12 horas

“La primavera ha llegado a la ciudad, y no sabes lo bien que me sienta, papá.” Entonando la letra de esta canción de Facto Delafé y las Flores Azules, os escribo de nuevo una semana más desde el cada vez más soleado Toronto. Parece mentira que ya estemos dejando atrás el invierno para adentrarnos en la primavera. De hecho, ya se empiezan a notar los primeros efectos del cambio estacional. Con temperaturas rondando casi la veintena, los lugareños han copado las terrazas de los bares y restaurantes. Sin embargo, la algarabía es efímera, porque tan pronto te sobra la ropa, como te hace falta un abrigo. En fin, misterios de la vida.

El azar y la casualidad han querido que este alcanzando el cúlmen del sueño capitalista. Es decir, amasar montones y montones de dinero. Al menos, eso es lo que me responde la gente cuando les explico mis interminables jornadas laborales. Hace unos días, le comentaba a una compañera de trabajo mi pavor por pasar mañana y tarde trabajando. Su respuesta fue una pícara sonrisa acompañada del rintintín: “Money, money, money” (“Dinero, dinero, dinero”). De hecho, justamente ayer, estuve trabajando durante doce horas: siete en la oficina y cinco impartiendo clase. No es que el salario que percibo vaya a sacarme de pobre, pero sí que me produce un cansancio crónico, que enardecido con la falta de sueño, pues os podéis imaginar el careto. Sin embargo, debo reconocer que cuando estaba enseñando por cuadragésima vez la diferencia entre el verbo ser y el estar, me sentía con una cierta vitalidad. Debe de ser la primavera.

En fin, que llevo una vida ajetreada. No es que me queje, pero como dicen los jóvenes asturianos de hoy en día, “no me renta”. Tendría que buscarme un solo trabajo con retribuciones suficientes para subsistir y cumplir mis proyectos vitales. Pero, quizás, estoy pidiendo la luna. En todo caso, entre los temas del visado, la vida amorosa, el ir de aquí para allá, no me queda tiempo para nada. Pero, lo reitero, no me quejo. Y menos, hoy: Jueves Santo, y también principio de mis vacaciones de Semana Santa. No es que sea yo muy religioso, pero no le voy a decir que no a unos merecidos días de descanso. Sobre todo, si te tienen preparado un viaje romántico, en un hotel de lujo junto al lago Ontario en el refinado Condado del Príncipe Eduardo.

Aguardo con impaciencia esa bucólica estampa canadiense. Me han explicado que junto al pueblecito en el que nos hospedaremos hay un parque natural con dunas de arenas, que te transportan a otro lugar del planeta. Sin embargo, la suerte ha querido que la caprichosa primavera venga cargada de lluvia este fin de semana. Espero que los pronósticos yerren en su desolador vaticinio y que pasemos una feliz estancia en The Drake Devonshire Hotel. Sí, lo sé, os he puesto el nombre del establecimiento, para que se os pongan los dientes largos, pero es lo que hay. Además de los bellos parajes, me han comentado que esa es una de las zonas con mayor producción de sidra de Canadá. Como asturiano de pura cepa, es mi obligación catar el jugo dorado de sus manzanas con suma precisión para determinar si su bebida es tan buena como afirman.

En definitiva, acabo hoy con un texto algo más breve, porque ante tantos acontecimientos, aún tengo la casa patas arriba, las maletas sin hacer y un par de clases por dar. Si ya lo decían en mi pueblo, no se puede estar en misa y repicando. En próximas entregas, seguiré profundizando sobre este afán repentino por convertirme, sin quererlo, en un Tío Gilito y nadar en montañas de dólares. Hasta entonces, felices fiestas, buenos días de descanso, salud y República (en especial, para los que aún guardamos en nuestra memoria las efemérides del 14 de abril).

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