Category Archives: Casualidades

En transición

El paso inexorable del tiempo continúa. El invierno se derrite y la primavera nace y crece con fuerza en esta ciudad gris. Sus habitantes despiertan finalmente del frío letargo y se van desperezando poco a poco. Algunos más rápidos que otros, como si ya la primavera les hubiera alterado ya la sangre. En este impasse, me encuentro yo en un standby, en un momento de espera que no sé cómo va a acabar. Sin embargo, cada vez me preocupa menos lo que tenga que ser, lo que tenga que venir.

Hace ocho meses aterrizaba en Toronto sin más sostén que una maleta y una bolsa de viaje. Eso sí, también contaba con un puñado de amistades, que me acogieron como si nunca me hubiera ido, como si siempre hubiera sido parte de sus vidas. Tras infructuosos intentos de lograr mis propósitos a la primera, resultó que el azar y la casualidad prefirieron que los fuera alcanzando sin proponérmelo.  Primero, vino un mes de búsqueda errática, de frustración palpable y de desilusionada resignación. Tras ello, me así a la suerte de haber encontrado una grieta en ese gris túnel que me sumía en el caos. Apareció la tienda de vinos, y sin pretenderlo, el trabajo de profesor de español.

Entrados ya en este nuevo año, a las clases se sumaron las horas matinales de oficina, con lo que finalmente hallaba la estabilidad largamente buscada. Al éxito profesional, se sumó el personal. En un pestañeo, acabé dejando un celibato bien largo para descubrir una relación que sigue viva y crece con fuerza. Con planes futuros, proyectos a medio plazo y, sobre todo, grandes dosis de ilusión, vuelvo a navegar en un mar de incertidumbre. Eso sí, ahora yo no soy el que ha de pergeñar mis acciones futuras. Lo único que me toca es esperar. Vivir en transición.

Al echar la vista atrás, y rememorar lo andado, el miedo se disipa. Hace ocho meses apenas podría haber imaginado que llegaría hasta este punto, hasta esta existencia única que late aquí y ahora. La vida no está para vivirla mañana, la vida está para disfrutarla hoy. Por ello, aunque en el horizonte sólo haya nubes, o quizás un cielo despejado, lo único que me queda es esperar, dejarme llevar, volar soñando. Desconozco lo que ha de venir, pero prefiero entregarme con pasión y jugar con el azar y la casualidad.

Esto no es un principio, tampoco es un final. Esto es una continuación. Es una rueda que gira y que, aunque, a veces, parezca que se pierde por algún recodo, sabe muy bien por donde va. Sin grandes novedades, me despido esperando que la espera no desespere y que mañana el cielo siga siendo azul y yo siga soñando.

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Beautiful things are happening in here

El sábado pasado nos encontrábamos sentados en el coche azul eléctrico a punto de iniciar nuestro fin de semana en el Condado del Príncipe Eduardo. Como una señal divina, justo en el edificio de enfrente habían puesto unos pósteres con obras de arte. En una de las columnas, el azar y la casualidad nos enviaba un mensaje casi profético: Beautiful things are happening in here (“Cosas bonitas están pasando aquí”).

En contraposición a ese porvenir tan halagüeño, una torrencial lluvia nos pronosticaba unos días pasados por agua. No obstante, nuestra confianza en que el temporal amainaría era más fuerte. Salimos de la gran urbe raudos y veloces, para tener que detenernos al poco tiempo en una de las arterias que comunican a Toronto con el exterior. Los días festivos, junto con la incesante lluvia, habían provocado fuertes retenciones en la salida de la ciudad. Aún así, eso no nos desanimó. Quizás, al no tener prisa, no nos preocupábamos por el tiempo que pudiéramos pasar en la carretera. Ya lo dicen los libros de autoayuda, la meta no es el destino final, sino el camino. En fin, que tras los percances varios, seguimos nuestro rumbo con destino a Wellington.

Cuando nos adentramos por la península que constituye el Condado del Príncipe Eduardo, la verdad es que el paisaje no era muy diferente del que habíamos dejado atrás. Cierto es que entre recodo y recodo, el lago era cada vez más patente, hasta un punto en que ya no nos abandonó. Llegamos temprano al hotel The Drake Devonshire Inn. Para quienes no lo conozcan, se trata de un establecimiento de diseño con habitaciones individualizadas, que cuidan hasta el más mínimo detalle. Nuestro cuarto estaba en la planta principal. Justamente, al lado de la escalera que conducía al segundo piso. Era un espacio bastante grande, con múltiples detalles que lo hacían acogedor. Lo único perturbante era su proximidad a la entrada del hotel y sus cortinas recogidas con total visión a nuestros aposientos. Sin embargo, tanta falta de intimidad se resolvió con un poco de música y con correr las cortinas.

Bajado el telón, y tras un merecido descanso, decidimos tomar el coche para acercarnos al pintoresco pueblo de Picton. Una buena amiga canadiense me había asegurado que era un lugar muy coqueto, con un estilo genuino que, a veces, es difícil de encontrar por estos lares. No se equivocaba. Como muchas otras localidades norteamericanas, Picton se organizaba entorno a su calle principal, en donde se encontraban los edificios públicos y la mayoría de tiendas y comercios. No obstante, se constataba que era un sitio con cierto interés turístico, ya que todo el mobilario urbano estaba bien cuidado y las portadas de los edificios conservaban un sabor británico, que nos retrotraían a otros tiempos. Picton es un pueblo importante para la historia de Canadá, ya que fue donde el primer primer ministro de Canadá, Sir John Alexander MacDonald, empezó su carrera como abogado. Estatuas, jardines, calles y edificios rememoraban la figura del ilustre habitante. Sin prestar especial atención, más allá de leer un par de carteles informativos, nos dispusimos a hacer lo que nos había llevado hasta allí: tomar un café en una acogedora cafetería, que resultó comunicar con una librería con un gato orondo maullando sin parar.

Tras disfrutar del cortado, muy de moda en los antros más a la última de Canadá, y de leer la prensa, hicimos tiempo suficiente para volver al coche y dirigirnos al interior de la península a la casa de unos conocidos. Allí nos esperaba un matrimonio que había adquirido y reformado una antigua casa de estilo georgiano. Después de la tournée por su hogar, nos agasajaron con un vino tinto de la zona, muy apreciado por los ontarianos, y con diversos quesos y tentempiés. La charla fue muy amena, pero demasiado centrada en las aficiones favoritas de los torontonianos: el dinero y el trabajo. En fin, a caballo regalado, no le mires el diente. Pasado un rato, nos tuvimos que despedir, ya que teníamos reservada una mesa en el restaurante del hotel.

Con tanto piscolabis y conversación, el tiempo se nos había echado encima. No obstante, eso no impidió que llegáramos puntuales a la hora de la reserva. El problema surgió cuando en el restaurante nos comunicaron que no nos tenían en la lista de la cena. Extrañados, pusimos nuestras mejores caras de asombro. Entonces, los encargados nos respondieron con una cordial sonrisa y nos condujeron al interior del restaurante. Allí nos ofrecieron la mejor mesa del establecimiento, justo en la esquina con vistas al lago Ontario, a un riachuelo y una panorámica completa de toda la sala. Nada más sentarnos, Carrie, nuestra camarera, se apresuró a atendernos. Vino provista de una bandeja con dos copas de champán. Antes de mediar palabra, nos preguntó: “Honeymoon?” (“¿Luna de miel?”). Nos miramos, sonreímos y dijimos que no. La camarera, contrariada, se dio la vuelta y huyó con el elixir burbujeante. Al cabo de un par de minutos, regresó de nuevo con las copas aún consigo y nos la sirvió con un cortés: “Enjoy!” (¡Disfrutad!).

La velada fue perfecta. Risas, conversaciones, recuerdos, confesiones, confianza, comida, vino, champán, cócteles, luces, postres. Todo había salido redondo y el fin de semana no había hecho nada más que empezar. Se ve que el azar y la casualidad no erraban al decirnos esa mañana en Toronto que “beautiful things are happening in here”.

12 horas

“La primavera ha llegado a la ciudad, y no sabes lo bien que me sienta, papá.” Entonando la letra de esta canción de Facto Delafé y las Flores Azules, os escribo de nuevo una semana más desde el cada vez más soleado Toronto. Parece mentira que ya estemos dejando atrás el invierno para adentrarnos en la primavera. De hecho, ya se empiezan a notar los primeros efectos del cambio estacional. Con temperaturas rondando casi la veintena, los lugareños han copado las terrazas de los bares y restaurantes. Sin embargo, la algarabía es efímera, porque tan pronto te sobra la ropa, como te hace falta un abrigo. En fin, misterios de la vida.

El azar y la casualidad han querido que este alcanzando el cúlmen del sueño capitalista. Es decir, amasar montones y montones de dinero. Al menos, eso es lo que me responde la gente cuando les explico mis interminables jornadas laborales. Hace unos días, le comentaba a una compañera de trabajo mi pavor por pasar mañana y tarde trabajando. Su respuesta fue una pícara sonrisa acompañada del rintintín: “Money, money, money” (“Dinero, dinero, dinero”). De hecho, justamente ayer, estuve trabajando durante doce horas: siete en la oficina y cinco impartiendo clase. No es que el salario que percibo vaya a sacarme de pobre, pero sí que me produce un cansancio crónico, que enardecido con la falta de sueño, pues os podéis imaginar el careto. Sin embargo, debo reconocer que cuando estaba enseñando por cuadragésima vez la diferencia entre el verbo ser y el estar, me sentía con una cierta vitalidad. Debe de ser la primavera.

En fin, que llevo una vida ajetreada. No es que me queje, pero como dicen los jóvenes asturianos de hoy en día, “no me renta”. Tendría que buscarme un solo trabajo con retribuciones suficientes para subsistir y cumplir mis proyectos vitales. Pero, quizás, estoy pidiendo la luna. En todo caso, entre los temas del visado, la vida amorosa, el ir de aquí para allá, no me queda tiempo para nada. Pero, lo reitero, no me quejo. Y menos, hoy: Jueves Santo, y también principio de mis vacaciones de Semana Santa. No es que sea yo muy religioso, pero no le voy a decir que no a unos merecidos días de descanso. Sobre todo, si te tienen preparado un viaje romántico, en un hotel de lujo junto al lago Ontario en el refinado Condado del Príncipe Eduardo.

Aguardo con impaciencia esa bucólica estampa canadiense. Me han explicado que junto al pueblecito en el que nos hospedaremos hay un parque natural con dunas de arenas, que te transportan a otro lugar del planeta. Sin embargo, la suerte ha querido que la caprichosa primavera venga cargada de lluvia este fin de semana. Espero que los pronósticos yerren en su desolador vaticinio y que pasemos una feliz estancia en The Drake Devonshire Hotel. Sí, lo sé, os he puesto el nombre del establecimiento, para que se os pongan los dientes largos, pero es lo que hay. Además de los bellos parajes, me han comentado que esa es una de las zonas con mayor producción de sidra de Canadá. Como asturiano de pura cepa, es mi obligación catar el jugo dorado de sus manzanas con suma precisión para determinar si su bebida es tan buena como afirman.

En definitiva, acabo hoy con un texto algo más breve, porque ante tantos acontecimientos, aún tengo la casa patas arriba, las maletas sin hacer y un par de clases por dar. Si ya lo decían en mi pueblo, no se puede estar en misa y repicando. En próximas entregas, seguiré profundizando sobre este afán repentino por convertirme, sin quererlo, en un Tío Gilito y nadar en montañas de dólares. Hasta entonces, felices fiestas, buenos días de descanso, salud y República (en especial, para los que aún guardamos en nuestra memoria las efemérides del 14 de abril).

Clases y clases

El azar y la casualidad o, más bien, el dios del tiempo se han puesto en mi contra. No me entra en la cabeza lo que habremos hecho los pobres habitantes de Toronto, pero ya estamos hartos. Sí, señor, ¡basta ya! Estamos hastiados de este clima que quiere pero no puede, de una de cal y otra de arena. Un invierno rezagado que nos envía bofetadas heladas y una primavera tímida a la que le cuesta despuntar. Sin embargo, lo que más me enerva es que las inclemencias meteorológicas tienden a escoger los fines de semana como campo de batalla, ya sea de lluvia, nieve o viento.

Por ello, en las contadas ocasiones en las que el perezoso sol se atreve a hacer frente a las nubes, los castigados urbanitas debemos aprovechar el momento. Justamente, eso hicimos el domingo pasado. Sorprendentemente, amaneció soleado y sin una brizna de viento. Tras retozar más de la cuenta en la cama, decidimos ir a desayunar fuera. En mente teníamos una pequeña cafetería de la calle Yonge, en el barrio de Summerhill, en la que aún no nos habíamos aventurado. Se hallaba muy cerca de donde trabajaba como vendedor de vino, hace ahora ya una eternidad, aunque solo hayan pasado cuatro meses. ¡Qué caprichosa es la vida y cuántas vueltas puede llegar a dar!

En fin, vuelvo al hilo de la historia, que si no, me voy por las ramas. Fuimos a la cafetería The Pantry (“La Despensa”) y pedimos dos desayunos con café. El sol entraba a raudales por el enorme ventanal junto a nuestra mesa. A esa hora éramos pocos en el bar y el ambiente era agradable. Mientras nos encontrábamos charlando sobre todo y nada, entró una familia para pedir unos cafés para llevar. Al alzar la vista, la cara de la mujer me resultó familiar. No dudé ni por un momento. Estaba convencido. Se trataba de Chrystia Freeland, actual ministra canadiense de Asuntos Exteriores. Sin embargo, no era la primera vez que me  topaba con ella. De hecho, durante mis ajetreados días en Bruselas, tuve la fortuna de asistir a una reunión del Comité de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, en la que la entonces ministra canadiense de Comercio Internacional defendía apasionadamente las ventajas del acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. En aquella ocasión, esta mujer mostró un desparpajo tal, que dejó a más de uno boquiabierto y supuso un recuerdo indeleble en mi memoria.

Como norma general, siempre que veo a alguien famoso, no armo ningún revuelo. Por el contrario, actúo con total normalidad. Si yo fuera alguien de renombre, no me gustaría que me atosigaran por doquier. Además, entiendo que todo el mundo tiene derecho a vivir con su familia con total privacidad. En fin, una casualidad más del destino. Al menos, me alegra saber que existen políticos a los que no se les caen los anillos por frecuentar cafeterías con el resto de los mortales. En España, los políticos profesionales no sé si atreverían. Incluso, hay muchos que no viven de la cosa pública que tampoco compartirían espacio con simples comuneros. Recientemente, he tenido la oportunidad de conocer a alguien, presuntamente de la nobleza, que argüía estar emparentada con el mismo rey Felipe VII. Para no contrariarla, le seguí la corriente, aunque era obvio que alguien no estaba en su sano juicio.

Lo dicho. No todas las semanas te cruzas con dos personalidades famosas, aunque una de ellas lo sea de un mundo inventado. A este paso, en unos meses, coincido con Justin Trudeau en un bar tomando unas cervezas. Si es así, me imagino que seré la envidia de más de uno y una. En tal caso, no tardaré ni un segundo en sentarme enfrente del ordenador y relataros los pormenores de tal eventualidad. Hasta entonces, jueves tras jueves, tenemos una cita con el azar y la casualidad en Canadá.

Las buenas compañías

El fin de semana pasado celebré el aniversario de mi nacimiento. En este festejo de mi envejecimiento progresivo, estuve rodeado de mi círculo más íntimo de amistades en Toronto. El azar y la casualidad han querido que tuviera la fortuna de cruzarme con grandes personas durante este tiempo. Como agradecimiento por su afecto y cariño, los convidé a una opípara cena en mi humilde morada.

El banquete consistió en varios aperitivos, que ya forman parte de mis especialidades culinarias como las tostas de salmón con queso, el humus con zanahorias o los dátiles con queso azul. Sin embargo, entre todos ellos, destacaba una gigantesca tortilla de patata, cuyas dimensiones eran enormes. De hecho, debo admitir que era la primera vez que me atrevía a cocinar una tortilla de tales proporciones. Mentiría si dijera que es la más grande que he visto en mi vida, ya que si me retrotraigo a la Barcelona de 2015, no puedo obviar las riquísimas tortillas que degustaba en “El Ambiente del Sur” de la calle Viladomat cada fin de semana. Si la memoria no me falla, allí las cantidades ingentes de patata y huevos superaban con creces los ya cuantiosos diecinueve huevos que conformaban la de este sábado. Más allá del plato por antonomasia de la gastronomía española, de aquel antro sigo guardando gratos recuerdos, sobre todo, de la familiaridad de los camareros, extraña en estos parajes canadienses, o de aquella vez en que una zalamera amiga me persuadió para poner a prueba mi resistencia y enfrentarme a una caminata de 64 kilómetros. En fin, esta tortilla mía, sólo quería ser un homenaje a esos días felices y un agasajo para mis atentos comensales.

La fiesta se desarrolló alegremente entre copas y platos. A los primeros diez invitados, se sumaron otros cinco y, luego, otros cuatro más. Y cuando me quise dar cuenta, mi modesto hogar estaba totalmente invadido por amigos, conocidos y otros. Sí, algunos se tomaron la licencia de invitar a sus amigos sin avisar. Para un anfitrión español, especialmente un padre o una madre, el contar con invitados extra supondría una crisis monumental, ya que, en su cabeza, rondaría siempre la duda de si habría suficiente comida. Es verdad que durante la fatigosa tarde del sábado, mientras preparaba todos esos deliciosos platos, me preguntaba si serían suficientes para mis entonces, trece invitados. Al llegar a diecinueve, constaté que había hecho comida para un regimiento. Por ello, para otra vez, intentaré racionalizar mi nerviosismo y mi afán por parecerme a una abuela con ganas de saciar a su jauría de nietos.

Tras el convite en casa, me sentía destrozado. Era normal. Había madrugado, había ido a trabajar en el centro de enseñanza del español y, finalmente, había estado encerrado en la cocina durante seis horas. Cuando tocó el turno de salir de fiesta, accedí a regañadientes, pero, al final, sucumbí ante el clamor popular. Al fin y al cabo, no todos los días son tu cumpleaños. La mitad de la fiesta nos dirigimos a un club de música latina, que se llama “El Convento Rico”. Cuando llegamos, la fiesta estaba subidita de tono, con un espectáculo de strip tease. La verdad es que no me fijé mucho, dado que la gente se arremolinaba ante el hombre en paños menores. Nuestro grupo, sin embargo, estaba más concentrado en dejar la ropa en el ropero y buscar un servicio de mesa. Una atenta camarera, con un modelito a lo Madonna en los años noventa, se aprestó a atendernos. Cuando trajo la comanda, venía portando dos bengalas chispeantes mientras entonaba el happy birthday to you. ¡Qué más se puede pedir!

La noche transcurrió de forma animada. Con unas copas de más, las caderas siguieron a los ya rítmicos pies. Y ya entre unos y otros, todos estábamos bailando. Pasadas unas horas, el agotamiento pudo con nosotros y nos volvimos a casa. Todo había acontecido en armonía, a excepción del incidente de mi compañero de piso, quien extravió su tíquet del ropero y tuvo que esperar para recoger su chaqueta. Desafortunadamente, alguien ya lo había hecho por él, así que tuvo que volver a casa en camiseta a las cinco de la mañana con un frío gélido envolviéndole. Para mis pesares, en la chaqueta estaban las llaves de casa, así que tras varios intentos de contactar conmigo, lo logró y yo me dispuse a abrirle la puerta, con mi cara de zombi.

Esa mañana comenzó muy pronto. En la cama, con un dolor de cabeza, sólo pensaba en tomar agua y un ibuprofeno. A mi lado, la situación era similar. Por ello, tras un buen receso y pastilla mediante, optamos por levantarnos e ir a tomar el brunch. Generalmente, cuando tengo este tipo de mañanas, no me entra nada en el estómago, pero el domingo fue una excepción. No sé si fue la medicina, la comida, el paseo o la cortante caricia del viento, pero la resaca se atenuó considerablemente aquella mañana. Eso sí, el cansancio me venció y nada impidió que me tomara una merecida siesta por la tarde.

En definitiva, el fin de semana pasado fue especial. No sólo porque fuera mi cumpleaños, sino también por toda la gente que acudió a mostrar el aprecio que me tienen. Cuando se está viviendo en otro país, es importante cultivar nuevas amistades, construir círculos sociales y dar mucho cariño a quien lo necesita. Me siento afortunado de las amistades que aquí me rodean y espero que este sea uno más de los muchos acontecimientos que el azar y la casualidad nos tengan preparados.

Lo quiero para ya

Tras la historia melodramática de la semana pasada, este jueves vengo con noticias mucho más alegres. Todo ello por la espiral de felicidad en la que me veo envuelto y por haber celebrado recientemente el día en que este mundo me vio nacer. Aún sigo inmerso en los preparativos de los festejos de esta fecha tan señalada en mi calendario personal. Sin embargo, mi intención hoy no es enumerar el pantragruélico banquete que tengo en mente para la fiesta que estoy preparando para el sábado, sino que me voy a decantar por mi torbellino laboral.

Esta semana ha sido clave en mi situación laboral y económica en Canadá. El azar y la casualidad han querido que el mismo día, ayer, en el que, por cierto, cumplía años, se juntara el final de mi contrato en la universidad donde impartía las clases de español con mi nuevo trabajo de oficina. De hecho, ese mismo día dije adiós a uno y firmé el contrato del otro. Muchos dicen eso de a rey muerto, rey puesto. Pues yo, en amor no soy tan rápido, pero se ve que en asuntos del trabajo, tiro de uno a otro como si fuera de oca en oca.

Debo reconocer que llegar hasta el punto de tener tres trabajos puede resultar excesivo. Todavía me pregunto de donde saco el tiempo y la energía para dar el cien por cien a todo, incluida mi ajetreada vida personal y social. Sin embargo, me considero una de esas personas que cuando se propone algo, o se le cruza algo entre ceja y ceja, va hasta el final o, en su caso, hasta sus últimas consecuencias. Pues bien, las clases en la universidad han sido una experiencia buena desde el punto de vista docente. He podido mejorar como profesor y aumentar mis recursos educativos. Asimismo, ha sido una actividad enriquecedora también en el plano personal. Tanto hemos compartido estos días que hasta una amiga me ha hecho un regalo el último día: una caja con magdalenas coronadas por natas de colores y tréboles verdes de la suerte. Es bonito que cuando no te esperas nada, alguien muestre este tipo de detalles.

Para ser justos, este no es el primer regalo que recibo como profesor en Toronto. No es que quiera yo convertirme en uno de esos políticos que reciben ofrendas por favores, pero no le voy a quitar la ilusión a nadie. Hace unas semanas, unas señoras a las que imparto clase en la escuela de aprendizaje del español me vinieron con la propuesta de leer un libro juntos y comentarlo en clase. Yo les propuse unos cuantos y, finalmente, se decantaron por “El tiempo entre costuras” de María Dueñas. Pues bien, en cuanto tomaron la decisión, me compraron un ejemplar para mí. La verdad es que podría haberlo adquirido yo, pero es un bonito gesto que me lo regalaran.

Finalizada la etapa de la universidad, ahora ya estoy imbuido en los quehaceres burocráticos correspondientes a mi nuevo trabajo de oficina. La verdad es que en los pocos días que llevo en mi puesto he vivido una serie de acontecimientos totalmente variopintos. No obstante, lo que más me ha llamado la atención es una dinámica que se repite en varios casos. Todos quieren saber que es de lo suyo para ya. Me sorprende enormemente el grado de insistencia, impaciencia e intransigencia al que algunos pueden llegar. Sí, sí, las tres cualidades y en ese orden. Asimismo, muchas veces toda su disconformidad viene dada por pura ignorancia. Muchas veces producto de un desinterés propio mostrado en el pasado, que fomenta su frustración. A pesar de cualquier error humano, se ve que la autocrítica es algo que les gusta poco practicar.

En todo caso, más allá de conversaciones hostiles, mi nuevo puesto de trabajo también me ha brindado la oportunidad de maravillarme con el ser humano. No una ni dos ni tres veces ya me he encontrado con personas que se encuentran en situaciones no deseadas por pura dejadez de sus funciones. No sé si es la desinformación, la desidia o el olvido, pero lo que sí que es común es ese cabreo patente que no se sienten tímidos de reprimir o evitar.

En fin, una cosa tengo clara. El trabajo queda en la oficina y la vida personal, fuera. Quien quiera enfadarse, que se enfade; quien quiera contentarse, que se contente; y quien no sepa lo que quiere, que se aclara, pero que no maree la perdiz. Me despido una semana más, pero esta vez diferente. Ya con 29 años, y más cerca del abismo de los 30 y de una vida adulta que ha llegado volando sin haberme dado cuenta. Empiezo esta etapa nueva con la suerte de mi lado y con todo lo que durante mucho tiempo he estado buscando. A la espera de cambios en el horizonte, vivo el presente mientras me entretengo con estas necedades, que ponen el punto gracioso a esta vida mía.

A diez minutos

La cama revuelta. Las sábanas hechas jirones. Yo, revolviéndome en una maraña de tela, sentimientos y dudas. No estoy solo. La cama no está vacía. Ahí está a mi lado. Observándome detenidamente con temor a que me fuera a escapar. Clavo mi mirada en sus ojos de un color castaño profundo. Con una sonrisa me acurruco a su lado. Siento el calor que emana de su cuerpo. Ese calor que no me deja dormir, que me saca de mi sueño, que me despierta.

Hace unos días la máquina de café dejó de funcionar. Ante la falta de mi chute diario, me vi obligado a alternar con otros sustitutivos: té, básicamente. Este hecho me ha provocado cierta irascibilidad, aunque intento no pagarlo con mis interlocutores. Entre la falta de sueño y el déficit de cafeína, deambulo por las calles de Toronto a la merced del frío y del viento. Aprovechando los cuatro rayos de sol que se escurrían por las rendijas de mi persianas de tela, hace unos días me decidí por adentrarme en las calles que se encuentran tan solo a un centenar de pasos de distancia de mi nuevo hogar.

El barrio no era desconocido para mí. De hecho, había visitado una habitación en alquiler un mes antes. Aparte de las condiciones deplorables de la cocina, o lo que fuera aquello en donde ningún ser humano sería valiente de guardar sus alimentos, rehusé habitar en una vivienda con mascotas de origen roedor alado. Sin embargo, eso no quita que no me pique la curiosidad por el barrio en donde se encuentra, debido a su proximidad. Al ser una urbe en constante evolución y crecimiento, Toronto resulta un amasijo de contrastes. Así pues, desde mi casa, a diez minutos a pie hacia al oeste, me encuentro con el punto neurálgico de la ciudad, lleno de tiendas, restaurantes, luces y rascacielos; mientras que si empleo el mismo tiempo en irme hacia el este, la impresión poco tiene que ver con la anterior: casas desatendidas, comercios destartalados y una sensación de dejadez, en general. Eso sí, en cada manzana, empiezan a aparecer grúas o, incluso, ya hay nuevos edificios, que desentonan con el entorno. La ciudad prospera, la burbuja inmobiliaria aumenta, y los nuevos inquilinos van desplazando más hacia al este a aquellos que antes ocupaban este barrio. Yo, mientras tanto, me encuentro en la frontera de dos mundos, que prefieren darse la espalda.

Hace unos meses, salía en la prensa la palabra “gentrificación”, también denominado “elitización residencial”, es decir, el cambio de las condiciones de una zona para aumentar las inversiones. Durante un tiempo el vocablo proliferó en los medios, hasta que como ocurre hoy en día, el término se evaporó y pasó a mejor vida. El centro de Toronto se expande y, para ello, arrasa con todo lo que se le antepone, lo que provoca un ineludible proceso de gentrificación en sus aledaños desprotegidos. Hoy la frontera está en la calle Jarvis, en diez años, puede que sea en la calle Sherbourne y en 50, quizás, llegue hasta el río Don. Sin embargo, este cambio del paisaje urbano de Toronto no parece preocupar a sus ciudadanos, que con tanto progreso, se ven ahogados por el dineral que les supone malvivir en uno de tantos condominios que pueblan la ciudad. Este aumento constante de los alquileres es un problema acuciante que también se da en otras partes del país, como Vancouver. De hecho, según la prensa, las autoridades públicas son conscientes de la situación. No obstante, muchos resultados para frenar esta situación no parece que se hayan conseguido. En fin, me imagino que habrá muchos intereses de por medio y que la solución será más compleja de lo que, a primera vista, parece.

Toronto crece y cambia, y yo, con él. Aún así, en este mundo de contradicciones, siempre resulta curioso cómo actividades tan normales como sacarte una foto de carné se convierten en nuevas anécdotas. La semana pasada me fui a renovar el pasaporte. Su validez expira en mayo, pero me gustaría tenerlo al día por si fuera necesario. Antes de realizar los trámites, tuve que ir a una tienda a sacarme las fotos. La verdad es que me estuve esperando un tiempo para este momento. Tras sufrir una foto de pasaporte por más de diez años, porque a un simpático funcionario no le pareció conveniente cambiarla en la anterior renovación, ya era hora de estar orgulloso de mi imagen en mi documento de viajes. Además, con unos cuantos kilos de menos, se puede decir que salgo más resultón. Pues bien, el sitio más barato que encontré no fue un estudio especializado, sino un comercio que puede ser supermercado, droguería, farmacia y, por el mismo precio, salón de fotografía. En medio de un pasillo, junto a la leche y el yogur, tomaron mi foto. Tras varios minutos, las imprimieron y me las entregaron, no sin antes sellarlas con el nombre del local y la fecha, no fuera a ser que me la rechazaran por no estar actualizada. Si los pobrecitos supieran mi historia con el funcionario dichoso, quizás no se pondrían tan impertinentes con estas minucias.

Ahora, tumbado sobre la cama hecha, finalizo por hoy. Fuera el cielo es azul y los pajaritos cantan. Al invierno aún le queda un mes, pero ya empieza a oler a primavera. No sé si la Candelaria sonrío o lloró este año, pero, sin duda, estamos siendo unos afortunados. Con más calor, emprenderé de nuevo los largos paseos que me descubrirán más rincones de esta ciudad que el azar y la casualidad han querido que sea mi nuevo hogar.

Todos se llaman Pablo

Mucho agradecer que el invierno no había llegado en mi post anterior y ahí vino la gran nevada de febrero. El fin de semana una intensa e imparable tormenta de nieve cubrió las calles, jardines, parques y edificios de Toronto. Solo fue un día, pero los restos de nieve siguen impertérritos en las aceras, esperando a que vuelva a nevar o, en su lugar, a fundirse y diluirse en el suelo.

Esta semana vengo con una de esas tontas casualidades que te hace gracia en su momento, pero la acabas olvidando porque no tiene la menor importancia. De hecho, no se trata de nada relativamente reciente, sino que son dos sucesos que me ocurrieron hace ya tiempo. El primero se remonta ya varios meses atrás. Cuando me encontraba en la búsqueda de trabajo a la desesperada, y ahogaba mis penas en estas líneas a cambio de consolación. Durante mi primer interés por encontrar un empleo en el sector del vino, realicé varias entrevistas en establecimientos de venta al público de esta bebida alcohólica. Como soy una persona muy supersticiosa, debido a mis orígenes pueblerinos y a pesar de mi cosmopolitismo, o quizás “cosmopaletismo”, tiendo a ver señales del destino en todas las pequeñas cosas que constituyen mi día a día. Pues bien, antes de una de las entrevistas personales en una de esas tiendas especializadas, iba yo de camino al lugar designado cuando me paré en un paso de cebra. Entonces, mi mirada se alzó para comprobar el color del semáforo. Ahí, sin pretenderlo, descubrí un garabato que me llamó poderosamente la atención. Al principio, no estaba seguro de que fuera cierto, pero era bastante legible como para haberme equivocado. Ese grafiti desapercibido para otros me estaba llamando, decía: “Pablo”. En ese momento, pensé que era una señal de buena suerte, que el azar y la casualidad me traían para afrontar positivamente la entrevista. Erraba en mi planteamiento, porque nunca me llamaron de aquel lugar. Quizás, esa señal no era un mensaje halagüeño, sino un augurio de que ese no era mi lugar. Como dirían los creyentes, “los caminos del Señor son inexpugnables”.

Más allá de que un amigo cercano se llame Pablo y que cada vez que damos nuestro nombre en algún lugar, seamos la anécdota del momento. Hace unos días, también me ocurrió algo parecido, pero con un desconocido del que no hubiera pensado nunca. Me encontraba yo en un restaurante de ensaladas, pidiendo un tentempié para llevar. Había quedado con unos excompañeros de trabajo y era el lugar más próximo al que podía acudir. Tras realizar mi pedido, me puse a esperar mi turno, mientras el resto de clientes hacían lo mismo. Cuando mi ensalada estuvo lista, un camarero pronunció mi nombre. Junto a la ensalada, había una sopa. Extrañado, miré con recelo y le comenté que no era mía. La mujer me dio la ensalada y volvió a repetir mi nombre: “Pablo”. Fue entonces cuando un chico, posiblemente de mi edad, se acercó al mostrador y recogió, esta vez sí, su pedido. No hay nada raro en esto. Lo único que me suscitó asombro es que el hombre era asiático. Me sorprendió, porque no me lo habría imaginado. Además de Filipinas, España, a mi entender, no cuenta con excolonias en ese continente, por lo que es algo peculiar. También es cierto que el chico podía tener una historia familiar que fuera totalmente inesperable y que lo relacionaran directamente con un país hispanohablante. Asimismo, existía la posibilidad de que tuviera un nombre asiático, pero como nombre “occidental”, hubiera elegido “Pablo”. Fue esta última historia la que me inventé en mi cabeza y con la que preferí quedarme. No sé, a veces el aburrimiento hace que veamos el sol en un día de lluvia. El caso es que de ser esta posibilidad la acertada, es halagador que alguien haya escogido un nombre como Pablo.

Como veis, la vida está llena de pequeños momentos, que te regalan historias efímeras, pero curiosas. Me encantaría poder plasmar todas aquí y encerrar estas anécdotas en esta caja del recuerdo perpetuo que es Internet. Lamentablemente, el tiempo vuela y yo sólo tengo dedos para transcribir estos pensamientos. Ojalá un día me crezcan alas, para ganarle la batalla al tempus fugit y poder así contar mi historia. Para no cerrar el capítulo de hoy tan filosóficamente, os dejo con mi casualidad más reciente. Ayer me invitaron al musical de “El guardaespaldas”. Hace poco habían echado la película por televisión, pero yo no me paré a verla. En el descanso, ojeando el programa, me percaté que dos de los bailarines eran españoles. Uno había actuado durante un tiempo con Fangoria, el otro se llamaba Pablo.

La llama de mi hijo es Gustavo

El día a día está lleno de casualidades. A veces ya ni me sorprendo de que las cosas sucedan de la forma en que lo hacen. Si no existieran estas anécdotas, probablemente, ahora no estaría redactando estas líneas. De hecho, uno de los objetivos de este blog es contar estas casuales coincidencias con un toque de humor.

Esta semana me han pasado dos cosas un tanto curiosas. Empezaré con una relacionada con mi post anterior. Entonces comentaba mis impresiones sobre algunos aspectos del proceso selectivo en el que me vi inmerso. Pues bien, lo más sorprendente fue lo que me ocurrió cuando finalice la entrevista personal, que daba por finiquitada mi fase de pruebas para alcanzar el puesto ansiado. El hombre que me acompañó a la salida, un español de origen, con ya varios años en Canadá, me hizo un comentario que, como se dice en estos tiempos modernos, me dejo “ojiplático”; esto es, con los ojos abiertos como platos. Lo que me pareció tan chocante fue el hecho de que habíamos sido compañeros de clase durante un curso hace ya más de cinco años. Supongo que podréis imaginaros la cara de estupefacción que se me quedó ante tal noticia. De hecho, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue si me había reconocido, cosa que me sorprendía y me asustaba por igual. Sin embargo, el temor desapareció rápidamente, cuando comprendí que ese curso estaba anotado en mi currículo y deduje, por sus palabras, que era consciente de tal casualidad por ese motivo. Cuando decimos que el mundo es pequeño, a veces puede llegar a resultar diminuto.

Esta historia me recuerda a otra que me sucedió cuando era un mozalbete de diecinueve años y estaba cursando un curso de verano de neerlandés en Zeist (Países Bajos). En aquella ocasión, tras haber pasado tres semanas en un hotel en medio de un frondoso bosque, uno de los camareros que nos servía cada día se acercó a mí. No me acuerdo de si se dirigió a mí en inglés o en neerlandés, pero sí de su pregunta. El chico quería saber si era de Barcelona o vivía allí. Por aquel entonces, aunque los veranos los pasara en Asturias, mi residencia la tenía en la Ciudad Condal. Al asentir, él me juró y perjuró que me había visto en mayo en Las Ramblas. Aún no sé si esto fue una triquiñuela para ligar conmigo o sólo una coincidencia, pero, bueno, reitero lo dicho: “el mundo es muy pequeño”.

Volviendo al presente. Otra de las casualidades que me han sucedido recientemente no tiene mayor importancia, pero me ha parecido curiosa también. Hace unos días fue la gala de los Globos de Oro en Los Ángeles. En este evento Meryl Streep dio un discurso que no dejó a nadie indiferente, en especial, al próximo calientasillas del despacho oval. Al ver el homenaje que le hacían, pensé que sería una buena ocasión para repasar su filmografía. Me decanté por la película La muerte os sienta tan bien (1992), en la que Meryl Streep interpreta a una actriz que va viendo cómo la juventud se le escapa de las manos y busca todos los medios para remediarlo. El pasarme una tarde viendo este filme no habría tenido el mayor interés, sino fuera porque el martes pasado, en el cine, al comenzar los créditos de la película Aliados (2016) leo: “Directed by Robert Zemeckis”. El mismo director que en la cinta de 1992, y yo sin proponérmelo. A veces, las cosas pasan porque sí y no hay que buscar muchas explicaciones. No es que sea un hecho relevante, pero me llama la atención que nunca hubiera oído el nombre de ese señor y que en menos de siete días hubiera protagonizado dos momentos de mi vida. En fin, coincidencias.

Y antes de acabar con el post de esta semana, me gustaría traer a colación un juego de palabras que me sucedió en una de mis clases. Estaba hace unos días con uno de mis alumnos repasando las maneras de presentarse en español. Básicamente, tres: “Me llamo Pablo”, “soy Pablo” y “mi nombre es Pablo. Pues bien, resulta que a los anglófonos que se aventuran en el aprendizaje del español les cuesta diferenciar estas tres formas. Por eso, cuando estábamos practicando el otro día estas fórmulas, en vez de responderme que “mi hijo se llama Gustavo”, mi buen estudiante cometió un lapsus linguae y mencionó que “la llama de mi hijo es Gustavo”. Supongo que no hacía referencia al bonito animal de Los Andes. En fin, paciencia, buenos alimentos y repetir mis lecciones tantas veces como sean necesarias. Que visto lo visto, van a ser muchas.

Propósitos de año nuevo

Hace unos días que todos nosotros estamos embarcados en este nuevo año 2017. Como siempre, muchos de nosotros aprovechamos esta fecha para hacer borrón y cuenta nueva de aquellos hábitos con los que no estamos contentos. Hablando con familiares y amigos, parece que la tónica general, y reiterada año a año, es la consabida pérdida de peso. Supongo que para lucir tipito durante las aún lejanas jornadas estivales.

Pues bien, para no llevar la contraria a nadie. Yo también me he subido a ese carro de encontrar un nuevo yo, mejor y más fuerte. La única diferencia es que llevo con ese propósito ya desde principios de noviembre. Aparte de conseguir un físico escultural (creo que para ello más que propósitos y fuerza de voluntad, necesitaría un milagro divino), tengo varios eventos este año en los que debo lucir palmito y estar lo más presentable posible. Por ello, sigo esa rutina infernal de entrenamiento durante seis días a la semana, acompañada de deliciosas ensaladas y verduras hervidas. Suena bien, ¿eh? No, no me he golpeado la cabeza contra nada, aunque a veces me pregunto si estoy perdiendo el norte.

Recientemente, me ha sorprendido cómo, a pesar de que llevo semanas con un estilo de vida más saludable, mis cuentas de distintas redes sociales se han llenado de publicidad sobre entrenamientos para perder peso tan solo hace unos días. “¡Consigue tu cuerpo 10!” “¡El año pasado logré mi 6-pack, este año tú puedes lograrlo!” “¡Esta es la aplicación que los entrenadores personales detestan, entrena de forma inteligente y pierde peso cada día!” Y un largo etcétera. Era consciente de que dependiendo de tus preguntas en motores de búsqueda o en redes sociales, asociaban tu perfil a unos contenidos similares. Sin embargo, después de haber visto la película “Snowden” de Oliver Stone y saber que nos espían sin descaro, la verdad es que me entra miedito por este control exhaustivo de nuestras rutinas diarias. Tanto es así, que tengo pavor con que la cinta para correr envíe información sobre cuántas calorías he quemado al día a algún servidor en las Islas Caimán. Si no lo hace aún, tiempo al tiempo. De hecho, estoy volviendo a ver la serie británica “Black Mirror” y esos dispositivos tecnológicos que antes parecían cercanos pero distantes al mismo tiempo, resulta que ya están a punto de comercializarse. Pues eso, pavor.

Y por si fuera poco, 2017 acaba de empezar y todo lo que aparece en la prensa es una oda al caos y la incertidumbre. Muchas incógnitas para este nuevo año a gran escala, pero también en el pequeño mundo que todos nosotros nos construimos. En todo caso, con mi filosofía zen de vida sobre preocuparse del presente y dejar el porvenir para nuestros yoes futuros, casi como que me da un poco igual. Al fin y al cabo, ¿no es el azar y la casualidad los que mueven nuestras existencias? No me creo que todo sea tan negro como lo pintan, pero de ahí a pensar que “soy un hombre mágico que vive en el país feliz, en una casa de gominola en la calle de la piruleta” (Homer Simpson), pues hay un largo trecho.

En fin, que nos quedan muchos amaneceres y ocasos durante este 2017, y que siendo buenos o malos, mejores o peores, habrá que vivirlos. Para no ser tan alarmista, me despido con la anécdota del día. Me encontraba esta tarde en una tienda del centro de Toronto, cuando un objeto desconocido me llamó la atención. Parecía sombre de ojos, pero en realidad era una especie de flubber (masa viscosa cuyo nombre titula la película protagonizada por Robin Williams en 1997). En realidad, no me ha quedado bien claro qué era. Sin embargo, para ser sinceros, no fue el objeto en sí lo que me había hecho detenerme frente él. Tampoco el empaquetado multicolor. Fue algo mucho más tonto, su eslogan promocional: Prismatic Super Putty. Le saqué una foto con mi teléfono inteligente para poder plasmar la historia de manera veraz. Pero, ahora que lo pienso, si le he sacado una foto con el móvil, y éste está conectado con mis redes sociales, ¿eso significa que mis perfiles se van a llenar de anuncios de Super Putty?