Incongruencias y falsa modestia

2017 no ha hecho nada más que empezar y, por el momento, el azar y la casualidad se han comportado. Buenas noticias, nuevas aventuras y, en resumidas cuentas, un futuro halagüeño por descubrir. Asimismo, estos doce días que llevamos de enero me han reportado no pocas anécdotas, que estoy deseando compartir con vosotros. ¡Empecemos!

A principios de esta semana, participé en el proceso de selección de un puesto laboral. Para poneros en antecedentes, el trabajo en la tienda de vinos finalizó. Es posible que haya continuidad, pero hasta que se concrete o no, un joven lozano como yo necesita comer. Sigo impartiendo las clases de español y, de hecho, cada vez cuento con más alumnos. No obstante, debo reconocer que soy avaricioso y quiero más. En todo caso, espero que la avaricia no rompa el saco y que no tiente demasiado a la suerte.

Pues bien, ante esta perspectiva, me encontraba yo hace unos días esperando a realizar unas pruebas para conseguir un trabajo de oficina. Se trataba de una prueba escrita (eliminatoria) y una entrevista personal. La ratio de aspirantes al puesto era muy razonable, dado que solamente éramos cuatro personas para un puesto. Más allá de los detalles del proceso, mi relato va sobre los momentos de espera con el resto de candidatos. Como en otras ocasiones, antes de entablar cualquier conversación nos analizamos los unos a los otros. Honestamente, no sé lo que pensarían de mí, ataviado elegantemente con un traje negro, zapatos a juego y repeinado como si me hubiera dado un lametazo una vaca. En fin, como se debe ir a una entrevista de trabajo formal. Antes de hacernos pasar a la sala en donde realizaríamos la primera prueba, los cuatro tuvimos tiempo de departir entre nosotros. Ahí, se formularon las típicas preguntas, pero también alguna que otra intencionada para valorar el grado de competencia de cada uno de nosotros. Hasta ahí, también todo, lógico y normal.

Pasada la prueba escrita y tras ser conocedores de los resultados, la tensión era palpable. Sin embargo, esto no impidió que el trato siguiera siendo “cordial”. Aunque tanta falsa modestia se fue diluyendo según íbamos entrando y saliendo de la entrevista. Hasta tal punto en que mis oídos no creían lo que escuchaban. Un participante del proceso le dijo a otro: “¿Cómo ha ido la entrevista? Espero que bien. Te deseo mucha suerte. Ojalá que te lo quedes. Te lo mereces”. Posiblemente, exagero alguna de las frases anteriores, pero el mensaje era ese. Ante tal situación, mi mente era un hervidero de ideas contrapuestas. Por un lado, pensaba que era bastante cínico ese alarde de simpatía y buenos deseos, cuando ninguno de nosotros éramos amigos ni conocidos y todos competíamos por la misma plaza. Al fin y al cabo, ¿cómo le vas a desear a otro que se quede con el trabajo por el que tú mismo estás optando? Y por otro lado, al ver esa expresión de simpatía, hipócrita o no, me carcomía la cabeza pensando si era de buena persona no corresponder al resto de aspirantes con frases de ánimo y apoyo. En esta ocasión, el buen samaritano dio paso al Tío Gilito.

Esta historia me hizo recordar una anécdota de hace unos varios años. Entonces, era estudiante y estaba cursando un seminario sobre negociaciones internacionales. El ponente era un señor militante de un partido político en las antípodas de mi ideología. Sin embargo, ese día nos dio una lección que se puede traer a colación en esta ocasión. Al comenzar la sesión, nos formuló la siguiente pregunta: “En una negociación, ¿cuál es nuestro principal objetivo?” Ante un público altamente idealista, las respuestas de los asistentes repetían bonitos eslóganes de búsqueda del mejor acuerdo posible para las dos partes, de lograr un acuerdo equitativo, etc. Para el señor, tantos buenos deseos eran un sinsentido. En una negociación, según él, lo que prima no es el mejor acuerdo para las partes, sino que te puedas llevar tú el mejor trozo del pastel. Pues bien, cuando compites por un puesto, obviamente, hay que ser congruente y saber lo que se quiere.

En fin, no quiero con este post defender una posición antipática para con otras personas, pero seamos honestos. Si antepones tu bienestar por el de otras personas, al final, no buscarás la felicidad propia y, quizás, nunca la encuentres. Seamos un poco más egoístas o, al menos, seamos un poquito más coherentes.

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