2 de marzo

El azar y la casualidad han escogido que precisamente hoy sea jueves. Si hubiera buscado en el calendario esta fecha, no habría acertado a cuadrarla con mi rutina semanal de escribiros. Sin embargo, los hilos desde los que la suerte nos mueve me han situado este 2 de marzo, aquí, delante del ordenador, delante de vosotros. La historia de hoy trata sobre la vida misma, feliz y cruenta, dulce y amarga, pero, al fin y al cabo, real.

Desde pequeño, me ha gustado el invierno. Quizás, fuera por las fantasías infantiles de un paisaje blanco y bucólico. Tal vez, por los encuentros familiares que llenan estos meses de alegría, nuevos proyectos y esperanza. O, posiblemente, porque mi corazón helado se encontraba más cómodo a una refrigeración adecuada, que impidiera su deshielo. En esta estación que despunta en diciembre y acaba en marzo, siempre este último mes ha sido especial para mí, ya sea por la entrada de la primavera y de las tardes con sol, o ya sea por la celebración del día que me vio nacer. De hecho, siempre he guardado esta época del año como algo precioso, intachable, inmaculado. Sin embargo, los devenires del tiempo modifican estas ilusiones, y acontecimientos posteriores van marcando en el calendario fechas que antes no escondían recuerdos vitales. Así fue por mucho tiempo para mí. Como anécdota, durante años ocupaba el honor de ser el primer familiar en cumplir años. Ahora la situación no ha cambiado, pero esta celebración se ha visto trastocada por el recuerdo perenne de los designios de un azar caprichoso. Hoy, 2 de marzo, nunca volverá a ser un día más. Siempre será el día antes de que te fueras, antes de que todo cambiara para siempre.

Hace un año, me encontraba en otra ciudad, en otra compañía, con otros pájaros en la cabeza. Acababa de empezar un proyecto laboral prometedor, y tenía muchos planes y visiones de futuro, que, poco a poco, fueron mutando hasta hoy. En ese momento, todo era una espiral de nuevas experiencias, nuevas personas, nuevos lugares. Ese 3 de marzo era mi tercer día de trabajo. Tras la jornada en la oficina, me invitaron a un evento de networking, o lo que es lo mismo, a tomar unas cañas y ver lo que cae, ya sea un noche de frenesí o un empleo bien remunerado. Cuando comienzas una nueva andadura en un sitio diferente, es importante cuidar tu círculo social los primeros días. Hace años alguien me dijo que si no estás en todos los saraos las primeras semanas, luego nadie te llama. Por ello, tiendo a ser propenso a socializar. Pues bien, allí estaba yo en una fiesta de la Rue des Pierres, a un tiro de piedra, valga la redundancia, de la Grande Place bruselense. El local estaba hasta la bandera y el ruido era ensordecedor.

En un momento concreto de la noche, veo que en mi teléfono hay varios mensajes de llamadas perdidas de España. Era mi madre. Un escalofrío me estremeció todo el cuerpo, porque sabía que el momento para el que me había mentalizado durante tanto tiempo había llegado. No había mensaje de voz. Con el rostro compungido recorrí las calles que separaban el bar de mi entonces domicilio, consciente de que cuando llegara, me daría de bruces contra una realidad no deseada. Subiendo las escaleras de mi apartamento, el teléfono se conectó a la red wifi y empezaron a entrar multitud de mensajes. “Lo siento”, “Me acabo de enterar. Lo siento mucho”, “Me lo ha dicho mi padre. Lo siento, Pablo”. Y, finalmente, ahí estaba el mensaje de mi madre. Un mensaje de texto, que confirmaba todas mis sospechas y que se volvía una pesada losa sobre mí. Resignado, marqué el número de teléfono de casa de mi abuela. Tras varios intentos, mi tía respondió. En menos de dos palabras, mi voz se quebró y el llanto afloró para sobrellevar una pena, que me embargaba y necesitaba compartir.

A pesar de todos los años en los que he vivido lejos de mi casa, nunca me he sentido tan solo como en ese momento. La noche en la que mi abuela se fue. No tenía el calor de la familia ni de los amigos. Entonces, apartado de mi país y de mi hogar, no encontraba consuelo para una pérdida irrecuperable. De hecho, ni tan solo sabía si podría despedirme. Todo lo que tenía era soledad. Yo mismo solo era soledad. Siempre marzo fue un mes especial para mí. Todavía lo sigue siendo, aunque ahora, en sus inicios, el duro recuerdo del ayer cubre de lágrimas mis ojos.

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