Las buenas compañías

El fin de semana pasado celebré el aniversario de mi nacimiento. En este festejo de mi envejecimiento progresivo, estuve rodeado de mi círculo más íntimo de amistades en Toronto. El azar y la casualidad han querido que tuviera la fortuna de cruzarme con grandes personas durante este tiempo. Como agradecimiento por su afecto y cariño, los convidé a una opípara cena en mi humilde morada.

El banquete consistió en varios aperitivos, que ya forman parte de mis especialidades culinarias como las tostas de salmón con queso, el humus con zanahorias o los dátiles con queso azul. Sin embargo, entre todos ellos, destacaba una gigantesca tortilla de patata, cuyas dimensiones eran enormes. De hecho, debo admitir que era la primera vez que me atrevía a cocinar una tortilla de tales proporciones. Mentiría si dijera que es la más grande que he visto en mi vida, ya que si me retrotraigo a la Barcelona de 2015, no puedo obviar las riquísimas tortillas que degustaba en “El Ambiente del Sur” de la calle Viladomat cada fin de semana. Si la memoria no me falla, allí las cantidades ingentes de patata y huevos superaban con creces los ya cuantiosos diecinueve huevos que conformaban la de este sábado. Más allá del plato por antonomasia de la gastronomía española, de aquel antro sigo guardando gratos recuerdos, sobre todo, de la familiaridad de los camareros, extraña en estos parajes canadienses, o de aquella vez en que una zalamera amiga me persuadió para poner a prueba mi resistencia y enfrentarme a una caminata de 64 kilómetros. En fin, esta tortilla mía, sólo quería ser un homenaje a esos días felices y un agasajo para mis atentos comensales.

La fiesta se desarrolló alegremente entre copas y platos. A los primeros diez invitados, se sumaron otros cinco y, luego, otros cuatro más. Y cuando me quise dar cuenta, mi modesto hogar estaba totalmente invadido por amigos, conocidos y otros. Sí, algunos se tomaron la licencia de invitar a sus amigos sin avisar. Para un anfitrión español, especialmente un padre o una madre, el contar con invitados extra supondría una crisis monumental, ya que, en su cabeza, rondaría siempre la duda de si habría suficiente comida. Es verdad que durante la fatigosa tarde del sábado, mientras preparaba todos esos deliciosos platos, me preguntaba si serían suficientes para mis entonces, trece invitados. Al llegar a diecinueve, constaté que había hecho comida para un regimiento. Por ello, para otra vez, intentaré racionalizar mi nerviosismo y mi afán por parecerme a una abuela con ganas de saciar a su jauría de nietos.

Tras el convite en casa, me sentía destrozado. Era normal. Había madrugado, había ido a trabajar en el centro de enseñanza del español y, finalmente, había estado encerrado en la cocina durante seis horas. Cuando tocó el turno de salir de fiesta, accedí a regañadientes, pero, al final, sucumbí ante el clamor popular. Al fin y al cabo, no todos los días son tu cumpleaños. La mitad de la fiesta nos dirigimos a un club de música latina, que se llama “El Convento Rico”. Cuando llegamos, la fiesta estaba subidita de tono, con un espectáculo de strip tease. La verdad es que no me fijé mucho, dado que la gente se arremolinaba ante el hombre en paños menores. Nuestro grupo, sin embargo, estaba más concentrado en dejar la ropa en el ropero y buscar un servicio de mesa. Una atenta camarera, con un modelito a lo Madonna en los años noventa, se aprestó a atendernos. Cuando trajo la comanda, venía portando dos bengalas chispeantes mientras entonaba el happy birthday to you. ¡Qué más se puede pedir!

La noche transcurrió de forma animada. Con unas copas de más, las caderas siguieron a los ya rítmicos pies. Y ya entre unos y otros, todos estábamos bailando. Pasadas unas horas, el agotamiento pudo con nosotros y nos volvimos a casa. Todo había acontecido en armonía, a excepción del incidente de mi compañero de piso, quien extravió su tíquet del ropero y tuvo que esperar para recoger su chaqueta. Desafortunadamente, alguien ya lo había hecho por él, así que tuvo que volver a casa en camiseta a las cinco de la mañana con un frío gélido envolviéndole. Para mis pesares, en la chaqueta estaban las llaves de casa, así que tras varios intentos de contactar conmigo, lo logró y yo me dispuse a abrirle la puerta, con mi cara de zombi.

Esa mañana comenzó muy pronto. En la cama, con un dolor de cabeza, sólo pensaba en tomar agua y un ibuprofeno. A mi lado, la situación era similar. Por ello, tras un buen receso y pastilla mediante, optamos por levantarnos e ir a tomar el brunch. Generalmente, cuando tengo este tipo de mañanas, no me entra nada en el estómago, pero el domingo fue una excepción. No sé si fue la medicina, la comida, el paseo o la cortante caricia del viento, pero la resaca se atenuó considerablemente aquella mañana. Eso sí, el cansancio me venció y nada impidió que me tomara una merecida siesta por la tarde.

En definitiva, el fin de semana pasado fue especial. No sólo porque fuera mi cumpleaños, sino también por toda la gente que acudió a mostrar el aprecio que me tienen. Cuando se está viviendo en otro país, es importante cultivar nuevas amistades, construir círculos sociales y dar mucho cariño a quien lo necesita. Me siento afortunado de las amistades que aquí me rodean y espero que este sea uno más de los muchos acontecimientos que el azar y la casualidad nos tengan preparados.

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