2 de marzo

El azar y la casualidad han escogido que precisamente hoy sea jueves. Si hubiera buscado en el calendario esta fecha, no habría acertado a cuadrarla con mi rutina semanal de escribiros. Sin embargo, los hilos desde los que la suerte nos mueve me han situado este 2 de marzo, aquí, delante del ordenador, delante de vosotros. La historia de hoy trata sobre la vida misma, feliz y cruenta, dulce y amarga, pero, al fin y al cabo, real.

Desde pequeño, me ha gustado el invierno. Quizás, fuera por las fantasías infantiles de un paisaje blanco y bucólico. Tal vez, por los encuentros familiares que llenan estos meses de alegría, nuevos proyectos y esperanza. O, posiblemente, porque mi corazón helado se encontraba más cómodo a una refrigeración adecuada, que impidiera su deshielo. En esta estación que despunta en diciembre y acaba en marzo, siempre este último mes ha sido especial para mí, ya sea por la entrada de la primavera y de las tardes con sol, o ya sea por la celebración del día que me vio nacer. De hecho, siempre he guardado esta época del año como algo precioso, intachable, inmaculado. Sin embargo, los devenires del tiempo modifican estas ilusiones, y acontecimientos posteriores van marcando en el calendario fechas que antes no escondían recuerdos vitales. Así fue por mucho tiempo para mí. Como anécdota, durante años ocupaba el honor de ser el primer familiar en cumplir años. Ahora la situación no ha cambiado, pero esta celebración se ha visto trastocada por el recuerdo perenne de los designios de un azar caprichoso. Hoy, 2 de marzo, nunca volverá a ser un día más. Siempre será el día antes de que te fueras, antes de que todo cambiara para siempre.

Hace un año, me encontraba en otra ciudad, en otra compañía, con otros pájaros en la cabeza. Acababa de empezar un proyecto laboral prometedor, y tenía muchos planes y visiones de futuro, que, poco a poco, fueron mutando hasta hoy. En ese momento, todo era una espiral de nuevas experiencias, nuevas personas, nuevos lugares. Ese 3 de marzo era mi tercer día de trabajo. Tras la jornada en la oficina, me invitaron a un evento de networking, o lo que es lo mismo, a tomar unas cañas y ver lo que cae, ya sea un noche de frenesí o un empleo bien remunerado. Cuando comienzas una nueva andadura en un sitio diferente, es importante cuidar tu círculo social los primeros días. Hace años alguien me dijo que si no estás en todos los saraos las primeras semanas, luego nadie te llama. Por ello, tiendo a ser propenso a socializar. Pues bien, allí estaba yo en una fiesta de la Rue des Pierres, a un tiro de piedra, valga la redundancia, de la Grande Place bruselense. El local estaba hasta la bandera y el ruido era ensordecedor.

En un momento concreto de la noche, veo que en mi teléfono hay varios mensajes de llamadas perdidas de España. Era mi madre. Un escalofrío me estremeció todo el cuerpo, porque sabía que el momento para el que me había mentalizado durante tanto tiempo había llegado. No había mensaje de voz. Con el rostro compungido recorrí las calles que separaban el bar de mi entonces domicilio, consciente de que cuando llegara, me daría de bruces contra una realidad no deseada. Subiendo las escaleras de mi apartamento, el teléfono se conectó a la red wifi y empezaron a entrar multitud de mensajes. “Lo siento”, “Me acabo de enterar. Lo siento mucho”, “Me lo ha dicho mi padre. Lo siento, Pablo”. Y, finalmente, ahí estaba el mensaje de mi madre. Un mensaje de texto, que confirmaba todas mis sospechas y que se volvía una pesada losa sobre mí. Resignado, marqué el número de teléfono de casa de mi abuela. Tras varios intentos, mi tía respondió. En menos de dos palabras, mi voz se quebró y el llanto afloró para sobrellevar una pena, que me embargaba y necesitaba compartir.

A pesar de todos los años en los que he vivido lejos de mi casa, nunca me he sentido tan solo como en ese momento. La noche en la que mi abuela se fue. No tenía el calor de la familia ni de los amigos. Entonces, apartado de mi país y de mi hogar, no encontraba consuelo para una pérdida irrecuperable. De hecho, ni tan solo sabía si podría despedirme. Todo lo que tenía era soledad. Yo mismo solo era soledad. Siempre marzo fue un mes especial para mí. Todavía lo sigue siendo, aunque ahora, en sus inicios, el duro recuerdo del ayer cubre de lágrimas mis ojos.

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A diez minutos

La cama revuelta. Las sábanas hechas jirones. Yo, revolviéndome en una maraña de tela, sentimientos y dudas. No estoy solo. La cama no está vacía. Ahí está a mi lado. Observándome detenidamente con temor a que me fuera a escapar. Clavo mi mirada en sus ojos de un color castaño profundo. Con una sonrisa me acurruco a su lado. Siento el calor que emana de su cuerpo. Ese calor que no me deja dormir, que me saca de mi sueño, que me despierta.

Hace unos días la máquina de café dejó de funcionar. Ante la falta de mi chute diario, me vi obligado a alternar con otros sustitutivos: té, básicamente. Este hecho me ha provocado cierta irascibilidad, aunque intento no pagarlo con mis interlocutores. Entre la falta de sueño y el déficit de cafeína, deambulo por las calles de Toronto a la merced del frío y del viento. Aprovechando los cuatro rayos de sol que se escurrían por las rendijas de mi persianas de tela, hace unos días me decidí por adentrarme en las calles que se encuentran tan solo a un centenar de pasos de distancia de mi nuevo hogar.

El barrio no era desconocido para mí. De hecho, había visitado una habitación en alquiler un mes antes. Aparte de las condiciones deplorables de la cocina, o lo que fuera aquello en donde ningún ser humano sería valiente de guardar sus alimentos, rehusé habitar en una vivienda con mascotas de origen roedor alado. Sin embargo, eso no quita que no me pique la curiosidad por el barrio en donde se encuentra, debido a su proximidad. Al ser una urbe en constante evolución y crecimiento, Toronto resulta un amasijo de contrastes. Así pues, desde mi casa, a diez minutos a pie hacia al oeste, me encuentro con el punto neurálgico de la ciudad, lleno de tiendas, restaurantes, luces y rascacielos; mientras que si empleo el mismo tiempo en irme hacia el este, la impresión poco tiene que ver con la anterior: casas desatendidas, comercios destartalados y una sensación de dejadez, en general. Eso sí, en cada manzana, empiezan a aparecer grúas o, incluso, ya hay nuevos edificios, que desentonan con el entorno. La ciudad prospera, la burbuja inmobiliaria aumenta, y los nuevos inquilinos van desplazando más hacia al este a aquellos que antes ocupaban este barrio. Yo, mientras tanto, me encuentro en la frontera de dos mundos, que prefieren darse la espalda.

Hace unos meses, salía en la prensa la palabra “gentrificación”, también denominado “elitización residencial”, es decir, el cambio de las condiciones de una zona para aumentar las inversiones. Durante un tiempo el vocablo proliferó en los medios, hasta que como ocurre hoy en día, el término se evaporó y pasó a mejor vida. El centro de Toronto se expande y, para ello, arrasa con todo lo que se le antepone, lo que provoca un ineludible proceso de gentrificación en sus aledaños desprotegidos. Hoy la frontera está en la calle Jarvis, en diez años, puede que sea en la calle Sherbourne y en 50, quizás, llegue hasta el río Don. Sin embargo, este cambio del paisaje urbano de Toronto no parece preocupar a sus ciudadanos, que con tanto progreso, se ven ahogados por el dineral que les supone malvivir en uno de tantos condominios que pueblan la ciudad. Este aumento constante de los alquileres es un problema acuciante que también se da en otras partes del país, como Vancouver. De hecho, según la prensa, las autoridades públicas son conscientes de la situación. No obstante, muchos resultados para frenar esta situación no parece que se hayan conseguido. En fin, me imagino que habrá muchos intereses de por medio y que la solución será más compleja de lo que, a primera vista, parece.

Toronto crece y cambia, y yo, con él. Aún así, en este mundo de contradicciones, siempre resulta curioso cómo actividades tan normales como sacarte una foto de carné se convierten en nuevas anécdotas. La semana pasada me fui a renovar el pasaporte. Su validez expira en mayo, pero me gustaría tenerlo al día por si fuera necesario. Antes de realizar los trámites, tuve que ir a una tienda a sacarme las fotos. La verdad es que me estuve esperando un tiempo para este momento. Tras sufrir una foto de pasaporte por más de diez años, porque a un simpático funcionario no le pareció conveniente cambiarla en la anterior renovación, ya era hora de estar orgulloso de mi imagen en mi documento de viajes. Además, con unos cuantos kilos de menos, se puede decir que salgo más resultón. Pues bien, el sitio más barato que encontré no fue un estudio especializado, sino un comercio que puede ser supermercado, droguería, farmacia y, por el mismo precio, salón de fotografía. En medio de un pasillo, junto a la leche y el yogur, tomaron mi foto. Tras varios minutos, las imprimieron y me las entregaron, no sin antes sellarlas con el nombre del local y la fecha, no fuera a ser que me la rechazaran por no estar actualizada. Si los pobrecitos supieran mi historia con el funcionario dichoso, quizás no se pondrían tan impertinentes con estas minucias.

Ahora, tumbado sobre la cama hecha, finalizo por hoy. Fuera el cielo es azul y los pajaritos cantan. Al invierno aún le queda un mes, pero ya empieza a oler a primavera. No sé si la Candelaria sonrío o lloró este año, pero, sin duda, estamos siendo unos afortunados. Con más calor, emprenderé de nuevo los largos paseos que me descubrirán más rincones de esta ciudad que el azar y la casualidad han querido que sea mi nuevo hogar.

Todos se llaman Pablo

Mucho agradecer que el invierno no había llegado en mi post anterior y ahí vino la gran nevada de febrero. El fin de semana una intensa e imparable tormenta de nieve cubrió las calles, jardines, parques y edificios de Toronto. Solo fue un día, pero los restos de nieve siguen impertérritos en las aceras, esperando a que vuelva a nevar o, en su lugar, a fundirse y diluirse en el suelo.

Esta semana vengo con una de esas tontas casualidades que te hace gracia en su momento, pero la acabas olvidando porque no tiene la menor importancia. De hecho, no se trata de nada relativamente reciente, sino que son dos sucesos que me ocurrieron hace ya tiempo. El primero se remonta ya varios meses atrás. Cuando me encontraba en la búsqueda de trabajo a la desesperada, y ahogaba mis penas en estas líneas a cambio de consolación. Durante mi primer interés por encontrar un empleo en el sector del vino, realicé varias entrevistas en establecimientos de venta al público de esta bebida alcohólica. Como soy una persona muy supersticiosa, debido a mis orígenes pueblerinos y a pesar de mi cosmopolitismo, o quizás “cosmopaletismo”, tiendo a ver señales del destino en todas las pequeñas cosas que constituyen mi día a día. Pues bien, antes de una de las entrevistas personales en una de esas tiendas especializadas, iba yo de camino al lugar designado cuando me paré en un paso de cebra. Entonces, mi mirada se alzó para comprobar el color del semáforo. Ahí, sin pretenderlo, descubrí un garabato que me llamó poderosamente la atención. Al principio, no estaba seguro de que fuera cierto, pero era bastante legible como para haberme equivocado. Ese grafiti desapercibido para otros me estaba llamando, decía: “Pablo”. En ese momento, pensé que era una señal de buena suerte, que el azar y la casualidad me traían para afrontar positivamente la entrevista. Erraba en mi planteamiento, porque nunca me llamaron de aquel lugar. Quizás, esa señal no era un mensaje halagüeño, sino un augurio de que ese no era mi lugar. Como dirían los creyentes, “los caminos del Señor son inexpugnables”.

Más allá de que un amigo cercano se llame Pablo y que cada vez que damos nuestro nombre en algún lugar, seamos la anécdota del momento. Hace unos días, también me ocurrió algo parecido, pero con un desconocido del que no hubiera pensado nunca. Me encontraba yo en un restaurante de ensaladas, pidiendo un tentempié para llevar. Había quedado con unos excompañeros de trabajo y era el lugar más próximo al que podía acudir. Tras realizar mi pedido, me puse a esperar mi turno, mientras el resto de clientes hacían lo mismo. Cuando mi ensalada estuvo lista, un camarero pronunció mi nombre. Junto a la ensalada, había una sopa. Extrañado, miré con recelo y le comenté que no era mía. La mujer me dio la ensalada y volvió a repetir mi nombre: “Pablo”. Fue entonces cuando un chico, posiblemente de mi edad, se acercó al mostrador y recogió, esta vez sí, su pedido. No hay nada raro en esto. Lo único que me suscitó asombro es que el hombre era asiático. Me sorprendió, porque no me lo habría imaginado. Además de Filipinas, España, a mi entender, no cuenta con excolonias en ese continente, por lo que es algo peculiar. También es cierto que el chico podía tener una historia familiar que fuera totalmente inesperable y que lo relacionaran directamente con un país hispanohablante. Asimismo, existía la posibilidad de que tuviera un nombre asiático, pero como nombre “occidental”, hubiera elegido “Pablo”. Fue esta última historia la que me inventé en mi cabeza y con la que preferí quedarme. No sé, a veces el aburrimiento hace que veamos el sol en un día de lluvia. El caso es que de ser esta posibilidad la acertada, es halagador que alguien haya escogido un nombre como Pablo.

Como veis, la vida está llena de pequeños momentos, que te regalan historias efímeras, pero curiosas. Me encantaría poder plasmar todas aquí y encerrar estas anécdotas en esta caja del recuerdo perpetuo que es Internet. Lamentablemente, el tiempo vuela y yo sólo tengo dedos para transcribir estos pensamientos. Ojalá un día me crezcan alas, para ganarle la batalla al tempus fugit y poder así contar mi historia. Para no cerrar el capítulo de hoy tan filosóficamente, os dejo con mi casualidad más reciente. Ayer me invitaron al musical de “El guardaespaldas”. Hace poco habían echado la película por televisión, pero yo no me paré a verla. En el descanso, ojeando el programa, me percaté que dos de los bailarines eran españoles. Uno había actuado durante un tiempo con Fangoria, el otro se llamaba Pablo.

La hora de la cena

Otra semana más en Toronto, o, quizás, otra semana menos. Todo depende del punto de vista en que se mire. Febrero ha llegado con frío. El viento aúlla cada día para recordarnos que debemos ir abrigados. Sin embargo, la nieve, patente en otras épocas, apenas ha hecho aparición estos días. Cierto es que hace unos días una helada sacudió la ciudad, dejando los árboles llenos de carámbanos que les proporcionaban un aspecto fantasmagórico. De hecho, ahora mismo, un radiante sol entra por la ventana, lo que me provoca un irrefrenable deseo por salir fuera y disfrutar de este nuevo día. Aún así, soy consciente de que las temperaturas son más bajas de lo que aparentan y que “el invierno está aquí”.

Tras contextualizar la meteorología actual, hecho que despierta mucha curiosidad entre mis conocidos allende los mares, en el post de esta semana me propongo a relatar una extraña circunstancia que me ha acaecido recientemente. Hace unos días comencé a dar clase a una pareja de señoras mayores. Están interesadas por aprender español, porque suelen pasar grandes temporadas de vacaciones en países latinoamericanos. Debo reconocer que fue una clase poco al uso. En realidad, siempre me sucede lo mismo con las primeras clases privadas o semiprivadas que imparto. Al no conocer a mis interlocutores, necesito tiempo para averiguar cuáles son sus necesidades y motivaciones. Pues bien, mis nuevas alumnas me propusieron algo que nadie hasta el momento me había pedido: leer un libro conjuntamente. La idea me pareció muy interesantes, pero también revoloteaban por mi cabeza un sinfín de enigmas sobre qué lectura podría ser idónea para estas mujeres. Por un lado, debía encontrar un libro entretenido, con un lenguaje sencillo y con unos capítulos cortos que pudiéramos trabajar en clase. Por otro lado, necesitaba dar con un libro que se pudiera adquirir fácilmente, ya fuera en una biblioteca o en alguna tienda especializada.

Tras una semana, esta tarde vuelvo a reunirme con ellas. Entre los libros que he pensado se encuentran: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, o El camino de Miguel Delibes. No sé finalmente por cuál se decantarán, pero me intriga saber cómo se desarrollarán las clases a partir del primer capítulo. Durante estas últimas semanas como docente, me he dado cuenta de que cada alumno y cada grupo es un mundo. Hay actividades que funcionan con unos y que son un auténtico desastre con otros. Eso sí, en todo momento, dejo relucir mi sonrisa y eso les contenta y apacigua. Además, cuando observo que la atención decae, empiezo a utilizar mis recursos oratorios y comienzo a explicar historias de mi familia, amigos, conocidos y otros personajes que voy sacando de la chistera. Lo importante, en todo caso, es que el espectáculo debe continuar.

Pero volviendo a mis dos señoras. El otro día más allá de la primera toma de contacto, me sucedió algo curioso, que me hizo reflexionar. Una de ellas me preguntó si podíamos atrasar las clases media hora. Para mí no era un problema, aunque eso supusiera regresar más tarde a casa. El motivo de esta petición es que la señora no tenía tiempo suficiente para prepararse para la clase a las 18.30, ya que antes de venir, debía cenar. En mi cabeza, la idea me resultó peculiar. De hecho, me imaginaba a mí en la misma situación. Culturalmente, en España cuando cenamos, después no tenemos en mente hacer nada realmente productivo. Solamente, vaguear, descansar e ir a la cama. ¡Acaso se me iba a ocurrir a mí salir de mi casa para ir a estudiar un idioma extranjero después de cenar! Me pregunto si, en España, con el enconado debate sobre el cambio de hora y la conciliación familiar llegaremos a ese punto en que la cena dejará de suponer el fin de nuestras jornadas para convertirse en una simple comida más.

En fin, Canadá y España, mundo anglosajón y mediterráneo, culturas cercanas pero, al mismo tiempo, distintas. Como dice el dicho, “no te acostarás sin saber una cosa más”. Por ejemplo, días más tardes me invitaron a un partido de la NBA entre los Toronto Raptors y Los Ángeles Clippers. Por fortuna, los canadiense vencieron con facilidad al equipo californiano y, para mi suerte, superaron los cien puntos. ¿Qué significa eso? Pizza gratis para todos los asistentes al partido al día siguiente en una famosa cadena de pizzerías de la ciudad. No es que se trate de una dieta muy equilibrada, pero volviendo al refranero español: “A caballo regalado, no le mires el diente”. En fin, me despido por una semana más, pero os deseo un feliz fin de semana y que el azar y la suerte, al igual que “la fuerza”, estén con vosotros.

Primeras veces

Sentado en la mesa de un bar con un nombre tan lleno de significado como inspirador, Page One (página uno), me niego a hacer todas las tareas que debo realizar. En su lugar, prefiero invertir mi tiempo para reunirme de nuevo con vosotros, seáis quien seáis, y me leáis desde donde me leáis. Hoy me he levantado en una cama nueva. En una casa nueva. En un lugar aún desconocido, pero elegido para registrar las minucias de mi cotidianidad. Las sábanas aún no están impregnadas de mi olor, la habitación aún no se ha empapado de esa calidez propia que traemos las personas. Todo sigue pareciendo impersonal, pero sólo es el principio de una etapa nueva. No es cuestión de correr demasiado. En todo caso, febrero no ha hecho nada más que empezar y todo ya ha cambiado.

Bueno, todo, todo… Quizás sea demasiado exagerado, pero ya sabéis la hipérbole y yo somos inseparables. Llevamos dos días del nuevo mes y, además de yacer sobre un colchón diferente, y ostensiblemente más grande, ya se han sucedido una serie de acciones primerizas, que se van acumulando a ese insaciable bagaje que el azar y la casualidad se encargan de cargar a mis espaldas. Por ejemplo, en esta última semana, he cobrado por primera vez una cantidad importante con un cheque al portador. Es una tontería, pero me despierta ternura utilizar un medio de pago tan arcaico en un mundo que lucha por ser tan innovador y, a su manera, “revolucionario”. Asimismo, he empezado a trabajar en un centro educativo superior de Toronto, con un sueldo muy razonable. No es que sea en sí algo para hacer alarde, pero el hecho de tener que impartir clases en los suburbios de la ciudad me ayudan a confirmar mi elección por vivir en el centro. Con este nuevo puesto laboral, ya van cuatro. Y recientemente he recibido una llamada para un quinto. ¿Pluriempleo? Déjame que os escriba un libro.

Hace poco también fui por primera vez al acuario de Toronto y a la destilería de la cerveza local, Steam Whistle. En este último lugar, pude experimentar algo muy poco canadiense. No es que quiera hacer publicidad, pero es que me resultó, cuando menos, peculiar. Es un sitio en el que puedes acercarte a la barra del bar y pedir una muestra de cerveza. Los diligentes camareros te sirven una caña con una sonrisa en la cara y sin cobrarte. En una sociedad con tantas restricciones en torno al alcohol, es todo una sorpresa.Esta última semana de enero y primera de febrero, me ha traído una buena noticia en relación con mi desafío de vientre plano u operación bikini. Lamentablemente, he sido irresponsable el resto de días, así que tengo que volver a engañar a la báscula para que vuelva a ser mi amiga. Para ello, estoy intentando persuadir a algunos amigos, e incluso alumnos, para correr 10 kilómetros el 7 de mayo. Después de mi caminata de más de 63 kilómetros hace dos años con mi acompañante de viaje catalana, creo que estoy preparado para alcanzar esta nueva meta. Espero que la desidia no sea más fuerte que yo, aunque estos días le esté venciendo la partida a la fuerza de voluntad. En fin, en cuanto esté más asentado, prometo seguir por el camino de la rectitud y de la dieta con bajo contenido calórico.

Para finalizar el blog de esta semana, sólo comentar un hecho curioso que me sucedió el domingo pasado. Ese día fuimos al cine un grupo de amigos a ver un documental sobre la biografía del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Fue una cinta muy interesante, que describía cómo un niño de un pueblecito de la costa caribeña de Colombia se había convertido en el “mejor” escritor de las letras españolas del siglo XX. Viendo la película, retazos de recuerdos de “Relato de un náufrago”, de “El coronel no tiene quien le escriba” y, sobre todo, de “Cien años de soledad” aparecieron, entonces, en mi pensamiento. Sin embargo, mi intención no es resaltar la maestría de este gran personaje de la literatura, sino lo que sucedió en el cine esa mañana de enero. Pues bien, estábamos en el cine, que para ser un documental estaba abarrotado, cuando a mitad de la película, la cinta se empezó a bloquear hasta que se paró por completo. Considerando que el precio de la entrada era muy superior al que suelo pagar los martes cuando voy al cine, y que nos encontramos en un país que se vanagloria por estar en la vanguardia tecnológica, no deja de ser paradójico. En fin, tras cinco minutos, consiguieron resolver la incidencia.

En definitiva, febrero ya está aquí. Ya llevo más de cuatro meses en este país, que sin ser mi patria, he convertido en mi hogar. El futuro se ve prometedor a corto plazo, aunque la incertidumbre continúa cerniéndose sobre mí como la draga de Damocles. En todo caso, como no me canso de repetirlo a mis allegados, ahora toca vivir el momento. Lo que tenga que venir ya será problema de nuestro yo futuro. No queramos correr demasiado para llegar a un punto que alcanzaremos más tarde o más temprano. Si nos apresuramos, quizás nos perdamos los matices y detalles, que hacen de nuestra existencia maravillosa y única. ¡Feliz semana y feliz camino!

La ardilla voladora

Al final, la perseverancia da sus frutos. Tras mucho tiempo de preparación y nervios, he conseguido el puesto de trabajo del que he estado hablando las últimas semanas. Estoy muy satisfecho, porque es un trabajo interesante, haré currículum y mis finanzas mejorarán ostensiblemente. Todo parece ir viento en popa y a toda vela en este 2017. Nuevos empleos, nuevas amistades y, en breve, nuevo domicilio.

Hoy me apetece contaros mi corta, pero esclarecedora, búsqueda de vivienda en Toronto. Como ya sabéis, durante estos meses he estado compartiendo piso con unos amigos, que generosamente me han acogido en su hogar. Tras ya unos cuantos meses, consideré que ya era hora de emanciparme y devolverles su preciada privacidad. Pues bien, hace menos de una semana, me puse manos a la obra. Debo reconocer que buscar apartamentos es una actividad que me hastía profundamente, pero, en esta vida, siempre toca hacer algo que no nos gusta.

El primer piso que visité se encontraba en la intersección entre las calles Queen Street West y Spadina Avenue. Para los no conocedores de la gran urbe canadiense, se trata de un barrio céntrico y, a la vez, moderno. En su entorno más cercano se hallan restaurantes, tiendas, bares, discotecas y otros centros de ocio. Según el anuncio, el piso era una maravilla. Sin embargo, la letra pequeña irrumpió con fuerza durante la visita. El dueño, un hombre afable con pintas de hippy, me enumeró las ventajas del apartamento, pero, al mismo tiempo, me dejó meridianamente claro que a partir de las 21.30 no quería a nadie en casa. Es una lástima, pero ese aspecto rechinó en mis oídos.

El segundo piso se trataba de una habitación con baño propio y cocina compartida. Se encontraba en un barrio más humilde que el anterior, pero en una zona cercana al lugar en donde resido actualmente y que, por ende, conozco bastante bien. La habitación se encontraba en la primera planta. El dueño me hizo pasar a mí primero mientras que él subía las escaleras. Tras un largo pasillo, se encontraba mi potencial habitación, justo después de la cocina. Cuando el hombre encendió la luz, encima de los fogones había algo que se movía. Se trataba de un roedor. Para mi fortuna, no era una rata, sino una ardilla. El asustadizo animal al vernos empezó una trepidante carrera de pared en pared, saltando de un lado para otro como si le corriera la vida en ello. Nos llevó un buen rato sacar a nuestra amiga peluda de la casa, pero, finalmente, lo logramos. La habitación en sí no estaba mal. No obstante, el control de plagas y el deprimente estado de la cocina me echaban para atrás.

Al llegar a casa la tarde que vi a la ardilla, encontré un piso en la misma zona, pero con mejores fotografías. Así pues, al día siguiente, por la mañana, me dirigí a la tercer casa; esperando que a la tercera fuera la vencida. Desafortunadamente, no fue el caso. En esta ocasión, la cocina era algo mejor, pero la abundante suciedad y desorden por doquier me indicaban que ese no sería mi futuro hogar. El precio era muy asequible y el dueño era un hombre encantador, que me empezó a contar historias de cuando era joven y a poner música latina. Si hubiera invertido un poco más en el lugar y la gente fuera más limpia, quizás me lo pensaba y todo.

Tras tres intentos fallidos, decidí aumentar mi presupuesto. Fue entonces cuando la perspectiva mejoró. Di con un anuncio que me pintaba un piso espectacular en el centro de Toronto. El azar y la casualidad me habían traído, al fin, una casa que mereciera la pena. Raudo y veloz, llamé para concertar una cita. Nada más entrar al apartamento, pensé: “Pablo, ¡bienvenido a tu nueva casa!”. Y dicho y hecho. Hoy mismo he pagado el primer mes y la fianza. En breve, me mudaré y comenzará una nueva etapa en esta fantástica ciudad, que siento ya como si fuera mi hogar.

La llama de mi hijo es Gustavo

El día a día está lleno de casualidades. A veces ya ni me sorprendo de que las cosas sucedan de la forma en que lo hacen. Si no existieran estas anécdotas, probablemente, ahora no estaría redactando estas líneas. De hecho, uno de los objetivos de este blog es contar estas casuales coincidencias con un toque de humor.

Esta semana me han pasado dos cosas un tanto curiosas. Empezaré con una relacionada con mi post anterior. Entonces comentaba mis impresiones sobre algunos aspectos del proceso selectivo en el que me vi inmerso. Pues bien, lo más sorprendente fue lo que me ocurrió cuando finalice la entrevista personal, que daba por finiquitada mi fase de pruebas para alcanzar el puesto ansiado. El hombre que me acompañó a la salida, un español de origen, con ya varios años en Canadá, me hizo un comentario que, como se dice en estos tiempos modernos, me dejo “ojiplático”; esto es, con los ojos abiertos como platos. Lo que me pareció tan chocante fue el hecho de que habíamos sido compañeros de clase durante un curso hace ya más de cinco años. Supongo que podréis imaginaros la cara de estupefacción que se me quedó ante tal noticia. De hecho, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue si me había reconocido, cosa que me sorprendía y me asustaba por igual. Sin embargo, el temor desapareció rápidamente, cuando comprendí que ese curso estaba anotado en mi currículo y deduje, por sus palabras, que era consciente de tal casualidad por ese motivo. Cuando decimos que el mundo es pequeño, a veces puede llegar a resultar diminuto.

Esta historia me recuerda a otra que me sucedió cuando era un mozalbete de diecinueve años y estaba cursando un curso de verano de neerlandés en Zeist (Países Bajos). En aquella ocasión, tras haber pasado tres semanas en un hotel en medio de un frondoso bosque, uno de los camareros que nos servía cada día se acercó a mí. No me acuerdo de si se dirigió a mí en inglés o en neerlandés, pero sí de su pregunta. El chico quería saber si era de Barcelona o vivía allí. Por aquel entonces, aunque los veranos los pasara en Asturias, mi residencia la tenía en la Ciudad Condal. Al asentir, él me juró y perjuró que me había visto en mayo en Las Ramblas. Aún no sé si esto fue una triquiñuela para ligar conmigo o sólo una coincidencia, pero, bueno, reitero lo dicho: “el mundo es muy pequeño”.

Volviendo al presente. Otra de las casualidades que me han sucedido recientemente no tiene mayor importancia, pero me ha parecido curiosa también. Hace unos días fue la gala de los Globos de Oro en Los Ángeles. En este evento Meryl Streep dio un discurso que no dejó a nadie indiferente, en especial, al próximo calientasillas del despacho oval. Al ver el homenaje que le hacían, pensé que sería una buena ocasión para repasar su filmografía. Me decanté por la película La muerte os sienta tan bien (1992), en la que Meryl Streep interpreta a una actriz que va viendo cómo la juventud se le escapa de las manos y busca todos los medios para remediarlo. El pasarme una tarde viendo este filme no habría tenido el mayor interés, sino fuera porque el martes pasado, en el cine, al comenzar los créditos de la película Aliados (2016) leo: “Directed by Robert Zemeckis”. El mismo director que en la cinta de 1992, y yo sin proponérmelo. A veces, las cosas pasan porque sí y no hay que buscar muchas explicaciones. No es que sea un hecho relevante, pero me llama la atención que nunca hubiera oído el nombre de ese señor y que en menos de siete días hubiera protagonizado dos momentos de mi vida. En fin, coincidencias.

Y antes de acabar con el post de esta semana, me gustaría traer a colación un juego de palabras que me sucedió en una de mis clases. Estaba hace unos días con uno de mis alumnos repasando las maneras de presentarse en español. Básicamente, tres: “Me llamo Pablo”, “soy Pablo” y “mi nombre es Pablo. Pues bien, resulta que a los anglófonos que se aventuran en el aprendizaje del español les cuesta diferenciar estas tres formas. Por eso, cuando estábamos practicando el otro día estas fórmulas, en vez de responderme que “mi hijo se llama Gustavo”, mi buen estudiante cometió un lapsus linguae y mencionó que “la llama de mi hijo es Gustavo”. Supongo que no hacía referencia al bonito animal de Los Andes. En fin, paciencia, buenos alimentos y repetir mis lecciones tantas veces como sean necesarias. Que visto lo visto, van a ser muchas.

Incongruencias y falsa modestia

2017 no ha hecho nada más que empezar y, por el momento, el azar y la casualidad se han comportado. Buenas noticias, nuevas aventuras y, en resumidas cuentas, un futuro halagüeño por descubrir. Asimismo, estos doce días que llevamos de enero me han reportado no pocas anécdotas, que estoy deseando compartir con vosotros. ¡Empecemos!

A principios de esta semana, participé en el proceso de selección de un puesto laboral. Para poneros en antecedentes, el trabajo en la tienda de vinos finalizó. Es posible que haya continuidad, pero hasta que se concrete o no, un joven lozano como yo necesita comer. Sigo impartiendo las clases de español y, de hecho, cada vez cuento con más alumnos. No obstante, debo reconocer que soy avaricioso y quiero más. En todo caso, espero que la avaricia no rompa el saco y que no tiente demasiado a la suerte.

Pues bien, ante esta perspectiva, me encontraba yo hace unos días esperando a realizar unas pruebas para conseguir un trabajo de oficina. Se trataba de una prueba escrita (eliminatoria) y una entrevista personal. La ratio de aspirantes al puesto era muy razonable, dado que solamente éramos cuatro personas para un puesto. Más allá de los detalles del proceso, mi relato va sobre los momentos de espera con el resto de candidatos. Como en otras ocasiones, antes de entablar cualquier conversación nos analizamos los unos a los otros. Honestamente, no sé lo que pensarían de mí, ataviado elegantemente con un traje negro, zapatos a juego y repeinado como si me hubiera dado un lametazo una vaca. En fin, como se debe ir a una entrevista de trabajo formal. Antes de hacernos pasar a la sala en donde realizaríamos la primera prueba, los cuatro tuvimos tiempo de departir entre nosotros. Ahí, se formularon las típicas preguntas, pero también alguna que otra intencionada para valorar el grado de competencia de cada uno de nosotros. Hasta ahí, también todo, lógico y normal.

Pasada la prueba escrita y tras ser conocedores de los resultados, la tensión era palpable. Sin embargo, esto no impidió que el trato siguiera siendo “cordial”. Aunque tanta falsa modestia se fue diluyendo según íbamos entrando y saliendo de la entrevista. Hasta tal punto en que mis oídos no creían lo que escuchaban. Un participante del proceso le dijo a otro: “¿Cómo ha ido la entrevista? Espero que bien. Te deseo mucha suerte. Ojalá que te lo quedes. Te lo mereces”. Posiblemente, exagero alguna de las frases anteriores, pero el mensaje era ese. Ante tal situación, mi mente era un hervidero de ideas contrapuestas. Por un lado, pensaba que era bastante cínico ese alarde de simpatía y buenos deseos, cuando ninguno de nosotros éramos amigos ni conocidos y todos competíamos por la misma plaza. Al fin y al cabo, ¿cómo le vas a desear a otro que se quede con el trabajo por el que tú mismo estás optando? Y por otro lado, al ver esa expresión de simpatía, hipócrita o no, me carcomía la cabeza pensando si era de buena persona no corresponder al resto de aspirantes con frases de ánimo y apoyo. En esta ocasión, el buen samaritano dio paso al Tío Gilito.

Esta historia me hizo recordar una anécdota de hace unos varios años. Entonces, era estudiante y estaba cursando un seminario sobre negociaciones internacionales. El ponente era un señor militante de un partido político en las antípodas de mi ideología. Sin embargo, ese día nos dio una lección que se puede traer a colación en esta ocasión. Al comenzar la sesión, nos formuló la siguiente pregunta: “En una negociación, ¿cuál es nuestro principal objetivo?” Ante un público altamente idealista, las respuestas de los asistentes repetían bonitos eslóganes de búsqueda del mejor acuerdo posible para las dos partes, de lograr un acuerdo equitativo, etc. Para el señor, tantos buenos deseos eran un sinsentido. En una negociación, según él, lo que prima no es el mejor acuerdo para las partes, sino que te puedas llevar tú el mejor trozo del pastel. Pues bien, cuando compites por un puesto, obviamente, hay que ser congruente y saber lo que se quiere.

En fin, no quiero con este post defender una posición antipática para con otras personas, pero seamos honestos. Si antepones tu bienestar por el de otras personas, al final, no buscarás la felicidad propia y, quizás, nunca la encuentres. Seamos un poco más egoístas o, al menos, seamos un poquito más coherentes.

Propósitos de año nuevo

Hace unos días que todos nosotros estamos embarcados en este nuevo año 2017. Como siempre, muchos de nosotros aprovechamos esta fecha para hacer borrón y cuenta nueva de aquellos hábitos con los que no estamos contentos. Hablando con familiares y amigos, parece que la tónica general, y reiterada año a año, es la consabida pérdida de peso. Supongo que para lucir tipito durante las aún lejanas jornadas estivales.

Pues bien, para no llevar la contraria a nadie. Yo también me he subido a ese carro de encontrar un nuevo yo, mejor y más fuerte. La única diferencia es que llevo con ese propósito ya desde principios de noviembre. Aparte de conseguir un físico escultural (creo que para ello más que propósitos y fuerza de voluntad, necesitaría un milagro divino), tengo varios eventos este año en los que debo lucir palmito y estar lo más presentable posible. Por ello, sigo esa rutina infernal de entrenamiento durante seis días a la semana, acompañada de deliciosas ensaladas y verduras hervidas. Suena bien, ¿eh? No, no me he golpeado la cabeza contra nada, aunque a veces me pregunto si estoy perdiendo el norte.

Recientemente, me ha sorprendido cómo, a pesar de que llevo semanas con un estilo de vida más saludable, mis cuentas de distintas redes sociales se han llenado de publicidad sobre entrenamientos para perder peso tan solo hace unos días. “¡Consigue tu cuerpo 10!” “¡El año pasado logré mi 6-pack, este año tú puedes lograrlo!” “¡Esta es la aplicación que los entrenadores personales detestan, entrena de forma inteligente y pierde peso cada día!” Y un largo etcétera. Era consciente de que dependiendo de tus preguntas en motores de búsqueda o en redes sociales, asociaban tu perfil a unos contenidos similares. Sin embargo, después de haber visto la película “Snowden” de Oliver Stone y saber que nos espían sin descaro, la verdad es que me entra miedito por este control exhaustivo de nuestras rutinas diarias. Tanto es así, que tengo pavor con que la cinta para correr envíe información sobre cuántas calorías he quemado al día a algún servidor en las Islas Caimán. Si no lo hace aún, tiempo al tiempo. De hecho, estoy volviendo a ver la serie británica “Black Mirror” y esos dispositivos tecnológicos que antes parecían cercanos pero distantes al mismo tiempo, resulta que ya están a punto de comercializarse. Pues eso, pavor.

Y por si fuera poco, 2017 acaba de empezar y todo lo que aparece en la prensa es una oda al caos y la incertidumbre. Muchas incógnitas para este nuevo año a gran escala, pero también en el pequeño mundo que todos nosotros nos construimos. En todo caso, con mi filosofía zen de vida sobre preocuparse del presente y dejar el porvenir para nuestros yoes futuros, casi como que me da un poco igual. Al fin y al cabo, ¿no es el azar y la casualidad los que mueven nuestras existencias? No me creo que todo sea tan negro como lo pintan, pero de ahí a pensar que “soy un hombre mágico que vive en el país feliz, en una casa de gominola en la calle de la piruleta” (Homer Simpson), pues hay un largo trecho.

En fin, que nos quedan muchos amaneceres y ocasos durante este 2017, y que siendo buenos o malos, mejores o peores, habrá que vivirlos. Para no ser tan alarmista, me despido con la anécdota del día. Me encontraba esta tarde en una tienda del centro de Toronto, cuando un objeto desconocido me llamó la atención. Parecía sombre de ojos, pero en realidad era una especie de flubber (masa viscosa cuyo nombre titula la película protagonizada por Robin Williams en 1997). En realidad, no me ha quedado bien claro qué era. Sin embargo, para ser sinceros, no fue el objeto en sí lo que me había hecho detenerme frente él. Tampoco el empaquetado multicolor. Fue algo mucho más tonto, su eslogan promocional: Prismatic Super Putty. Le saqué una foto con mi teléfono inteligente para poder plasmar la historia de manera veraz. Pero, ahora que lo pienso, si le he sacado una foto con el móvil, y éste está conectado con mis redes sociales, ¿eso significa que mis perfiles se van a llenar de anuncios de Super Putty?

Retazos del pasado para un año nuevo

Esta mañana estaba agazapado en la cama. Remoloneando, como ya suele ser costumbre. De repente, mi teléfono empezó a sonar. Era de la tienda de bebidas alcohólicas. Querían saber si podía hacer un turno ese mismo día a partir de las nueve. Sin dudarlo, asentí. No estamos para desperdiciar oportunidades de nuevas entradas de ingresos. Sin embargo, no miré bien el reloj, porque si lo hubiera hecho, me habría percatado de que tenía menos de una hora para dar de comer al perro, desayunar, pasear al rey de la casa, ducharme, prepararme y llegar al trabajo. Milagrosamente, en un tiempo récord, conseguí realizar tal hazaña.

Este mes finaliza el trabajo en la tienda y, aunque aún me quedan algunas horas laborables por delante, ya tengo criterios para hacer balance. Por ahora, me lo voy a guardar. No obstante, algo que me ha rondado la cabeza durante todo este tiempo son las casualidades o, quizás, en este caso, las similitudes. De hecho, el hilo conductor de este blog es la influencia del azar y la suerte en una vida que voy construyendo. Pues bien, cuando hablo de paralelismos, me refiero a mi historia familiar. Soy consciente de que muchos de mis lectores, no tienen ni idea de dónde vengo y tampoco atisban hacia dónde voy. Esto último, incluso, hasta a mí me cuesta saberlo. Para no alargarme y complicar el enredo, simplifico las ramas profesionales de mi familia en dos grandes grupos: el comercio y la enseñanza. ¡No es coincidencia que aquí en Toronto haya encontrado trabajos en ambos ámbitos!

A partir de enero, cuando las clases de español sean el pilar de mi sustento económico, supongo que me reportarán, además, anécdotas que plasmaré en este medio. Por ello, hoy prefiero centrarme en la parte comercial. Mi familia paterna disponía de la típica tienda de ultramarinos de pueblo. Da la casualidad que ambos abuelos de mi padre tenían sendas tiendas. Como se ve, el comercio es algo bastante inherente a mi persona, ya antes de nacer. Cuando era un crío, los fines de semana y los veranos los pasaba en casa de mi abuela. Al mudarnos al mismo pueblo años más tarde, mis visitas ya eran diarias. En casa de mi abuela, se encontraba la tienda, en la que se vendía de todo: comida, zapatos, ropa, menaje, productos de ferretería y un largo etcétera.  Para mí aquel lugar era un universo de aventuras por descubrir, en donde siempre había algo nuevo o desconocido. La tienda tenía sus recovecos y los gatos que allí habitaban los conocían tan bien como yo.

En su sitio, siempre se encontraba mi abuela, quien con una sonrisa atendía a todos los clientes y, en su mayoría, clientas, que por allí transitaban. Siempre disponía de algo que era de utilidad para los que se acercaban. También me acuerdo de cómo los domingos, después de misa, los niños iban corriendo a la tienda para comprar chucherías. Yo era uno de ellos, aunque ella siempre me las regalaba. Hasta la hora de comer nos íbamos a jugar al parque de enfrente y luego regresaba a casa de mi abuela, en donde cada domingo toda la familia nos reuníamos. ¡Qué ricos aquellos tortos de maíz con el pote de berzas! ¡O aquel pitu caleya con puré de patata! ¡O aquellas patatas rellenas con sus palillos coleccionables! ¡Qué delicias preparaba esa mujer! Pero bien, volviendo a la actualidad, me sorprendo estos días al atender a mis clientes, porque me sale con naturalidad esa misma sonrisa perenne que ya mi abuela mostraba a todo el mundo. Y aún me asombro más cuando al contar el dinero, me acuerdo de cómo mi abuela me enseñaba a sumar al hacer los cálculos en grandes hojas de papel en que envolvía los productos mercados.

El tiempo pasa, la vida sigue, pero los recuerdos, aunque lejanos y recluidos en un rincón escondido del subconsciente, siguen ahí. Nunca volverán esos días, nunca volverá la niñez, nunca volveremos a estar juntos. Este 2016 ha sido un año que me ha dado mucho, en el que he aprendido a través de múltiples experiencias, pero también me ha quitado esa figura de mi infancia. No puedo cerrar este capítulo sin homenajear a esta gran mujer, que sacó a su familia adelante y que, con tesón y fuerza de voluntad, me enseñó a ser una mejor persona. Pasarán los años, pasará la vida, pasarán las personas, pero te seguiré guardando en el recuerdo y en el corazón. Muchos, muchos.