Beautiful things are happening in here

El sábado pasado nos encontrábamos sentados en el coche azul eléctrico a punto de iniciar nuestro fin de semana en el Condado del Príncipe Eduardo. Como una señal divina, justo en el edificio de enfrente habían puesto unos pósteres con obras de arte. En una de las columnas, el azar y la casualidad nos enviaba un mensaje casi profético: Beautiful things are happening in here (“Cosas bonitas están pasando aquí”).

En contraposición a ese porvenir tan halagüeño, una torrencial lluvia nos pronosticaba unos días pasados por agua. No obstante, nuestra confianza en que el temporal amainaría era más fuerte. Salimos de la gran urbe raudos y veloces, para tener que detenernos al poco tiempo en una de las arterias que comunican a Toronto con el exterior. Los días festivos, junto con la incesante lluvia, habían provocado fuertes retenciones en la salida de la ciudad. Aún así, eso no nos desanimó. Quizás, al no tener prisa, no nos preocupábamos por el tiempo que pudiéramos pasar en la carretera. Ya lo dicen los libros de autoayuda, la meta no es el destino final, sino el camino. En fin, que tras los percances varios, seguimos nuestro rumbo con destino a Wellington.

Cuando nos adentramos por la península que constituye el Condado del Príncipe Eduardo, la verdad es que el paisaje no era muy diferente del que habíamos dejado atrás. Cierto es que entre recodo y recodo, el lago era cada vez más patente, hasta un punto en que ya no nos abandonó. Llegamos temprano al hotel The Drake Devonshire Inn. Para quienes no lo conozcan, se trata de un establecimiento de diseño con habitaciones individualizadas, que cuidan hasta el más mínimo detalle. Nuestro cuarto estaba en la planta principal. Justamente, al lado de la escalera que conducía al segundo piso. Era un espacio bastante grande, con múltiples detalles que lo hacían acogedor. Lo único perturbante era su proximidad a la entrada del hotel y sus cortinas recogidas con total visión a nuestros aposientos. Sin embargo, tanta falta de intimidad se resolvió con un poco de música y con correr las cortinas.

Bajado el telón, y tras un merecido descanso, decidimos tomar el coche para acercarnos al pintoresco pueblo de Picton. Una buena amiga canadiense me había asegurado que era un lugar muy coqueto, con un estilo genuino que, a veces, es difícil de encontrar por estos lares. No se equivocaba. Como muchas otras localidades norteamericanas, Picton se organizaba entorno a su calle principal, en donde se encontraban los edificios públicos y la mayoría de tiendas y comercios. No obstante, se constataba que era un sitio con cierto interés turístico, ya que todo el mobilario urbano estaba bien cuidado y las portadas de los edificios conservaban un sabor británico, que nos retrotraían a otros tiempos. Picton es un pueblo importante para la historia de Canadá, ya que fue donde el primer primer ministro de Canadá, Sir John Alexander MacDonald, empezó su carrera como abogado. Estatuas, jardines, calles y edificios rememoraban la figura del ilustre habitante. Sin prestar especial atención, más allá de leer un par de carteles informativos, nos dispusimos a hacer lo que nos había llevado hasta allí: tomar un café en una acogedora cafetería, que resultó comunicar con una librería con un gato orondo maullando sin parar.

Tras disfrutar del cortado, muy de moda en los antros más a la última de Canadá, y de leer la prensa, hicimos tiempo suficiente para volver al coche y dirigirnos al interior de la península a la casa de unos conocidos. Allí nos esperaba un matrimonio que había adquirido y reformado una antigua casa de estilo georgiano. Después de la tournée por su hogar, nos agasajaron con un vino tinto de la zona, muy apreciado por los ontarianos, y con diversos quesos y tentempiés. La charla fue muy amena, pero demasiado centrada en las aficiones favoritas de los torontonianos: el dinero y el trabajo. En fin, a caballo regalado, no le mires el diente. Pasado un rato, nos tuvimos que despedir, ya que teníamos reservada una mesa en el restaurante del hotel.

Con tanto piscolabis y conversación, el tiempo se nos había echado encima. No obstante, eso no impidió que llegáramos puntuales a la hora de la reserva. El problema surgió cuando en el restaurante nos comunicaron que no nos tenían en la lista de la cena. Extrañados, pusimos nuestras mejores caras de asombro. Entonces, los encargados nos respondieron con una cordial sonrisa y nos condujeron al interior del restaurante. Allí nos ofrecieron la mejor mesa del establecimiento, justo en la esquina con vistas al lago Ontario, a un riachuelo y una panorámica completa de toda la sala. Nada más sentarnos, Carrie, nuestra camarera, se apresuró a atendernos. Vino provista de una bandeja con dos copas de champán. Antes de mediar palabra, nos preguntó: “Honeymoon?” (“¿Luna de miel?”). Nos miramos, sonreímos y dijimos que no. La camarera, contrariada, se dio la vuelta y huyó con el elixir burbujeante. Al cabo de un par de minutos, regresó de nuevo con las copas aún consigo y nos la sirvió con un cortés: “Enjoy!” (¡Disfrutad!).

La velada fue perfecta. Risas, conversaciones, recuerdos, confesiones, confianza, comida, vino, champán, cócteles, luces, postres. Todo había salido redondo y el fin de semana no había hecho nada más que empezar. Se ve que el azar y la casualidad no erraban al decirnos esa mañana en Toronto que “beautiful things are happening in here”.

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