Monthly Archives: February 2017

A diez minutos

La cama revuelta. Las sábanas hechas jirones. Yo, revolviéndome en una maraña de tela, sentimientos y dudas. No estoy solo. La cama no está vacía. Ahí está a mi lado. Observándome detenidamente con temor a que me fuera a escapar. Clavo mi mirada en sus ojos de un color castaño profundo. Con una sonrisa me acurruco a su lado. Siento el calor que emana de su cuerpo. Ese calor que no me deja dormir, que me saca de mi sueño, que me despierta.

Hace unos días la máquina de café dejó de funcionar. Ante la falta de mi chute diario, me vi obligado a alternar con otros sustitutivos: té, básicamente. Este hecho me ha provocado cierta irascibilidad, aunque intento no pagarlo con mis interlocutores. Entre la falta de sueño y el déficit de cafeína, deambulo por las calles de Toronto a la merced del frío y del viento. Aprovechando los cuatro rayos de sol que se escurrían por las rendijas de mi persianas de tela, hace unos días me decidí por adentrarme en las calles que se encuentran tan solo a un centenar de pasos de distancia de mi nuevo hogar.

El barrio no era desconocido para mí. De hecho, había visitado una habitación en alquiler un mes antes. Aparte de las condiciones deplorables de la cocina, o lo que fuera aquello en donde ningún ser humano sería valiente de guardar sus alimentos, rehusé habitar en una vivienda con mascotas de origen roedor alado. Sin embargo, eso no quita que no me pique la curiosidad por el barrio en donde se encuentra, debido a su proximidad. Al ser una urbe en constante evolución y crecimiento, Toronto resulta un amasijo de contrastes. Así pues, desde mi casa, a diez minutos a pie hacia al oeste, me encuentro con el punto neurálgico de la ciudad, lleno de tiendas, restaurantes, luces y rascacielos; mientras que si empleo el mismo tiempo en irme hacia el este, la impresión poco tiene que ver con la anterior: casas desatendidas, comercios destartalados y una sensación de dejadez, en general. Eso sí, en cada manzana, empiezan a aparecer grúas o, incluso, ya hay nuevos edificios, que desentonan con el entorno. La ciudad prospera, la burbuja inmobiliaria aumenta, y los nuevos inquilinos van desplazando más hacia al este a aquellos que antes ocupaban este barrio. Yo, mientras tanto, me encuentro en la frontera de dos mundos, que prefieren darse la espalda.

Hace unos meses, salía en la prensa la palabra “gentrificación”, también denominado “elitización residencial”, es decir, el cambio de las condiciones de una zona para aumentar las inversiones. Durante un tiempo el vocablo proliferó en los medios, hasta que como ocurre hoy en día, el término se evaporó y pasó a mejor vida. El centro de Toronto se expande y, para ello, arrasa con todo lo que se le antepone, lo que provoca un ineludible proceso de gentrificación en sus aledaños desprotegidos. Hoy la frontera está en la calle Jarvis, en diez años, puede que sea en la calle Sherbourne y en 50, quizás, llegue hasta el río Don. Sin embargo, este cambio del paisaje urbano de Toronto no parece preocupar a sus ciudadanos, que con tanto progreso, se ven ahogados por el dineral que les supone malvivir en uno de tantos condominios que pueblan la ciudad. Este aumento constante de los alquileres es un problema acuciante que también se da en otras partes del país, como Vancouver. De hecho, según la prensa, las autoridades públicas son conscientes de la situación. No obstante, muchos resultados para frenar esta situación no parece que se hayan conseguido. En fin, me imagino que habrá muchos intereses de por medio y que la solución será más compleja de lo que, a primera vista, parece.

Toronto crece y cambia, y yo, con él. Aún así, en este mundo de contradicciones, siempre resulta curioso cómo actividades tan normales como sacarte una foto de carné se convierten en nuevas anécdotas. La semana pasada me fui a renovar el pasaporte. Su validez expira en mayo, pero me gustaría tenerlo al día por si fuera necesario. Antes de realizar los trámites, tuve que ir a una tienda a sacarme las fotos. La verdad es que me estuve esperando un tiempo para este momento. Tras sufrir una foto de pasaporte por más de diez años, porque a un simpático funcionario no le pareció conveniente cambiarla en la anterior renovación, ya era hora de estar orgulloso de mi imagen en mi documento de viajes. Además, con unos cuantos kilos de menos, se puede decir que salgo más resultón. Pues bien, el sitio más barato que encontré no fue un estudio especializado, sino un comercio que puede ser supermercado, droguería, farmacia y, por el mismo precio, salón de fotografía. En medio de un pasillo, junto a la leche y el yogur, tomaron mi foto. Tras varios minutos, las imprimieron y me las entregaron, no sin antes sellarlas con el nombre del local y la fecha, no fuera a ser que me la rechazaran por no estar actualizada. Si los pobrecitos supieran mi historia con el funcionario dichoso, quizás no se pondrían tan impertinentes con estas minucias.

Ahora, tumbado sobre la cama hecha, finalizo por hoy. Fuera el cielo es azul y los pajaritos cantan. Al invierno aún le queda un mes, pero ya empieza a oler a primavera. No sé si la Candelaria sonrío o lloró este año, pero, sin duda, estamos siendo unos afortunados. Con más calor, emprenderé de nuevo los largos paseos que me descubrirán más rincones de esta ciudad que el azar y la casualidad han querido que sea mi nuevo hogar.

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Todos se llaman Pablo

Mucho agradecer que el invierno no había llegado en mi post anterior y ahí vino la gran nevada de febrero. El fin de semana una intensa e imparable tormenta de nieve cubrió las calles, jardines, parques y edificios de Toronto. Solo fue un día, pero los restos de nieve siguen impertérritos en las aceras, esperando a que vuelva a nevar o, en su lugar, a fundirse y diluirse en el suelo.

Esta semana vengo con una de esas tontas casualidades que te hace gracia en su momento, pero la acabas olvidando porque no tiene la menor importancia. De hecho, no se trata de nada relativamente reciente, sino que son dos sucesos que me ocurrieron hace ya tiempo. El primero se remonta ya varios meses atrás. Cuando me encontraba en la búsqueda de trabajo a la desesperada, y ahogaba mis penas en estas líneas a cambio de consolación. Durante mi primer interés por encontrar un empleo en el sector del vino, realicé varias entrevistas en establecimientos de venta al público de esta bebida alcohólica. Como soy una persona muy supersticiosa, debido a mis orígenes pueblerinos y a pesar de mi cosmopolitismo, o quizás “cosmopaletismo”, tiendo a ver señales del destino en todas las pequeñas cosas que constituyen mi día a día. Pues bien, antes de una de las entrevistas personales en una de esas tiendas especializadas, iba yo de camino al lugar designado cuando me paré en un paso de cebra. Entonces, mi mirada se alzó para comprobar el color del semáforo. Ahí, sin pretenderlo, descubrí un garabato que me llamó poderosamente la atención. Al principio, no estaba seguro de que fuera cierto, pero era bastante legible como para haberme equivocado. Ese grafiti desapercibido para otros me estaba llamando, decía: “Pablo”. En ese momento, pensé que era una señal de buena suerte, que el azar y la casualidad me traían para afrontar positivamente la entrevista. Erraba en mi planteamiento, porque nunca me llamaron de aquel lugar. Quizás, esa señal no era un mensaje halagüeño, sino un augurio de que ese no era mi lugar. Como dirían los creyentes, “los caminos del Señor son inexpugnables”.

Más allá de que un amigo cercano se llame Pablo y que cada vez que damos nuestro nombre en algún lugar, seamos la anécdota del momento. Hace unos días, también me ocurrió algo parecido, pero con un desconocido del que no hubiera pensado nunca. Me encontraba yo en un restaurante de ensaladas, pidiendo un tentempié para llevar. Había quedado con unos excompañeros de trabajo y era el lugar más próximo al que podía acudir. Tras realizar mi pedido, me puse a esperar mi turno, mientras el resto de clientes hacían lo mismo. Cuando mi ensalada estuvo lista, un camarero pronunció mi nombre. Junto a la ensalada, había una sopa. Extrañado, miré con recelo y le comenté que no era mía. La mujer me dio la ensalada y volvió a repetir mi nombre: “Pablo”. Fue entonces cuando un chico, posiblemente de mi edad, se acercó al mostrador y recogió, esta vez sí, su pedido. No hay nada raro en esto. Lo único que me suscitó asombro es que el hombre era asiático. Me sorprendió, porque no me lo habría imaginado. Además de Filipinas, España, a mi entender, no cuenta con excolonias en ese continente, por lo que es algo peculiar. También es cierto que el chico podía tener una historia familiar que fuera totalmente inesperable y que lo relacionaran directamente con un país hispanohablante. Asimismo, existía la posibilidad de que tuviera un nombre asiático, pero como nombre “occidental”, hubiera elegido “Pablo”. Fue esta última historia la que me inventé en mi cabeza y con la que preferí quedarme. No sé, a veces el aburrimiento hace que veamos el sol en un día de lluvia. El caso es que de ser esta posibilidad la acertada, es halagador que alguien haya escogido un nombre como Pablo.

Como veis, la vida está llena de pequeños momentos, que te regalan historias efímeras, pero curiosas. Me encantaría poder plasmar todas aquí y encerrar estas anécdotas en esta caja del recuerdo perpetuo que es Internet. Lamentablemente, el tiempo vuela y yo sólo tengo dedos para transcribir estos pensamientos. Ojalá un día me crezcan alas, para ganarle la batalla al tempus fugit y poder así contar mi historia. Para no cerrar el capítulo de hoy tan filosóficamente, os dejo con mi casualidad más reciente. Ayer me invitaron al musical de “El guardaespaldas”. Hace poco habían echado la película por televisión, pero yo no me paré a verla. En el descanso, ojeando el programa, me percaté que dos de los bailarines eran españoles. Uno había actuado durante un tiempo con Fangoria, el otro se llamaba Pablo.

La hora de la cena

Otra semana más en Toronto, o, quizás, otra semana menos. Todo depende del punto de vista en que se mire. Febrero ha llegado con frío. El viento aúlla cada día para recordarnos que debemos ir abrigados. Sin embargo, la nieve, patente en otras épocas, apenas ha hecho aparición estos días. Cierto es que hace unos días una helada sacudió la ciudad, dejando los árboles llenos de carámbanos que les proporcionaban un aspecto fantasmagórico. De hecho, ahora mismo, un radiante sol entra por la ventana, lo que me provoca un irrefrenable deseo por salir fuera y disfrutar de este nuevo día. Aún así, soy consciente de que las temperaturas son más bajas de lo que aparentan y que “el invierno está aquí”.

Tras contextualizar la meteorología actual, hecho que despierta mucha curiosidad entre mis conocidos allende los mares, en el post de esta semana me propongo a relatar una extraña circunstancia que me ha acaecido recientemente. Hace unos días comencé a dar clase a una pareja de señoras mayores. Están interesadas por aprender español, porque suelen pasar grandes temporadas de vacaciones en países latinoamericanos. Debo reconocer que fue una clase poco al uso. En realidad, siempre me sucede lo mismo con las primeras clases privadas o semiprivadas que imparto. Al no conocer a mis interlocutores, necesito tiempo para averiguar cuáles son sus necesidades y motivaciones. Pues bien, mis nuevas alumnas me propusieron algo que nadie hasta el momento me había pedido: leer un libro conjuntamente. La idea me pareció muy interesantes, pero también revoloteaban por mi cabeza un sinfín de enigmas sobre qué lectura podría ser idónea para estas mujeres. Por un lado, debía encontrar un libro entretenido, con un lenguaje sencillo y con unos capítulos cortos que pudiéramos trabajar en clase. Por otro lado, necesitaba dar con un libro que se pudiera adquirir fácilmente, ya fuera en una biblioteca o en alguna tienda especializada.

Tras una semana, esta tarde vuelvo a reunirme con ellas. Entre los libros que he pensado se encuentran: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, o El camino de Miguel Delibes. No sé finalmente por cuál se decantarán, pero me intriga saber cómo se desarrollarán las clases a partir del primer capítulo. Durante estas últimas semanas como docente, me he dado cuenta de que cada alumno y cada grupo es un mundo. Hay actividades que funcionan con unos y que son un auténtico desastre con otros. Eso sí, en todo momento, dejo relucir mi sonrisa y eso les contenta y apacigua. Además, cuando observo que la atención decae, empiezo a utilizar mis recursos oratorios y comienzo a explicar historias de mi familia, amigos, conocidos y otros personajes que voy sacando de la chistera. Lo importante, en todo caso, es que el espectáculo debe continuar.

Pero volviendo a mis dos señoras. El otro día más allá de la primera toma de contacto, me sucedió algo curioso, que me hizo reflexionar. Una de ellas me preguntó si podíamos atrasar las clases media hora. Para mí no era un problema, aunque eso supusiera regresar más tarde a casa. El motivo de esta petición es que la señora no tenía tiempo suficiente para prepararse para la clase a las 18.30, ya que antes de venir, debía cenar. En mi cabeza, la idea me resultó peculiar. De hecho, me imaginaba a mí en la misma situación. Culturalmente, en España cuando cenamos, después no tenemos en mente hacer nada realmente productivo. Solamente, vaguear, descansar e ir a la cama. ¡Acaso se me iba a ocurrir a mí salir de mi casa para ir a estudiar un idioma extranjero después de cenar! Me pregunto si, en España, con el enconado debate sobre el cambio de hora y la conciliación familiar llegaremos a ese punto en que la cena dejará de suponer el fin de nuestras jornadas para convertirse en una simple comida más.

En fin, Canadá y España, mundo anglosajón y mediterráneo, culturas cercanas pero, al mismo tiempo, distintas. Como dice el dicho, “no te acostarás sin saber una cosa más”. Por ejemplo, días más tardes me invitaron a un partido de la NBA entre los Toronto Raptors y Los Ángeles Clippers. Por fortuna, los canadiense vencieron con facilidad al equipo californiano y, para mi suerte, superaron los cien puntos. ¿Qué significa eso? Pizza gratis para todos los asistentes al partido al día siguiente en una famosa cadena de pizzerías de la ciudad. No es que se trate de una dieta muy equilibrada, pero volviendo al refranero español: “A caballo regalado, no le mires el diente”. En fin, me despido por una semana más, pero os deseo un feliz fin de semana y que el azar y la suerte, al igual que “la fuerza”, estén con vosotros.

Primeras veces

Sentado en la mesa de un bar con un nombre tan lleno de significado como inspirador, Page One (página uno), me niego a hacer todas las tareas que debo realizar. En su lugar, prefiero invertir mi tiempo para reunirme de nuevo con vosotros, seáis quien seáis, y me leáis desde donde me leáis. Hoy me he levantado en una cama nueva. En una casa nueva. En un lugar aún desconocido, pero elegido para registrar las minucias de mi cotidianidad. Las sábanas aún no están impregnadas de mi olor, la habitación aún no se ha empapado de esa calidez propia que traemos las personas. Todo sigue pareciendo impersonal, pero sólo es el principio de una etapa nueva. No es cuestión de correr demasiado. En todo caso, febrero no ha hecho nada más que empezar y todo ya ha cambiado.

Bueno, todo, todo… Quizás sea demasiado exagerado, pero ya sabéis la hipérbole y yo somos inseparables. Llevamos dos días del nuevo mes y, además de yacer sobre un colchón diferente, y ostensiblemente más grande, ya se han sucedido una serie de acciones primerizas, que se van acumulando a ese insaciable bagaje que el azar y la casualidad se encargan de cargar a mis espaldas. Por ejemplo, en esta última semana, he cobrado por primera vez una cantidad importante con un cheque al portador. Es una tontería, pero me despierta ternura utilizar un medio de pago tan arcaico en un mundo que lucha por ser tan innovador y, a su manera, “revolucionario”. Asimismo, he empezado a trabajar en un centro educativo superior de Toronto, con un sueldo muy razonable. No es que sea en sí algo para hacer alarde, pero el hecho de tener que impartir clases en los suburbios de la ciudad me ayudan a confirmar mi elección por vivir en el centro. Con este nuevo puesto laboral, ya van cuatro. Y recientemente he recibido una llamada para un quinto. ¿Pluriempleo? Déjame que os escriba un libro.

Hace poco también fui por primera vez al acuario de Toronto y a la destilería de la cerveza local, Steam Whistle. En este último lugar, pude experimentar algo muy poco canadiense. No es que quiera hacer publicidad, pero es que me resultó, cuando menos, peculiar. Es un sitio en el que puedes acercarte a la barra del bar y pedir una muestra de cerveza. Los diligentes camareros te sirven una caña con una sonrisa en la cara y sin cobrarte. En una sociedad con tantas restricciones en torno al alcohol, es todo una sorpresa.Esta última semana de enero y primera de febrero, me ha traído una buena noticia en relación con mi desafío de vientre plano u operación bikini. Lamentablemente, he sido irresponsable el resto de días, así que tengo que volver a engañar a la báscula para que vuelva a ser mi amiga. Para ello, estoy intentando persuadir a algunos amigos, e incluso alumnos, para correr 10 kilómetros el 7 de mayo. Después de mi caminata de más de 63 kilómetros hace dos años con mi acompañante de viaje catalana, creo que estoy preparado para alcanzar esta nueva meta. Espero que la desidia no sea más fuerte que yo, aunque estos días le esté venciendo la partida a la fuerza de voluntad. En fin, en cuanto esté más asentado, prometo seguir por el camino de la rectitud y de la dieta con bajo contenido calórico.

Para finalizar el blog de esta semana, sólo comentar un hecho curioso que me sucedió el domingo pasado. Ese día fuimos al cine un grupo de amigos a ver un documental sobre la biografía del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Fue una cinta muy interesante, que describía cómo un niño de un pueblecito de la costa caribeña de Colombia se había convertido en el “mejor” escritor de las letras españolas del siglo XX. Viendo la película, retazos de recuerdos de “Relato de un náufrago”, de “El coronel no tiene quien le escriba” y, sobre todo, de “Cien años de soledad” aparecieron, entonces, en mi pensamiento. Sin embargo, mi intención no es resaltar la maestría de este gran personaje de la literatura, sino lo que sucedió en el cine esa mañana de enero. Pues bien, estábamos en el cine, que para ser un documental estaba abarrotado, cuando a mitad de la película, la cinta se empezó a bloquear hasta que se paró por completo. Considerando que el precio de la entrada era muy superior al que suelo pagar los martes cuando voy al cine, y que nos encontramos en un país que se vanagloria por estar en la vanguardia tecnológica, no deja de ser paradójico. En fin, tras cinco minutos, consiguieron resolver la incidencia.

En definitiva, febrero ya está aquí. Ya llevo más de cuatro meses en este país, que sin ser mi patria, he convertido en mi hogar. El futuro se ve prometedor a corto plazo, aunque la incertidumbre continúa cerniéndose sobre mí como la draga de Damocles. En todo caso, como no me canso de repetirlo a mis allegados, ahora toca vivir el momento. Lo que tenga que venir ya será problema de nuestro yo futuro. No queramos correr demasiado para llegar a un punto que alcanzaremos más tarde o más temprano. Si nos apresuramos, quizás nos perdamos los matices y detalles, que hacen de nuestra existencia maravillosa y única. ¡Feliz semana y feliz camino!