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¡Hasta la vista, baby!

Anteayer la primera ministra británica, Theresa May, firmó la carta que activaba el artículo 50 del Tratado de Lisboa, por el que el Reino Unido solicitaba su salida de la Unión Europea. Ayer, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, recibió la misiva y se pusieron en marcha todos los mecanismos para entablar unas negociaciones que se prevén, cuando menos, complicadas. Tras poco más de nueve meses, desde el 23 de junio de 2016, finalmente ha nacido el bebé de la desunión.

El azar y la casualidad quisieron que yo me encontrara en Bruselas aquel 23 de junio. De hecho, me acuerdo muy bien. El fatídico viernes 24 me disponía a viajar a España, para votar en las segundas elecciones generales españolas en menos de un año. La tarde del 23 de junio, como ya iba siendo costumbre, había frecuentado con mis entonces compañeros los bares de la bulliciosa plaza de Luxemburgo de la capital belga. Ante todos los dimes y diretes sobre la votación que se estaba produciendo al otro lado del Canal de La Mancha, a mí me trastocó más la noticia de que al día siguiente habría una huelga general en Bélgica con un parón total de los medios de transporte público. Enterarse de algo así con unas cervezas de más, sobre todo, si son belgas, puede resultar alarmante. Además, si le sumamos que tenía pensado desplazarme al aeropuerto de Charleroi, a cierta distancia de Bruselas, en tren, pues ya la situación presentaba paralelismos con la tragedia griega.

En fin, dentro de lo consciente que estaba, regresé a la oficina y pude reservar un asiento en un autobús que hacía el mismo trayecto. Con eso asegurado, nada impedía continuar con la fiesta. Craso error. Me recogí demasiado tarde, lo que impidió que hiciera mi maleta antes de acostarme. Eso sí, revisé los principales periódicos europeos y en todos había unanimidad en cuanto a la permanencia del Reino Unido en el bloque comunitario. Pocas horas más tarde, al despertarme, corrí a ver si ya había resultados. Para mi sorpresa, más de la mitad de los británicos nos habían querido dar la espalda. Sin embargo, no tenía tiempos para cavilaciones, tenía que hprepararme, salir y dirigirme a la otra punta de Bruselas a tomar el autobús. Y todo ello, a pie, pues no funcionaba nada. Cargando el macuto, recorrí la distancia en un tiempo récord, para encontrarme a un montón de personas esperando con el mismo motivo.

Mientras desesperábamos, me dio por hablar con mi hermana. La pobre mujer me explicó que le habían entrado a robar en casa. Al parecer, un chorizo saltimbanqui había trepado por los tubos del gas del patio para colarse por la estrecha ventana de la cocina. Una vez dentro, sin hacer ruido para despertarlos, había sisado el ordenador, un Ipad y dinero. Nerviosa, me explicaba que estaban esperando a la policía y que se sentía terriblemente asustada. Sin poder servir de mucha ayuda, intenté tranquilizarla, aunque, en estos casos, nunca se sabe qué decir. En fin, entre una cosa y otra, llegó el autobús y nos dirigimos hacia Valonia. Al estar cortadas las carreteras principales por la huelga, recorrimos los bucólicos paisajes rurales del sur de Bélgica, llenos de granjas, tractores y vacas. En un periplo que parecía no tener fin, llegamos a un aeropuerto colapsado por la falta de servicios.

En el aeropuerto, tras los atentados de Bruselas de 2016, todo eran controles. De hecho, no sé por qué me hicieron tres. Debía de ser que tenía unas pintas de personaje peligroso, porque si no, yo no me lo explico. Después de que me registraran por arriba y por abajo, comí algo y me fui a mi puerta de embarque. Allí me esperaba una larga cola que se había formado con más de media hora de antelación. Lentamente, fuimos pasando. Para mi infortunio, a las mujeres que estaban delante de mí les pusieron una pegatina en las tarjetas de embarque para que facturaran su equipaje, pretendidamente de mano. Como es lógico, a mí también me tocó. Sin embargo, yo no use la picaresca española, de las que mis compañeras noreuropeas parecían conocedoras, ya que se libraron de dicha notificación y subieron al avión con sus bolsos. Infeliz de mí, entregué mi bolsa de viaje para que la llevaran a la bodega y me acomodé en mi sitio.

El avión despegó con mucho retraso. Además de la huelga de Bélgica, en Francia, donde parece que los paros laborales, en especial de controladores aéreos, son parte de la idiosincrasia del país, impidieron que saliéramos en hora. Como cabe suponer, si sales tarde, no llegas a tiempo. Y dicho y hecho. Aterrizamos en el aeropuerto santanderino a escasos minutos de que mi autobús hiciera parada allí. Estresado, como es natural, salí del avión lo más deprisa que pude. No obstante, al estar en el medio exacto de la aeronave, poco podía hacer. Ya en la sala de equipajes, la dichosa bolsa no salió hasta un largo rato después. Poniendo los pies en polvorosa, corrí como si no hubiera un mañana para llegar a la marquesina en la que debía coger el famoso autobús. Al salir por la puerta, al fondo de la carretera, un bus de la misma compañía se disponía a partir. Vanos fueron mis esfuerzos para llegar a tiempo, y aunque gesticulé todo lo que pude, el vehículo se alejó de mí. Cuando lo veía todo perdido, una dulce voz femenina me preguntó: “¿Adónde vas? ¿A Bilbao o a Asturias?” Al responderle, mi compatriota me tranquilizó diciendo que nuestro autobús aún no había pasado. Feliz por la noticia, me sentía aliviado. De lo que no era consciente en ese momento, es que había reservado un bus turístico con parada en todos los pueblos de Cantabria y Asturias entre Santander y Oviedo.

En fin, ¿cómo olvidar ese 23 de junio? Imposible. Nueve meses después. Ahora estoy en un país diferente, pero con unas profundas raíces británicas, que pude constatar el domingo pasado cuando Dave y yo fuimos a Niagara-on-the-lake y visitamos Fort George, en donde ondeaba una gigantesca bandera británica en conmemoración a la guerra de 1812 entre los leales a la corona británica y los separatistas estadounidenses. Es curioso las vueltas que da la historia y como ahora es el Reino Unido el que nos dice “hasta la vista, baby”. No obstante, por mucho que me apene su partida, toca aceptar lo que los británicos, consciente o inconscientemente, han elegido.

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