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2 de marzo

El azar y la casualidad han escogido que precisamente hoy sea jueves. Si hubiera buscado en el calendario esta fecha, no habría acertado a cuadrarla con mi rutina semanal de escribiros. Sin embargo, los hilos desde los que la suerte nos mueve me han situado este 2 de marzo, aquí, delante del ordenador, delante de vosotros. La historia de hoy trata sobre la vida misma, feliz y cruenta, dulce y amarga, pero, al fin y al cabo, real.

Desde pequeño, me ha gustado el invierno. Quizás, fuera por las fantasías infantiles de un paisaje blanco y bucólico. Tal vez, por los encuentros familiares que llenan estos meses de alegría, nuevos proyectos y esperanza. O, posiblemente, porque mi corazón helado se encontraba más cómodo a una refrigeración adecuada, que impidiera su deshielo. En esta estación que despunta en diciembre y acaba en marzo, siempre este último mes ha sido especial para mí, ya sea por la entrada de la primavera y de las tardes con sol, o ya sea por la celebración del día que me vio nacer. De hecho, siempre he guardado esta época del año como algo precioso, intachable, inmaculado. Sin embargo, los devenires del tiempo modifican estas ilusiones, y acontecimientos posteriores van marcando en el calendario fechas que antes no escondían recuerdos vitales. Así fue por mucho tiempo para mí. Como anécdota, durante años ocupaba el honor de ser el primer familiar en cumplir años. Ahora la situación no ha cambiado, pero esta celebración se ha visto trastocada por el recuerdo perenne de los designios de un azar caprichoso. Hoy, 2 de marzo, nunca volverá a ser un día más. Siempre será el día antes de que te fueras, antes de que todo cambiara para siempre.

Hace un año, me encontraba en otra ciudad, en otra compañía, con otros pájaros en la cabeza. Acababa de empezar un proyecto laboral prometedor, y tenía muchos planes y visiones de futuro, que, poco a poco, fueron mutando hasta hoy. En ese momento, todo era una espiral de nuevas experiencias, nuevas personas, nuevos lugares. Ese 3 de marzo era mi tercer día de trabajo. Tras la jornada en la oficina, me invitaron a un evento de networking, o lo que es lo mismo, a tomar unas cañas y ver lo que cae, ya sea un noche de frenesí o un empleo bien remunerado. Cuando comienzas una nueva andadura en un sitio diferente, es importante cuidar tu círculo social los primeros días. Hace años alguien me dijo que si no estás en todos los saraos las primeras semanas, luego nadie te llama. Por ello, tiendo a ser propenso a socializar. Pues bien, allí estaba yo en una fiesta de la Rue des Pierres, a un tiro de piedra, valga la redundancia, de la Grande Place bruselense. El local estaba hasta la bandera y el ruido era ensordecedor.

En un momento concreto de la noche, veo que en mi teléfono hay varios mensajes de llamadas perdidas de España. Era mi madre. Un escalofrío me estremeció todo el cuerpo, porque sabía que el momento para el que me había mentalizado durante tanto tiempo había llegado. No había mensaje de voz. Con el rostro compungido recorrí las calles que separaban el bar de mi entonces domicilio, consciente de que cuando llegara, me daría de bruces contra una realidad no deseada. Subiendo las escaleras de mi apartamento, el teléfono se conectó a la red wifi y empezaron a entrar multitud de mensajes. “Lo siento”, “Me acabo de enterar. Lo siento mucho”, “Me lo ha dicho mi padre. Lo siento, Pablo”. Y, finalmente, ahí estaba el mensaje de mi madre. Un mensaje de texto, que confirmaba todas mis sospechas y que se volvía una pesada losa sobre mí. Resignado, marqué el número de teléfono de casa de mi abuela. Tras varios intentos, mi tía respondió. En menos de dos palabras, mi voz se quebró y el llanto afloró para sobrellevar una pena, que me embargaba y necesitaba compartir.

A pesar de todos los años en los que he vivido lejos de mi casa, nunca me he sentido tan solo como en ese momento. La noche en la que mi abuela se fue. No tenía el calor de la familia ni de los amigos. Entonces, apartado de mi país y de mi hogar, no encontraba consuelo para una pérdida irrecuperable. De hecho, ni tan solo sabía si podría despedirme. Todo lo que tenía era soledad. Yo mismo solo era soledad. Siempre marzo fue un mes especial para mí. Todavía lo sigue siendo, aunque ahora, en sus inicios, el duro recuerdo del ayer cubre de lágrimas mis ojos.

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A diez minutos

La cama revuelta. Las sábanas hechas jirones. Yo, revolviéndome en una maraña de tela, sentimientos y dudas. No estoy solo. La cama no está vacía. Ahí está a mi lado. Observándome detenidamente con temor a que me fuera a escapar. Clavo mi mirada en sus ojos de un color castaño profundo. Con una sonrisa me acurruco a su lado. Siento el calor que emana de su cuerpo. Ese calor que no me deja dormir, que me saca de mi sueño, que me despierta.

Hace unos días la máquina de café dejó de funcionar. Ante la falta de mi chute diario, me vi obligado a alternar con otros sustitutivos: té, básicamente. Este hecho me ha provocado cierta irascibilidad, aunque intento no pagarlo con mis interlocutores. Entre la falta de sueño y el déficit de cafeína, deambulo por las calles de Toronto a la merced del frío y del viento. Aprovechando los cuatro rayos de sol que se escurrían por las rendijas de mi persianas de tela, hace unos días me decidí por adentrarme en las calles que se encuentran tan solo a un centenar de pasos de distancia de mi nuevo hogar.

El barrio no era desconocido para mí. De hecho, había visitado una habitación en alquiler un mes antes. Aparte de las condiciones deplorables de la cocina, o lo que fuera aquello en donde ningún ser humano sería valiente de guardar sus alimentos, rehusé habitar en una vivienda con mascotas de origen roedor alado. Sin embargo, eso no quita que no me pique la curiosidad por el barrio en donde se encuentra, debido a su proximidad. Al ser una urbe en constante evolución y crecimiento, Toronto resulta un amasijo de contrastes. Así pues, desde mi casa, a diez minutos a pie hacia al oeste, me encuentro con el punto neurálgico de la ciudad, lleno de tiendas, restaurantes, luces y rascacielos; mientras que si empleo el mismo tiempo en irme hacia el este, la impresión poco tiene que ver con la anterior: casas desatendidas, comercios destartalados y una sensación de dejadez, en general. Eso sí, en cada manzana, empiezan a aparecer grúas o, incluso, ya hay nuevos edificios, que desentonan con el entorno. La ciudad prospera, la burbuja inmobiliaria aumenta, y los nuevos inquilinos van desplazando más hacia al este a aquellos que antes ocupaban este barrio. Yo, mientras tanto, me encuentro en la frontera de dos mundos, que prefieren darse la espalda.

Hace unos meses, salía en la prensa la palabra “gentrificación”, también denominado “elitización residencial”, es decir, el cambio de las condiciones de una zona para aumentar las inversiones. Durante un tiempo el vocablo proliferó en los medios, hasta que como ocurre hoy en día, el término se evaporó y pasó a mejor vida. El centro de Toronto se expande y, para ello, arrasa con todo lo que se le antepone, lo que provoca un ineludible proceso de gentrificación en sus aledaños desprotegidos. Hoy la frontera está en la calle Jarvis, en diez años, puede que sea en la calle Sherbourne y en 50, quizás, llegue hasta el río Don. Sin embargo, este cambio del paisaje urbano de Toronto no parece preocupar a sus ciudadanos, que con tanto progreso, se ven ahogados por el dineral que les supone malvivir en uno de tantos condominios que pueblan la ciudad. Este aumento constante de los alquileres es un problema acuciante que también se da en otras partes del país, como Vancouver. De hecho, según la prensa, las autoridades públicas son conscientes de la situación. No obstante, muchos resultados para frenar esta situación no parece que se hayan conseguido. En fin, me imagino que habrá muchos intereses de por medio y que la solución será más compleja de lo que, a primera vista, parece.

Toronto crece y cambia, y yo, con él. Aún así, en este mundo de contradicciones, siempre resulta curioso cómo actividades tan normales como sacarte una foto de carné se convierten en nuevas anécdotas. La semana pasada me fui a renovar el pasaporte. Su validez expira en mayo, pero me gustaría tenerlo al día por si fuera necesario. Antes de realizar los trámites, tuve que ir a una tienda a sacarme las fotos. La verdad es que me estuve esperando un tiempo para este momento. Tras sufrir una foto de pasaporte por más de diez años, porque a un simpático funcionario no le pareció conveniente cambiarla en la anterior renovación, ya era hora de estar orgulloso de mi imagen en mi documento de viajes. Además, con unos cuantos kilos de menos, se puede decir que salgo más resultón. Pues bien, el sitio más barato que encontré no fue un estudio especializado, sino un comercio que puede ser supermercado, droguería, farmacia y, por el mismo precio, salón de fotografía. En medio de un pasillo, junto a la leche y el yogur, tomaron mi foto. Tras varios minutos, las imprimieron y me las entregaron, no sin antes sellarlas con el nombre del local y la fecha, no fuera a ser que me la rechazaran por no estar actualizada. Si los pobrecitos supieran mi historia con el funcionario dichoso, quizás no se pondrían tan impertinentes con estas minucias.

Ahora, tumbado sobre la cama hecha, finalizo por hoy. Fuera el cielo es azul y los pajaritos cantan. Al invierno aún le queda un mes, pero ya empieza a oler a primavera. No sé si la Candelaria sonrío o lloró este año, pero, sin duda, estamos siendo unos afortunados. Con más calor, emprenderé de nuevo los largos paseos que me descubrirán más rincones de esta ciudad que el azar y la casualidad han querido que sea mi nuevo hogar.

La hora de la cena

Otra semana más en Toronto, o, quizás, otra semana menos. Todo depende del punto de vista en que se mire. Febrero ha llegado con frío. El viento aúlla cada día para recordarnos que debemos ir abrigados. Sin embargo, la nieve, patente en otras épocas, apenas ha hecho aparición estos días. Cierto es que hace unos días una helada sacudió la ciudad, dejando los árboles llenos de carámbanos que les proporcionaban un aspecto fantasmagórico. De hecho, ahora mismo, un radiante sol entra por la ventana, lo que me provoca un irrefrenable deseo por salir fuera y disfrutar de este nuevo día. Aún así, soy consciente de que las temperaturas son más bajas de lo que aparentan y que “el invierno está aquí”.

Tras contextualizar la meteorología actual, hecho que despierta mucha curiosidad entre mis conocidos allende los mares, en el post de esta semana me propongo a relatar una extraña circunstancia que me ha acaecido recientemente. Hace unos días comencé a dar clase a una pareja de señoras mayores. Están interesadas por aprender español, porque suelen pasar grandes temporadas de vacaciones en países latinoamericanos. Debo reconocer que fue una clase poco al uso. En realidad, siempre me sucede lo mismo con las primeras clases privadas o semiprivadas que imparto. Al no conocer a mis interlocutores, necesito tiempo para averiguar cuáles son sus necesidades y motivaciones. Pues bien, mis nuevas alumnas me propusieron algo que nadie hasta el momento me había pedido: leer un libro conjuntamente. La idea me pareció muy interesantes, pero también revoloteaban por mi cabeza un sinfín de enigmas sobre qué lectura podría ser idónea para estas mujeres. Por un lado, debía encontrar un libro entretenido, con un lenguaje sencillo y con unos capítulos cortos que pudiéramos trabajar en clase. Por otro lado, necesitaba dar con un libro que se pudiera adquirir fácilmente, ya fuera en una biblioteca o en alguna tienda especializada.

Tras una semana, esta tarde vuelvo a reunirme con ellas. Entre los libros que he pensado se encuentran: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, o El camino de Miguel Delibes. No sé finalmente por cuál se decantarán, pero me intriga saber cómo se desarrollarán las clases a partir del primer capítulo. Durante estas últimas semanas como docente, me he dado cuenta de que cada alumno y cada grupo es un mundo. Hay actividades que funcionan con unos y que son un auténtico desastre con otros. Eso sí, en todo momento, dejo relucir mi sonrisa y eso les contenta y apacigua. Además, cuando observo que la atención decae, empiezo a utilizar mis recursos oratorios y comienzo a explicar historias de mi familia, amigos, conocidos y otros personajes que voy sacando de la chistera. Lo importante, en todo caso, es que el espectáculo debe continuar.

Pero volviendo a mis dos señoras. El otro día más allá de la primera toma de contacto, me sucedió algo curioso, que me hizo reflexionar. Una de ellas me preguntó si podíamos atrasar las clases media hora. Para mí no era un problema, aunque eso supusiera regresar más tarde a casa. El motivo de esta petición es que la señora no tenía tiempo suficiente para prepararse para la clase a las 18.30, ya que antes de venir, debía cenar. En mi cabeza, la idea me resultó peculiar. De hecho, me imaginaba a mí en la misma situación. Culturalmente, en España cuando cenamos, después no tenemos en mente hacer nada realmente productivo. Solamente, vaguear, descansar e ir a la cama. ¡Acaso se me iba a ocurrir a mí salir de mi casa para ir a estudiar un idioma extranjero después de cenar! Me pregunto si, en España, con el enconado debate sobre el cambio de hora y la conciliación familiar llegaremos a ese punto en que la cena dejará de suponer el fin de nuestras jornadas para convertirse en una simple comida más.

En fin, Canadá y España, mundo anglosajón y mediterráneo, culturas cercanas pero, al mismo tiempo, distintas. Como dice el dicho, “no te acostarás sin saber una cosa más”. Por ejemplo, días más tardes me invitaron a un partido de la NBA entre los Toronto Raptors y Los Ángeles Clippers. Por fortuna, los canadiense vencieron con facilidad al equipo californiano y, para mi suerte, superaron los cien puntos. ¿Qué significa eso? Pizza gratis para todos los asistentes al partido al día siguiente en una famosa cadena de pizzerías de la ciudad. No es que se trate de una dieta muy equilibrada, pero volviendo al refranero español: “A caballo regalado, no le mires el diente”. En fin, me despido por una semana más, pero os deseo un feliz fin de semana y que el azar y la suerte, al igual que “la fuerza”, estén con vosotros.

Primeras veces

Sentado en la mesa de un bar con un nombre tan lleno de significado como inspirador, Page One (página uno), me niego a hacer todas las tareas que debo realizar. En su lugar, prefiero invertir mi tiempo para reunirme de nuevo con vosotros, seáis quien seáis, y me leáis desde donde me leáis. Hoy me he levantado en una cama nueva. En una casa nueva. En un lugar aún desconocido, pero elegido para registrar las minucias de mi cotidianidad. Las sábanas aún no están impregnadas de mi olor, la habitación aún no se ha empapado de esa calidez propia que traemos las personas. Todo sigue pareciendo impersonal, pero sólo es el principio de una etapa nueva. No es cuestión de correr demasiado. En todo caso, febrero no ha hecho nada más que empezar y todo ya ha cambiado.

Bueno, todo, todo… Quizás sea demasiado exagerado, pero ya sabéis la hipérbole y yo somos inseparables. Llevamos dos días del nuevo mes y, además de yacer sobre un colchón diferente, y ostensiblemente más grande, ya se han sucedido una serie de acciones primerizas, que se van acumulando a ese insaciable bagaje que el azar y la casualidad se encargan de cargar a mis espaldas. Por ejemplo, en esta última semana, he cobrado por primera vez una cantidad importante con un cheque al portador. Es una tontería, pero me despierta ternura utilizar un medio de pago tan arcaico en un mundo que lucha por ser tan innovador y, a su manera, “revolucionario”. Asimismo, he empezado a trabajar en un centro educativo superior de Toronto, con un sueldo muy razonable. No es que sea en sí algo para hacer alarde, pero el hecho de tener que impartir clases en los suburbios de la ciudad me ayudan a confirmar mi elección por vivir en el centro. Con este nuevo puesto laboral, ya van cuatro. Y recientemente he recibido una llamada para un quinto. ¿Pluriempleo? Déjame que os escriba un libro.

Hace poco también fui por primera vez al acuario de Toronto y a la destilería de la cerveza local, Steam Whistle. En este último lugar, pude experimentar algo muy poco canadiense. No es que quiera hacer publicidad, pero es que me resultó, cuando menos, peculiar. Es un sitio en el que puedes acercarte a la barra del bar y pedir una muestra de cerveza. Los diligentes camareros te sirven una caña con una sonrisa en la cara y sin cobrarte. En una sociedad con tantas restricciones en torno al alcohol, es todo una sorpresa.Esta última semana de enero y primera de febrero, me ha traído una buena noticia en relación con mi desafío de vientre plano u operación bikini. Lamentablemente, he sido irresponsable el resto de días, así que tengo que volver a engañar a la báscula para que vuelva a ser mi amiga. Para ello, estoy intentando persuadir a algunos amigos, e incluso alumnos, para correr 10 kilómetros el 7 de mayo. Después de mi caminata de más de 63 kilómetros hace dos años con mi acompañante de viaje catalana, creo que estoy preparado para alcanzar esta nueva meta. Espero que la desidia no sea más fuerte que yo, aunque estos días le esté venciendo la partida a la fuerza de voluntad. En fin, en cuanto esté más asentado, prometo seguir por el camino de la rectitud y de la dieta con bajo contenido calórico.

Para finalizar el blog de esta semana, sólo comentar un hecho curioso que me sucedió el domingo pasado. Ese día fuimos al cine un grupo de amigos a ver un documental sobre la biografía del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Fue una cinta muy interesante, que describía cómo un niño de un pueblecito de la costa caribeña de Colombia se había convertido en el “mejor” escritor de las letras españolas del siglo XX. Viendo la película, retazos de recuerdos de “Relato de un náufrago”, de “El coronel no tiene quien le escriba” y, sobre todo, de “Cien años de soledad” aparecieron, entonces, en mi pensamiento. Sin embargo, mi intención no es resaltar la maestría de este gran personaje de la literatura, sino lo que sucedió en el cine esa mañana de enero. Pues bien, estábamos en el cine, que para ser un documental estaba abarrotado, cuando a mitad de la película, la cinta se empezó a bloquear hasta que se paró por completo. Considerando que el precio de la entrada era muy superior al que suelo pagar los martes cuando voy al cine, y que nos encontramos en un país que se vanagloria por estar en la vanguardia tecnológica, no deja de ser paradójico. En fin, tras cinco minutos, consiguieron resolver la incidencia.

En definitiva, febrero ya está aquí. Ya llevo más de cuatro meses en este país, que sin ser mi patria, he convertido en mi hogar. El futuro se ve prometedor a corto plazo, aunque la incertidumbre continúa cerniéndose sobre mí como la draga de Damocles. En todo caso, como no me canso de repetirlo a mis allegados, ahora toca vivir el momento. Lo que tenga que venir ya será problema de nuestro yo futuro. No queramos correr demasiado para llegar a un punto que alcanzaremos más tarde o más temprano. Si nos apresuramos, quizás nos perdamos los matices y detalles, que hacen de nuestra existencia maravillosa y única. ¡Feliz semana y feliz camino!

Incongruencias y falsa modestia

2017 no ha hecho nada más que empezar y, por el momento, el azar y la casualidad se han comportado. Buenas noticias, nuevas aventuras y, en resumidas cuentas, un futuro halagüeño por descubrir. Asimismo, estos doce días que llevamos de enero me han reportado no pocas anécdotas, que estoy deseando compartir con vosotros. ¡Empecemos!

A principios de esta semana, participé en el proceso de selección de un puesto laboral. Para poneros en antecedentes, el trabajo en la tienda de vinos finalizó. Es posible que haya continuidad, pero hasta que se concrete o no, un joven lozano como yo necesita comer. Sigo impartiendo las clases de español y, de hecho, cada vez cuento con más alumnos. No obstante, debo reconocer que soy avaricioso y quiero más. En todo caso, espero que la avaricia no rompa el saco y que no tiente demasiado a la suerte.

Pues bien, ante esta perspectiva, me encontraba yo hace unos días esperando a realizar unas pruebas para conseguir un trabajo de oficina. Se trataba de una prueba escrita (eliminatoria) y una entrevista personal. La ratio de aspirantes al puesto era muy razonable, dado que solamente éramos cuatro personas para un puesto. Más allá de los detalles del proceso, mi relato va sobre los momentos de espera con el resto de candidatos. Como en otras ocasiones, antes de entablar cualquier conversación nos analizamos los unos a los otros. Honestamente, no sé lo que pensarían de mí, ataviado elegantemente con un traje negro, zapatos a juego y repeinado como si me hubiera dado un lametazo una vaca. En fin, como se debe ir a una entrevista de trabajo formal. Antes de hacernos pasar a la sala en donde realizaríamos la primera prueba, los cuatro tuvimos tiempo de departir entre nosotros. Ahí, se formularon las típicas preguntas, pero también alguna que otra intencionada para valorar el grado de competencia de cada uno de nosotros. Hasta ahí, también todo, lógico y normal.

Pasada la prueba escrita y tras ser conocedores de los resultados, la tensión era palpable. Sin embargo, esto no impidió que el trato siguiera siendo “cordial”. Aunque tanta falsa modestia se fue diluyendo según íbamos entrando y saliendo de la entrevista. Hasta tal punto en que mis oídos no creían lo que escuchaban. Un participante del proceso le dijo a otro: “¿Cómo ha ido la entrevista? Espero que bien. Te deseo mucha suerte. Ojalá que te lo quedes. Te lo mereces”. Posiblemente, exagero alguna de las frases anteriores, pero el mensaje era ese. Ante tal situación, mi mente era un hervidero de ideas contrapuestas. Por un lado, pensaba que era bastante cínico ese alarde de simpatía y buenos deseos, cuando ninguno de nosotros éramos amigos ni conocidos y todos competíamos por la misma plaza. Al fin y al cabo, ¿cómo le vas a desear a otro que se quede con el trabajo por el que tú mismo estás optando? Y por otro lado, al ver esa expresión de simpatía, hipócrita o no, me carcomía la cabeza pensando si era de buena persona no corresponder al resto de aspirantes con frases de ánimo y apoyo. En esta ocasión, el buen samaritano dio paso al Tío Gilito.

Esta historia me hizo recordar una anécdota de hace unos varios años. Entonces, era estudiante y estaba cursando un seminario sobre negociaciones internacionales. El ponente era un señor militante de un partido político en las antípodas de mi ideología. Sin embargo, ese día nos dio una lección que se puede traer a colación en esta ocasión. Al comenzar la sesión, nos formuló la siguiente pregunta: “En una negociación, ¿cuál es nuestro principal objetivo?” Ante un público altamente idealista, las respuestas de los asistentes repetían bonitos eslóganes de búsqueda del mejor acuerdo posible para las dos partes, de lograr un acuerdo equitativo, etc. Para el señor, tantos buenos deseos eran un sinsentido. En una negociación, según él, lo que prima no es el mejor acuerdo para las partes, sino que te puedas llevar tú el mejor trozo del pastel. Pues bien, cuando compites por un puesto, obviamente, hay que ser congruente y saber lo que se quiere.

En fin, no quiero con este post defender una posición antipática para con otras personas, pero seamos honestos. Si antepones tu bienestar por el de otras personas, al final, no buscarás la felicidad propia y, quizás, nunca la encuentres. Seamos un poco más egoístas o, al menos, seamos un poquito más coherentes.

El caminante rutinario

Y siguen pasando los días, uno tras otro. Le vida ya se va acomodando al nuevo ritmo marcado. Es extraño que no se produjera un pequeña transición entre el dolce far niente y la vida del trabajador por cuenta ajena. Pero no, nada de eso ha pasado. O quizás sí, pero aún no le he dado aún el tiempo necesario para que fermente esta sensación de cambio.

Me he incorporado a esta nueva rutina como si nunca hubiera estado haciendo otra cosa. En mi nueva realidad inventada, ya no soy solamente yo, sino que también soy quien yo quiera ser. Me explico. Trato con decenas de personas nuevas cada día y nadie sabe nada de mí más allá de mi apariencia física y mi nombre. Los más suspicaces me interrogan por el acento que perciben en mi voz. A estas personas atrevidas les indico mi procedencia y les animo a visitar mi país. Y hasta ahí. Todo lo demás me pertenece sólo a mí. De hecho, nadie me quita el inventarme una personalidad nueva con cada cliente. A maravillarlos con una historia no ocurrida que pueda tejer con mis espontáneos pensamientos. O, tal vez, a provocarles conmiseración para conmigo con un relato lleno de infortunios y penalidades. En definitiva, puedo hacer lo que quiera. Eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja, un alto y cordial hello al comenzar la conversación y un thank you and have a good day al acabarla.

Al mismo tiempo, este anonimato adquirido sirve para analizar sociológicamente a tu entorno. Comprobar cómo los prejuicios y las ideas preestablecidas pueden conformar la opinión de la gente sobre ti. Hace unos meses ya, una amiga recibió un comentario ofensivo de una clienta cuando la atendía en el comercio en el que trabajaba. La mujer se atrevió a decirle a su hija que si no quería acabar de dependienta, como mi amiga, tenía que estudiar. Lo que nadie le dijo que a esa señora es que lo mejor era que mantuviera la boca cerrada y no presupusiera lo que desconoce. De hecho, mi amiga, como muchos otros de mi generación, no sólo es licenciada, sino que también cuenta con un máster y otras aptitudes que la sobrecualifican para el puesto que ejercía en ese momento. Pues bien, esa situación tampoco me ha sido ajena, aunque, en mi caso, viene aderezada con un regusto de racismo. Hace unos días, otra mujer se acercó a la tienda y me preguntó por la medida de una botella de vodka. En la etiqueta aparecía que contenía 1,14 litros del preciado licor, pero la mujer quería saber cuánto era en onzas. A mí el absurdo sistema de medidas anglosajón nadie me lo ha explicado y tampoco tengo interés en conocerlo. Cierto es que de libras a kilos ya tengo una idea aproximada, pero el resto me parece absolutamente arcaico para los tiempos que estamos viviendo. Al no poder contestarle correctamente, su respuesta fue un exabrupto en forma de pregunta: “Don’t you speak English?” Ante su falta de respeto, lo que recibió fue una respuesta cortante y grandes dosis de educación. En definitiva, todo lo que ella no había sabido mostrar.

No obstante, más allá de estas anécdotas que te amargan el día. El resto de clientes se ha mostrado bastante afable. Eso sí, cuando les pregunto si quiere hacer una donación para un hospital. Las excusas con las que me contestan son de lo más variopintas. A imaginación nadie les gana, aunque casi siempre suelen musitar “not today” (“hoy no”). Pero tampoco mañana, ni pasado, ni al otro… Nadie les obliga, pero serían más honrosos al negarse y dar las gracias. En fin, a pesar de todo, mi jefe está muy contento con las donaciones que he ido consiguiendo a lo largo de mi corta etapa en la empresa. Tanto es así que el lunes pasado una persona del hospital para el que realizamos esta campaña se acercó a la tienda. Quería agradecer el esfuerzo que estábamos realizando para conseguir nuevos fondos. Su visita vino acompañada de foto, en la que se me invitó a unirme. Pues bien, ahí me veis a mí, con el jefe y tres compañeros más, sosteniendo un diploma por ser una entidad colaboradora. Mi sonrisa y mi pose con el cuadro enmarcado al estilo de ganador de concurso de televisión con un cheque millonario quedarán para la posteridad. No sé en dónde, pero en algún sitio será.

En definitiva, la rutina se ha apropiado de mi día a día. El azar y la casualidad me han dado un horario, un modus operandi y un propósito. Sigo expectante del camino que me queda por recorrer, pero sin preocupaciones. El porvenir sigue siendo un problema de mi yo futuro y a él ya le tocará decidir.