Primeras veces

Sentado en la mesa de un bar con un nombre tan lleno de significado como inspirador, Page One (página uno), me niego a hacer todas las tareas que debo realizar. En su lugar, prefiero invertir mi tiempo para reunirme de nuevo con vosotros, seáis quien seáis, y me leáis desde donde me leáis. Hoy me he levantado en una cama nueva. En una casa nueva. En un lugar aún desconocido, pero elegido para registrar las minucias de mi cotidianidad. Las sábanas aún no están impregnadas de mi olor, la habitación aún no se ha empapado de esa calidez propia que traemos las personas. Todo sigue pareciendo impersonal, pero sólo es el principio de una etapa nueva. No es cuestión de correr demasiado. En todo caso, febrero no ha hecho nada más que empezar y todo ya ha cambiado.

Bueno, todo, todo… Quizás sea demasiado exagerado, pero ya sabéis la hipérbole y yo somos inseparables. Llevamos dos días del nuevo mes y, además de yacer sobre un colchón diferente, y ostensiblemente más grande, ya se han sucedido una serie de acciones primerizas, que se van acumulando a ese insaciable bagaje que el azar y la casualidad se encargan de cargar a mis espaldas. Por ejemplo, en esta última semana, he cobrado por primera vez una cantidad importante con un cheque al portador. Es una tontería, pero me despierta ternura utilizar un medio de pago tan arcaico en un mundo que lucha por ser tan innovador y, a su manera, “revolucionario”. Asimismo, he empezado a trabajar en un centro educativo superior de Toronto, con un sueldo muy razonable. No es que sea en sí algo para hacer alarde, pero el hecho de tener que impartir clases en los suburbios de la ciudad me ayudan a confirmar mi elección por vivir en el centro. Con este nuevo puesto laboral, ya van cuatro. Y recientemente he recibido una llamada para un quinto. ¿Pluriempleo? Déjame que os escriba un libro.

Hace poco también fui por primera vez al acuario de Toronto y a la destilería de la cerveza local, Steam Whistle. En este último lugar, pude experimentar algo muy poco canadiense. No es que quiera hacer publicidad, pero es que me resultó, cuando menos, peculiar. Es un sitio en el que puedes acercarte a la barra del bar y pedir una muestra de cerveza. Los diligentes camareros te sirven una caña con una sonrisa en la cara y sin cobrarte. En una sociedad con tantas restricciones en torno al alcohol, es todo una sorpresa.Esta última semana de enero y primera de febrero, me ha traído una buena noticia en relación con mi desafío de vientre plano u operación bikini. Lamentablemente, he sido irresponsable el resto de días, así que tengo que volver a engañar a la báscula para que vuelva a ser mi amiga. Para ello, estoy intentando persuadir a algunos amigos, e incluso alumnos, para correr 10 kilómetros el 7 de mayo. Después de mi caminata de más de 63 kilómetros hace dos años con mi acompañante de viaje catalana, creo que estoy preparado para alcanzar esta nueva meta. Espero que la desidia no sea más fuerte que yo, aunque estos días le esté venciendo la partida a la fuerza de voluntad. En fin, en cuanto esté más asentado, prometo seguir por el camino de la rectitud y de la dieta con bajo contenido calórico.

Para finalizar el blog de esta semana, sólo comentar un hecho curioso que me sucedió el domingo pasado. Ese día fuimos al cine un grupo de amigos a ver un documental sobre la biografía del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Fue una cinta muy interesante, que describía cómo un niño de un pueblecito de la costa caribeña de Colombia se había convertido en el “mejor” escritor de las letras españolas del siglo XX. Viendo la película, retazos de recuerdos de “Relato de un náufrago”, de “El coronel no tiene quien le escriba” y, sobre todo, de “Cien años de soledad” aparecieron, entonces, en mi pensamiento. Sin embargo, mi intención no es resaltar la maestría de este gran personaje de la literatura, sino lo que sucedió en el cine esa mañana de enero. Pues bien, estábamos en el cine, que para ser un documental estaba abarrotado, cuando a mitad de la película, la cinta se empezó a bloquear hasta que se paró por completo. Considerando que el precio de la entrada era muy superior al que suelo pagar los martes cuando voy al cine, y que nos encontramos en un país que se vanagloria por estar en la vanguardia tecnológica, no deja de ser paradójico. En fin, tras cinco minutos, consiguieron resolver la incidencia.

En definitiva, febrero ya está aquí. Ya llevo más de cuatro meses en este país, que sin ser mi patria, he convertido en mi hogar. El futuro se ve prometedor a corto plazo, aunque la incertidumbre continúa cerniéndose sobre mí como la draga de Damocles. En todo caso, como no me canso de repetirlo a mis allegados, ahora toca vivir el momento. Lo que tenga que venir ya será problema de nuestro yo futuro. No queramos correr demasiado para llegar a un punto que alcanzaremos más tarde o más temprano. Si nos apresuramos, quizás nos perdamos los matices y detalles, que hacen de nuestra existencia maravillosa y única. ¡Feliz semana y feliz camino!

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