El caminante rutinario

Y siguen pasando los días, uno tras otro. Le vida ya se va acomodando al nuevo ritmo marcado. Es extraño que no se produjera un pequeña transición entre el dolce far niente y la vida del trabajador por cuenta ajena. Pero no, nada de eso ha pasado. O quizás sí, pero aún no le he dado aún el tiempo necesario para que fermente esta sensación de cambio.

Me he incorporado a esta nueva rutina como si nunca hubiera estado haciendo otra cosa. En mi nueva realidad inventada, ya no soy solamente yo, sino que también soy quien yo quiera ser. Me explico. Trato con decenas de personas nuevas cada día y nadie sabe nada de mí más allá de mi apariencia física y mi nombre. Los más suspicaces me interrogan por el acento que perciben en mi voz. A estas personas atrevidas les indico mi procedencia y les animo a visitar mi país. Y hasta ahí. Todo lo demás me pertenece sólo a mí. De hecho, nadie me quita el inventarme una personalidad nueva con cada cliente. A maravillarlos con una historia no ocurrida que pueda tejer con mis espontáneos pensamientos. O, tal vez, a provocarles conmiseración para conmigo con un relato lleno de infortunios y penalidades. En definitiva, puedo hacer lo que quiera. Eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja, un alto y cordial hello al comenzar la conversación y un thank you and have a good day al acabarla.

Al mismo tiempo, este anonimato adquirido sirve para analizar sociológicamente a tu entorno. Comprobar cómo los prejuicios y las ideas preestablecidas pueden conformar la opinión de la gente sobre ti. Hace unos meses ya, una amiga recibió un comentario ofensivo de una clienta cuando la atendía en el comercio en el que trabajaba. La mujer se atrevió a decirle a su hija que si no quería acabar de dependienta, como mi amiga, tenía que estudiar. Lo que nadie le dijo que a esa señora es que lo mejor era que mantuviera la boca cerrada y no presupusiera lo que desconoce. De hecho, mi amiga, como muchos otros de mi generación, no sólo es licenciada, sino que también cuenta con un máster y otras aptitudes que la sobrecualifican para el puesto que ejercía en ese momento. Pues bien, esa situación tampoco me ha sido ajena, aunque, en mi caso, viene aderezada con un regusto de racismo. Hace unos días, otra mujer se acercó a la tienda y me preguntó por la medida de una botella de vodka. En la etiqueta aparecía que contenía 1,14 litros del preciado licor, pero la mujer quería saber cuánto era en onzas. A mí el absurdo sistema de medidas anglosajón nadie me lo ha explicado y tampoco tengo interés en conocerlo. Cierto es que de libras a kilos ya tengo una idea aproximada, pero el resto me parece absolutamente arcaico para los tiempos que estamos viviendo. Al no poder contestarle correctamente, su respuesta fue un exabrupto en forma de pregunta: “Don’t you speak English?” Ante su falta de respeto, lo que recibió fue una respuesta cortante y grandes dosis de educación. En definitiva, todo lo que ella no había sabido mostrar.

No obstante, más allá de estas anécdotas que te amargan el día. El resto de clientes se ha mostrado bastante afable. Eso sí, cuando les pregunto si quiere hacer una donación para un hospital. Las excusas con las que me contestan son de lo más variopintas. A imaginación nadie les gana, aunque casi siempre suelen musitar “not today” (“hoy no”). Pero tampoco mañana, ni pasado, ni al otro… Nadie les obliga, pero serían más honrosos al negarse y dar las gracias. En fin, a pesar de todo, mi jefe está muy contento con las donaciones que he ido consiguiendo a lo largo de mi corta etapa en la empresa. Tanto es así que el lunes pasado una persona del hospital para el que realizamos esta campaña se acercó a la tienda. Quería agradecer el esfuerzo que estábamos realizando para conseguir nuevos fondos. Su visita vino acompañada de foto, en la que se me invitó a unirme. Pues bien, ahí me veis a mí, con el jefe y tres compañeros más, sosteniendo un diploma por ser una entidad colaboradora. Mi sonrisa y mi pose con el cuadro enmarcado al estilo de ganador de concurso de televisión con un cheque millonario quedarán para la posteridad. No sé en dónde, pero en algún sitio será.

En definitiva, la rutina se ha apropiado de mi día a día. El azar y la casualidad me han dado un horario, un modus operandi y un propósito. Sigo expectante del camino que me queda por recorrer, pero sin preocupaciones. El porvenir sigue siendo un problema de mi yo futuro y a él ya le tocará decidir.

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