La hora de la cena

Otra semana más en Toronto, o, quizás, otra semana menos. Todo depende del punto de vista en que se mire. Febrero ha llegado con frío. El viento aúlla cada día para recordarnos que debemos ir abrigados. Sin embargo, la nieve, patente en otras épocas, apenas ha hecho aparición estos días. Cierto es que hace unos días una helada sacudió la ciudad, dejando los árboles llenos de carámbanos que les proporcionaban un aspecto fantasmagórico. De hecho, ahora mismo, un radiante sol entra por la ventana, lo que me provoca un irrefrenable deseo por salir fuera y disfrutar de este nuevo día. Aún así, soy consciente de que las temperaturas son más bajas de lo que aparentan y que “el invierno está aquí”.

Tras contextualizar la meteorología actual, hecho que despierta mucha curiosidad entre mis conocidos allende los mares, en el post de esta semana me propongo a relatar una extraña circunstancia que me ha acaecido recientemente. Hace unos días comencé a dar clase a una pareja de señoras mayores. Están interesadas por aprender español, porque suelen pasar grandes temporadas de vacaciones en países latinoamericanos. Debo reconocer que fue una clase poco al uso. En realidad, siempre me sucede lo mismo con las primeras clases privadas o semiprivadas que imparto. Al no conocer a mis interlocutores, necesito tiempo para averiguar cuáles son sus necesidades y motivaciones. Pues bien, mis nuevas alumnas me propusieron algo que nadie hasta el momento me había pedido: leer un libro conjuntamente. La idea me pareció muy interesantes, pero también revoloteaban por mi cabeza un sinfín de enigmas sobre qué lectura podría ser idónea para estas mujeres. Por un lado, debía encontrar un libro entretenido, con un lenguaje sencillo y con unos capítulos cortos que pudiéramos trabajar en clase. Por otro lado, necesitaba dar con un libro que se pudiera adquirir fácilmente, ya fuera en una biblioteca o en alguna tienda especializada.

Tras una semana, esta tarde vuelvo a reunirme con ellas. Entre los libros que he pensado se encuentran: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, o El camino de Miguel Delibes. No sé finalmente por cuál se decantarán, pero me intriga saber cómo se desarrollarán las clases a partir del primer capítulo. Durante estas últimas semanas como docente, me he dado cuenta de que cada alumno y cada grupo es un mundo. Hay actividades que funcionan con unos y que son un auténtico desastre con otros. Eso sí, en todo momento, dejo relucir mi sonrisa y eso les contenta y apacigua. Además, cuando observo que la atención decae, empiezo a utilizar mis recursos oratorios y comienzo a explicar historias de mi familia, amigos, conocidos y otros personajes que voy sacando de la chistera. Lo importante, en todo caso, es que el espectáculo debe continuar.

Pero volviendo a mis dos señoras. El otro día más allá de la primera toma de contacto, me sucedió algo curioso, que me hizo reflexionar. Una de ellas me preguntó si podíamos atrasar las clases media hora. Para mí no era un problema, aunque eso supusiera regresar más tarde a casa. El motivo de esta petición es que la señora no tenía tiempo suficiente para prepararse para la clase a las 18.30, ya que antes de venir, debía cenar. En mi cabeza, la idea me resultó peculiar. De hecho, me imaginaba a mí en la misma situación. Culturalmente, en España cuando cenamos, después no tenemos en mente hacer nada realmente productivo. Solamente, vaguear, descansar e ir a la cama. ¡Acaso se me iba a ocurrir a mí salir de mi casa para ir a estudiar un idioma extranjero después de cenar! Me pregunto si, en España, con el enconado debate sobre el cambio de hora y la conciliación familiar llegaremos a ese punto en que la cena dejará de suponer el fin de nuestras jornadas para convertirse en una simple comida más.

En fin, Canadá y España, mundo anglosajón y mediterráneo, culturas cercanas pero, al mismo tiempo, distintas. Como dice el dicho, “no te acostarás sin saber una cosa más”. Por ejemplo, días más tardes me invitaron a un partido de la NBA entre los Toronto Raptors y Los Ángeles Clippers. Por fortuna, los canadiense vencieron con facilidad al equipo californiano y, para mi suerte, superaron los cien puntos. ¿Qué significa eso? Pizza gratis para todos los asistentes al partido al día siguiente en una famosa cadena de pizzerías de la ciudad. No es que se trate de una dieta muy equilibrada, pero volviendo al refranero español: “A caballo regalado, no le mires el diente”. En fin, me despido por una semana más, pero os deseo un feliz fin de semana y que el azar y la suerte, al igual que “la fuerza”, estén con vosotros.

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