Monthly Archives: March 2017

¡Hasta la vista, baby!

Anteayer la primera ministra británica, Theresa May, firmó la carta que activaba el artículo 50 del Tratado de Lisboa, por el que el Reino Unido solicitaba su salida de la Unión Europea. Ayer, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, recibió la misiva y se pusieron en marcha todos los mecanismos para entablar unas negociaciones que se prevén, cuando menos, complicadas. Tras poco más de nueve meses, desde el 23 de junio de 2016, finalmente ha nacido el bebé de la desunión.

El azar y la casualidad quisieron que yo me encontrara en Bruselas aquel 23 de junio. De hecho, me acuerdo muy bien. El fatídico viernes 24 me disponía a viajar a España, para votar en las segundas elecciones generales españolas en menos de un año. La tarde del 23 de junio, como ya iba siendo costumbre, había frecuentado con mis entonces compañeros los bares de la bulliciosa plaza de Luxemburgo de la capital belga. Ante todos los dimes y diretes sobre la votación que se estaba produciendo al otro lado del Canal de La Mancha, a mí me trastocó más la noticia de que al día siguiente habría una huelga general en Bélgica con un parón total de los medios de transporte público. Enterarse de algo así con unas cervezas de más, sobre todo, si son belgas, puede resultar alarmante. Además, si le sumamos que tenía pensado desplazarme al aeropuerto de Charleroi, a cierta distancia de Bruselas, en tren, pues ya la situación presentaba paralelismos con la tragedia griega.

En fin, dentro de lo consciente que estaba, regresé a la oficina y pude reservar un asiento en un autobús que hacía el mismo trayecto. Con eso asegurado, nada impedía continuar con la fiesta. Craso error. Me recogí demasiado tarde, lo que impidió que hiciera mi maleta antes de acostarme. Eso sí, revisé los principales periódicos europeos y en todos había unanimidad en cuanto a la permanencia del Reino Unido en el bloque comunitario. Pocas horas más tarde, al despertarme, corrí a ver si ya había resultados. Para mi sorpresa, más de la mitad de los británicos nos habían querido dar la espalda. Sin embargo, no tenía tiempos para cavilaciones, tenía que hprepararme, salir y dirigirme a la otra punta de Bruselas a tomar el autobús. Y todo ello, a pie, pues no funcionaba nada. Cargando el macuto, recorrí la distancia en un tiempo récord, para encontrarme a un montón de personas esperando con el mismo motivo.

Mientras desesperábamos, me dio por hablar con mi hermana. La pobre mujer me explicó que le habían entrado a robar en casa. Al parecer, un chorizo saltimbanqui había trepado por los tubos del gas del patio para colarse por la estrecha ventana de la cocina. Una vez dentro, sin hacer ruido para despertarlos, había sisado el ordenador, un Ipad y dinero. Nerviosa, me explicaba que estaban esperando a la policía y que se sentía terriblemente asustada. Sin poder servir de mucha ayuda, intenté tranquilizarla, aunque, en estos casos, nunca se sabe qué decir. En fin, entre una cosa y otra, llegó el autobús y nos dirigimos hacia Valonia. Al estar cortadas las carreteras principales por la huelga, recorrimos los bucólicos paisajes rurales del sur de Bélgica, llenos de granjas, tractores y vacas. En un periplo que parecía no tener fin, llegamos a un aeropuerto colapsado por la falta de servicios.

En el aeropuerto, tras los atentados de Bruselas de 2016, todo eran controles. De hecho, no sé por qué me hicieron tres. Debía de ser que tenía unas pintas de personaje peligroso, porque si no, yo no me lo explico. Después de que me registraran por arriba y por abajo, comí algo y me fui a mi puerta de embarque. Allí me esperaba una larga cola que se había formado con más de media hora de antelación. Lentamente, fuimos pasando. Para mi infortunio, a las mujeres que estaban delante de mí les pusieron una pegatina en las tarjetas de embarque para que facturaran su equipaje, pretendidamente de mano. Como es lógico, a mí también me tocó. Sin embargo, yo no use la picaresca española, de las que mis compañeras noreuropeas parecían conocedoras, ya que se libraron de dicha notificación y subieron al avión con sus bolsos. Infeliz de mí, entregué mi bolsa de viaje para que la llevaran a la bodega y me acomodé en mi sitio.

El avión despegó con mucho retraso. Además de la huelga de Bélgica, en Francia, donde parece que los paros laborales, en especial de controladores aéreos, son parte de la idiosincrasia del país, impidieron que saliéramos en hora. Como cabe suponer, si sales tarde, no llegas a tiempo. Y dicho y hecho. Aterrizamos en el aeropuerto santanderino a escasos minutos de que mi autobús hiciera parada allí. Estresado, como es natural, salí del avión lo más deprisa que pude. No obstante, al estar en el medio exacto de la aeronave, poco podía hacer. Ya en la sala de equipajes, la dichosa bolsa no salió hasta un largo rato después. Poniendo los pies en polvorosa, corrí como si no hubiera un mañana para llegar a la marquesina en la que debía coger el famoso autobús. Al salir por la puerta, al fondo de la carretera, un bus de la misma compañía se disponía a partir. Vanos fueron mis esfuerzos para llegar a tiempo, y aunque gesticulé todo lo que pude, el vehículo se alejó de mí. Cuando lo veía todo perdido, una dulce voz femenina me preguntó: “¿Adónde vas? ¿A Bilbao o a Asturias?” Al responderle, mi compatriota me tranquilizó diciendo que nuestro autobús aún no había pasado. Feliz por la noticia, me sentía aliviado. De lo que no era consciente en ese momento, es que había reservado un bus turístico con parada en todos los pueblos de Cantabria y Asturias entre Santander y Oviedo.

En fin, ¿cómo olvidar ese 23 de junio? Imposible. Nueve meses después. Ahora estoy en un país diferente, pero con unas profundas raíces británicas, que pude constatar el domingo pasado cuando Dave y yo fuimos a Niagara-on-the-lake y visitamos Fort George, en donde ondeaba una gigantesca bandera británica en conmemoración a la guerra de 1812 entre los leales a la corona británica y los separatistas estadounidenses. Es curioso las vueltas que da la historia y como ahora es el Reino Unido el que nos dice “hasta la vista, baby”. No obstante, por mucho que me apene su partida, toca aceptar lo que los británicos, consciente o inconscientemente, han elegido.

Advertisements

Clases y clases

El azar y la casualidad o, más bien, el dios del tiempo se han puesto en mi contra. No me entra en la cabeza lo que habremos hecho los pobres habitantes de Toronto, pero ya estamos hartos. Sí, señor, ¡basta ya! Estamos hastiados de este clima que quiere pero no puede, de una de cal y otra de arena. Un invierno rezagado que nos envía bofetadas heladas y una primavera tímida a la que le cuesta despuntar. Sin embargo, lo que más me enerva es que las inclemencias meteorológicas tienden a escoger los fines de semana como campo de batalla, ya sea de lluvia, nieve o viento.

Por ello, en las contadas ocasiones en las que el perezoso sol se atreve a hacer frente a las nubes, los castigados urbanitas debemos aprovechar el momento. Justamente, eso hicimos el domingo pasado. Sorprendentemente, amaneció soleado y sin una brizna de viento. Tras retozar más de la cuenta en la cama, decidimos ir a desayunar fuera. En mente teníamos una pequeña cafetería de la calle Yonge, en el barrio de Summerhill, en la que aún no nos habíamos aventurado. Se hallaba muy cerca de donde trabajaba como vendedor de vino, hace ahora ya una eternidad, aunque solo hayan pasado cuatro meses. ¡Qué caprichosa es la vida y cuántas vueltas puede llegar a dar!

En fin, vuelvo al hilo de la historia, que si no, me voy por las ramas. Fuimos a la cafetería The Pantry (“La Despensa”) y pedimos dos desayunos con café. El sol entraba a raudales por el enorme ventanal junto a nuestra mesa. A esa hora éramos pocos en el bar y el ambiente era agradable. Mientras nos encontrábamos charlando sobre todo y nada, entró una familia para pedir unos cafés para llevar. Al alzar la vista, la cara de la mujer me resultó familiar. No dudé ni por un momento. Estaba convencido. Se trataba de Chrystia Freeland, actual ministra canadiense de Asuntos Exteriores. Sin embargo, no era la primera vez que me  topaba con ella. De hecho, durante mis ajetreados días en Bruselas, tuve la fortuna de asistir a una reunión del Comité de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, en la que la entonces ministra canadiense de Comercio Internacional defendía apasionadamente las ventajas del acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. En aquella ocasión, esta mujer mostró un desparpajo tal, que dejó a más de uno boquiabierto y supuso un recuerdo indeleble en mi memoria.

Como norma general, siempre que veo a alguien famoso, no armo ningún revuelo. Por el contrario, actúo con total normalidad. Si yo fuera alguien de renombre, no me gustaría que me atosigaran por doquier. Además, entiendo que todo el mundo tiene derecho a vivir con su familia con total privacidad. En fin, una casualidad más del destino. Al menos, me alegra saber que existen políticos a los que no se les caen los anillos por frecuentar cafeterías con el resto de los mortales. En España, los políticos profesionales no sé si atreverían. Incluso, hay muchos que no viven de la cosa pública que tampoco compartirían espacio con simples comuneros. Recientemente, he tenido la oportunidad de conocer a alguien, presuntamente de la nobleza, que argüía estar emparentada con el mismo rey Felipe VII. Para no contrariarla, le seguí la corriente, aunque era obvio que alguien no estaba en su sano juicio.

Lo dicho. No todas las semanas te cruzas con dos personalidades famosas, aunque una de ellas lo sea de un mundo inventado. A este paso, en unos meses, coincido con Justin Trudeau en un bar tomando unas cervezas. Si es así, me imagino que seré la envidia de más de uno y una. En tal caso, no tardaré ni un segundo en sentarme enfrente del ordenador y relataros los pormenores de tal eventualidad. Hasta entonces, jueves tras jueves, tenemos una cita con el azar y la casualidad en Canadá.

Las buenas compañías

El fin de semana pasado celebré el aniversario de mi nacimiento. En este festejo de mi envejecimiento progresivo, estuve rodeado de mi círculo más íntimo de amistades en Toronto. El azar y la casualidad han querido que tuviera la fortuna de cruzarme con grandes personas durante este tiempo. Como agradecimiento por su afecto y cariño, los convidé a una opípara cena en mi humilde morada.

El banquete consistió en varios aperitivos, que ya forman parte de mis especialidades culinarias como las tostas de salmón con queso, el humus con zanahorias o los dátiles con queso azul. Sin embargo, entre todos ellos, destacaba una gigantesca tortilla de patata, cuyas dimensiones eran enormes. De hecho, debo admitir que era la primera vez que me atrevía a cocinar una tortilla de tales proporciones. Mentiría si dijera que es la más grande que he visto en mi vida, ya que si me retrotraigo a la Barcelona de 2015, no puedo obviar las riquísimas tortillas que degustaba en “El Ambiente del Sur” de la calle Viladomat cada fin de semana. Si la memoria no me falla, allí las cantidades ingentes de patata y huevos superaban con creces los ya cuantiosos diecinueve huevos que conformaban la de este sábado. Más allá del plato por antonomasia de la gastronomía española, de aquel antro sigo guardando gratos recuerdos, sobre todo, de la familiaridad de los camareros, extraña en estos parajes canadienses, o de aquella vez en que una zalamera amiga me persuadió para poner a prueba mi resistencia y enfrentarme a una caminata de 64 kilómetros. En fin, esta tortilla mía, sólo quería ser un homenaje a esos días felices y un agasajo para mis atentos comensales.

La fiesta se desarrolló alegremente entre copas y platos. A los primeros diez invitados, se sumaron otros cinco y, luego, otros cuatro más. Y cuando me quise dar cuenta, mi modesto hogar estaba totalmente invadido por amigos, conocidos y otros. Sí, algunos se tomaron la licencia de invitar a sus amigos sin avisar. Para un anfitrión español, especialmente un padre o una madre, el contar con invitados extra supondría una crisis monumental, ya que, en su cabeza, rondaría siempre la duda de si habría suficiente comida. Es verdad que durante la fatigosa tarde del sábado, mientras preparaba todos esos deliciosos platos, me preguntaba si serían suficientes para mis entonces, trece invitados. Al llegar a diecinueve, constaté que había hecho comida para un regimiento. Por ello, para otra vez, intentaré racionalizar mi nerviosismo y mi afán por parecerme a una abuela con ganas de saciar a su jauría de nietos.

Tras el convite en casa, me sentía destrozado. Era normal. Había madrugado, había ido a trabajar en el centro de enseñanza del español y, finalmente, había estado encerrado en la cocina durante seis horas. Cuando tocó el turno de salir de fiesta, accedí a regañadientes, pero, al final, sucumbí ante el clamor popular. Al fin y al cabo, no todos los días son tu cumpleaños. La mitad de la fiesta nos dirigimos a un club de música latina, que se llama “El Convento Rico”. Cuando llegamos, la fiesta estaba subidita de tono, con un espectáculo de strip tease. La verdad es que no me fijé mucho, dado que la gente se arremolinaba ante el hombre en paños menores. Nuestro grupo, sin embargo, estaba más concentrado en dejar la ropa en el ropero y buscar un servicio de mesa. Una atenta camarera, con un modelito a lo Madonna en los años noventa, se aprestó a atendernos. Cuando trajo la comanda, venía portando dos bengalas chispeantes mientras entonaba el happy birthday to you. ¡Qué más se puede pedir!

La noche transcurrió de forma animada. Con unas copas de más, las caderas siguieron a los ya rítmicos pies. Y ya entre unos y otros, todos estábamos bailando. Pasadas unas horas, el agotamiento pudo con nosotros y nos volvimos a casa. Todo había acontecido en armonía, a excepción del incidente de mi compañero de piso, quien extravió su tíquet del ropero y tuvo que esperar para recoger su chaqueta. Desafortunadamente, alguien ya lo había hecho por él, así que tuvo que volver a casa en camiseta a las cinco de la mañana con un frío gélido envolviéndole. Para mis pesares, en la chaqueta estaban las llaves de casa, así que tras varios intentos de contactar conmigo, lo logró y yo me dispuse a abrirle la puerta, con mi cara de zombi.

Esa mañana comenzó muy pronto. En la cama, con un dolor de cabeza, sólo pensaba en tomar agua y un ibuprofeno. A mi lado, la situación era similar. Por ello, tras un buen receso y pastilla mediante, optamos por levantarnos e ir a tomar el brunch. Generalmente, cuando tengo este tipo de mañanas, no me entra nada en el estómago, pero el domingo fue una excepción. No sé si fue la medicina, la comida, el paseo o la cortante caricia del viento, pero la resaca se atenuó considerablemente aquella mañana. Eso sí, el cansancio me venció y nada impidió que me tomara una merecida siesta por la tarde.

En definitiva, el fin de semana pasado fue especial. No sólo porque fuera mi cumpleaños, sino también por toda la gente que acudió a mostrar el aprecio que me tienen. Cuando se está viviendo en otro país, es importante cultivar nuevas amistades, construir círculos sociales y dar mucho cariño a quien lo necesita. Me siento afortunado de las amistades que aquí me rodean y espero que este sea uno más de los muchos acontecimientos que el azar y la casualidad nos tengan preparados.

Lo quiero para ya

Tras la historia melodramática de la semana pasada, este jueves vengo con noticias mucho más alegres. Todo ello por la espiral de felicidad en la que me veo envuelto y por haber celebrado recientemente el día en que este mundo me vio nacer. Aún sigo inmerso en los preparativos de los festejos de esta fecha tan señalada en mi calendario personal. Sin embargo, mi intención hoy no es enumerar el pantragruélico banquete que tengo en mente para la fiesta que estoy preparando para el sábado, sino que me voy a decantar por mi torbellino laboral.

Esta semana ha sido clave en mi situación laboral y económica en Canadá. El azar y la casualidad han querido que el mismo día, ayer, en el que, por cierto, cumplía años, se juntara el final de mi contrato en la universidad donde impartía las clases de español con mi nuevo trabajo de oficina. De hecho, ese mismo día dije adiós a uno y firmé el contrato del otro. Muchos dicen eso de a rey muerto, rey puesto. Pues yo, en amor no soy tan rápido, pero se ve que en asuntos del trabajo, tiro de uno a otro como si fuera de oca en oca.

Debo reconocer que llegar hasta el punto de tener tres trabajos puede resultar excesivo. Todavía me pregunto de donde saco el tiempo y la energía para dar el cien por cien a todo, incluida mi ajetreada vida personal y social. Sin embargo, me considero una de esas personas que cuando se propone algo, o se le cruza algo entre ceja y ceja, va hasta el final o, en su caso, hasta sus últimas consecuencias. Pues bien, las clases en la universidad han sido una experiencia buena desde el punto de vista docente. He podido mejorar como profesor y aumentar mis recursos educativos. Asimismo, ha sido una actividad enriquecedora también en el plano personal. Tanto hemos compartido estos días que hasta una amiga me ha hecho un regalo el último día: una caja con magdalenas coronadas por natas de colores y tréboles verdes de la suerte. Es bonito que cuando no te esperas nada, alguien muestre este tipo de detalles.

Para ser justos, este no es el primer regalo que recibo como profesor en Toronto. No es que quiera yo convertirme en uno de esos políticos que reciben ofrendas por favores, pero no le voy a quitar la ilusión a nadie. Hace unas semanas, unas señoras a las que imparto clase en la escuela de aprendizaje del español me vinieron con la propuesta de leer un libro juntos y comentarlo en clase. Yo les propuse unos cuantos y, finalmente, se decantaron por “El tiempo entre costuras” de María Dueñas. Pues bien, en cuanto tomaron la decisión, me compraron un ejemplar para mí. La verdad es que podría haberlo adquirido yo, pero es un bonito gesto que me lo regalaran.

Finalizada la etapa de la universidad, ahora ya estoy imbuido en los quehaceres burocráticos correspondientes a mi nuevo trabajo de oficina. La verdad es que en los pocos días que llevo en mi puesto he vivido una serie de acontecimientos totalmente variopintos. No obstante, lo que más me ha llamado la atención es una dinámica que se repite en varios casos. Todos quieren saber que es de lo suyo para ya. Me sorprende enormemente el grado de insistencia, impaciencia e intransigencia al que algunos pueden llegar. Sí, sí, las tres cualidades y en ese orden. Asimismo, muchas veces toda su disconformidad viene dada por pura ignorancia. Muchas veces producto de un desinterés propio mostrado en el pasado, que fomenta su frustración. A pesar de cualquier error humano, se ve que la autocrítica es algo que les gusta poco practicar.

En todo caso, más allá de conversaciones hostiles, mi nuevo puesto de trabajo también me ha brindado la oportunidad de maravillarme con el ser humano. No una ni dos ni tres veces ya me he encontrado con personas que se encuentran en situaciones no deseadas por pura dejadez de sus funciones. No sé si es la desinformación, la desidia o el olvido, pero lo que sí que es común es ese cabreo patente que no se sienten tímidos de reprimir o evitar.

En fin, una cosa tengo clara. El trabajo queda en la oficina y la vida personal, fuera. Quien quiera enfadarse, que se enfade; quien quiera contentarse, que se contente; y quien no sepa lo que quiere, que se aclara, pero que no maree la perdiz. Me despido una semana más, pero esta vez diferente. Ya con 29 años, y más cerca del abismo de los 30 y de una vida adulta que ha llegado volando sin haberme dado cuenta. Empiezo esta etapa nueva con la suerte de mi lado y con todo lo que durante mucho tiempo he estado buscando. A la espera de cambios en el horizonte, vivo el presente mientras me entretengo con estas necedades, que ponen el punto gracioso a esta vida mía.

2 de marzo

El azar y la casualidad han escogido que precisamente hoy sea jueves. Si hubiera buscado en el calendario esta fecha, no habría acertado a cuadrarla con mi rutina semanal de escribiros. Sin embargo, los hilos desde los que la suerte nos mueve me han situado este 2 de marzo, aquí, delante del ordenador, delante de vosotros. La historia de hoy trata sobre la vida misma, feliz y cruenta, dulce y amarga, pero, al fin y al cabo, real.

Desde pequeño, me ha gustado el invierno. Quizás, fuera por las fantasías infantiles de un paisaje blanco y bucólico. Tal vez, por los encuentros familiares que llenan estos meses de alegría, nuevos proyectos y esperanza. O, posiblemente, porque mi corazón helado se encontraba más cómodo a una refrigeración adecuada, que impidiera su deshielo. En esta estación que despunta en diciembre y acaba en marzo, siempre este último mes ha sido especial para mí, ya sea por la entrada de la primavera y de las tardes con sol, o ya sea por la celebración del día que me vio nacer. De hecho, siempre he guardado esta época del año como algo precioso, intachable, inmaculado. Sin embargo, los devenires del tiempo modifican estas ilusiones, y acontecimientos posteriores van marcando en el calendario fechas que antes no escondían recuerdos vitales. Así fue por mucho tiempo para mí. Como anécdota, durante años ocupaba el honor de ser el primer familiar en cumplir años. Ahora la situación no ha cambiado, pero esta celebración se ha visto trastocada por el recuerdo perenne de los designios de un azar caprichoso. Hoy, 2 de marzo, nunca volverá a ser un día más. Siempre será el día antes de que te fueras, antes de que todo cambiara para siempre.

Hace un año, me encontraba en otra ciudad, en otra compañía, con otros pájaros en la cabeza. Acababa de empezar un proyecto laboral prometedor, y tenía muchos planes y visiones de futuro, que, poco a poco, fueron mutando hasta hoy. En ese momento, todo era una espiral de nuevas experiencias, nuevas personas, nuevos lugares. Ese 3 de marzo era mi tercer día de trabajo. Tras la jornada en la oficina, me invitaron a un evento de networking, o lo que es lo mismo, a tomar unas cañas y ver lo que cae, ya sea un noche de frenesí o un empleo bien remunerado. Cuando comienzas una nueva andadura en un sitio diferente, es importante cuidar tu círculo social los primeros días. Hace años alguien me dijo que si no estás en todos los saraos las primeras semanas, luego nadie te llama. Por ello, tiendo a ser propenso a socializar. Pues bien, allí estaba yo en una fiesta de la Rue des Pierres, a un tiro de piedra, valga la redundancia, de la Grande Place bruselense. El local estaba hasta la bandera y el ruido era ensordecedor.

En un momento concreto de la noche, veo que en mi teléfono hay varios mensajes de llamadas perdidas de España. Era mi madre. Un escalofrío me estremeció todo el cuerpo, porque sabía que el momento para el que me había mentalizado durante tanto tiempo había llegado. No había mensaje de voz. Con el rostro compungido recorrí las calles que separaban el bar de mi entonces domicilio, consciente de que cuando llegara, me daría de bruces contra una realidad no deseada. Subiendo las escaleras de mi apartamento, el teléfono se conectó a la red wifi y empezaron a entrar multitud de mensajes. “Lo siento”, “Me acabo de enterar. Lo siento mucho”, “Me lo ha dicho mi padre. Lo siento, Pablo”. Y, finalmente, ahí estaba el mensaje de mi madre. Un mensaje de texto, que confirmaba todas mis sospechas y que se volvía una pesada losa sobre mí. Resignado, marqué el número de teléfono de casa de mi abuela. Tras varios intentos, mi tía respondió. En menos de dos palabras, mi voz se quebró y el llanto afloró para sobrellevar una pena, que me embargaba y necesitaba compartir.

A pesar de todos los años en los que he vivido lejos de mi casa, nunca me he sentido tan solo como en ese momento. La noche en la que mi abuela se fue. No tenía el calor de la familia ni de los amigos. Entonces, apartado de mi país y de mi hogar, no encontraba consuelo para una pérdida irrecuperable. De hecho, ni tan solo sabía si podría despedirme. Todo lo que tenía era soledad. Yo mismo solo era soledad. Siempre marzo fue un mes especial para mí. Todavía lo sigue siendo, aunque ahora, en sus inicios, el duro recuerdo del ayer cubre de lágrimas mis ojos.