Pasos a ciegas

De una forma incesante, el azar y la casualidad siguen tejiendo los hilos de nuestras vidas. Las opciones entonces desechadas son ahora alternativas reales, mientras que las más firmes convicciones se tambalean. Ya decía Heráclito que “todo fluye, nada permanece”. De hecho el filósofo griego también diría que “lo más constante de esta vida es el cambio”. ¡Razón no le faltaba! Es sorprendente que con miles de años de diferencia, al final, cuando nos preguntamos por las incógnitas de nuestra mera existencia, da igual que escribamos en pergamino o en tabletas y teléfonos inteligentes.

La tecnología ha transformado nuestra manera de vivir. No sé si siempre ha sido una mejora o, quizás, una rémora para la supervivencia de los pocos valores que vamos conservando. Supongo que no deja de ser algo a medio camino. Cierto es que en el mundo laboral, las facilidades que la informática nos ha traído son irrenunciables. Justamente hoy, estaba archivando varias cajas de documentos que habían sido mecanografiados con máquinas escribir. Hoy en día es increíble pensar que no hace relativamente poco tiempo si te equivocabas a la hora de escribir, debías sacar tu papel de la máquina y volver a empezar. Si nos remontáramos más atrás y pensáramos que antes de ese gran avance, todo debía de estar escrito a mano, es básicamente demencial. Sin embargo, al mismo tiempo, la tecnología ha traído hábitos desagradables, que poco a poco se van afianzando en nuestras sociedades. Por ejemplo, sin ir más lejos, ayer de tarde, al salir del trabajo iba de vuelta a casa por la calle. Me crucé con varias personas. Todas ellas iban pegadas con su cara a la pantalla de su teléfono. Absortos en un estado comatoso, parecían sonámbulos en plena calle. No es que con esto quiera negar que yo soy un espécimen distinto, pero, a veces, me da por desprenderme de las cadenas que mi Iphone me impone para ver el mundo en el que vivo. Muchas de esas veces me pregunto si estamos yendo por el camino correcto.

Para más inri, no solamente nuestros valores flaquean ante el nuevo imperio de la tecnología. Nuestra propia salud se ve expuesta directamente ante nuevas amenazas. Cuando hagan estudios dentro de unos años sobre el incremento de problemas ópticos por haber pasado años embotados ante televisiones, ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, quizás nos demos cuenta demasiado tarde de que deberíamos haber cerrado los ojos ante tanta luz incandescente. Asimismo, recuerdo con nitidez aquella clase de música del primer curso del instituto. Nuestro profesor repartió una hoja con un texto sobre los problemas de escuchar música a un alto volumen, en especial a través de auriculares. Pues bien, dentro de esta moda estulta de hacer cualquier test que publican en Internet, me hice una prueba para constatar la calidad de mis oídos. El resultado, tremendamente alarmista, pronosticaba un deterioro leve en mis conductos auditivos. No obstante, es cierto que, en el trabajo, cuando tengo que escuchar a alguien a través de un grueso cristal, muchas veces, no me entero de la misa a la media.

No obstante, toda esta reflexión encuentra un punto contradictorio. ¿De quién es la responsabilidad de todo esto?¿Individual o de la sociedad? Nadie nos obliga a estar pegados a nuestras máquinas de última generación. Nadie nos ordena a que dejemos de prestar atención a las personas que nos rodean, a nuestro entorno, a nuestra vida cercana, por estar enganchados a una red que no está presente ni nos abraza por las noches. Sin embargo, somos animales gregarios, cuyas acciones colectivas nos condicionan. Por mucho que nos indignen o preocupen, estos cambios están ahí y, presumiblemente, permanecerán entre nosotros por una buena temporada. Será gracioso ver cómo en un futuro cercano, o quizás en un presente desconocido, salen múltiples centros de desintoxicación y terapias de choque contra las perniciosas consecuencias de las nuevas tecnologías.

En esta senda en la que nos deshumanizamos para convertirnos en autómatas, la tecnología se impone y nosotros nos doblegamos ante ella. Nos movemos en un mundo rápido, pero se me dibuja una sonrisa al pensar que por mucha innovación, aún es un paraguas el mayor invento que me separa de las gotas de lluvia, que estos días refrescan las polvorientas calles de Toronto. El azar y la casualidad quieren que avancemos velozmente hoy en día, sin embargo, yo sigo dando palos de ciego para dilucidar cuál es mi camino. Y por mucho que busque en mis nuevos compañeros robotizados, la única respuesta está en mi cabeza y, también, mi corazón.

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