Monthly Archives: January 2017

La ardilla voladora

Al final, la perseverancia da sus frutos. Tras mucho tiempo de preparación y nervios, he conseguido el puesto de trabajo del que he estado hablando las últimas semanas. Estoy muy satisfecho, porque es un trabajo interesante, haré currículum y mis finanzas mejorarán ostensiblemente. Todo parece ir viento en popa y a toda vela en este 2017. Nuevos empleos, nuevas amistades y, en breve, nuevo domicilio.

Hoy me apetece contaros mi corta, pero esclarecedora, búsqueda de vivienda en Toronto. Como ya sabéis, durante estos meses he estado compartiendo piso con unos amigos, que generosamente me han acogido en su hogar. Tras ya unos cuantos meses, consideré que ya era hora de emanciparme y devolverles su preciada privacidad. Pues bien, hace menos de una semana, me puse manos a la obra. Debo reconocer que buscar apartamentos es una actividad que me hastía profundamente, pero, en esta vida, siempre toca hacer algo que no nos gusta.

El primer piso que visité se encontraba en la intersección entre las calles Queen Street West y Spadina Avenue. Para los no conocedores de la gran urbe canadiense, se trata de un barrio céntrico y, a la vez, moderno. En su entorno más cercano se hallan restaurantes, tiendas, bares, discotecas y otros centros de ocio. Según el anuncio, el piso era una maravilla. Sin embargo, la letra pequeña irrumpió con fuerza durante la visita. El dueño, un hombre afable con pintas de hippy, me enumeró las ventajas del apartamento, pero, al mismo tiempo, me dejó meridianamente claro que a partir de las 21.30 no quería a nadie en casa. Es una lástima, pero ese aspecto rechinó en mis oídos.

El segundo piso se trataba de una habitación con baño propio y cocina compartida. Se encontraba en un barrio más humilde que el anterior, pero en una zona cercana al lugar en donde resido actualmente y que, por ende, conozco bastante bien. La habitación se encontraba en la primera planta. El dueño me hizo pasar a mí primero mientras que él subía las escaleras. Tras un largo pasillo, se encontraba mi potencial habitación, justo después de la cocina. Cuando el hombre encendió la luz, encima de los fogones había algo que se movía. Se trataba de un roedor. Para mi fortuna, no era una rata, sino una ardilla. El asustadizo animal al vernos empezó una trepidante carrera de pared en pared, saltando de un lado para otro como si le corriera la vida en ello. Nos llevó un buen rato sacar a nuestra amiga peluda de la casa, pero, finalmente, lo logramos. La habitación en sí no estaba mal. No obstante, el control de plagas y el deprimente estado de la cocina me echaban para atrás.

Al llegar a casa la tarde que vi a la ardilla, encontré un piso en la misma zona, pero con mejores fotografías. Así pues, al día siguiente, por la mañana, me dirigí a la tercer casa; esperando que a la tercera fuera la vencida. Desafortunadamente, no fue el caso. En esta ocasión, la cocina era algo mejor, pero la abundante suciedad y desorden por doquier me indicaban que ese no sería mi futuro hogar. El precio era muy asequible y el dueño era un hombre encantador, que me empezó a contar historias de cuando era joven y a poner música latina. Si hubiera invertido un poco más en el lugar y la gente fuera más limpia, quizás me lo pensaba y todo.

Tras tres intentos fallidos, decidí aumentar mi presupuesto. Fue entonces cuando la perspectiva mejoró. Di con un anuncio que me pintaba un piso espectacular en el centro de Toronto. El azar y la casualidad me habían traído, al fin, una casa que mereciera la pena. Raudo y veloz, llamé para concertar una cita. Nada más entrar al apartamento, pensé: “Pablo, ¡bienvenido a tu nueva casa!”. Y dicho y hecho. Hoy mismo he pagado el primer mes y la fianza. En breve, me mudaré y comenzará una nueva etapa en esta fantástica ciudad, que siento ya como si fuera mi hogar.

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La llama de mi hijo es Gustavo

El día a día está lleno de casualidades. A veces ya ni me sorprendo de que las cosas sucedan de la forma en que lo hacen. Si no existieran estas anécdotas, probablemente, ahora no estaría redactando estas líneas. De hecho, uno de los objetivos de este blog es contar estas casuales coincidencias con un toque de humor.

Esta semana me han pasado dos cosas un tanto curiosas. Empezaré con una relacionada con mi post anterior. Entonces comentaba mis impresiones sobre algunos aspectos del proceso selectivo en el que me vi inmerso. Pues bien, lo más sorprendente fue lo que me ocurrió cuando finalice la entrevista personal, que daba por finiquitada mi fase de pruebas para alcanzar el puesto ansiado. El hombre que me acompañó a la salida, un español de origen, con ya varios años en Canadá, me hizo un comentario que, como se dice en estos tiempos modernos, me dejo “ojiplático”; esto es, con los ojos abiertos como platos. Lo que me pareció tan chocante fue el hecho de que habíamos sido compañeros de clase durante un curso hace ya más de cinco años. Supongo que podréis imaginaros la cara de estupefacción que se me quedó ante tal noticia. De hecho, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue si me había reconocido, cosa que me sorprendía y me asustaba por igual. Sin embargo, el temor desapareció rápidamente, cuando comprendí que ese curso estaba anotado en mi currículo y deduje, por sus palabras, que era consciente de tal casualidad por ese motivo. Cuando decimos que el mundo es pequeño, a veces puede llegar a resultar diminuto.

Esta historia me recuerda a otra que me sucedió cuando era un mozalbete de diecinueve años y estaba cursando un curso de verano de neerlandés en Zeist (Países Bajos). En aquella ocasión, tras haber pasado tres semanas en un hotel en medio de un frondoso bosque, uno de los camareros que nos servía cada día se acercó a mí. No me acuerdo de si se dirigió a mí en inglés o en neerlandés, pero sí de su pregunta. El chico quería saber si era de Barcelona o vivía allí. Por aquel entonces, aunque los veranos los pasara en Asturias, mi residencia la tenía en la Ciudad Condal. Al asentir, él me juró y perjuró que me había visto en mayo en Las Ramblas. Aún no sé si esto fue una triquiñuela para ligar conmigo o sólo una coincidencia, pero, bueno, reitero lo dicho: “el mundo es muy pequeño”.

Volviendo al presente. Otra de las casualidades que me han sucedido recientemente no tiene mayor importancia, pero me ha parecido curiosa también. Hace unos días fue la gala de los Globos de Oro en Los Ángeles. En este evento Meryl Streep dio un discurso que no dejó a nadie indiferente, en especial, al próximo calientasillas del despacho oval. Al ver el homenaje que le hacían, pensé que sería una buena ocasión para repasar su filmografía. Me decanté por la película La muerte os sienta tan bien (1992), en la que Meryl Streep interpreta a una actriz que va viendo cómo la juventud se le escapa de las manos y busca todos los medios para remediarlo. El pasarme una tarde viendo este filme no habría tenido el mayor interés, sino fuera porque el martes pasado, en el cine, al comenzar los créditos de la película Aliados (2016) leo: “Directed by Robert Zemeckis”. El mismo director que en la cinta de 1992, y yo sin proponérmelo. A veces, las cosas pasan porque sí y no hay que buscar muchas explicaciones. No es que sea un hecho relevante, pero me llama la atención que nunca hubiera oído el nombre de ese señor y que en menos de siete días hubiera protagonizado dos momentos de mi vida. En fin, coincidencias.

Y antes de acabar con el post de esta semana, me gustaría traer a colación un juego de palabras que me sucedió en una de mis clases. Estaba hace unos días con uno de mis alumnos repasando las maneras de presentarse en español. Básicamente, tres: “Me llamo Pablo”, “soy Pablo” y “mi nombre es Pablo. Pues bien, resulta que a los anglófonos que se aventuran en el aprendizaje del español les cuesta diferenciar estas tres formas. Por eso, cuando estábamos practicando el otro día estas fórmulas, en vez de responderme que “mi hijo se llama Gustavo”, mi buen estudiante cometió un lapsus linguae y mencionó que “la llama de mi hijo es Gustavo”. Supongo que no hacía referencia al bonito animal de Los Andes. En fin, paciencia, buenos alimentos y repetir mis lecciones tantas veces como sean necesarias. Que visto lo visto, van a ser muchas.

Incongruencias y falsa modestia

2017 no ha hecho nada más que empezar y, por el momento, el azar y la casualidad se han comportado. Buenas noticias, nuevas aventuras y, en resumidas cuentas, un futuro halagüeño por descubrir. Asimismo, estos doce días que llevamos de enero me han reportado no pocas anécdotas, que estoy deseando compartir con vosotros. ¡Empecemos!

A principios de esta semana, participé en el proceso de selección de un puesto laboral. Para poneros en antecedentes, el trabajo en la tienda de vinos finalizó. Es posible que haya continuidad, pero hasta que se concrete o no, un joven lozano como yo necesita comer. Sigo impartiendo las clases de español y, de hecho, cada vez cuento con más alumnos. No obstante, debo reconocer que soy avaricioso y quiero más. En todo caso, espero que la avaricia no rompa el saco y que no tiente demasiado a la suerte.

Pues bien, ante esta perspectiva, me encontraba yo hace unos días esperando a realizar unas pruebas para conseguir un trabajo de oficina. Se trataba de una prueba escrita (eliminatoria) y una entrevista personal. La ratio de aspirantes al puesto era muy razonable, dado que solamente éramos cuatro personas para un puesto. Más allá de los detalles del proceso, mi relato va sobre los momentos de espera con el resto de candidatos. Como en otras ocasiones, antes de entablar cualquier conversación nos analizamos los unos a los otros. Honestamente, no sé lo que pensarían de mí, ataviado elegantemente con un traje negro, zapatos a juego y repeinado como si me hubiera dado un lametazo una vaca. En fin, como se debe ir a una entrevista de trabajo formal. Antes de hacernos pasar a la sala en donde realizaríamos la primera prueba, los cuatro tuvimos tiempo de departir entre nosotros. Ahí, se formularon las típicas preguntas, pero también alguna que otra intencionada para valorar el grado de competencia de cada uno de nosotros. Hasta ahí, también todo, lógico y normal.

Pasada la prueba escrita y tras ser conocedores de los resultados, la tensión era palpable. Sin embargo, esto no impidió que el trato siguiera siendo “cordial”. Aunque tanta falsa modestia se fue diluyendo según íbamos entrando y saliendo de la entrevista. Hasta tal punto en que mis oídos no creían lo que escuchaban. Un participante del proceso le dijo a otro: “¿Cómo ha ido la entrevista? Espero que bien. Te deseo mucha suerte. Ojalá que te lo quedes. Te lo mereces”. Posiblemente, exagero alguna de las frases anteriores, pero el mensaje era ese. Ante tal situación, mi mente era un hervidero de ideas contrapuestas. Por un lado, pensaba que era bastante cínico ese alarde de simpatía y buenos deseos, cuando ninguno de nosotros éramos amigos ni conocidos y todos competíamos por la misma plaza. Al fin y al cabo, ¿cómo le vas a desear a otro que se quede con el trabajo por el que tú mismo estás optando? Y por otro lado, al ver esa expresión de simpatía, hipócrita o no, me carcomía la cabeza pensando si era de buena persona no corresponder al resto de aspirantes con frases de ánimo y apoyo. En esta ocasión, el buen samaritano dio paso al Tío Gilito.

Esta historia me hizo recordar una anécdota de hace unos varios años. Entonces, era estudiante y estaba cursando un seminario sobre negociaciones internacionales. El ponente era un señor militante de un partido político en las antípodas de mi ideología. Sin embargo, ese día nos dio una lección que se puede traer a colación en esta ocasión. Al comenzar la sesión, nos formuló la siguiente pregunta: “En una negociación, ¿cuál es nuestro principal objetivo?” Ante un público altamente idealista, las respuestas de los asistentes repetían bonitos eslóganes de búsqueda del mejor acuerdo posible para las dos partes, de lograr un acuerdo equitativo, etc. Para el señor, tantos buenos deseos eran un sinsentido. En una negociación, según él, lo que prima no es el mejor acuerdo para las partes, sino que te puedas llevar tú el mejor trozo del pastel. Pues bien, cuando compites por un puesto, obviamente, hay que ser congruente y saber lo que se quiere.

En fin, no quiero con este post defender una posición antipática para con otras personas, pero seamos honestos. Si antepones tu bienestar por el de otras personas, al final, no buscarás la felicidad propia y, quizás, nunca la encuentres. Seamos un poco más egoístas o, al menos, seamos un poquito más coherentes.

Propósitos de año nuevo

Hace unos días que todos nosotros estamos embarcados en este nuevo año 2017. Como siempre, muchos de nosotros aprovechamos esta fecha para hacer borrón y cuenta nueva de aquellos hábitos con los que no estamos contentos. Hablando con familiares y amigos, parece que la tónica general, y reiterada año a año, es la consabida pérdida de peso. Supongo que para lucir tipito durante las aún lejanas jornadas estivales.

Pues bien, para no llevar la contraria a nadie. Yo también me he subido a ese carro de encontrar un nuevo yo, mejor y más fuerte. La única diferencia es que llevo con ese propósito ya desde principios de noviembre. Aparte de conseguir un físico escultural (creo que para ello más que propósitos y fuerza de voluntad, necesitaría un milagro divino), tengo varios eventos este año en los que debo lucir palmito y estar lo más presentable posible. Por ello, sigo esa rutina infernal de entrenamiento durante seis días a la semana, acompañada de deliciosas ensaladas y verduras hervidas. Suena bien, ¿eh? No, no me he golpeado la cabeza contra nada, aunque a veces me pregunto si estoy perdiendo el norte.

Recientemente, me ha sorprendido cómo, a pesar de que llevo semanas con un estilo de vida más saludable, mis cuentas de distintas redes sociales se han llenado de publicidad sobre entrenamientos para perder peso tan solo hace unos días. “¡Consigue tu cuerpo 10!” “¡El año pasado logré mi 6-pack, este año tú puedes lograrlo!” “¡Esta es la aplicación que los entrenadores personales detestan, entrena de forma inteligente y pierde peso cada día!” Y un largo etcétera. Era consciente de que dependiendo de tus preguntas en motores de búsqueda o en redes sociales, asociaban tu perfil a unos contenidos similares. Sin embargo, después de haber visto la película “Snowden” de Oliver Stone y saber que nos espían sin descaro, la verdad es que me entra miedito por este control exhaustivo de nuestras rutinas diarias. Tanto es así, que tengo pavor con que la cinta para correr envíe información sobre cuántas calorías he quemado al día a algún servidor en las Islas Caimán. Si no lo hace aún, tiempo al tiempo. De hecho, estoy volviendo a ver la serie británica “Black Mirror” y esos dispositivos tecnológicos que antes parecían cercanos pero distantes al mismo tiempo, resulta que ya están a punto de comercializarse. Pues eso, pavor.

Y por si fuera poco, 2017 acaba de empezar y todo lo que aparece en la prensa es una oda al caos y la incertidumbre. Muchas incógnitas para este nuevo año a gran escala, pero también en el pequeño mundo que todos nosotros nos construimos. En todo caso, con mi filosofía zen de vida sobre preocuparse del presente y dejar el porvenir para nuestros yoes futuros, casi como que me da un poco igual. Al fin y al cabo, ¿no es el azar y la casualidad los que mueven nuestras existencias? No me creo que todo sea tan negro como lo pintan, pero de ahí a pensar que “soy un hombre mágico que vive en el país feliz, en una casa de gominola en la calle de la piruleta” (Homer Simpson), pues hay un largo trecho.

En fin, que nos quedan muchos amaneceres y ocasos durante este 2017, y que siendo buenos o malos, mejores o peores, habrá que vivirlos. Para no ser tan alarmista, me despido con la anécdota del día. Me encontraba esta tarde en una tienda del centro de Toronto, cuando un objeto desconocido me llamó la atención. Parecía sombre de ojos, pero en realidad era una especie de flubber (masa viscosa cuyo nombre titula la película protagonizada por Robin Williams en 1997). En realidad, no me ha quedado bien claro qué era. Sin embargo, para ser sinceros, no fue el objeto en sí lo que me había hecho detenerme frente él. Tampoco el empaquetado multicolor. Fue algo mucho más tonto, su eslogan promocional: Prismatic Super Putty. Le saqué una foto con mi teléfono inteligente para poder plasmar la historia de manera veraz. Pero, ahora que lo pienso, si le he sacado una foto con el móvil, y éste está conectado con mis redes sociales, ¿eso significa que mis perfiles se van a llenar de anuncios de Super Putty?