Monthly Archives: May 2017

La interrupción

El teatro estaba en el centro de la ciudad. Solía acoger grandes representaciones y obras artísticas. Ese día, por el contrario, no había ningún espectáculo teatral. Sin embargo, el lugar no permanecía cerrado. Se estaba llevando a cabo la presentación de un libro de una joven autora oriunda de la región.

La tardía pareja se apresuraba para encontrar su camino hacia la sala en la que se celebraba la tertulia. Acababan de llegar en un vuelo desde Londres y no habían tenido un segundo ni siquiera para tomar aire. Tras aparcar el coche automático de alquiler, juntos, de la mano, se dirigieron al teatro. La entrada lateral del edificio les condujo a unas escaleras que les llevaban directamente adonde estaba teniendo lugar el acto. La voz de ella ya llenaba el vacío de aquel espacio amarmolado. Esa voz familiar les atraía hacia allí y cada vez se iba sintiendo más cercana. Uno de los dos hombres puso su mano sobre el pomo de la puerta y la abrió. Su mirada y la de ella se cruzaron.

Una noche fría de invierno ella dormía. Había sido un día feliz. Desde hace semanas, su madre pasaba todo el día con ella, por lo que no se sentía sola. Como cada día, antes de acostarse, le leyeron un cuento. No fue difícil para ella sumergirse en ese mundo de fantasía que la historia iba recreando en su cabeza. En poco tiempo, cayó dormida y comenzó a soñar con los personajes del relato. En ese mundo onírico, todo era posible, incluso, podría volverse real.

En medio de la noche, sin embargo, el sueño se volvió más oscuro, más complicado, mutó en una pesadilla. Angustiada por el miedo, se despertó. Había soñado que se quedaba sola, que sus padres se habían ido. Con los ojos abiertos, intentó vislumbrar algo en el vacío negro de la habitación. Cuando alcanzó el interruptor de la luz, sus padres ya no estaban allí, habían desaparecido, solo estaban ella y una anciana despeinada en camisón y con una mancha en la cara. Ella gritó y gritó, lloró y lloró, pero su llanto era inconsolable.

La anciana intentó tranquilizarla. Con grandes dosis de paciencia, y con una voz dulce de abuela, consiguió serenar a la muchacha. Reconoció a la señora: Era la vecina de enfrente. Más calmada, ella le preguntó por sus padres. ¿Adónde se los había llevado el sueño? La mujer le abrazó y le dijo en un susurro: tu hermano está de camino.

Sobre el escenario, ella aguantaba los nervios como podía. No le gustaba hablar en público. A pesar de haber repetido el discurso unas mil veces, tenía miedo a quedarse en blanco. Tras la introducción del editor, comenzó a relatar los pormenores de su nueva novela. Comentaba con pasión la trama principal, la relación de los distintos personajes y los significados ocultos, que se podían leer entre líneas. Pasada una media hora, ya había perdido toda vergüenza y hablaba del libro distendidamente. De pronto, la puerta de la sala, se abrió y apareció su hermano, al que no veía desde hace meses. La sorpresa le hizo enmudecer y por un corto lapso de tiempo se quedo sin palabras. Solamente unas lagrimas de alegría interrumpieron en su semblante. Las mismas que aquella noche de marzo le anunciaron que ya no estaba sola.

Sentado en el avión, junto a Dave, vuelvo a casa. Escribo estas líneas imaginándome la reacción a una sorpresa largamente esperada. En la cabeza cientos de posibilidades cobran sentido. En algo menos de dos horas, cruzaremos el umbral de esa puerta, nos fundiremos en un abrazo y compartiremos lagrimas de felicidad, de reencuentro.

En transición

El paso inexorable del tiempo continúa. El invierno se derrite y la primavera nace y crece con fuerza en esta ciudad gris. Sus habitantes despiertan finalmente del frío letargo y se van desperezando poco a poco. Algunos más rápidos que otros, como si ya la primavera les hubiera alterado ya la sangre. En este impasse, me encuentro yo en un standby, en un momento de espera que no sé cómo va a acabar. Sin embargo, cada vez me preocupa menos lo que tenga que ser, lo que tenga que venir.

Hace ocho meses aterrizaba en Toronto sin más sostén que una maleta y una bolsa de viaje. Eso sí, también contaba con un puñado de amistades, que me acogieron como si nunca me hubiera ido, como si siempre hubiera sido parte de sus vidas. Tras infructuosos intentos de lograr mis propósitos a la primera, resultó que el azar y la casualidad prefirieron que los fuera alcanzando sin proponérmelo.  Primero, vino un mes de búsqueda errática, de frustración palpable y de desilusionada resignación. Tras ello, me así a la suerte de haber encontrado una grieta en ese gris túnel que me sumía en el caos. Apareció la tienda de vinos, y sin pretenderlo, el trabajo de profesor de español.

Entrados ya en este nuevo año, a las clases se sumaron las horas matinales de oficina, con lo que finalmente hallaba la estabilidad largamente buscada. Al éxito profesional, se sumó el personal. En un pestañeo, acabé dejando un celibato bien largo para descubrir una relación que sigue viva y crece con fuerza. Con planes futuros, proyectos a medio plazo y, sobre todo, grandes dosis de ilusión, vuelvo a navegar en un mar de incertidumbre. Eso sí, ahora yo no soy el que ha de pergeñar mis acciones futuras. Lo único que me toca es esperar. Vivir en transición.

Al echar la vista atrás, y rememorar lo andado, el miedo se disipa. Hace ocho meses apenas podría haber imaginado que llegaría hasta este punto, hasta esta existencia única que late aquí y ahora. La vida no está para vivirla mañana, la vida está para disfrutarla hoy. Por ello, aunque en el horizonte sólo haya nubes, o quizás un cielo despejado, lo único que me queda es esperar, dejarme llevar, volar soñando. Desconozco lo que ha de venir, pero prefiero entregarme con pasión y jugar con el azar y la casualidad.

Esto no es un principio, tampoco es un final. Esto es una continuación. Es una rueda que gira y que, aunque, a veces, parezca que se pierde por algún recodo, sabe muy bien por donde va. Sin grandes novedades, me despido esperando que la espera no desespere y que mañana el cielo siga siendo azul y yo siga soñando.

Corriendo hacia mi destino

Mis admiradores más enardecidos se han quejado reiteradamente en los últimos días por mi falta de diligencia al no publicar nada la semana pasada. En fin, los oriundos de la península Ibérica tendemos hacia la más irremediable procastinación y, en algunos casos, incluso hasta la desidia nos vence. Lo sé, lo sé. ¡Excusas, excusas! Como las que muchos nos ponemos para no ir al gimnasio en un día perezoso. En todo caso, más vale tarde que nunca y, por ello, aquí y ahora os presento la historia silenciada de mi vida en Toronto durante los últimos días.

En el transcurso de todos estos meses, he pretendido tejer las complejas relaciones que el azar y la casualidad nos tienen preparados. Sin duda alguna, esta última quincena ha sido inequívocamente determinante para mi futuro próximo. No quisiera decir transcendental, porque suena demasiado rotundo. Por ello, ruego a la fortuna que me ayude una vez más en los proyectos futuros. Me encantaría poder relataros las maquinaciones maquiavélicas en las que me hallo, pero por miedo a recibir un mal fario me esperaré aún un tiempo para destripar todos mis planes. Os lo podéis tomar a risa, pero todavía me acuerdo de aquel amigo de la infancia que fue a hacer unas pruebas para un laureado equipo de fútbol español, y después de haber propagado la noticia a diestro y siniestro, no consiguió entrar en el equipo por culpa de una lesión tras un accidente de tráfico. Por ende, para no tentar a la suerte me voy a quedar chitón.

De cualquier modo, lo que sí os puedo avanzar es que los pronósticos parecen halagüeños. No lo digo por las probabilidades estadísticas por las que pueda conseguir mi meta. Si no, por el hecho de que se ha cumplido mi primer gran axioma de la teoría de los principios malos. Para los no avezados en esta creencia mía, la resumo en que para alcanzar el objetivo propuesto, todo debe empezar a la contra. Y así ha sido de nuevo esta vez. El sábado 22 de abril fui convocado a un examen para certificar mi nivel de inglés. Este requisito era perentorio para las gestiones que debía tramitar más adelante. Al llevar una vida desasosegada, el único día para el que me podía inscribir era en la fecha mentada.

Ese sábado tras levantarme, me dirigí a la escuela de aprendizaje de español done imparto clase. Allí comuniqué a mis alumnos que terminaríamos la sesión algo antes, debido a mi compromiso. Todos asintieron conformes y comenzaron mis suplicios gramaticales. A las 11.45 me dispuse a salir del centro para tomar el metro y dirigirme hacia el este. Según Google maps, el trayecto me llevaría algo menos de una hora y debería tomar dos metros y un autobús. Mentalizado, me senté y me dejé llevar. Al llegar a la estación de Kennedy, punto final de la línea 2 del metro. Una encartonada voz metálica nos informó de que la conexión en metro de la línea 3 no era posible a causa de unas obras. Eran las 12.25. La compañía de transporte público, Toronto Transit Commission (TTC), proveyó unos autobuses que hacían el mismo recorrido. Raudo, subí las escaleras para colarme en un vehículo justo antes de que partiera. Satisfecho por la hazaña, me senté y me dispuse a esperar. No obstante, se ve que no tenía toda la suerte conmigo. A pesar de mis prisas, el conductor parecía que no sentía devoción por la velocidad ni por los carriles rápidos.

Cuando llegamos a la penúltima estación de metro, Scarborough Centre, era el único pasajero que continuaba en el autobús. El señor que no me había visto comenzó a departir con un superior, con el fin de acabar su jornada laboral. El gerente le comunicó que me debía dejar en la estación siguiente y que podía irse a casa. El conductor se puso en marcha. Sin embargo, nunca me dejó en la última estación. Tras pasarla sin detenerse, en el cruce de las calles Grangeway Avenue y Progress Avenue, se detuvo y me preguntó que hacia dónde me dirigía. Al decirle que tenía un examen, que empezaba en 15 minutos y que el centro se encontraba en la calle donde estábamos, pero dos kilómetros hacia el este, el hombre se hizo el sueco y se negó a llevarme. Como no me dio ninguna alternativa, más allá de tomar otro autobús, en la calle en la que me entraba en donde no había ninguna marquesina, le di los buenos días y me fui corriendo. Cargado con mi mochila, comencé a recorrer la distancia que me separaba de mi futuro, de mi vida próxima y de los sueños, ideas y proyectos que ya empiezan a emerger en mi cabeza.

Consciente de que si llegaba tarde y el examen empezaba, no me dejarían entrar en el aula y debería esperar a otra fecha. Agotado por el esfuerzo de correr hacia mi destino, ojeaba el inexorable paso de las manecillas del reloj. Minuto a minuto, mis esperanzas se iban derrumbando. Poco a poco, los ojos se me iban llenando de unas lágrimas amargas, que ya había probado un lúgubre dieciséis de junio de 2006, cuando nunca pude sentarme en el avión que me tenía que llevar a Barcelona, para realizar otro examen y empezar otra vida.

Aquella vez y esta, han tenido solución. Finalmente, sin resuello alcancé la clase y pude sentarme a hacer el examen. Eso sí. Todas las instrucciones sobre el estado en el que debía presentarme a un examen, creo profundamente que las incumplí. Al menos, las de haber comido, haber llegado puntual y estar relajado. Tras este susto que el azar y la casualidad me tenían previsto, el resto de gestiones ha seguido su curso y todo sigue en marcha. No sé si mis planes y los del destino son los mismo, pero para averiguarlo tanto vosotros como yo tendremos aún que esperar.