Clases y clases

El azar y la casualidad o, más bien, el dios del tiempo se han puesto en mi contra. No me entra en la cabeza lo que habremos hecho los pobres habitantes de Toronto, pero ya estamos hartos. Sí, señor, ¡basta ya! Estamos hastiados de este clima que quiere pero no puede, de una de cal y otra de arena. Un invierno rezagado que nos envía bofetadas heladas y una primavera tímida a la que le cuesta despuntar. Sin embargo, lo que más me enerva es que las inclemencias meteorológicas tienden a escoger los fines de semana como campo de batalla, ya sea de lluvia, nieve o viento.

Por ello, en las contadas ocasiones en las que el perezoso sol se atreve a hacer frente a las nubes, los castigados urbanitas debemos aprovechar el momento. Justamente, eso hicimos el domingo pasado. Sorprendentemente, amaneció soleado y sin una brizna de viento. Tras retozar más de la cuenta en la cama, decidimos ir a desayunar fuera. En mente teníamos una pequeña cafetería de la calle Yonge, en el barrio de Summerhill, en la que aún no nos habíamos aventurado. Se hallaba muy cerca de donde trabajaba como vendedor de vino, hace ahora ya una eternidad, aunque solo hayan pasado cuatro meses. ¡Qué caprichosa es la vida y cuántas vueltas puede llegar a dar!

En fin, vuelvo al hilo de la historia, que si no, me voy por las ramas. Fuimos a la cafetería The Pantry (“La Despensa”) y pedimos dos desayunos con café. El sol entraba a raudales por el enorme ventanal junto a nuestra mesa. A esa hora éramos pocos en el bar y el ambiente era agradable. Mientras nos encontrábamos charlando sobre todo y nada, entró una familia para pedir unos cafés para llevar. Al alzar la vista, la cara de la mujer me resultó familiar. No dudé ni por un momento. Estaba convencido. Se trataba de Chrystia Freeland, actual ministra canadiense de Asuntos Exteriores. Sin embargo, no era la primera vez que me  topaba con ella. De hecho, durante mis ajetreados días en Bruselas, tuve la fortuna de asistir a una reunión del Comité de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, en la que la entonces ministra canadiense de Comercio Internacional defendía apasionadamente las ventajas del acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. En aquella ocasión, esta mujer mostró un desparpajo tal, que dejó a más de uno boquiabierto y supuso un recuerdo indeleble en mi memoria.

Como norma general, siempre que veo a alguien famoso, no armo ningún revuelo. Por el contrario, actúo con total normalidad. Si yo fuera alguien de renombre, no me gustaría que me atosigaran por doquier. Además, entiendo que todo el mundo tiene derecho a vivir con su familia con total privacidad. En fin, una casualidad más del destino. Al menos, me alegra saber que existen políticos a los que no se les caen los anillos por frecuentar cafeterías con el resto de los mortales. En España, los políticos profesionales no sé si atreverían. Incluso, hay muchos que no viven de la cosa pública que tampoco compartirían espacio con simples comuneros. Recientemente, he tenido la oportunidad de conocer a alguien, presuntamente de la nobleza, que argüía estar emparentada con el mismo rey Felipe VII. Para no contrariarla, le seguí la corriente, aunque era obvio que alguien no estaba en su sano juicio.

Lo dicho. No todas las semanas te cruzas con dos personalidades famosas, aunque una de ellas lo sea de un mundo inventado. A este paso, en unos meses, coincido con Justin Trudeau en un bar tomando unas cervezas. Si es así, me imagino que seré la envidia de más de uno y una. En tal caso, no tardaré ni un segundo en sentarme enfrente del ordenador y relataros los pormenores de tal eventualidad. Hasta entonces, jueves tras jueves, tenemos una cita con el azar y la casualidad en Canadá.

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