Corriendo hacia mi destino

Mis admiradores más enardecidos se han quejado reiteradamente en los últimos días por mi falta de diligencia al no publicar nada la semana pasada. En fin, los oriundos de la península Ibérica tendemos hacia la más irremediable procastinación y, en algunos casos, incluso hasta la desidia nos vence. Lo sé, lo sé. ¡Excusas, excusas! Como las que muchos nos ponemos para no ir al gimnasio en un día perezoso. En todo caso, más vale tarde que nunca y, por ello, aquí y ahora os presento la historia silenciada de mi vida en Toronto durante los últimos días.

En el transcurso de todos estos meses, he pretendido tejer las complejas relaciones que el azar y la casualidad nos tienen preparados. Sin duda alguna, esta última quincena ha sido inequívocamente determinante para mi futuro próximo. No quisiera decir transcendental, porque suena demasiado rotundo. Por ello, ruego a la fortuna que me ayude una vez más en los proyectos futuros. Me encantaría poder relataros las maquinaciones maquiavélicas en las que me hallo, pero por miedo a recibir un mal fario me esperaré aún un tiempo para destripar todos mis planes. Os lo podéis tomar a risa, pero todavía me acuerdo de aquel amigo de la infancia que fue a hacer unas pruebas para un laureado equipo de fútbol español, y después de haber propagado la noticia a diestro y siniestro, no consiguió entrar en el equipo por culpa de una lesión tras un accidente de tráfico. Por ende, para no tentar a la suerte me voy a quedar chitón.

De cualquier modo, lo que sí os puedo avanzar es que los pronósticos parecen halagüeños. No lo digo por las probabilidades estadísticas por las que pueda conseguir mi meta. Si no, por el hecho de que se ha cumplido mi primer gran axioma de la teoría de los principios malos. Para los no avezados en esta creencia mía, la resumo en que para alcanzar el objetivo propuesto, todo debe empezar a la contra. Y así ha sido de nuevo esta vez. El sábado 22 de abril fui convocado a un examen para certificar mi nivel de inglés. Este requisito era perentorio para las gestiones que debía tramitar más adelante. Al llevar una vida desasosegada, el único día para el que me podía inscribir era en la fecha mentada.

Ese sábado tras levantarme, me dirigí a la escuela de aprendizaje de español done imparto clase. Allí comuniqué a mis alumnos que terminaríamos la sesión algo antes, debido a mi compromiso. Todos asintieron conformes y comenzaron mis suplicios gramaticales. A las 11.45 me dispuse a salir del centro para tomar el metro y dirigirme hacia el este. Según Google maps, el trayecto me llevaría algo menos de una hora y debería tomar dos metros y un autobús. Mentalizado, me senté y me dejé llevar. Al llegar a la estación de Kennedy, punto final de la línea 2 del metro. Una encartonada voz metálica nos informó de que la conexión en metro de la línea 3 no era posible a causa de unas obras. Eran las 12.25. La compañía de transporte público, Toronto Transit Commission (TTC), proveyó unos autobuses que hacían el mismo recorrido. Raudo, subí las escaleras para colarme en un vehículo justo antes de que partiera. Satisfecho por la hazaña, me senté y me dispuse a esperar. No obstante, se ve que no tenía toda la suerte conmigo. A pesar de mis prisas, el conductor parecía que no sentía devoción por la velocidad ni por los carriles rápidos.

Cuando llegamos a la penúltima estación de metro, Scarborough Centre, era el único pasajero que continuaba en el autobús. El señor que no me había visto comenzó a departir con un superior, con el fin de acabar su jornada laboral. El gerente le comunicó que me debía dejar en la estación siguiente y que podía irse a casa. El conductor se puso en marcha. Sin embargo, nunca me dejó en la última estación. Tras pasarla sin detenerse, en el cruce de las calles Grangeway Avenue y Progress Avenue, se detuvo y me preguntó que hacia dónde me dirigía. Al decirle que tenía un examen, que empezaba en 15 minutos y que el centro se encontraba en la calle donde estábamos, pero dos kilómetros hacia el este, el hombre se hizo el sueco y se negó a llevarme. Como no me dio ninguna alternativa, más allá de tomar otro autobús, en la calle en la que me entraba en donde no había ninguna marquesina, le di los buenos días y me fui corriendo. Cargado con mi mochila, comencé a recorrer la distancia que me separaba de mi futuro, de mi vida próxima y de los sueños, ideas y proyectos que ya empiezan a emerger en mi cabeza.

Consciente de que si llegaba tarde y el examen empezaba, no me dejarían entrar en el aula y debería esperar a otra fecha. Agotado por el esfuerzo de correr hacia mi destino, ojeaba el inexorable paso de las manecillas del reloj. Minuto a minuto, mis esperanzas se iban derrumbando. Poco a poco, los ojos se me iban llenando de unas lágrimas amargas, que ya había probado un lúgubre dieciséis de junio de 2006, cuando nunca pude sentarme en el avión que me tenía que llevar a Barcelona, para realizar otro examen y empezar otra vida.

Aquella vez y esta, han tenido solución. Finalmente, sin resuello alcancé la clase y pude sentarme a hacer el examen. Eso sí. Todas las instrucciones sobre el estado en el que debía presentarme a un examen, creo profundamente que las incumplí. Al menos, las de haber comido, haber llegado puntual y estar relajado. Tras este susto que el azar y la casualidad me tenían previsto, el resto de gestiones ha seguido su curso y todo sigue en marcha. No sé si mis planes y los del destino son los mismo, pero para averiguarlo tanto vosotros como yo tendremos aún que esperar.

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