Lo quiero para ya

Tras la historia melodramática de la semana pasada, este jueves vengo con noticias mucho más alegres. Todo ello por la espiral de felicidad en la que me veo envuelto y por haber celebrado recientemente el día en que este mundo me vio nacer. Aún sigo inmerso en los preparativos de los festejos de esta fecha tan señalada en mi calendario personal. Sin embargo, mi intención hoy no es enumerar el pantragruélico banquete que tengo en mente para la fiesta que estoy preparando para el sábado, sino que me voy a decantar por mi torbellino laboral.

Esta semana ha sido clave en mi situación laboral y económica en Canadá. El azar y la casualidad han querido que el mismo día, ayer, en el que, por cierto, cumplía años, se juntara el final de mi contrato en la universidad donde impartía las clases de español con mi nuevo trabajo de oficina. De hecho, ese mismo día dije adiós a uno y firmé el contrato del otro. Muchos dicen eso de a rey muerto, rey puesto. Pues yo, en amor no soy tan rápido, pero se ve que en asuntos del trabajo, tiro de uno a otro como si fuera de oca en oca.

Debo reconocer que llegar hasta el punto de tener tres trabajos puede resultar excesivo. Todavía me pregunto de donde saco el tiempo y la energía para dar el cien por cien a todo, incluida mi ajetreada vida personal y social. Sin embargo, me considero una de esas personas que cuando se propone algo, o se le cruza algo entre ceja y ceja, va hasta el final o, en su caso, hasta sus últimas consecuencias. Pues bien, las clases en la universidad han sido una experiencia buena desde el punto de vista docente. He podido mejorar como profesor y aumentar mis recursos educativos. Asimismo, ha sido una actividad enriquecedora también en el plano personal. Tanto hemos compartido estos días que hasta una amiga me ha hecho un regalo el último día: una caja con magdalenas coronadas por natas de colores y tréboles verdes de la suerte. Es bonito que cuando no te esperas nada, alguien muestre este tipo de detalles.

Para ser justos, este no es el primer regalo que recibo como profesor en Toronto. No es que quiera yo convertirme en uno de esos políticos que reciben ofrendas por favores, pero no le voy a quitar la ilusión a nadie. Hace unas semanas, unas señoras a las que imparto clase en la escuela de aprendizaje del español me vinieron con la propuesta de leer un libro juntos y comentarlo en clase. Yo les propuse unos cuantos y, finalmente, se decantaron por “El tiempo entre costuras” de María Dueñas. Pues bien, en cuanto tomaron la decisión, me compraron un ejemplar para mí. La verdad es que podría haberlo adquirido yo, pero es un bonito gesto que me lo regalaran.

Finalizada la etapa de la universidad, ahora ya estoy imbuido en los quehaceres burocráticos correspondientes a mi nuevo trabajo de oficina. La verdad es que en los pocos días que llevo en mi puesto he vivido una serie de acontecimientos totalmente variopintos. No obstante, lo que más me ha llamado la atención es una dinámica que se repite en varios casos. Todos quieren saber que es de lo suyo para ya. Me sorprende enormemente el grado de insistencia, impaciencia e intransigencia al que algunos pueden llegar. Sí, sí, las tres cualidades y en ese orden. Asimismo, muchas veces toda su disconformidad viene dada por pura ignorancia. Muchas veces producto de un desinterés propio mostrado en el pasado, que fomenta su frustración. A pesar de cualquier error humano, se ve que la autocrítica es algo que les gusta poco practicar.

En todo caso, más allá de conversaciones hostiles, mi nuevo puesto de trabajo también me ha brindado la oportunidad de maravillarme con el ser humano. No una ni dos ni tres veces ya me he encontrado con personas que se encuentran en situaciones no deseadas por pura dejadez de sus funciones. No sé si es la desinformación, la desidia o el olvido, pero lo que sí que es común es ese cabreo patente que no se sienten tímidos de reprimir o evitar.

En fin, una cosa tengo clara. El trabajo queda en la oficina y la vida personal, fuera. Quien quiera enfadarse, que se enfade; quien quiera contentarse, que se contente; y quien no sepa lo que quiere, que se aclara, pero que no maree la perdiz. Me despido una semana más, pero esta vez diferente. Ya con 29 años, y más cerca del abismo de los 30 y de una vida adulta que ha llegado volando sin haberme dado cuenta. Empiezo esta etapa nueva con la suerte de mi lado y con todo lo que durante mucho tiempo he estado buscando. A la espera de cambios en el horizonte, vivo el presente mientras me entretengo con estas necedades, que ponen el punto gracioso a esta vida mía.

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