me he dedicado, ya sea académica o profesionalmente, podría utilizar cualquiera de ellos y construir una nueva vía, apartada de la anterior. Aun así, en este mundo tan volátil y mutable, no podemos dar por hecho que todo será cómo nos habíamos imaginado. En parte, son sorpresas que vuelven a la vida más emocionante. Dentro de estos nuevos cambios, el más urgente es encontrar un trabajo. Me encantaría dar con un empleo que me proporcionara valor añadido, no solamente, profesionalmente, sino también en lo personal. En todo caso, el azar y la casualidad tendrán que jugar su parte y tendré que analizar qué opción es más idónea cuando se dé el caso.

Además del tema laboral, hay otras cuestiones que también son proclives a ser modificadas: la ya recurrente pérdida de peso y mejora del estilo de vida, o la aún más presente búsqueda de una estabilidad emocional más allá del celibato. Sin embargo, tampoco es que me sienta especialmente preocupado por estos asuntos en este momento. Esto se debe a que vivo el presente y me dejo llevar, en busca de un futuro prometedor. Eso sí, ya tengo en mente ciertos pasos que tomar para seguir con cambios en ambos asuntos. En definitiva,  ya iremos viendo que nos depara el paso del tiempo.

Como anécdota de la semana, relacionada con nuevas tradiciones, aunque, en este caso, ya sean algo viejas, quería traer a colación dos hábitos que me impuse a principios de este año. Por un lado, pensé en apuntar todas aquellas conversaciones que me parecieran curiosas, graciosas o interesantes. Durante meses, estuve compilando varios momentos por el mero deseo de luchar contra las manecillas del reloj y guardar aquellas historias que conforman nuestro día a día, pero que se diluyen con el paso del tiempo. Sin embargo, debido a un accidental tropiezo, que provocó que mi teléfono móvil se escurriera de mis manos para darse de bruces contra el suelo, he perdido la mayoría. Eso no me ha impedido continuar con esta manía personal de escuchar conversaciones ajenas, pero sí que me ha entristecido que hayan desaparecido.

Por otro lado, también comencé entonces una tradición, que no es tan frecuente como la anterior, pero que me hace ilusión explicarla. Tengo familiares y amigos que cuando viajan se traen recuerdos de los lugares que visitan. Algunos suelen comprar el mismo objeto y adornan sus casas con ellos. Desde pequeño, siempre he querido descubrir nuevos países y culturas y, ya entonces, tenía pensado hacer alguna colección de este estilo. De hecho, tengo el segundo cajón de mi escritorio de Asturias lleno de postales de todos los lugares en los que he estado en Escocia cuando vivía allí. No obstante, quería que esta nueva tradición tuviera un significado especial más allá del mero coleccionismo. Por ello, pensé en utilizar un llavero de la ciudad anterior en la que hubiera vivido para abrir la puerta de mi nuevo lugar de residencia. De este modo, portaría constantemente el recuerdo del lugar del que vengo y de los pasos que me han llevado hasta el ahora.

Por ello, desde hace unos días, cuando abro la puerta del apartamento temporal en el que me hospedo en Toronto, lo hago con una llave de la que cuelga un Manneken Pis sobre un pedestal. En éste, grabadas en diferentes colores, aparece la palabra Brussels. La pregunta de si este será éste el llavero definitivo aún no tiene respuesta, aunque no soy ajenos a los vaivenes de la vida y ya no me precipito a elucubrar lo que ha de venir.