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La interrupción

El teatro estaba en el centro de la ciudad. Solía acoger grandes representaciones y obras artísticas. Ese día, por el contrario, no había ningún espectáculo teatral. Sin embargo, el lugar no permanecía cerrado. Se estaba llevando a cabo la presentación de un libro de una joven autora oriunda de la región.

La tardía pareja se apresuraba para encontrar su camino hacia la sala en la que se celebraba la tertulia. Acababan de llegar en un vuelo desde Londres y no habían tenido un segundo ni siquiera para tomar aire. Tras aparcar el coche automático de alquiler, juntos, de la mano, se dirigieron al teatro. La entrada lateral del edificio les condujo a unas escaleras que les llevaban directamente adonde estaba teniendo lugar el acto. La voz de ella ya llenaba el vacío de aquel espacio amarmolado. Esa voz familiar les atraía hacia allí y cada vez se iba sintiendo más cercana. Uno de los dos hombres puso su mano sobre el pomo de la puerta y la abrió. Su mirada y la de ella se cruzaron.

Una noche fría de invierno ella dormía. Había sido un día feliz. Desde hace semanas, su madre pasaba todo el día con ella, por lo que no se sentía sola. Como cada día, antes de acostarse, le leyeron un cuento. No fue difícil para ella sumergirse en ese mundo de fantasía que la historia iba recreando en su cabeza. En poco tiempo, cayó dormida y comenzó a soñar con los personajes del relato. En ese mundo onírico, todo era posible, incluso, podría volverse real.

En medio de la noche, sin embargo, el sueño se volvió más oscuro, más complicado, mutó en una pesadilla. Angustiada por el miedo, se despertó. Había soñado que se quedaba sola, que sus padres se habían ido. Con los ojos abiertos, intentó vislumbrar algo en el vacío negro de la habitación. Cuando alcanzó el interruptor de la luz, sus padres ya no estaban allí, habían desaparecido, solo estaban ella y una anciana despeinada en camisón y con una mancha en la cara. Ella gritó y gritó, lloró y lloró, pero su llanto era inconsolable.

La anciana intentó tranquilizarla. Con grandes dosis de paciencia, y con una voz dulce de abuela, consiguió serenar a la muchacha. Reconoció a la señora: Era la vecina de enfrente. Más calmada, ella le preguntó por sus padres. ¿Adónde se los había llevado el sueño? La mujer le abrazó y le dijo en un susurro: tu hermano está de camino.

Sobre el escenario, ella aguantaba los nervios como podía. No le gustaba hablar en público. A pesar de haber repetido el discurso unas mil veces, tenía miedo a quedarse en blanco. Tras la introducción del editor, comenzó a relatar los pormenores de su nueva novela. Comentaba con pasión la trama principal, la relación de los distintos personajes y los significados ocultos, que se podían leer entre líneas. Pasada una media hora, ya había perdido toda vergüenza y hablaba del libro distendidamente. De pronto, la puerta de la sala, se abrió y apareció su hermano, al que no veía desde hace meses. La sorpresa le hizo enmudecer y por un corto lapso de tiempo se quedo sin palabras. Solamente unas lagrimas de alegría interrumpieron en su semblante. Las mismas que aquella noche de marzo le anunciaron que ya no estaba sola.

Sentado en el avión, junto a Dave, vuelvo a casa. Escribo estas líneas imaginándome la reacción a una sorpresa largamente esperada. En la cabeza cientos de posibilidades cobran sentido. En algo menos de dos horas, cruzaremos el umbral de esa puerta, nos fundiremos en un abrazo y compartiremos lagrimas de felicidad, de reencuentro.

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Corriendo hacia mi destino

Mis admiradores más enardecidos se han quejado reiteradamente en los últimos días por mi falta de diligencia al no publicar nada la semana pasada. En fin, los oriundos de la península Ibérica tendemos hacia la más irremediable procastinación y, en algunos casos, incluso hasta la desidia nos vence. Lo sé, lo sé. ¡Excusas, excusas! Como las que muchos nos ponemos para no ir al gimnasio en un día perezoso. En todo caso, más vale tarde que nunca y, por ello, aquí y ahora os presento la historia silenciada de mi vida en Toronto durante los últimos días.

En el transcurso de todos estos meses, he pretendido tejer las complejas relaciones que el azar y la casualidad nos tienen preparados. Sin duda alguna, esta última quincena ha sido inequívocamente determinante para mi futuro próximo. No quisiera decir transcendental, porque suena demasiado rotundo. Por ello, ruego a la fortuna que me ayude una vez más en los proyectos futuros. Me encantaría poder relataros las maquinaciones maquiavélicas en las que me hallo, pero por miedo a recibir un mal fario me esperaré aún un tiempo para destripar todos mis planes. Os lo podéis tomar a risa, pero todavía me acuerdo de aquel amigo de la infancia que fue a hacer unas pruebas para un laureado equipo de fútbol español, y después de haber propagado la noticia a diestro y siniestro, no consiguió entrar en el equipo por culpa de una lesión tras un accidente de tráfico. Por ende, para no tentar a la suerte me voy a quedar chitón.

De cualquier modo, lo que sí os puedo avanzar es que los pronósticos parecen halagüeños. No lo digo por las probabilidades estadísticas por las que pueda conseguir mi meta. Si no, por el hecho de que se ha cumplido mi primer gran axioma de la teoría de los principios malos. Para los no avezados en esta creencia mía, la resumo en que para alcanzar el objetivo propuesto, todo debe empezar a la contra. Y así ha sido de nuevo esta vez. El sábado 22 de abril fui convocado a un examen para certificar mi nivel de inglés. Este requisito era perentorio para las gestiones que debía tramitar más adelante. Al llevar una vida desasosegada, el único día para el que me podía inscribir era en la fecha mentada.

Ese sábado tras levantarme, me dirigí a la escuela de aprendizaje de español done imparto clase. Allí comuniqué a mis alumnos que terminaríamos la sesión algo antes, debido a mi compromiso. Todos asintieron conformes y comenzaron mis suplicios gramaticales. A las 11.45 me dispuse a salir del centro para tomar el metro y dirigirme hacia el este. Según Google maps, el trayecto me llevaría algo menos de una hora y debería tomar dos metros y un autobús. Mentalizado, me senté y me dejé llevar. Al llegar a la estación de Kennedy, punto final de la línea 2 del metro. Una encartonada voz metálica nos informó de que la conexión en metro de la línea 3 no era posible a causa de unas obras. Eran las 12.25. La compañía de transporte público, Toronto Transit Commission (TTC), proveyó unos autobuses que hacían el mismo recorrido. Raudo, subí las escaleras para colarme en un vehículo justo antes de que partiera. Satisfecho por la hazaña, me senté y me dispuse a esperar. No obstante, se ve que no tenía toda la suerte conmigo. A pesar de mis prisas, el conductor parecía que no sentía devoción por la velocidad ni por los carriles rápidos.

Cuando llegamos a la penúltima estación de metro, Scarborough Centre, era el único pasajero que continuaba en el autobús. El señor que no me había visto comenzó a departir con un superior, con el fin de acabar su jornada laboral. El gerente le comunicó que me debía dejar en la estación siguiente y que podía irse a casa. El conductor se puso en marcha. Sin embargo, nunca me dejó en la última estación. Tras pasarla sin detenerse, en el cruce de las calles Grangeway Avenue y Progress Avenue, se detuvo y me preguntó que hacia dónde me dirigía. Al decirle que tenía un examen, que empezaba en 15 minutos y que el centro se encontraba en la calle donde estábamos, pero dos kilómetros hacia el este, el hombre se hizo el sueco y se negó a llevarme. Como no me dio ninguna alternativa, más allá de tomar otro autobús, en la calle en la que me entraba en donde no había ninguna marquesina, le di los buenos días y me fui corriendo. Cargado con mi mochila, comencé a recorrer la distancia que me separaba de mi futuro, de mi vida próxima y de los sueños, ideas y proyectos que ya empiezan a emerger en mi cabeza.

Consciente de que si llegaba tarde y el examen empezaba, no me dejarían entrar en el aula y debería esperar a otra fecha. Agotado por el esfuerzo de correr hacia mi destino, ojeaba el inexorable paso de las manecillas del reloj. Minuto a minuto, mis esperanzas se iban derrumbando. Poco a poco, los ojos se me iban llenando de unas lágrimas amargas, que ya había probado un lúgubre dieciséis de junio de 2006, cuando nunca pude sentarme en el avión que me tenía que llevar a Barcelona, para realizar otro examen y empezar otra vida.

Aquella vez y esta, han tenido solución. Finalmente, sin resuello alcancé la clase y pude sentarme a hacer el examen. Eso sí. Todas las instrucciones sobre el estado en el que debía presentarme a un examen, creo profundamente que las incumplí. Al menos, las de haber comido, haber llegado puntual y estar relajado. Tras este susto que el azar y la casualidad me tenían previsto, el resto de gestiones ha seguido su curso y todo sigue en marcha. No sé si mis planes y los del destino son los mismo, pero para averiguarlo tanto vosotros como yo tendremos aún que esperar.

Pasos a ciegas

De una forma incesante, el azar y la casualidad siguen tejiendo los hilos de nuestras vidas. Las opciones entonces desechadas son ahora alternativas reales, mientras que las más firmes convicciones se tambalean. Ya decía Heráclito que “todo fluye, nada permanece”. De hecho el filósofo griego también diría que “lo más constante de esta vida es el cambio”. ¡Razón no le faltaba! Es sorprendente que con miles de años de diferencia, al final, cuando nos preguntamos por las incógnitas de nuestra mera existencia, da igual que escribamos en pergamino o en tabletas y teléfonos inteligentes.

La tecnología ha transformado nuestra manera de vivir. No sé si siempre ha sido una mejora o, quizás, una rémora para la supervivencia de los pocos valores que vamos conservando. Supongo que no deja de ser algo a medio camino. Cierto es que en el mundo laboral, las facilidades que la informática nos ha traído son irrenunciables. Justamente hoy, estaba archivando varias cajas de documentos que habían sido mecanografiados con máquinas escribir. Hoy en día es increíble pensar que no hace relativamente poco tiempo si te equivocabas a la hora de escribir, debías sacar tu papel de la máquina y volver a empezar. Si nos remontáramos más atrás y pensáramos que antes de ese gran avance, todo debía de estar escrito a mano, es básicamente demencial. Sin embargo, al mismo tiempo, la tecnología ha traído hábitos desagradables, que poco a poco se van afianzando en nuestras sociedades. Por ejemplo, sin ir más lejos, ayer de tarde, al salir del trabajo iba de vuelta a casa por la calle. Me crucé con varias personas. Todas ellas iban pegadas con su cara a la pantalla de su teléfono. Absortos en un estado comatoso, parecían sonámbulos en plena calle. No es que con esto quiera negar que yo soy un espécimen distinto, pero, a veces, me da por desprenderme de las cadenas que mi Iphone me impone para ver el mundo en el que vivo. Muchas de esas veces me pregunto si estamos yendo por el camino correcto.

Para más inri, no solamente nuestros valores flaquean ante el nuevo imperio de la tecnología. Nuestra propia salud se ve expuesta directamente ante nuevas amenazas. Cuando hagan estudios dentro de unos años sobre el incremento de problemas ópticos por haber pasado años embotados ante televisiones, ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, quizás nos demos cuenta demasiado tarde de que deberíamos haber cerrado los ojos ante tanta luz incandescente. Asimismo, recuerdo con nitidez aquella clase de música del primer curso del instituto. Nuestro profesor repartió una hoja con un texto sobre los problemas de escuchar música a un alto volumen, en especial a través de auriculares. Pues bien, dentro de esta moda estulta de hacer cualquier test que publican en Internet, me hice una prueba para constatar la calidad de mis oídos. El resultado, tremendamente alarmista, pronosticaba un deterioro leve en mis conductos auditivos. No obstante, es cierto que, en el trabajo, cuando tengo que escuchar a alguien a través de un grueso cristal, muchas veces, no me entero de la misa a la media.

No obstante, toda esta reflexión encuentra un punto contradictorio. ¿De quién es la responsabilidad de todo esto?¿Individual o de la sociedad? Nadie nos obliga a estar pegados a nuestras máquinas de última generación. Nadie nos ordena a que dejemos de prestar atención a las personas que nos rodean, a nuestro entorno, a nuestra vida cercana, por estar enganchados a una red que no está presente ni nos abraza por las noches. Sin embargo, somos animales gregarios, cuyas acciones colectivas nos condicionan. Por mucho que nos indignen o preocupen, estos cambios están ahí y, presumiblemente, permanecerán entre nosotros por una buena temporada. Será gracioso ver cómo en un futuro cercano, o quizás en un presente desconocido, salen múltiples centros de desintoxicación y terapias de choque contra las perniciosas consecuencias de las nuevas tecnologías.

En esta senda en la que nos deshumanizamos para convertirnos en autómatas, la tecnología se impone y nosotros nos doblegamos ante ella. Nos movemos en un mundo rápido, pero se me dibuja una sonrisa al pensar que por mucha innovación, aún es un paraguas el mayor invento que me separa de las gotas de lluvia, que estos días refrescan las polvorientas calles de Toronto. El azar y la casualidad quieren que avancemos velozmente hoy en día, sin embargo, yo sigo dando palos de ciego para dilucidar cuál es mi camino. Y por mucho que busque en mis nuevos compañeros robotizados, la única respuesta está en mi cabeza y, también, mi corazón.

¡Hasta la vista, baby!

Anteayer la primera ministra británica, Theresa May, firmó la carta que activaba el artículo 50 del Tratado de Lisboa, por el que el Reino Unido solicitaba su salida de la Unión Europea. Ayer, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, recibió la misiva y se pusieron en marcha todos los mecanismos para entablar unas negociaciones que se prevén, cuando menos, complicadas. Tras poco más de nueve meses, desde el 23 de junio de 2016, finalmente ha nacido el bebé de la desunión.

El azar y la casualidad quisieron que yo me encontrara en Bruselas aquel 23 de junio. De hecho, me acuerdo muy bien. El fatídico viernes 24 me disponía a viajar a España, para votar en las segundas elecciones generales españolas en menos de un año. La tarde del 23 de junio, como ya iba siendo costumbre, había frecuentado con mis entonces compañeros los bares de la bulliciosa plaza de Luxemburgo de la capital belga. Ante todos los dimes y diretes sobre la votación que se estaba produciendo al otro lado del Canal de La Mancha, a mí me trastocó más la noticia de que al día siguiente habría una huelga general en Bélgica con un parón total de los medios de transporte público. Enterarse de algo así con unas cervezas de más, sobre todo, si son belgas, puede resultar alarmante. Además, si le sumamos que tenía pensado desplazarme al aeropuerto de Charleroi, a cierta distancia de Bruselas, en tren, pues ya la situación presentaba paralelismos con la tragedia griega.

En fin, dentro de lo consciente que estaba, regresé a la oficina y pude reservar un asiento en un autobús que hacía el mismo trayecto. Con eso asegurado, nada impedía continuar con la fiesta. Craso error. Me recogí demasiado tarde, lo que impidió que hiciera mi maleta antes de acostarme. Eso sí, revisé los principales periódicos europeos y en todos había unanimidad en cuanto a la permanencia del Reino Unido en el bloque comunitario. Pocas horas más tarde, al despertarme, corrí a ver si ya había resultados. Para mi sorpresa, más de la mitad de los británicos nos habían querido dar la espalda. Sin embargo, no tenía tiempos para cavilaciones, tenía que hprepararme, salir y dirigirme a la otra punta de Bruselas a tomar el autobús. Y todo ello, a pie, pues no funcionaba nada. Cargando el macuto, recorrí la distancia en un tiempo récord, para encontrarme a un montón de personas esperando con el mismo motivo.

Mientras desesperábamos, me dio por hablar con mi hermana. La pobre mujer me explicó que le habían entrado a robar en casa. Al parecer, un chorizo saltimbanqui había trepado por los tubos del gas del patio para colarse por la estrecha ventana de la cocina. Una vez dentro, sin hacer ruido para despertarlos, había sisado el ordenador, un Ipad y dinero. Nerviosa, me explicaba que estaban esperando a la policía y que se sentía terriblemente asustada. Sin poder servir de mucha ayuda, intenté tranquilizarla, aunque, en estos casos, nunca se sabe qué decir. En fin, entre una cosa y otra, llegó el autobús y nos dirigimos hacia Valonia. Al estar cortadas las carreteras principales por la huelga, recorrimos los bucólicos paisajes rurales del sur de Bélgica, llenos de granjas, tractores y vacas. En un periplo que parecía no tener fin, llegamos a un aeropuerto colapsado por la falta de servicios.

En el aeropuerto, tras los atentados de Bruselas de 2016, todo eran controles. De hecho, no sé por qué me hicieron tres. Debía de ser que tenía unas pintas de personaje peligroso, porque si no, yo no me lo explico. Después de que me registraran por arriba y por abajo, comí algo y me fui a mi puerta de embarque. Allí me esperaba una larga cola que se había formado con más de media hora de antelación. Lentamente, fuimos pasando. Para mi infortunio, a las mujeres que estaban delante de mí les pusieron una pegatina en las tarjetas de embarque para que facturaran su equipaje, pretendidamente de mano. Como es lógico, a mí también me tocó. Sin embargo, yo no use la picaresca española, de las que mis compañeras noreuropeas parecían conocedoras, ya que se libraron de dicha notificación y subieron al avión con sus bolsos. Infeliz de mí, entregué mi bolsa de viaje para que la llevaran a la bodega y me acomodé en mi sitio.

El avión despegó con mucho retraso. Además de la huelga de Bélgica, en Francia, donde parece que los paros laborales, en especial de controladores aéreos, son parte de la idiosincrasia del país, impidieron que saliéramos en hora. Como cabe suponer, si sales tarde, no llegas a tiempo. Y dicho y hecho. Aterrizamos en el aeropuerto santanderino a escasos minutos de que mi autobús hiciera parada allí. Estresado, como es natural, salí del avión lo más deprisa que pude. No obstante, al estar en el medio exacto de la aeronave, poco podía hacer. Ya en la sala de equipajes, la dichosa bolsa no salió hasta un largo rato después. Poniendo los pies en polvorosa, corrí como si no hubiera un mañana para llegar a la marquesina en la que debía coger el famoso autobús. Al salir por la puerta, al fondo de la carretera, un bus de la misma compañía se disponía a partir. Vanos fueron mis esfuerzos para llegar a tiempo, y aunque gesticulé todo lo que pude, el vehículo se alejó de mí. Cuando lo veía todo perdido, una dulce voz femenina me preguntó: “¿Adónde vas? ¿A Bilbao o a Asturias?” Al responderle, mi compatriota me tranquilizó diciendo que nuestro autobús aún no había pasado. Feliz por la noticia, me sentía aliviado. De lo que no era consciente en ese momento, es que había reservado un bus turístico con parada en todos los pueblos de Cantabria y Asturias entre Santander y Oviedo.

En fin, ¿cómo olvidar ese 23 de junio? Imposible. Nueve meses después. Ahora estoy en un país diferente, pero con unas profundas raíces británicas, que pude constatar el domingo pasado cuando Dave y yo fuimos a Niagara-on-the-lake y visitamos Fort George, en donde ondeaba una gigantesca bandera británica en conmemoración a la guerra de 1812 entre los leales a la corona británica y los separatistas estadounidenses. Es curioso las vueltas que da la historia y como ahora es el Reino Unido el que nos dice “hasta la vista, baby”. No obstante, por mucho que me apene su partida, toca aceptar lo que los británicos, consciente o inconscientemente, han elegido.

Lo quiero para ya

Tras la historia melodramática de la semana pasada, este jueves vengo con noticias mucho más alegres. Todo ello por la espiral de felicidad en la que me veo envuelto y por haber celebrado recientemente el día en que este mundo me vio nacer. Aún sigo inmerso en los preparativos de los festejos de esta fecha tan señalada en mi calendario personal. Sin embargo, mi intención hoy no es enumerar el pantragruélico banquete que tengo en mente para la fiesta que estoy preparando para el sábado, sino que me voy a decantar por mi torbellino laboral.

Esta semana ha sido clave en mi situación laboral y económica en Canadá. El azar y la casualidad han querido que el mismo día, ayer, en el que, por cierto, cumplía años, se juntara el final de mi contrato en la universidad donde impartía las clases de español con mi nuevo trabajo de oficina. De hecho, ese mismo día dije adiós a uno y firmé el contrato del otro. Muchos dicen eso de a rey muerto, rey puesto. Pues yo, en amor no soy tan rápido, pero se ve que en asuntos del trabajo, tiro de uno a otro como si fuera de oca en oca.

Debo reconocer que llegar hasta el punto de tener tres trabajos puede resultar excesivo. Todavía me pregunto de donde saco el tiempo y la energía para dar el cien por cien a todo, incluida mi ajetreada vida personal y social. Sin embargo, me considero una de esas personas que cuando se propone algo, o se le cruza algo entre ceja y ceja, va hasta el final o, en su caso, hasta sus últimas consecuencias. Pues bien, las clases en la universidad han sido una experiencia buena desde el punto de vista docente. He podido mejorar como profesor y aumentar mis recursos educativos. Asimismo, ha sido una actividad enriquecedora también en el plano personal. Tanto hemos compartido estos días que hasta una amiga me ha hecho un regalo el último día: una caja con magdalenas coronadas por natas de colores y tréboles verdes de la suerte. Es bonito que cuando no te esperas nada, alguien muestre este tipo de detalles.

Para ser justos, este no es el primer regalo que recibo como profesor en Toronto. No es que quiera yo convertirme en uno de esos políticos que reciben ofrendas por favores, pero no le voy a quitar la ilusión a nadie. Hace unas semanas, unas señoras a las que imparto clase en la escuela de aprendizaje del español me vinieron con la propuesta de leer un libro juntos y comentarlo en clase. Yo les propuse unos cuantos y, finalmente, se decantaron por “El tiempo entre costuras” de María Dueñas. Pues bien, en cuanto tomaron la decisión, me compraron un ejemplar para mí. La verdad es que podría haberlo adquirido yo, pero es un bonito gesto que me lo regalaran.

Finalizada la etapa de la universidad, ahora ya estoy imbuido en los quehaceres burocráticos correspondientes a mi nuevo trabajo de oficina. La verdad es que en los pocos días que llevo en mi puesto he vivido una serie de acontecimientos totalmente variopintos. No obstante, lo que más me ha llamado la atención es una dinámica que se repite en varios casos. Todos quieren saber que es de lo suyo para ya. Me sorprende enormemente el grado de insistencia, impaciencia e intransigencia al que algunos pueden llegar. Sí, sí, las tres cualidades y en ese orden. Asimismo, muchas veces toda su disconformidad viene dada por pura ignorancia. Muchas veces producto de un desinterés propio mostrado en el pasado, que fomenta su frustración. A pesar de cualquier error humano, se ve que la autocrítica es algo que les gusta poco practicar.

En todo caso, más allá de conversaciones hostiles, mi nuevo puesto de trabajo también me ha brindado la oportunidad de maravillarme con el ser humano. No una ni dos ni tres veces ya me he encontrado con personas que se encuentran en situaciones no deseadas por pura dejadez de sus funciones. No sé si es la desinformación, la desidia o el olvido, pero lo que sí que es común es ese cabreo patente que no se sienten tímidos de reprimir o evitar.

En fin, una cosa tengo clara. El trabajo queda en la oficina y la vida personal, fuera. Quien quiera enfadarse, que se enfade; quien quiera contentarse, que se contente; y quien no sepa lo que quiere, que se aclara, pero que no maree la perdiz. Me despido una semana más, pero esta vez diferente. Ya con 29 años, y más cerca del abismo de los 30 y de una vida adulta que ha llegado volando sin haberme dado cuenta. Empiezo esta etapa nueva con la suerte de mi lado y con todo lo que durante mucho tiempo he estado buscando. A la espera de cambios en el horizonte, vivo el presente mientras me entretengo con estas necedades, que ponen el punto gracioso a esta vida mía.

La ardilla voladora

Al final, la perseverancia da sus frutos. Tras mucho tiempo de preparación y nervios, he conseguido el puesto de trabajo del que he estado hablando las últimas semanas. Estoy muy satisfecho, porque es un trabajo interesante, haré currículum y mis finanzas mejorarán ostensiblemente. Todo parece ir viento en popa y a toda vela en este 2017. Nuevos empleos, nuevas amistades y, en breve, nuevo domicilio.

Hoy me apetece contaros mi corta, pero esclarecedora, búsqueda de vivienda en Toronto. Como ya sabéis, durante estos meses he estado compartiendo piso con unos amigos, que generosamente me han acogido en su hogar. Tras ya unos cuantos meses, consideré que ya era hora de emanciparme y devolverles su preciada privacidad. Pues bien, hace menos de una semana, me puse manos a la obra. Debo reconocer que buscar apartamentos es una actividad que me hastía profundamente, pero, en esta vida, siempre toca hacer algo que no nos gusta.

El primer piso que visité se encontraba en la intersección entre las calles Queen Street West y Spadina Avenue. Para los no conocedores de la gran urbe canadiense, se trata de un barrio céntrico y, a la vez, moderno. En su entorno más cercano se hallan restaurantes, tiendas, bares, discotecas y otros centros de ocio. Según el anuncio, el piso era una maravilla. Sin embargo, la letra pequeña irrumpió con fuerza durante la visita. El dueño, un hombre afable con pintas de hippy, me enumeró las ventajas del apartamento, pero, al mismo tiempo, me dejó meridianamente claro que a partir de las 21.30 no quería a nadie en casa. Es una lástima, pero ese aspecto rechinó en mis oídos.

El segundo piso se trataba de una habitación con baño propio y cocina compartida. Se encontraba en un barrio más humilde que el anterior, pero en una zona cercana al lugar en donde resido actualmente y que, por ende, conozco bastante bien. La habitación se encontraba en la primera planta. El dueño me hizo pasar a mí primero mientras que él subía las escaleras. Tras un largo pasillo, se encontraba mi potencial habitación, justo después de la cocina. Cuando el hombre encendió la luz, encima de los fogones había algo que se movía. Se trataba de un roedor. Para mi fortuna, no era una rata, sino una ardilla. El asustadizo animal al vernos empezó una trepidante carrera de pared en pared, saltando de un lado para otro como si le corriera la vida en ello. Nos llevó un buen rato sacar a nuestra amiga peluda de la casa, pero, finalmente, lo logramos. La habitación en sí no estaba mal. No obstante, el control de plagas y el deprimente estado de la cocina me echaban para atrás.

Al llegar a casa la tarde que vi a la ardilla, encontré un piso en la misma zona, pero con mejores fotografías. Así pues, al día siguiente, por la mañana, me dirigí a la tercer casa; esperando que a la tercera fuera la vencida. Desafortunadamente, no fue el caso. En esta ocasión, la cocina era algo mejor, pero la abundante suciedad y desorden por doquier me indicaban que ese no sería mi futuro hogar. El precio era muy asequible y el dueño era un hombre encantador, que me empezó a contar historias de cuando era joven y a poner música latina. Si hubiera invertido un poco más en el lugar y la gente fuera más limpia, quizás me lo pensaba y todo.

Tras tres intentos fallidos, decidí aumentar mi presupuesto. Fue entonces cuando la perspectiva mejoró. Di con un anuncio que me pintaba un piso espectacular en el centro de Toronto. El azar y la casualidad me habían traído, al fin, una casa que mereciera la pena. Raudo y veloz, llamé para concertar una cita. Nada más entrar al apartamento, pensé: “Pablo, ¡bienvenido a tu nueva casa!”. Y dicho y hecho. Hoy mismo he pagado el primer mes y la fianza. En breve, me mudaré y comenzará una nueva etapa en esta fantástica ciudad, que siento ya como si fuera mi hogar.

El caminante rutinario

Y siguen pasando los días, uno tras otro. Le vida ya se va acomodando al nuevo ritmo marcado. Es extraño que no se produjera un pequeña transición entre el dolce far niente y la vida del trabajador por cuenta ajena. Pero no, nada de eso ha pasado. O quizás sí, pero aún no le he dado aún el tiempo necesario para que fermente esta sensación de cambio.

Me he incorporado a esta nueva rutina como si nunca hubiera estado haciendo otra cosa. En mi nueva realidad inventada, ya no soy solamente yo, sino que también soy quien yo quiera ser. Me explico. Trato con decenas de personas nuevas cada día y nadie sabe nada de mí más allá de mi apariencia física y mi nombre. Los más suspicaces me interrogan por el acento que perciben en mi voz. A estas personas atrevidas les indico mi procedencia y les animo a visitar mi país. Y hasta ahí. Todo lo demás me pertenece sólo a mí. De hecho, nadie me quita el inventarme una personalidad nueva con cada cliente. A maravillarlos con una historia no ocurrida que pueda tejer con mis espontáneos pensamientos. O, tal vez, a provocarles conmiseración para conmigo con un relato lleno de infortunios y penalidades. En definitiva, puedo hacer lo que quiera. Eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja, un alto y cordial hello al comenzar la conversación y un thank you and have a good day al acabarla.

Al mismo tiempo, este anonimato adquirido sirve para analizar sociológicamente a tu entorno. Comprobar cómo los prejuicios y las ideas preestablecidas pueden conformar la opinión de la gente sobre ti. Hace unos meses ya, una amiga recibió un comentario ofensivo de una clienta cuando la atendía en el comercio en el que trabajaba. La mujer se atrevió a decirle a su hija que si no quería acabar de dependienta, como mi amiga, tenía que estudiar. Lo que nadie le dijo que a esa señora es que lo mejor era que mantuviera la boca cerrada y no presupusiera lo que desconoce. De hecho, mi amiga, como muchos otros de mi generación, no sólo es licenciada, sino que también cuenta con un máster y otras aptitudes que la sobrecualifican para el puesto que ejercía en ese momento. Pues bien, esa situación tampoco me ha sido ajena, aunque, en mi caso, viene aderezada con un regusto de racismo. Hace unos días, otra mujer se acercó a la tienda y me preguntó por la medida de una botella de vodka. En la etiqueta aparecía que contenía 1,14 litros del preciado licor, pero la mujer quería saber cuánto era en onzas. A mí el absurdo sistema de medidas anglosajón nadie me lo ha explicado y tampoco tengo interés en conocerlo. Cierto es que de libras a kilos ya tengo una idea aproximada, pero el resto me parece absolutamente arcaico para los tiempos que estamos viviendo. Al no poder contestarle correctamente, su respuesta fue un exabrupto en forma de pregunta: “Don’t you speak English?” Ante su falta de respeto, lo que recibió fue una respuesta cortante y grandes dosis de educación. En definitiva, todo lo que ella no había sabido mostrar.

No obstante, más allá de estas anécdotas que te amargan el día. El resto de clientes se ha mostrado bastante afable. Eso sí, cuando les pregunto si quiere hacer una donación para un hospital. Las excusas con las que me contestan son de lo más variopintas. A imaginación nadie les gana, aunque casi siempre suelen musitar “not today” (“hoy no”). Pero tampoco mañana, ni pasado, ni al otro… Nadie les obliga, pero serían más honrosos al negarse y dar las gracias. En fin, a pesar de todo, mi jefe está muy contento con las donaciones que he ido consiguiendo a lo largo de mi corta etapa en la empresa. Tanto es así que el lunes pasado una persona del hospital para el que realizamos esta campaña se acercó a la tienda. Quería agradecer el esfuerzo que estábamos realizando para conseguir nuevos fondos. Su visita vino acompañada de foto, en la que se me invitó a unirme. Pues bien, ahí me veis a mí, con el jefe y tres compañeros más, sosteniendo un diploma por ser una entidad colaboradora. Mi sonrisa y mi pose con el cuadro enmarcado al estilo de ganador de concurso de televisión con un cheque millonario quedarán para la posteridad. No sé en dónde, pero en algún sitio será.

En definitiva, la rutina se ha apropiado de mi día a día. El azar y la casualidad me han dado un horario, un modus operandi y un propósito. Sigo expectante del camino que me queda por recorrer, pero sin preocupaciones. El porvenir sigue siendo un problema de mi yo futuro y a él ya le tocará decidir.

Y la nieve llegó…

El viernes pasado vivimos en Toronto un clima de absoluta excepcionalidad para estas fechas del año. Hacía 18 grados centígrados. Ni corto ni perezoso me dispuse a dar un paseo con el perro por alguna senda que no hubiera transitado aún. Para los que me conocen, me imagino que no les extrañe mi interés por caminar, ya sean 10, 20, o incluso, más de 60 kilómetros en el mismo día. Pues con un tiempo tan atípicamente bueno, no lo podía desaprovechar.

Durante estos meses en Toronto, he seguido cultivando esta afición por descubrir mi entorno paso a paso. La verdad es que me viene heredada de mi padre, quien camina más de una hora al día, y  a su vez de mi abuela paterna, que solía andar bastante cuando la salud se lo permitía. Pues bien, ese día me decanté por una excursión a lo largo del río Don hasta llegar a su desembocadura en el lago Ontario y alcanzar la cercana playa de Cherry Beach. En total, eran unos 13 kilómetros, que me servirían para ejercitar mi aún dolorida rodilla, tras el trastazo que me había llevado la semana anterior. Como es habitual, no suelo encontrarme a muchos viandantes por los recovecos en los que suelo transitar, pero no puedo quejarme del estado de las sendas. Al menos, hasta ahora, ya que en invierno el ayuntamiento no realiza tareas de mantenimiento. Tampoco puedo dejar de mencionar los sitios pintorescos que encuentras en zonas apartadas de la ciudad. Puentes inutilizados de una época pretérita, largos caminos cubiertos por un frondoso manto de hojas amarillas y escoltados por altos árboles que mudan para el invierno, vías de ferrocarriles sin trenes, que al buscar su principio o final, siempre me hacen recordar el futuro, el porvenir y la oportunidad, además del triste final de Tolstói en aquella fría habitación de la estación ferroviaria de Astápovo en que exhaló su último aliento.

Ese viernes, aparte de conocer nuevos rincones de la ciudad, pude disfrutar de un agradable paseo para meditar. Una vez dejado el río a un lado, había que cruzar la zona portuaria hasta llegar al destino. El sol estaba sucumbiendo ante la noche y una vez a la altura del lago, se podía observar el reflejo de los imponentes edificios del centro de la ciudad teñidos de colores rosáceos y anaranjados. Durante la vuelta los rascacielos comenzaban a brillar y a dar la impresión de una ciudad futurista. El perro me acompañó sin mostrar fatiga alguna, aunque el pobre a veces aqueja las largas distancias que le marco. En todo caso, para su alivio perruno, no creo que vayamos a recorrer muchas millas más en los próximos meses debido a las adversas condiciones climáticas que tenemos por delante.

De hecho, mi idílico tiempo primaveral se esfumó a la primera de cambio. Es decir, a los dos días. El domingo me levanté y tras las ventanas un cielo gris encapotaba la urbe. Echando la vista abajo, un manto blanco cubría los tejados, aceras, calles y jardines que podía ver desde el apartamento. Adiós al otoño, el invierno ha llegado. Por suerte, ese día me invitaron a una feria de vinos y productos gourmet. De esta manera, podría llorar mis penas ante el túnel que nos acompañarían durante los próximos meses. No es que no supiera dónde me metía antes de venir, pero es que me sigue dando mucha pereza el frío gélido que se avecina. Espero que una vez mentalizado lo pueda soportar con más alegría.

La feria no tuvo pérdida. Pero, sin duda, lo mejor fueron los puestos de vinos, quesos y caquis españoles. No sólo porque hubiera trabajado en ellos dos años atrás, sino que sus productos me acercaban un poco a casa, al menos aunque fuera un poco. Del resto de expositores, me quedo con una salsa de champiñones y unos tentempiés vegetarianos parecidos a las patatas fritas, junto a las entretenidas instrucciones de un joven cocinero canadiense. Así mismo, también probé suerte en un sorteo para un viaje con todos los gastos pagados a Barbados. Si el frío llama a la puerta de tu casa, un avión al Caribe siempre es una buena opción. Veamos si el azar y la casualidad quieren que el país isleño se sume a la lista de mis próximos destinos.

Hasta el infinito o más allá

Esta semana ha sido de locos. He empezado a recibir llamadas de empresas, he asistido a ferias de empleo y he sido entrevistado para varios puestos. Al final, os podréis librar de mis lamentos y penas varias ante las inciertas perspectivas de mi futuro aún por escribir. Me doy cuenta de que tiendo a la exageración cuando explico los pormenores de esta búsqueda ciega de un porvenir. No obstante, es mi estilo y es el que es. Alguien muy cercano a mí me ha felicitado recientemente por haber encontrado una voz propia y distinguible, aunque a veces peque de seriedad y me aleje de mis lectores. Hoy vengo aquí a volver a hacer a hincapié a un tema que me ha acompañado desde antes de aparecer en escena en este teatro de la vida, esto es, mi primer apellido.

Después de dos años, compruebo que las gentes de Toronto están más habituadas al hecho de que alguien tenga dos apellidos. Si muchos tienen dos nombres, ¿por qué no podrían tener dos apellidos? Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, como ya es costumbre, resulta que Ruisánchez no es del gusto de todos, ya sea en Canadá o en España. Desde mi más tierna infancia, he tenido que lidiar con personas que se creían con la autoridad de decirme cómo se escribía mi propio apellido. En algunas ocasiones, cuando añadían una zeta en medio, incluso argüían que yo era el responsable del equívoco. En conclusión, desidia e ignorancia. Entiendo que para los no avezados o no conocedores de personas con tan insigne apellido pueda resultar extraño. De hecho, según el Instituto Nacional de Estadística, en España sólo lo compartimos 417 personas en primera posición y 514 en segunda; por lo que muy común, muy común, pues no es.

Acostumbrado ya a los “Ruizsánchez” y otros engendros, el hecho de que me lo volvieran a escribir mal en Toronto no me pilló por sorpresa. Si de pequeño el Club Pescanova no me traumatizó al enviarme correspondencia con el apellido equivocado, no me iba a afectar ahora con unos cuantos años más a mis espaldas. El jueves pasado, unas pocas horas más tarde de haber publicado el post anterior, asistí a una conferencia titulada “Innovación en Canadá”, organizada por una asociación de empresarios hispanos afincados en Canadá. El plato fuerte de la charla lo protagonizó el Director Gerente de Twitter Canadá, quien nos habló de las bondades del mercado canadiense y de los retos de las nuevas tecnologías en el mundo actual. El acto se celebró en una de las últimas plantas del edificio Bay Adelaide Centre, con unas vistas impresionantes de toda la ciudad, especialmente al caer el sol.

Llegué a la cita a la hora establecida, mostré mi entrada y me dieron mi tarjeta de identificación. Ahí aparecía mi nombre acompañado de “Ruiz” y “Sanchez”, como si estos dos tuvieran algo que ver conmigo. Es como si a Mariano le escribieran “Mar” y “Ano” o “Marrano”. No sé, a pesar de todos los años, sigue siendo absurdo. Algo contrariado, me resigné y me colgué la tarjeta del bolsillo de la chaqueta. Me acerqué a la sala y esperé a que comenzara la conferencia. Una vez finalizada, se formaron corrillos en los que los asistentes intercambiaban impresiones y se relacionaban. Lo que se conoce hoy en día como hacer networking. Yo, en la cola de la comida, entablé conversación con varias personas. Entre ellas, se encontraba un informático de una importante empresa canadiense. Al ver mi tarjeta, su reacción fue de asombro al leer a lo que me dedicaba: Spacecraft Controller en la European Space Agency (es decir, Controlador de Aeronaves Espaciales en la Agencia Espacial Europea). ¡Exacto! “Esto que es lo que es”. Pues bien, al haber escrito mal mi nombre, a la hora de buscarlo en Linkedin para incluir mi profesión, habían utilizado la información de otra persona. Aunque desorientado en un primer momento, el error no me arredró y continué con la conversación haciendo chanza de la situación. De hecho, me inventé que esa era mi doble identidad y que, en realidad, era un espía. Un poco de comedia no hace daño a nadie, incluso si delante de ti tienes a una alta ejecutiva de Twitter Canadá.

Sin duda, ese día fue cuando menos curioso, pero me sirvió para conocer a gente, hacer algún que otro contacto y aclarar un poco mis expectativas laborales. El azar y la casualidad dirán qué pasos habré de andar y aquí estaré cada jueves para relataros el camino recorrido. En todo caso, de la anécdota de esta semana he aprendido que para futuras ocasiones tengo que leer las cosas con más detenimiento, no vaya a ser que un día despegue hasta el infinito o más allá.

Primavera viajera (Parte I)

Desidia. Palabra que describe mi actitud con respecto a este blog en los últimos meses. Me malacostumbro y al final pierdo el norte. En todo caso, ya lo dice el sabio refranero español: “Más vale tarde que nunca”. Por ello, intentaré ser más constante y escribir con mayor asiduidad. Vanas promesas que espero cumplir, aunque confieso que soy débil y me dejo llevar por la desidia.

8 de junio. Ni un sólo post en todo mayo. La verdad es que he estado ocupado. Pero no todo empezó en el mes de las flores, sino que hay que trasladarse al mes de las lluvias, abril, para retomar mi historia aparcada. Lo bueno de escribir con tanto desfase temporal, es que puedes hacer acopio de muchas experiencias vividas en un mes y sintetizarlas en unas breves líneas. Lo malo es que la memoria te puede jugar una mala pasada y hacerte olvidar anécdotas verdaderamente reseñables. En los próximos posts intentaré esforzarme para que no se me quede nada en el tintero, a la vez que echaré mano de la síntesis como recurso estilístico. Aun así, muchos sabéis que no soy parco en palabras y que me agradan sobremanera las perífrasis y demás parafernalias.

Abril. Ottawa. Fiesta hipster. Nueva York. Arantxa. 30 días de mi vida explicados en cinco conceptos y siete palabras. Me deberían de dar un premio a la simplificación. Tras este arrebato idólatra tan inherente a mi forma de ser, procuraré ser más prolijo en mis explicaciones. El primer punto de este relato tiene lugar entre el 31 de marzo y el 4 de abril, justamente la semana en la que tuve que ir a trabajar a Ottawa. Por entonces, disfrutábamos en Toronto de un tiempo envidiable. El domingo anterior a mi partida habíamos ido a tomar el sol a la plaza de Nathan Philipps, donde se erige el ayuntamiento de la ciudad, después de haber probado un suculento almuerzo en un restaurante japonés y de haber presenciado una manifestación en contra del referéndum de autodeterminación de Crimea.

Pues bien, ya el lunes con mi maleta en la mano me dispuse a coger mi camino hacia el aeropuerto Billy Bishop Toronto City, más conocido como “el aeropuerto de la isla”, dado que se encuentra en una de las islas de Toronto. Un metro, un autobús y un ferry fueron necesarios para poder llegar. Eso sí, el skyline de Toronto a una hora tan temprana de la mañana es digno de ver. Una vez instalado en mi asiento, despegamos y poco a poco iba dejando la primaveral Toronto para ir adentrándome en la invernal Ontario, aún cubierta de nieve. En una hora de vuelo había pasado de una incipiente primavera a un invierno persistente. En el taxi a la oficina, el taxista me pretendía alentar con la idea de que Ottawa es muy bonita en verano. Lo que no dudo en absoluto, pero, entonces, mis ojos no veían más allá de la incesante nieve amontonado por doquier.

El taxi me dejó en la Oficina y allí me dirigí con paso decidido, arrastrando mi pequeña maleta. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Una ciudad diferente, un lugar de trabajo distinto y gente desconocida. No obstante, el trato fue cordial en todo momento y me gustó poder desconectar de mi vida torontoniana durante una semana. Ottawa es una ciudad bonita, aunque, para mi gusto, pequeña. Quizás, ya me he acostumbrado a grandes urbes como Barcelona, Madrid o Toronto. En todo caso, lo bueno de las ciudades pequeñas es que son muy manejables. La Oficina está en el centro de la ciudad, a 10 minutos del hotel donde me hospedaba (valga decir, que la habitación en la que me alojaba era más grande que mi propio apartamento y que el hotel contaba con gimnasio y piscina), el Parlamento de Canadá (principal atracción turística de la ciudad) quedaba a un tiro de piedra, además de otros sitios de interés, que, por pereza o por desidia, no visité. Sabía que volvería a ir, así que tampoco pretendía hacer un recorrido turístico al estilo japonés. Básicamente, los cinco días que estuve allí fueron de relax, desconexión y tranquilidad.

Al menos, tuve esa calma durante la estancia, ya que el vuelo de vuelta a Toronto fue de todo menos sosegado. Tras compartir el taxi con un desconocido que me invitó al trayecto, llegué al aeropuerto con tiempo suficiente antes del embarque. Una vez sentados todos los pasajeros, que difícilmente llegaríamos a la treintena, el avión despegó. El viaje fue en general cómodo. Sin embargo, en cuanto nos dispusimos a descender, comenzaron todas las penurias. Turbulencia tras turbulencia, el avión se aproximaba al aeropuerto, cubierto por una espesa capa de niebla que parecía que nos mantenía en un limbo inquietante. Blanco era el único color que se veía a través de la ventanilla. Una inmensidad blanca. Nada más se vio durante un rato, hasta que finalmente una masa de agua oscura se perfilaba debajo del aparato. Era el lago Ontario. Y justo detrás nuestro estaba el aeropuerto. El piloto no había calculado bien y no era capaz de aterrizar. Ante el nerviosismo de los pasajeros, sonó la voz enlatada de la cabina. Parafraseo: “Debido a la poca visibilidad no he podido aterrizar el avión. Lo intentaré una segunda vez. Cruzad los dedos. Si no lo consigo, nos volvemos a Ottawa”. No sé qué me horrorizó más si pensar que tenía que pasar un minuto más en ese avión o si verme de vuelta en Ottawa sin nada que hacer. Hubo suerte. A la segunda, aterrizamos. Ya en la pista, una señora que estaba sentada cerca de mi exclamó: “Thank you, pilot, for keeping me alive” (“Gracias, piloto, por mantenerme con vida”). Yo entonces sólo pensaba en tomarme una copa y calmar los nervios. En casa, eventualmente, cayó un chupito de vodka.

Así empezó abril y mi primavera viajera. El siguiente viaje sería Nueva York, pero entremedias celebramos la segunda fiesta temática: la fiesta hipster. Mi disfraz: una barba espesa, una camisa roja y bastante llamativa, un gorro de punto y unas gafas de sol. Leñador canadiense me llamaban. En verdad, no sé si acerté o no con el atuendo. En todo caso, creo que lo del hipsterismo no va mucho conmigo. Hay que comerse demasiado el tarro en una estética que no pega mucho con mi personalidad. Eso sí, para pasar un rato divertido y ser alguien diferente por una noche, el disfraz me vino de perlas. Y con esto y un bizcocho escribo punto y final al post de hoy y prometo no demorarme en escribir el siguiente, a no ser, claro está, que me pueda la desidia.