Todos se llaman Pablo

Mucho agradecer que el invierno no había llegado en mi post anterior y ahí vino la gran nevada de febrero. El fin de semana una intensa e imparable tormenta de nieve cubrió las calles, jardines, parques y edificios de Toronto. Solo fue un día, pero los restos de nieve siguen impertérritos en las aceras, esperando a que vuelva a nevar o, en su lugar, a fundirse y diluirse en el suelo.

Esta semana vengo con una de esas tontas casualidades que te hace gracia en su momento, pero la acabas olvidando porque no tiene la menor importancia. De hecho, no se trata de nada relativamente reciente, sino que son dos sucesos que me ocurrieron hace ya tiempo. El primero se remonta ya varios meses atrás. Cuando me encontraba en la búsqueda de trabajo a la desesperada, y ahogaba mis penas en estas líneas a cambio de consolación. Durante mi primer interés por encontrar un empleo en el sector del vino, realicé varias entrevistas en establecimientos de venta al público de esta bebida alcohólica. Como soy una persona muy supersticiosa, debido a mis orígenes pueblerinos y a pesar de mi cosmopolitismo, o quizás “cosmopaletismo”, tiendo a ver señales del destino en todas las pequeñas cosas que constituyen mi día a día. Pues bien, antes de una de las entrevistas personales en una de esas tiendas especializadas, iba yo de camino al lugar designado cuando me paré en un paso de cebra. Entonces, mi mirada se alzó para comprobar el color del semáforo. Ahí, sin pretenderlo, descubrí un garabato que me llamó poderosamente la atención. Al principio, no estaba seguro de que fuera cierto, pero era bastante legible como para haberme equivocado. Ese grafiti desapercibido para otros me estaba llamando, decía: “Pablo”. En ese momento, pensé que era una señal de buena suerte, que el azar y la casualidad me traían para afrontar positivamente la entrevista. Erraba en mi planteamiento, porque nunca me llamaron de aquel lugar. Quizás, esa señal no era un mensaje halagüeño, sino un augurio de que ese no era mi lugar. Como dirían los creyentes, “los caminos del Señor son inexpugnables”.

Más allá de que un amigo cercano se llame Pablo y que cada vez que damos nuestro nombre en algún lugar, seamos la anécdota del momento. Hace unos días, también me ocurrió algo parecido, pero con un desconocido del que no hubiera pensado nunca. Me encontraba yo en un restaurante de ensaladas, pidiendo un tentempié para llevar. Había quedado con unos excompañeros de trabajo y era el lugar más próximo al que podía acudir. Tras realizar mi pedido, me puse a esperar mi turno, mientras el resto de clientes hacían lo mismo. Cuando mi ensalada estuvo lista, un camarero pronunció mi nombre. Junto a la ensalada, había una sopa. Extrañado, miré con recelo y le comenté que no era mía. La mujer me dio la ensalada y volvió a repetir mi nombre: “Pablo”. Fue entonces cuando un chico, posiblemente de mi edad, se acercó al mostrador y recogió, esta vez sí, su pedido. No hay nada raro en esto. Lo único que me suscitó asombro es que el hombre era asiático. Me sorprendió, porque no me lo habría imaginado. Además de Filipinas, España, a mi entender, no cuenta con excolonias en ese continente, por lo que es algo peculiar. También es cierto que el chico podía tener una historia familiar que fuera totalmente inesperable y que lo relacionaran directamente con un país hispanohablante. Asimismo, existía la posibilidad de que tuviera un nombre asiático, pero como nombre “occidental”, hubiera elegido “Pablo”. Fue esta última historia la que me inventé en mi cabeza y con la que preferí quedarme. No sé, a veces el aburrimiento hace que veamos el sol en un día de lluvia. El caso es que de ser esta posibilidad la acertada, es halagador que alguien haya escogido un nombre como Pablo.

Como veis, la vida está llena de pequeños momentos, que te regalan historias efímeras, pero curiosas. Me encantaría poder plasmar todas aquí y encerrar estas anécdotas en esta caja del recuerdo perpetuo que es Internet. Lamentablemente, el tiempo vuela y yo sólo tengo dedos para transcribir estos pensamientos. Ojalá un día me crezcan alas, para ganarle la batalla al tempus fugit y poder así contar mi historia. Para no cerrar el capítulo de hoy tan filosóficamente, os dejo con mi casualidad más reciente. Ayer me invitaron al musical de “El guardaespaldas”. Hace poco habían echado la película por televisión, pero yo no me paré a verla. En el descanso, ojeando el programa, me percaté que dos de los bailarines eran españoles. Uno había actuado durante un tiempo con Fangoria, el otro se llamaba Pablo.

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