Más frío que el invierno

Acabo de llegar a casa de hacer unos recados. En el transcurso de vuelta a casa, se ha desatado una tormenta de nieve que nos ha dificultado el paso a los viandantes. Por suerte, no he pasado demasiado frío, ya que me había provisto de más capas que una cebolla. Eso sí, mi pobre cara sí que se ha tenido que enfrentar con las gélidas ráfagas de viento y copos de nieves que se le cruzaban. Con las temperaturas que estamos viviendo, ya tengo un cutis terso y, por desgracia, unos labios resecos, que ni siquiera el cacao que me he comprado pueden remediar. En fin, esto es Canadá.

Hoy, por suerte, no he tenido que trabajar. Ni en la tienda ni en la escuela. Por lo tanto, ha sido un día un tanto relajado. Nada comparado con este fin de semana pasado en la tienda. En donde ha habido una afluencia masiva para aprovisionarse de los néctares etílicos preferidos de los canadienses. Como es costumbre ya, algunos clientes merecen que hable de ellos en este rincón de Internet. En el post anterior, mencionaba la campaña de donaciones para fundaciones benéficas que estamos desarrollando en la tienda. Pues bien, una señora se me acerca el otro día con un par de botellas de champán. La mujer iba engalanada con un abrigo de pieles y llevaba un gorro con lentejuelas, que me recordaba a aquellos típicos de los años veinte. Además, portaba varias joyas que brillaban por doquier. Hago contacto visual y le pregunto si desea donar para un hospital para niños. En lugar del socorrido “not today” (“hoy no”), me contesta que se había enterado de lo que cobraban los médicos en ese hospital y que le aparecía abominable tener que contribuir con dos, cinco o diez dólares. Mi respuesta, como siempre, fue una sonrisa.

Sin embargo, este no fue el caso que más me llamó la atención. Ese mismo día un hombre se acercó más tarde. Su vestimenta denotaba un alto estatus social. Básicamente, como la mayoría de clientes del barrio, dado que es un lugar en donde el dinero podría crecer de los árboles. Llevaba uno de esos típicos fulares estampados alrededor del cuello junto con ropa de marca. Al formularle la pregunta en cuestión, el hombre se negó taxativamente mientras farfullaba que él no se había hecho millonario gracias a donaciones y que si los del hospital querían dinero que trabajen más duro. Sí, señoras y señores, ese es el típico espíritu navideño. En fin, no todos son tan vehementes a la hora de rechazar este pago.

Más allá de mis clientes adinerados, esta semana he tenido una nueva clase privada como profesor de español. Mi alumno fue un señor de unos 70 años, a quien le apetecía aprender una lengua nueva. Cuando le comenté que era de España, me comentó que tenía pensado viajar allí pronto. La clase comenzó con una serie de dudas sobre un texto que había leído. Entre ellas, el hombre no se aclaraba en relación con las fechas. Para ilustrarle, utilicé el mismo día: “el martes 13 de diciembre de 2016”. Con esto, como presupondréis, vino la consabida superstición de los martes y 13 en España, junto con la dichosa coletilla. Al señor parece que le hizo gracia y continuamos con la lección. Aunque su nivel era de principiante, se notaba que hablaba otras lenguas extranjeras, ya que hacía preguntas muy concretas que para otro estudiante pasarían desapercibidas. Un tema que le suscitaba especial interés era la pronunciación de diferentes palabras como “caro” y “carro”. Lo tengo que confesar. No lo pude evitar y le expliqué que carro no era la única palabra para referirse al automóvil y que, concretamente, para mí era bastante inusual. De hecho, cada vez que leo “carro” en el libro de texto, se me viene a la cabeza Manolo Escobar y su carro robado. Y lo que me intriga es la imagen que tendrían los latinoamericanos que no usen el vocablo “coche” cuando escuchan esta canción. Como bien dice otra pieza musical, más moderna y con vídeo de Youtube incluido, “¡qué difícil es hablar el español!”

Pues bien, compañeros del metal, como cariñosamente se dirige a mí un buen amigo, y aún no tengo claro por qué, esto es todo por hoy. El próximo jueves espero estar brindando porque algún joven del colegio San Ildefonso cante el número de mi décimo de lotería. Hasta entonces, a seguir por esta senda marcada por el azar y la casualidad en Canadá.

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