En transición

El paso inexorable del tiempo continúa. El invierno se derrite y la primavera nace y crece con fuerza en esta ciudad gris. Sus habitantes despiertan finalmente del frío letargo y se van desperezando poco a poco. Algunos más rápidos que otros, como si ya la primavera les hubiera alterado ya la sangre. En este impasse, me encuentro yo en un standby, en un momento de espera que no sé cómo va a acabar. Sin embargo, cada vez me preocupa menos lo que tenga que ser, lo que tenga que venir.

Hace ocho meses aterrizaba en Toronto sin más sostén que una maleta y una bolsa de viaje. Eso sí, también contaba con un puñado de amistades, que me acogieron como si nunca me hubiera ido, como si siempre hubiera sido parte de sus vidas. Tras infructuosos intentos de lograr mis propósitos a la primera, resultó que el azar y la casualidad prefirieron que los fuera alcanzando sin proponérmelo.  Primero, vino un mes de búsqueda errática, de frustración palpable y de desilusionada resignación. Tras ello, me así a la suerte de haber encontrado una grieta en ese gris túnel que me sumía en el caos. Apareció la tienda de vinos, y sin pretenderlo, el trabajo de profesor de español.

Entrados ya en este nuevo año, a las clases se sumaron las horas matinales de oficina, con lo que finalmente hallaba la estabilidad largamente buscada. Al éxito profesional, se sumó el personal. En un pestañeo, acabé dejando un celibato bien largo para descubrir una relación que sigue viva y crece con fuerza. Con planes futuros, proyectos a medio plazo y, sobre todo, grandes dosis de ilusión, vuelvo a navegar en un mar de incertidumbre. Eso sí, ahora yo no soy el que ha de pergeñar mis acciones futuras. Lo único que me toca es esperar. Vivir en transición.

Al echar la vista atrás, y rememorar lo andado, el miedo se disipa. Hace ocho meses apenas podría haber imaginado que llegaría hasta este punto, hasta esta existencia única que late aquí y ahora. La vida no está para vivirla mañana, la vida está para disfrutarla hoy. Por ello, aunque en el horizonte sólo haya nubes, o quizás un cielo despejado, lo único que me queda es esperar, dejarme llevar, volar soñando. Desconozco lo que ha de venir, pero prefiero entregarme con pasión y jugar con el azar y la casualidad.

Esto no es un principio, tampoco es un final. Esto es una continuación. Es una rueda que gira y que, aunque, a veces, parezca que se pierde por algún recodo, sabe muy bien por donde va. Sin grandes novedades, me despido esperando que la espera no desespere y que mañana el cielo siga siendo azul y yo siga soñando.

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