La llama de mi hijo es Gustavo

El día a día está lleno de casualidades. A veces ya ni me sorprendo de que las cosas sucedan de la forma en que lo hacen. Si no existieran estas anécdotas, probablemente, ahora no estaría redactando estas líneas. De hecho, uno de los objetivos de este blog es contar estas casuales coincidencias con un toque de humor.

Esta semana me han pasado dos cosas un tanto curiosas. Empezaré con una relacionada con mi post anterior. Entonces comentaba mis impresiones sobre algunos aspectos del proceso selectivo en el que me vi inmerso. Pues bien, lo más sorprendente fue lo que me ocurrió cuando finalice la entrevista personal, que daba por finiquitada mi fase de pruebas para alcanzar el puesto ansiado. El hombre que me acompañó a la salida, un español de origen, con ya varios años en Canadá, me hizo un comentario que, como se dice en estos tiempos modernos, me dejo “ojiplático”; esto es, con los ojos abiertos como platos. Lo que me pareció tan chocante fue el hecho de que habíamos sido compañeros de clase durante un curso hace ya más de cinco años. Supongo que podréis imaginaros la cara de estupefacción que se me quedó ante tal noticia. De hecho, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue si me había reconocido, cosa que me sorprendía y me asustaba por igual. Sin embargo, el temor desapareció rápidamente, cuando comprendí que ese curso estaba anotado en mi currículo y deduje, por sus palabras, que era consciente de tal casualidad por ese motivo. Cuando decimos que el mundo es pequeño, a veces puede llegar a resultar diminuto.

Esta historia me recuerda a otra que me sucedió cuando era un mozalbete de diecinueve años y estaba cursando un curso de verano de neerlandés en Zeist (Países Bajos). En aquella ocasión, tras haber pasado tres semanas en un hotel en medio de un frondoso bosque, uno de los camareros que nos servía cada día se acercó a mí. No me acuerdo de si se dirigió a mí en inglés o en neerlandés, pero sí de su pregunta. El chico quería saber si era de Barcelona o vivía allí. Por aquel entonces, aunque los veranos los pasara en Asturias, mi residencia la tenía en la Ciudad Condal. Al asentir, él me juró y perjuró que me había visto en mayo en Las Ramblas. Aún no sé si esto fue una triquiñuela para ligar conmigo o sólo una coincidencia, pero, bueno, reitero lo dicho: “el mundo es muy pequeño”.

Volviendo al presente. Otra de las casualidades que me han sucedido recientemente no tiene mayor importancia, pero me ha parecido curiosa también. Hace unos días fue la gala de los Globos de Oro en Los Ángeles. En este evento Meryl Streep dio un discurso que no dejó a nadie indiferente, en especial, al próximo calientasillas del despacho oval. Al ver el homenaje que le hacían, pensé que sería una buena ocasión para repasar su filmografía. Me decanté por la película La muerte os sienta tan bien (1992), en la que Meryl Streep interpreta a una actriz que va viendo cómo la juventud se le escapa de las manos y busca todos los medios para remediarlo. El pasarme una tarde viendo este filme no habría tenido el mayor interés, sino fuera porque el martes pasado, en el cine, al comenzar los créditos de la película Aliados (2016) leo: “Directed by Robert Zemeckis”. El mismo director que en la cinta de 1992, y yo sin proponérmelo. A veces, las cosas pasan porque sí y no hay que buscar muchas explicaciones. No es que sea un hecho relevante, pero me llama la atención que nunca hubiera oído el nombre de ese señor y que en menos de siete días hubiera protagonizado dos momentos de mi vida. En fin, coincidencias.

Y antes de acabar con el post de esta semana, me gustaría traer a colación un juego de palabras que me sucedió en una de mis clases. Estaba hace unos días con uno de mis alumnos repasando las maneras de presentarse en español. Básicamente, tres: “Me llamo Pablo”, “soy Pablo” y “mi nombre es Pablo. Pues bien, resulta que a los anglófonos que se aventuran en el aprendizaje del español les cuesta diferenciar estas tres formas. Por eso, cuando estábamos practicando el otro día estas fórmulas, en vez de responderme que “mi hijo se llama Gustavo”, mi buen estudiante cometió un lapsus linguae y mencionó que “la llama de mi hijo es Gustavo”. Supongo que no hacía referencia al bonito animal de Los Andes. En fin, paciencia, buenos alimentos y repetir mis lecciones tantas veces como sean necesarias. Que visto lo visto, van a ser muchas.

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