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En transición

El paso inexorable del tiempo continúa. El invierno se derrite y la primavera nace y crece con fuerza en esta ciudad gris. Sus habitantes despiertan finalmente del frío letargo y se van desperezando poco a poco. Algunos más rápidos que otros, como si ya la primavera les hubiera alterado ya la sangre. En este impasse, me encuentro yo en un standby, en un momento de espera que no sé cómo va a acabar. Sin embargo, cada vez me preocupa menos lo que tenga que ser, lo que tenga que venir.

Hace ocho meses aterrizaba en Toronto sin más sostén que una maleta y una bolsa de viaje. Eso sí, también contaba con un puñado de amistades, que me acogieron como si nunca me hubiera ido, como si siempre hubiera sido parte de sus vidas. Tras infructuosos intentos de lograr mis propósitos a la primera, resultó que el azar y la casualidad prefirieron que los fuera alcanzando sin proponérmelo.  Primero, vino un mes de búsqueda errática, de frustración palpable y de desilusionada resignación. Tras ello, me así a la suerte de haber encontrado una grieta en ese gris túnel que me sumía en el caos. Apareció la tienda de vinos, y sin pretenderlo, el trabajo de profesor de español.

Entrados ya en este nuevo año, a las clases se sumaron las horas matinales de oficina, con lo que finalmente hallaba la estabilidad largamente buscada. Al éxito profesional, se sumó el personal. En un pestañeo, acabé dejando un celibato bien largo para descubrir una relación que sigue viva y crece con fuerza. Con planes futuros, proyectos a medio plazo y, sobre todo, grandes dosis de ilusión, vuelvo a navegar en un mar de incertidumbre. Eso sí, ahora yo no soy el que ha de pergeñar mis acciones futuras. Lo único que me toca es esperar. Vivir en transición.

Al echar la vista atrás, y rememorar lo andado, el miedo se disipa. Hace ocho meses apenas podría haber imaginado que llegaría hasta este punto, hasta esta existencia única que late aquí y ahora. La vida no está para vivirla mañana, la vida está para disfrutarla hoy. Por ello, aunque en el horizonte sólo haya nubes, o quizás un cielo despejado, lo único que me queda es esperar, dejarme llevar, volar soñando. Desconozco lo que ha de venir, pero prefiero entregarme con pasión y jugar con el azar y la casualidad.

Esto no es un principio, tampoco es un final. Esto es una continuación. Es una rueda que gira y que, aunque, a veces, parezca que se pierde por algún recodo, sabe muy bien por donde va. Sin grandes novedades, me despido esperando que la espera no desespere y que mañana el cielo siga siendo azul y yo siga soñando.

Corriendo hacia mi destino

Mis admiradores más enardecidos se han quejado reiteradamente en los últimos días por mi falta de diligencia al no publicar nada la semana pasada. En fin, los oriundos de la península Ibérica tendemos hacia la más irremediable procastinación y, en algunos casos, incluso hasta la desidia nos vence. Lo sé, lo sé. ¡Excusas, excusas! Como las que muchos nos ponemos para no ir al gimnasio en un día perezoso. En todo caso, más vale tarde que nunca y, por ello, aquí y ahora os presento la historia silenciada de mi vida en Toronto durante los últimos días.

En el transcurso de todos estos meses, he pretendido tejer las complejas relaciones que el azar y la casualidad nos tienen preparados. Sin duda alguna, esta última quincena ha sido inequívocamente determinante para mi futuro próximo. No quisiera decir transcendental, porque suena demasiado rotundo. Por ello, ruego a la fortuna que me ayude una vez más en los proyectos futuros. Me encantaría poder relataros las maquinaciones maquiavélicas en las que me hallo, pero por miedo a recibir un mal fario me esperaré aún un tiempo para destripar todos mis planes. Os lo podéis tomar a risa, pero todavía me acuerdo de aquel amigo de la infancia que fue a hacer unas pruebas para un laureado equipo de fútbol español, y después de haber propagado la noticia a diestro y siniestro, no consiguió entrar en el equipo por culpa de una lesión tras un accidente de tráfico. Por ende, para no tentar a la suerte me voy a quedar chitón.

De cualquier modo, lo que sí os puedo avanzar es que los pronósticos parecen halagüeños. No lo digo por las probabilidades estadísticas por las que pueda conseguir mi meta. Si no, por el hecho de que se ha cumplido mi primer gran axioma de la teoría de los principios malos. Para los no avezados en esta creencia mía, la resumo en que para alcanzar el objetivo propuesto, todo debe empezar a la contra. Y así ha sido de nuevo esta vez. El sábado 22 de abril fui convocado a un examen para certificar mi nivel de inglés. Este requisito era perentorio para las gestiones que debía tramitar más adelante. Al llevar una vida desasosegada, el único día para el que me podía inscribir era en la fecha mentada.

Ese sábado tras levantarme, me dirigí a la escuela de aprendizaje de español done imparto clase. Allí comuniqué a mis alumnos que terminaríamos la sesión algo antes, debido a mi compromiso. Todos asintieron conformes y comenzaron mis suplicios gramaticales. A las 11.45 me dispuse a salir del centro para tomar el metro y dirigirme hacia el este. Según Google maps, el trayecto me llevaría algo menos de una hora y debería tomar dos metros y un autobús. Mentalizado, me senté y me dejé llevar. Al llegar a la estación de Kennedy, punto final de la línea 2 del metro. Una encartonada voz metálica nos informó de que la conexión en metro de la línea 3 no era posible a causa de unas obras. Eran las 12.25. La compañía de transporte público, Toronto Transit Commission (TTC), proveyó unos autobuses que hacían el mismo recorrido. Raudo, subí las escaleras para colarme en un vehículo justo antes de que partiera. Satisfecho por la hazaña, me senté y me dispuse a esperar. No obstante, se ve que no tenía toda la suerte conmigo. A pesar de mis prisas, el conductor parecía que no sentía devoción por la velocidad ni por los carriles rápidos.

Cuando llegamos a la penúltima estación de metro, Scarborough Centre, era el único pasajero que continuaba en el autobús. El señor que no me había visto comenzó a departir con un superior, con el fin de acabar su jornada laboral. El gerente le comunicó que me debía dejar en la estación siguiente y que podía irse a casa. El conductor se puso en marcha. Sin embargo, nunca me dejó en la última estación. Tras pasarla sin detenerse, en el cruce de las calles Grangeway Avenue y Progress Avenue, se detuvo y me preguntó que hacia dónde me dirigía. Al decirle que tenía un examen, que empezaba en 15 minutos y que el centro se encontraba en la calle donde estábamos, pero dos kilómetros hacia el este, el hombre se hizo el sueco y se negó a llevarme. Como no me dio ninguna alternativa, más allá de tomar otro autobús, en la calle en la que me entraba en donde no había ninguna marquesina, le di los buenos días y me fui corriendo. Cargado con mi mochila, comencé a recorrer la distancia que me separaba de mi futuro, de mi vida próxima y de los sueños, ideas y proyectos que ya empiezan a emerger en mi cabeza.

Consciente de que si llegaba tarde y el examen empezaba, no me dejarían entrar en el aula y debería esperar a otra fecha. Agotado por el esfuerzo de correr hacia mi destino, ojeaba el inexorable paso de las manecillas del reloj. Minuto a minuto, mis esperanzas se iban derrumbando. Poco a poco, los ojos se me iban llenando de unas lágrimas amargas, que ya había probado un lúgubre dieciséis de junio de 2006, cuando nunca pude sentarme en el avión que me tenía que llevar a Barcelona, para realizar otro examen y empezar otra vida.

Aquella vez y esta, han tenido solución. Finalmente, sin resuello alcancé la clase y pude sentarme a hacer el examen. Eso sí. Todas las instrucciones sobre el estado en el que debía presentarme a un examen, creo profundamente que las incumplí. Al menos, las de haber comido, haber llegado puntual y estar relajado. Tras este susto que el azar y la casualidad me tenían previsto, el resto de gestiones ha seguido su curso y todo sigue en marcha. No sé si mis planes y los del destino son los mismo, pero para averiguarlo tanto vosotros como yo tendremos aún que esperar.

Beautiful things are happening in here

El sábado pasado nos encontrábamos sentados en el coche azul eléctrico a punto de iniciar nuestro fin de semana en el Condado del Príncipe Eduardo. Como una señal divina, justo en el edificio de enfrente habían puesto unos pósteres con obras de arte. En una de las columnas, el azar y la casualidad nos enviaba un mensaje casi profético: Beautiful things are happening in here (“Cosas bonitas están pasando aquí”).

En contraposición a ese porvenir tan halagüeño, una torrencial lluvia nos pronosticaba unos días pasados por agua. No obstante, nuestra confianza en que el temporal amainaría era más fuerte. Salimos de la gran urbe raudos y veloces, para tener que detenernos al poco tiempo en una de las arterias que comunican a Toronto con el exterior. Los días festivos, junto con la incesante lluvia, habían provocado fuertes retenciones en la salida de la ciudad. Aún así, eso no nos desanimó. Quizás, al no tener prisa, no nos preocupábamos por el tiempo que pudiéramos pasar en la carretera. Ya lo dicen los libros de autoayuda, la meta no es el destino final, sino el camino. En fin, que tras los percances varios, seguimos nuestro rumbo con destino a Wellington.

Cuando nos adentramos por la península que constituye el Condado del Príncipe Eduardo, la verdad es que el paisaje no era muy diferente del que habíamos dejado atrás. Cierto es que entre recodo y recodo, el lago era cada vez más patente, hasta un punto en que ya no nos abandonó. Llegamos temprano al hotel The Drake Devonshire Inn. Para quienes no lo conozcan, se trata de un establecimiento de diseño con habitaciones individualizadas, que cuidan hasta el más mínimo detalle. Nuestro cuarto estaba en la planta principal. Justamente, al lado de la escalera que conducía al segundo piso. Era un espacio bastante grande, con múltiples detalles que lo hacían acogedor. Lo único perturbante era su proximidad a la entrada del hotel y sus cortinas recogidas con total visión a nuestros aposientos. Sin embargo, tanta falta de intimidad se resolvió con un poco de música y con correr las cortinas.

Bajado el telón, y tras un merecido descanso, decidimos tomar el coche para acercarnos al pintoresco pueblo de Picton. Una buena amiga canadiense me había asegurado que era un lugar muy coqueto, con un estilo genuino que, a veces, es difícil de encontrar por estos lares. No se equivocaba. Como muchas otras localidades norteamericanas, Picton se organizaba entorno a su calle principal, en donde se encontraban los edificios públicos y la mayoría de tiendas y comercios. No obstante, se constataba que era un sitio con cierto interés turístico, ya que todo el mobilario urbano estaba bien cuidado y las portadas de los edificios conservaban un sabor británico, que nos retrotraían a otros tiempos. Picton es un pueblo importante para la historia de Canadá, ya que fue donde el primer primer ministro de Canadá, Sir John Alexander MacDonald, empezó su carrera como abogado. Estatuas, jardines, calles y edificios rememoraban la figura del ilustre habitante. Sin prestar especial atención, más allá de leer un par de carteles informativos, nos dispusimos a hacer lo que nos había llevado hasta allí: tomar un café en una acogedora cafetería, que resultó comunicar con una librería con un gato orondo maullando sin parar.

Tras disfrutar del cortado, muy de moda en los antros más a la última de Canadá, y de leer la prensa, hicimos tiempo suficiente para volver al coche y dirigirnos al interior de la península a la casa de unos conocidos. Allí nos esperaba un matrimonio que había adquirido y reformado una antigua casa de estilo georgiano. Después de la tournée por su hogar, nos agasajaron con un vino tinto de la zona, muy apreciado por los ontarianos, y con diversos quesos y tentempiés. La charla fue muy amena, pero demasiado centrada en las aficiones favoritas de los torontonianos: el dinero y el trabajo. En fin, a caballo regalado, no le mires el diente. Pasado un rato, nos tuvimos que despedir, ya que teníamos reservada una mesa en el restaurante del hotel.

Con tanto piscolabis y conversación, el tiempo se nos había echado encima. No obstante, eso no impidió que llegáramos puntuales a la hora de la reserva. El problema surgió cuando en el restaurante nos comunicaron que no nos tenían en la lista de la cena. Extrañados, pusimos nuestras mejores caras de asombro. Entonces, los encargados nos respondieron con una cordial sonrisa y nos condujeron al interior del restaurante. Allí nos ofrecieron la mejor mesa del establecimiento, justo en la esquina con vistas al lago Ontario, a un riachuelo y una panorámica completa de toda la sala. Nada más sentarnos, Carrie, nuestra camarera, se apresuró a atendernos. Vino provista de una bandeja con dos copas de champán. Antes de mediar palabra, nos preguntó: “Honeymoon?” (“¿Luna de miel?”). Nos miramos, sonreímos y dijimos que no. La camarera, contrariada, se dio la vuelta y huyó con el elixir burbujeante. Al cabo de un par de minutos, regresó de nuevo con las copas aún consigo y nos la sirvió con un cortés: “Enjoy!” (¡Disfrutad!).

La velada fue perfecta. Risas, conversaciones, recuerdos, confesiones, confianza, comida, vino, champán, cócteles, luces, postres. Todo había salido redondo y el fin de semana no había hecho nada más que empezar. Se ve que el azar y la casualidad no erraban al decirnos esa mañana en Toronto que “beautiful things are happening in here”.

12 horas

“La primavera ha llegado a la ciudad, y no sabes lo bien que me sienta, papá.” Entonando la letra de esta canción de Facto Delafé y las Flores Azules, os escribo de nuevo una semana más desde el cada vez más soleado Toronto. Parece mentira que ya estemos dejando atrás el invierno para adentrarnos en la primavera. De hecho, ya se empiezan a notar los primeros efectos del cambio estacional. Con temperaturas rondando casi la veintena, los lugareños han copado las terrazas de los bares y restaurantes. Sin embargo, la algarabía es efímera, porque tan pronto te sobra la ropa, como te hace falta un abrigo. En fin, misterios de la vida.

El azar y la casualidad han querido que este alcanzando el cúlmen del sueño capitalista. Es decir, amasar montones y montones de dinero. Al menos, eso es lo que me responde la gente cuando les explico mis interminables jornadas laborales. Hace unos días, le comentaba a una compañera de trabajo mi pavor por pasar mañana y tarde trabajando. Su respuesta fue una pícara sonrisa acompañada del rintintín: “Money, money, money” (“Dinero, dinero, dinero”). De hecho, justamente ayer, estuve trabajando durante doce horas: siete en la oficina y cinco impartiendo clase. No es que el salario que percibo vaya a sacarme de pobre, pero sí que me produce un cansancio crónico, que enardecido con la falta de sueño, pues os podéis imaginar el careto. Sin embargo, debo reconocer que cuando estaba enseñando por cuadragésima vez la diferencia entre el verbo ser y el estar, me sentía con una cierta vitalidad. Debe de ser la primavera.

En fin, que llevo una vida ajetreada. No es que me queje, pero como dicen los jóvenes asturianos de hoy en día, “no me renta”. Tendría que buscarme un solo trabajo con retribuciones suficientes para subsistir y cumplir mis proyectos vitales. Pero, quizás, estoy pidiendo la luna. En todo caso, entre los temas del visado, la vida amorosa, el ir de aquí para allá, no me queda tiempo para nada. Pero, lo reitero, no me quejo. Y menos, hoy: Jueves Santo, y también principio de mis vacaciones de Semana Santa. No es que sea yo muy religioso, pero no le voy a decir que no a unos merecidos días de descanso. Sobre todo, si te tienen preparado un viaje romántico, en un hotel de lujo junto al lago Ontario en el refinado Condado del Príncipe Eduardo.

Aguardo con impaciencia esa bucólica estampa canadiense. Me han explicado que junto al pueblecito en el que nos hospedaremos hay un parque natural con dunas de arenas, que te transportan a otro lugar del planeta. Sin embargo, la suerte ha querido que la caprichosa primavera venga cargada de lluvia este fin de semana. Espero que los pronósticos yerren en su desolador vaticinio y que pasemos una feliz estancia en The Drake Devonshire Hotel. Sí, lo sé, os he puesto el nombre del establecimiento, para que se os pongan los dientes largos, pero es lo que hay. Además de los bellos parajes, me han comentado que esa es una de las zonas con mayor producción de sidra de Canadá. Como asturiano de pura cepa, es mi obligación catar el jugo dorado de sus manzanas con suma precisión para determinar si su bebida es tan buena como afirman.

En definitiva, acabo hoy con un texto algo más breve, porque ante tantos acontecimientos, aún tengo la casa patas arriba, las maletas sin hacer y un par de clases por dar. Si ya lo decían en mi pueblo, no se puede estar en misa y repicando. En próximas entregas, seguiré profundizando sobre este afán repentino por convertirme, sin quererlo, en un Tío Gilito y nadar en montañas de dólares. Hasta entonces, felices fiestas, buenos días de descanso, salud y República (en especial, para los que aún guardamos en nuestra memoria las efemérides del 14 de abril).

Pasos a ciegas

De una forma incesante, el azar y la casualidad siguen tejiendo los hilos de nuestras vidas. Las opciones entonces desechadas son ahora alternativas reales, mientras que las más firmes convicciones se tambalean. Ya decía Heráclito que “todo fluye, nada permanece”. De hecho el filósofo griego también diría que “lo más constante de esta vida es el cambio”. ¡Razón no le faltaba! Es sorprendente que con miles de años de diferencia, al final, cuando nos preguntamos por las incógnitas de nuestra mera existencia, da igual que escribamos en pergamino o en tabletas y teléfonos inteligentes.

La tecnología ha transformado nuestra manera de vivir. No sé si siempre ha sido una mejora o, quizás, una rémora para la supervivencia de los pocos valores que vamos conservando. Supongo que no deja de ser algo a medio camino. Cierto es que en el mundo laboral, las facilidades que la informática nos ha traído son irrenunciables. Justamente hoy, estaba archivando varias cajas de documentos que habían sido mecanografiados con máquinas escribir. Hoy en día es increíble pensar que no hace relativamente poco tiempo si te equivocabas a la hora de escribir, debías sacar tu papel de la máquina y volver a empezar. Si nos remontáramos más atrás y pensáramos que antes de ese gran avance, todo debía de estar escrito a mano, es básicamente demencial. Sin embargo, al mismo tiempo, la tecnología ha traído hábitos desagradables, que poco a poco se van afianzando en nuestras sociedades. Por ejemplo, sin ir más lejos, ayer de tarde, al salir del trabajo iba de vuelta a casa por la calle. Me crucé con varias personas. Todas ellas iban pegadas con su cara a la pantalla de su teléfono. Absortos en un estado comatoso, parecían sonámbulos en plena calle. No es que con esto quiera negar que yo soy un espécimen distinto, pero, a veces, me da por desprenderme de las cadenas que mi Iphone me impone para ver el mundo en el que vivo. Muchas de esas veces me pregunto si estamos yendo por el camino correcto.

Para más inri, no solamente nuestros valores flaquean ante el nuevo imperio de la tecnología. Nuestra propia salud se ve expuesta directamente ante nuevas amenazas. Cuando hagan estudios dentro de unos años sobre el incremento de problemas ópticos por haber pasado años embotados ante televisiones, ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, quizás nos demos cuenta demasiado tarde de que deberíamos haber cerrado los ojos ante tanta luz incandescente. Asimismo, recuerdo con nitidez aquella clase de música del primer curso del instituto. Nuestro profesor repartió una hoja con un texto sobre los problemas de escuchar música a un alto volumen, en especial a través de auriculares. Pues bien, dentro de esta moda estulta de hacer cualquier test que publican en Internet, me hice una prueba para constatar la calidad de mis oídos. El resultado, tremendamente alarmista, pronosticaba un deterioro leve en mis conductos auditivos. No obstante, es cierto que, en el trabajo, cuando tengo que escuchar a alguien a través de un grueso cristal, muchas veces, no me entero de la misa a la media.

No obstante, toda esta reflexión encuentra un punto contradictorio. ¿De quién es la responsabilidad de todo esto?¿Individual o de la sociedad? Nadie nos obliga a estar pegados a nuestras máquinas de última generación. Nadie nos ordena a que dejemos de prestar atención a las personas que nos rodean, a nuestro entorno, a nuestra vida cercana, por estar enganchados a una red que no está presente ni nos abraza por las noches. Sin embargo, somos animales gregarios, cuyas acciones colectivas nos condicionan. Por mucho que nos indignen o preocupen, estos cambios están ahí y, presumiblemente, permanecerán entre nosotros por una buena temporada. Será gracioso ver cómo en un futuro cercano, o quizás en un presente desconocido, salen múltiples centros de desintoxicación y terapias de choque contra las perniciosas consecuencias de las nuevas tecnologías.

En esta senda en la que nos deshumanizamos para convertirnos en autómatas, la tecnología se impone y nosotros nos doblegamos ante ella. Nos movemos en un mundo rápido, pero se me dibuja una sonrisa al pensar que por mucha innovación, aún es un paraguas el mayor invento que me separa de las gotas de lluvia, que estos días refrescan las polvorientas calles de Toronto. El azar y la casualidad quieren que avancemos velozmente hoy en día, sin embargo, yo sigo dando palos de ciego para dilucidar cuál es mi camino. Y por mucho que busque en mis nuevos compañeros robotizados, la única respuesta está en mi cabeza y, también, mi corazón.

¡Hasta la vista, baby!

Anteayer la primera ministra británica, Theresa May, firmó la carta que activaba el artículo 50 del Tratado de Lisboa, por el que el Reino Unido solicitaba su salida de la Unión Europea. Ayer, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, recibió la misiva y se pusieron en marcha todos los mecanismos para entablar unas negociaciones que se prevén, cuando menos, complicadas. Tras poco más de nueve meses, desde el 23 de junio de 2016, finalmente ha nacido el bebé de la desunión.

El azar y la casualidad quisieron que yo me encontrara en Bruselas aquel 23 de junio. De hecho, me acuerdo muy bien. El fatídico viernes 24 me disponía a viajar a España, para votar en las segundas elecciones generales españolas en menos de un año. La tarde del 23 de junio, como ya iba siendo costumbre, había frecuentado con mis entonces compañeros los bares de la bulliciosa plaza de Luxemburgo de la capital belga. Ante todos los dimes y diretes sobre la votación que se estaba produciendo al otro lado del Canal de La Mancha, a mí me trastocó más la noticia de que al día siguiente habría una huelga general en Bélgica con un parón total de los medios de transporte público. Enterarse de algo así con unas cervezas de más, sobre todo, si son belgas, puede resultar alarmante. Además, si le sumamos que tenía pensado desplazarme al aeropuerto de Charleroi, a cierta distancia de Bruselas, en tren, pues ya la situación presentaba paralelismos con la tragedia griega.

En fin, dentro de lo consciente que estaba, regresé a la oficina y pude reservar un asiento en un autobús que hacía el mismo trayecto. Con eso asegurado, nada impedía continuar con la fiesta. Craso error. Me recogí demasiado tarde, lo que impidió que hiciera mi maleta antes de acostarme. Eso sí, revisé los principales periódicos europeos y en todos había unanimidad en cuanto a la permanencia del Reino Unido en el bloque comunitario. Pocas horas más tarde, al despertarme, corrí a ver si ya había resultados. Para mi sorpresa, más de la mitad de los británicos nos habían querido dar la espalda. Sin embargo, no tenía tiempos para cavilaciones, tenía que hprepararme, salir y dirigirme a la otra punta de Bruselas a tomar el autobús. Y todo ello, a pie, pues no funcionaba nada. Cargando el macuto, recorrí la distancia en un tiempo récord, para encontrarme a un montón de personas esperando con el mismo motivo.

Mientras desesperábamos, me dio por hablar con mi hermana. La pobre mujer me explicó que le habían entrado a robar en casa. Al parecer, un chorizo saltimbanqui había trepado por los tubos del gas del patio para colarse por la estrecha ventana de la cocina. Una vez dentro, sin hacer ruido para despertarlos, había sisado el ordenador, un Ipad y dinero. Nerviosa, me explicaba que estaban esperando a la policía y que se sentía terriblemente asustada. Sin poder servir de mucha ayuda, intenté tranquilizarla, aunque, en estos casos, nunca se sabe qué decir. En fin, entre una cosa y otra, llegó el autobús y nos dirigimos hacia Valonia. Al estar cortadas las carreteras principales por la huelga, recorrimos los bucólicos paisajes rurales del sur de Bélgica, llenos de granjas, tractores y vacas. En un periplo que parecía no tener fin, llegamos a un aeropuerto colapsado por la falta de servicios.

En el aeropuerto, tras los atentados de Bruselas de 2016, todo eran controles. De hecho, no sé por qué me hicieron tres. Debía de ser que tenía unas pintas de personaje peligroso, porque si no, yo no me lo explico. Después de que me registraran por arriba y por abajo, comí algo y me fui a mi puerta de embarque. Allí me esperaba una larga cola que se había formado con más de media hora de antelación. Lentamente, fuimos pasando. Para mi infortunio, a las mujeres que estaban delante de mí les pusieron una pegatina en las tarjetas de embarque para que facturaran su equipaje, pretendidamente de mano. Como es lógico, a mí también me tocó. Sin embargo, yo no use la picaresca española, de las que mis compañeras noreuropeas parecían conocedoras, ya que se libraron de dicha notificación y subieron al avión con sus bolsos. Infeliz de mí, entregué mi bolsa de viaje para que la llevaran a la bodega y me acomodé en mi sitio.

El avión despegó con mucho retraso. Además de la huelga de Bélgica, en Francia, donde parece que los paros laborales, en especial de controladores aéreos, son parte de la idiosincrasia del país, impidieron que saliéramos en hora. Como cabe suponer, si sales tarde, no llegas a tiempo. Y dicho y hecho. Aterrizamos en el aeropuerto santanderino a escasos minutos de que mi autobús hiciera parada allí. Estresado, como es natural, salí del avión lo más deprisa que pude. No obstante, al estar en el medio exacto de la aeronave, poco podía hacer. Ya en la sala de equipajes, la dichosa bolsa no salió hasta un largo rato después. Poniendo los pies en polvorosa, corrí como si no hubiera un mañana para llegar a la marquesina en la que debía coger el famoso autobús. Al salir por la puerta, al fondo de la carretera, un bus de la misma compañía se disponía a partir. Vanos fueron mis esfuerzos para llegar a tiempo, y aunque gesticulé todo lo que pude, el vehículo se alejó de mí. Cuando lo veía todo perdido, una dulce voz femenina me preguntó: “¿Adónde vas? ¿A Bilbao o a Asturias?” Al responderle, mi compatriota me tranquilizó diciendo que nuestro autobús aún no había pasado. Feliz por la noticia, me sentía aliviado. De lo que no era consciente en ese momento, es que había reservado un bus turístico con parada en todos los pueblos de Cantabria y Asturias entre Santander y Oviedo.

En fin, ¿cómo olvidar ese 23 de junio? Imposible. Nueve meses después. Ahora estoy en un país diferente, pero con unas profundas raíces británicas, que pude constatar el domingo pasado cuando Dave y yo fuimos a Niagara-on-the-lake y visitamos Fort George, en donde ondeaba una gigantesca bandera británica en conmemoración a la guerra de 1812 entre los leales a la corona británica y los separatistas estadounidenses. Es curioso las vueltas que da la historia y como ahora es el Reino Unido el que nos dice “hasta la vista, baby”. No obstante, por mucho que me apene su partida, toca aceptar lo que los británicos, consciente o inconscientemente, han elegido.

Clases y clases

El azar y la casualidad o, más bien, el dios del tiempo se han puesto en mi contra. No me entra en la cabeza lo que habremos hecho los pobres habitantes de Toronto, pero ya estamos hartos. Sí, señor, ¡basta ya! Estamos hastiados de este clima que quiere pero no puede, de una de cal y otra de arena. Un invierno rezagado que nos envía bofetadas heladas y una primavera tímida a la que le cuesta despuntar. Sin embargo, lo que más me enerva es que las inclemencias meteorológicas tienden a escoger los fines de semana como campo de batalla, ya sea de lluvia, nieve o viento.

Por ello, en las contadas ocasiones en las que el perezoso sol se atreve a hacer frente a las nubes, los castigados urbanitas debemos aprovechar el momento. Justamente, eso hicimos el domingo pasado. Sorprendentemente, amaneció soleado y sin una brizna de viento. Tras retozar más de la cuenta en la cama, decidimos ir a desayunar fuera. En mente teníamos una pequeña cafetería de la calle Yonge, en el barrio de Summerhill, en la que aún no nos habíamos aventurado. Se hallaba muy cerca de donde trabajaba como vendedor de vino, hace ahora ya una eternidad, aunque solo hayan pasado cuatro meses. ¡Qué caprichosa es la vida y cuántas vueltas puede llegar a dar!

En fin, vuelvo al hilo de la historia, que si no, me voy por las ramas. Fuimos a la cafetería The Pantry (“La Despensa”) y pedimos dos desayunos con café. El sol entraba a raudales por el enorme ventanal junto a nuestra mesa. A esa hora éramos pocos en el bar y el ambiente era agradable. Mientras nos encontrábamos charlando sobre todo y nada, entró una familia para pedir unos cafés para llevar. Al alzar la vista, la cara de la mujer me resultó familiar. No dudé ni por un momento. Estaba convencido. Se trataba de Chrystia Freeland, actual ministra canadiense de Asuntos Exteriores. Sin embargo, no era la primera vez que me  topaba con ella. De hecho, durante mis ajetreados días en Bruselas, tuve la fortuna de asistir a una reunión del Comité de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, en la que la entonces ministra canadiense de Comercio Internacional defendía apasionadamente las ventajas del acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. En aquella ocasión, esta mujer mostró un desparpajo tal, que dejó a más de uno boquiabierto y supuso un recuerdo indeleble en mi memoria.

Como norma general, siempre que veo a alguien famoso, no armo ningún revuelo. Por el contrario, actúo con total normalidad. Si yo fuera alguien de renombre, no me gustaría que me atosigaran por doquier. Además, entiendo que todo el mundo tiene derecho a vivir con su familia con total privacidad. En fin, una casualidad más del destino. Al menos, me alegra saber que existen políticos a los que no se les caen los anillos por frecuentar cafeterías con el resto de los mortales. En España, los políticos profesionales no sé si atreverían. Incluso, hay muchos que no viven de la cosa pública que tampoco compartirían espacio con simples comuneros. Recientemente, he tenido la oportunidad de conocer a alguien, presuntamente de la nobleza, que argüía estar emparentada con el mismo rey Felipe VII. Para no contrariarla, le seguí la corriente, aunque era obvio que alguien no estaba en su sano juicio.

Lo dicho. No todas las semanas te cruzas con dos personalidades famosas, aunque una de ellas lo sea de un mundo inventado. A este paso, en unos meses, coincido con Justin Trudeau en un bar tomando unas cervezas. Si es así, me imagino que seré la envidia de más de uno y una. En tal caso, no tardaré ni un segundo en sentarme enfrente del ordenador y relataros los pormenores de tal eventualidad. Hasta entonces, jueves tras jueves, tenemos una cita con el azar y la casualidad en Canadá.

Las buenas compañías

El fin de semana pasado celebré el aniversario de mi nacimiento. En este festejo de mi envejecimiento progresivo, estuve rodeado de mi círculo más íntimo de amistades en Toronto. El azar y la casualidad han querido que tuviera la fortuna de cruzarme con grandes personas durante este tiempo. Como agradecimiento por su afecto y cariño, los convidé a una opípara cena en mi humilde morada.

El banquete consistió en varios aperitivos, que ya forman parte de mis especialidades culinarias como las tostas de salmón con queso, el humus con zanahorias o los dátiles con queso azul. Sin embargo, entre todos ellos, destacaba una gigantesca tortilla de patata, cuyas dimensiones eran enormes. De hecho, debo admitir que era la primera vez que me atrevía a cocinar una tortilla de tales proporciones. Mentiría si dijera que es la más grande que he visto en mi vida, ya que si me retrotraigo a la Barcelona de 2015, no puedo obviar las riquísimas tortillas que degustaba en “El Ambiente del Sur” de la calle Viladomat cada fin de semana. Si la memoria no me falla, allí las cantidades ingentes de patata y huevos superaban con creces los ya cuantiosos diecinueve huevos que conformaban la de este sábado. Más allá del plato por antonomasia de la gastronomía española, de aquel antro sigo guardando gratos recuerdos, sobre todo, de la familiaridad de los camareros, extraña en estos parajes canadienses, o de aquella vez en que una zalamera amiga me persuadió para poner a prueba mi resistencia y enfrentarme a una caminata de 64 kilómetros. En fin, esta tortilla mía, sólo quería ser un homenaje a esos días felices y un agasajo para mis atentos comensales.

La fiesta se desarrolló alegremente entre copas y platos. A los primeros diez invitados, se sumaron otros cinco y, luego, otros cuatro más. Y cuando me quise dar cuenta, mi modesto hogar estaba totalmente invadido por amigos, conocidos y otros. Sí, algunos se tomaron la licencia de invitar a sus amigos sin avisar. Para un anfitrión español, especialmente un padre o una madre, el contar con invitados extra supondría una crisis monumental, ya que, en su cabeza, rondaría siempre la duda de si habría suficiente comida. Es verdad que durante la fatigosa tarde del sábado, mientras preparaba todos esos deliciosos platos, me preguntaba si serían suficientes para mis entonces, trece invitados. Al llegar a diecinueve, constaté que había hecho comida para un regimiento. Por ello, para otra vez, intentaré racionalizar mi nerviosismo y mi afán por parecerme a una abuela con ganas de saciar a su jauría de nietos.

Tras el convite en casa, me sentía destrozado. Era normal. Había madrugado, había ido a trabajar en el centro de enseñanza del español y, finalmente, había estado encerrado en la cocina durante seis horas. Cuando tocó el turno de salir de fiesta, accedí a regañadientes, pero, al final, sucumbí ante el clamor popular. Al fin y al cabo, no todos los días son tu cumpleaños. La mitad de la fiesta nos dirigimos a un club de música latina, que se llama “El Convento Rico”. Cuando llegamos, la fiesta estaba subidita de tono, con un espectáculo de strip tease. La verdad es que no me fijé mucho, dado que la gente se arremolinaba ante el hombre en paños menores. Nuestro grupo, sin embargo, estaba más concentrado en dejar la ropa en el ropero y buscar un servicio de mesa. Una atenta camarera, con un modelito a lo Madonna en los años noventa, se aprestó a atendernos. Cuando trajo la comanda, venía portando dos bengalas chispeantes mientras entonaba el happy birthday to you. ¡Qué más se puede pedir!

La noche transcurrió de forma animada. Con unas copas de más, las caderas siguieron a los ya rítmicos pies. Y ya entre unos y otros, todos estábamos bailando. Pasadas unas horas, el agotamiento pudo con nosotros y nos volvimos a casa. Todo había acontecido en armonía, a excepción del incidente de mi compañero de piso, quien extravió su tíquet del ropero y tuvo que esperar para recoger su chaqueta. Desafortunadamente, alguien ya lo había hecho por él, así que tuvo que volver a casa en camiseta a las cinco de la mañana con un frío gélido envolviéndole. Para mis pesares, en la chaqueta estaban las llaves de casa, así que tras varios intentos de contactar conmigo, lo logró y yo me dispuse a abrirle la puerta, con mi cara de zombi.

Esa mañana comenzó muy pronto. En la cama, con un dolor de cabeza, sólo pensaba en tomar agua y un ibuprofeno. A mi lado, la situación era similar. Por ello, tras un buen receso y pastilla mediante, optamos por levantarnos e ir a tomar el brunch. Generalmente, cuando tengo este tipo de mañanas, no me entra nada en el estómago, pero el domingo fue una excepción. No sé si fue la medicina, la comida, el paseo o la cortante caricia del viento, pero la resaca se atenuó considerablemente aquella mañana. Eso sí, el cansancio me venció y nada impidió que me tomara una merecida siesta por la tarde.

En definitiva, el fin de semana pasado fue especial. No sólo porque fuera mi cumpleaños, sino también por toda la gente que acudió a mostrar el aprecio que me tienen. Cuando se está viviendo en otro país, es importante cultivar nuevas amistades, construir círculos sociales y dar mucho cariño a quien lo necesita. Me siento afortunado de las amistades que aquí me rodean y espero que este sea uno más de los muchos acontecimientos que el azar y la casualidad nos tengan preparados.

Lo quiero para ya

Tras la historia melodramática de la semana pasada, este jueves vengo con noticias mucho más alegres. Todo ello por la espiral de felicidad en la que me veo envuelto y por haber celebrado recientemente el día en que este mundo me vio nacer. Aún sigo inmerso en los preparativos de los festejos de esta fecha tan señalada en mi calendario personal. Sin embargo, mi intención hoy no es enumerar el pantragruélico banquete que tengo en mente para la fiesta que estoy preparando para el sábado, sino que me voy a decantar por mi torbellino laboral.

Esta semana ha sido clave en mi situación laboral y económica en Canadá. El azar y la casualidad han querido que el mismo día, ayer, en el que, por cierto, cumplía años, se juntara el final de mi contrato en la universidad donde impartía las clases de español con mi nuevo trabajo de oficina. De hecho, ese mismo día dije adiós a uno y firmé el contrato del otro. Muchos dicen eso de a rey muerto, rey puesto. Pues yo, en amor no soy tan rápido, pero se ve que en asuntos del trabajo, tiro de uno a otro como si fuera de oca en oca.

Debo reconocer que llegar hasta el punto de tener tres trabajos puede resultar excesivo. Todavía me pregunto de donde saco el tiempo y la energía para dar el cien por cien a todo, incluida mi ajetreada vida personal y social. Sin embargo, me considero una de esas personas que cuando se propone algo, o se le cruza algo entre ceja y ceja, va hasta el final o, en su caso, hasta sus últimas consecuencias. Pues bien, las clases en la universidad han sido una experiencia buena desde el punto de vista docente. He podido mejorar como profesor y aumentar mis recursos educativos. Asimismo, ha sido una actividad enriquecedora también en el plano personal. Tanto hemos compartido estos días que hasta una amiga me ha hecho un regalo el último día: una caja con magdalenas coronadas por natas de colores y tréboles verdes de la suerte. Es bonito que cuando no te esperas nada, alguien muestre este tipo de detalles.

Para ser justos, este no es el primer regalo que recibo como profesor en Toronto. No es que quiera yo convertirme en uno de esos políticos que reciben ofrendas por favores, pero no le voy a quitar la ilusión a nadie. Hace unas semanas, unas señoras a las que imparto clase en la escuela de aprendizaje del español me vinieron con la propuesta de leer un libro juntos y comentarlo en clase. Yo les propuse unos cuantos y, finalmente, se decantaron por “El tiempo entre costuras” de María Dueñas. Pues bien, en cuanto tomaron la decisión, me compraron un ejemplar para mí. La verdad es que podría haberlo adquirido yo, pero es un bonito gesto que me lo regalaran.

Finalizada la etapa de la universidad, ahora ya estoy imbuido en los quehaceres burocráticos correspondientes a mi nuevo trabajo de oficina. La verdad es que en los pocos días que llevo en mi puesto he vivido una serie de acontecimientos totalmente variopintos. No obstante, lo que más me ha llamado la atención es una dinámica que se repite en varios casos. Todos quieren saber que es de lo suyo para ya. Me sorprende enormemente el grado de insistencia, impaciencia e intransigencia al que algunos pueden llegar. Sí, sí, las tres cualidades y en ese orden. Asimismo, muchas veces toda su disconformidad viene dada por pura ignorancia. Muchas veces producto de un desinterés propio mostrado en el pasado, que fomenta su frustración. A pesar de cualquier error humano, se ve que la autocrítica es algo que les gusta poco practicar.

En todo caso, más allá de conversaciones hostiles, mi nuevo puesto de trabajo también me ha brindado la oportunidad de maravillarme con el ser humano. No una ni dos ni tres veces ya me he encontrado con personas que se encuentran en situaciones no deseadas por pura dejadez de sus funciones. No sé si es la desinformación, la desidia o el olvido, pero lo que sí que es común es ese cabreo patente que no se sienten tímidos de reprimir o evitar.

En fin, una cosa tengo clara. El trabajo queda en la oficina y la vida personal, fuera. Quien quiera enfadarse, que se enfade; quien quiera contentarse, que se contente; y quien no sepa lo que quiere, que se aclara, pero que no maree la perdiz. Me despido una semana más, pero esta vez diferente. Ya con 29 años, y más cerca del abismo de los 30 y de una vida adulta que ha llegado volando sin haberme dado cuenta. Empiezo esta etapa nueva con la suerte de mi lado y con todo lo que durante mucho tiempo he estado buscando. A la espera de cambios en el horizonte, vivo el presente mientras me entretengo con estas necedades, que ponen el punto gracioso a esta vida mía.

2 de marzo

El azar y la casualidad han escogido que precisamente hoy sea jueves. Si hubiera buscado en el calendario esta fecha, no habría acertado a cuadrarla con mi rutina semanal de escribiros. Sin embargo, los hilos desde los que la suerte nos mueve me han situado este 2 de marzo, aquí, delante del ordenador, delante de vosotros. La historia de hoy trata sobre la vida misma, feliz y cruenta, dulce y amarga, pero, al fin y al cabo, real.

Desde pequeño, me ha gustado el invierno. Quizás, fuera por las fantasías infantiles de un paisaje blanco y bucólico. Tal vez, por los encuentros familiares que llenan estos meses de alegría, nuevos proyectos y esperanza. O, posiblemente, porque mi corazón helado se encontraba más cómodo a una refrigeración adecuada, que impidiera su deshielo. En esta estación que despunta en diciembre y acaba en marzo, siempre este último mes ha sido especial para mí, ya sea por la entrada de la primavera y de las tardes con sol, o ya sea por la celebración del día que me vio nacer. De hecho, siempre he guardado esta época del año como algo precioso, intachable, inmaculado. Sin embargo, los devenires del tiempo modifican estas ilusiones, y acontecimientos posteriores van marcando en el calendario fechas que antes no escondían recuerdos vitales. Así fue por mucho tiempo para mí. Como anécdota, durante años ocupaba el honor de ser el primer familiar en cumplir años. Ahora la situación no ha cambiado, pero esta celebración se ha visto trastocada por el recuerdo perenne de los designios de un azar caprichoso. Hoy, 2 de marzo, nunca volverá a ser un día más. Siempre será el día antes de que te fueras, antes de que todo cambiara para siempre.

Hace un año, me encontraba en otra ciudad, en otra compañía, con otros pájaros en la cabeza. Acababa de empezar un proyecto laboral prometedor, y tenía muchos planes y visiones de futuro, que, poco a poco, fueron mutando hasta hoy. En ese momento, todo era una espiral de nuevas experiencias, nuevas personas, nuevos lugares. Ese 3 de marzo era mi tercer día de trabajo. Tras la jornada en la oficina, me invitaron a un evento de networking, o lo que es lo mismo, a tomar unas cañas y ver lo que cae, ya sea un noche de frenesí o un empleo bien remunerado. Cuando comienzas una nueva andadura en un sitio diferente, es importante cuidar tu círculo social los primeros días. Hace años alguien me dijo que si no estás en todos los saraos las primeras semanas, luego nadie te llama. Por ello, tiendo a ser propenso a socializar. Pues bien, allí estaba yo en una fiesta de la Rue des Pierres, a un tiro de piedra, valga la redundancia, de la Grande Place bruselense. El local estaba hasta la bandera y el ruido era ensordecedor.

En un momento concreto de la noche, veo que en mi teléfono hay varios mensajes de llamadas perdidas de España. Era mi madre. Un escalofrío me estremeció todo el cuerpo, porque sabía que el momento para el que me había mentalizado durante tanto tiempo había llegado. No había mensaje de voz. Con el rostro compungido recorrí las calles que separaban el bar de mi entonces domicilio, consciente de que cuando llegara, me daría de bruces contra una realidad no deseada. Subiendo las escaleras de mi apartamento, el teléfono se conectó a la red wifi y empezaron a entrar multitud de mensajes. “Lo siento”, “Me acabo de enterar. Lo siento mucho”, “Me lo ha dicho mi padre. Lo siento, Pablo”. Y, finalmente, ahí estaba el mensaje de mi madre. Un mensaje de texto, que confirmaba todas mis sospechas y que se volvía una pesada losa sobre mí. Resignado, marqué el número de teléfono de casa de mi abuela. Tras varios intentos, mi tía respondió. En menos de dos palabras, mi voz se quebró y el llanto afloró para sobrellevar una pena, que me embargaba y necesitaba compartir.

A pesar de todos los años en los que he vivido lejos de mi casa, nunca me he sentido tan solo como en ese momento. La noche en la que mi abuela se fue. No tenía el calor de la familia ni de los amigos. Entonces, apartado de mi país y de mi hogar, no encontraba consuelo para una pérdida irrecuperable. De hecho, ni tan solo sabía si podría despedirme. Todo lo que tenía era soledad. Yo mismo solo era soledad. Siempre marzo fue un mes especial para mí. Todavía lo sigue siendo, aunque ahora, en sus inicios, el duro recuerdo del ayer cubre de lágrimas mis ojos.