Monthly Archives: December 2016

Retazos del pasado para un año nuevo

Esta mañana estaba agazapado en la cama. Remoloneando, como ya suele ser costumbre. De repente, mi teléfono empezó a sonar. Era de la tienda de bebidas alcohólicas. Querían saber si podía hacer un turno ese mismo día a partir de las nueve. Sin dudarlo, asentí. No estamos para desperdiciar oportunidades de nuevas entradas de ingresos. Sin embargo, no miré bien el reloj, porque si lo hubiera hecho, me habría percatado de que tenía menos de una hora para dar de comer al perro, desayunar, pasear al rey de la casa, ducharme, prepararme y llegar al trabajo. Milagrosamente, en un tiempo récord, conseguí realizar tal hazaña.

Este mes finaliza el trabajo en la tienda y, aunque aún me quedan algunas horas laborables por delante, ya tengo criterios para hacer balance. Por ahora, me lo voy a guardar. No obstante, algo que me ha rondado la cabeza durante todo este tiempo son las casualidades o, quizás, en este caso, las similitudes. De hecho, el hilo conductor de este blog es la influencia del azar y la suerte en una vida que voy construyendo. Pues bien, cuando hablo de paralelismos, me refiero a mi historia familiar. Soy consciente de que muchos de mis lectores, no tienen ni idea de dónde vengo y tampoco atisban hacia dónde voy. Esto último, incluso, hasta a mí me cuesta saberlo. Para no alargarme y complicar el enredo, simplifico las ramas profesionales de mi familia en dos grandes grupos: el comercio y la enseñanza. ¡No es coincidencia que aquí en Toronto haya encontrado trabajos en ambos ámbitos!

A partir de enero, cuando las clases de español sean el pilar de mi sustento económico, supongo que me reportarán, además, anécdotas que plasmaré en este medio. Por ello, hoy prefiero centrarme en la parte comercial. Mi familia paterna disponía de la típica tienda de ultramarinos de pueblo. Da la casualidad que ambos abuelos de mi padre tenían sendas tiendas. Como se ve, el comercio es algo bastante inherente a mi persona, ya antes de nacer. Cuando era un crío, los fines de semana y los veranos los pasaba en casa de mi abuela. Al mudarnos al mismo pueblo años más tarde, mis visitas ya eran diarias. En casa de mi abuela, se encontraba la tienda, en la que se vendía de todo: comida, zapatos, ropa, menaje, productos de ferretería y un largo etcétera.  Para mí aquel lugar era un universo de aventuras por descubrir, en donde siempre había algo nuevo o desconocido. La tienda tenía sus recovecos y los gatos que allí habitaban los conocían tan bien como yo.

En su sitio, siempre se encontraba mi abuela, quien con una sonrisa atendía a todos los clientes y, en su mayoría, clientas, que por allí transitaban. Siempre disponía de algo que era de utilidad para los que se acercaban. También me acuerdo de cómo los domingos, después de misa, los niños iban corriendo a la tienda para comprar chucherías. Yo era uno de ellos, aunque ella siempre me las regalaba. Hasta la hora de comer nos íbamos a jugar al parque de enfrente y luego regresaba a casa de mi abuela, en donde cada domingo toda la familia nos reuníamos. ¡Qué ricos aquellos tortos de maíz con el pote de berzas! ¡O aquel pitu caleya con puré de patata! ¡O aquellas patatas rellenas con sus palillos coleccionables! ¡Qué delicias preparaba esa mujer! Pero bien, volviendo a la actualidad, me sorprendo estos días al atender a mis clientes, porque me sale con naturalidad esa misma sonrisa perenne que ya mi abuela mostraba a todo el mundo. Y aún me asombro más cuando al contar el dinero, me acuerdo de cómo mi abuela me enseñaba a sumar al hacer los cálculos en grandes hojas de papel en que envolvía los productos mercados.

El tiempo pasa, la vida sigue, pero los recuerdos, aunque lejanos y recluidos en un rincón escondido del subconsciente, siguen ahí. Nunca volverán esos días, nunca volverá la niñez, nunca volveremos a estar juntos. Este 2016 ha sido un año que me ha dado mucho, en el que he aprendido a través de múltiples experiencias, pero también me ha quitado esa figura de mi infancia. No puedo cerrar este capítulo sin homenajear a esta gran mujer, que sacó a su familia adelante y que, con tesón y fuerza de voluntad, me enseñó a ser una mejor persona. Pasarán los años, pasará la vida, pasarán las personas, pero te seguiré guardando en el recuerdo y en el corazón. Muchos, muchos.

Acento circunflejo

No una, ni dos, ni tres veces. ¡Ya no sé en cuántas ocasiones me han confundido con un francés! Es curioso cómo la gente te asocia una nacionalidad sin ton ni son. Me imagino que para un canadiense medio no hay mucha diferencia entre un francés y un español. Al fin y al cabo, somos europeos, pero lo confuso es que te consideren oriundo del país de los galos cuando saben que te llamas Pablo.

Hace unos días tuve una cita. No es que sea yo muy proclive a contar por las redes mi vida amorosa, pero es importante describir bien el marco de la acción. Se trataba de una primera cita. Intento no ir con grandes expectativas, pero con una actitud positiva. El encuentro se llevó a cabo en un bar-restaurante en el centro de Toronto. El local es una casa con varias plantas. Para poder tener más intimidad escogimos el último piso y nos empezamos a conocer. La estancia era pequeña, pero acogedora. Estaba adornada de lucecitas y tenía un encanto especial. Tras una larga conversación, y acabadas nuestras consumiciones, pedimos la cuenta. En ese momento, el camarero me miró y me preguntó directamente si éramos franceses. Le contesté que no y, entonces, quise saber si él era oriundo de Francia. Me dijo que no, que le había parecido notar un acento francés. Hay quedó la cosa.

Si hubiera sido la primera vez que me pasa, no le habría dado especial importancia. Sin embargo, al repetirse ya reiteradamente, me ha llevado a plasmarlo en este blog. Ya me había pasado en otro bar con unos amigos, cuando un señor cuyos músculos no cabían dentro de la camiseta y cuyo porte imponía se acercó a mí y, siendo poco común para los estándares canadienses, posó su mano en mi hombro y me formuló la misma cuestión. Asimismo, en la tienda de bebidas alcohólicas hace unas semanas vino un chico con dos botellas de vino de Denominación de Origen de Navarra. Resulta que la representante de este vino en Norteamérica es conocida y amiga mía, por lo que le dije al joven que había hecho muy buena elección. Interesado por mi  comentario, le expliqué que era español y que conocía bien el vino. Él, sorprendido, me aseguró que pensaba que era francés (¡Mira, que llevo una miniplaca en la camisa con mi nombre! Pero, bueno, sí, francés). Él era hispanohablante, pero nunca me dijo de qué país. De lo que sí que me informó fue de la coincidencia de que sus antepasados también eran asturianos. ¿Casualidades? Por algo, escribo este blog.

En fin, resulta que soy un joven afrancesado. Espero que tengan buena imagen de los galos, porque si no, no sé cómo tomármelo. En todo caso, es mejor que cuando conozco a alguien, les digo mi nombre y se quedan perplejos, porque piensan: “¡Hostia, como Pablo Escobar!” De hecho, hace unos días, me presentaron a un chico. Al verme con mi camisa de rayas rojas y blancas, que utilizo tanto como disfraz de Wally o de pirata, en festividades carnavalescas, y saber que me llamaba Pablo, me asoció rápidamente con el famoso narcotraficante colombiana. Incluso, me afirmó que llevaba la misma camiseta que él llevaba. Mira que me he visto las dos temporadas de la serie de Narcos, pero no me suena que llevara justamente esa indumentaria. En definitiva, si me dan a elegir entre Escobar o un francés, creo que me quedo con los gabachos.

Esto es todo por hoy. Sigo siendo pobre un día más, porque no me ha tocado la lotería, pero sólo económicamente. En el fondo las experiencias son las que enriquecen nuestras vidas. He pasado de tener una belleza de cánones griegos, según algunas amistades, a parecer algo afrancesado. ¿Qué nos deparará el azar y la casualidad en 2017? Eso está por ver y aquí estaré para contároslo.

Acento circunflejo

No una, ni dos, ni tres veces. ¡Ya no sé en cuántas ocasiones me han confundido con un francés! Es curioso cómo la gente te asocia una nacionalidad sin ton ni son. Me imagino que para un canadiense medio no hay mucha diferencia entre un francés y un español. Al fin y al cabo, somos europeos, pero lo confuso es que te consideren oriundo del país de los galos cuando saben que te llamas Pablo.

Hace unos días tuve una cita. No es que sea yo muy proclive a contar por las redes mi vida amorosa, pero es importante describir bien el marco de la acción. Se trataba de una primera cita. Intento no ir con grandes expectativas, pero con una actitud positiva. El encuentro se llevó a cabo en un bar-restaurante en el centro de Toronto. El local es una casa con varias plantas. Para poder tener más intimidad escogimos el último piso y nos empezamos a conocer. La estancia era pequeña, pero acogedora. Estaba adornada de lucecitas y tenía un encanto especial. Tras una larga conversación, y acabadas nuestras consumiciones, pedimos la cuenta. En ese momento, el camarero me miró y me preguntó directamente si éramos franceses. Le contesté que no y, entonces, quise saber si él era oriundo de Francia. Me dijo que no, que le había parecido notar un acento francés. Hay quedó la cosa.

Si hubiera sido la primera vez que me pasa, no le habría dado especial importancia. Sin embargo, al repetirse ya reiteradamente, me ha llevado a plasmarlo en este blog. Ya me había pasado en otro bar con unos amigos, cuando un señor cuyos músculos no cabían dentro de la camiseta y cuyo porte imponía se acercó a mí y, siendo poco común para los estándares canadienses, posó su mano en mi hombro y me formuló la misma cuestión. Asimismo, en la tienda de bebidas alcohólicas hace unas semanas vino un chico con dos botellas de vino de Denominación de Origen de Navarra. Resulta que la representante de este vino en Norteamérica es conocida y amiga mía, por lo que le dije al joven que había hecho muy buena elección. Interesado por mi  comentario, le expliqué que era español y que conocía bien el vino. Él, sorprendido, me aseguró que pensaba que era francés (¡Mira, que llevo una miniplaca en la camisa con mi nombre! Pero, bueno, sí, francés). Él era hispanohablante, pero nunca me dijo de qué país. De lo que sí que me informó fue de la coincidencia de que sus antepasados también eran asturianos. ¿Casualidades? Por algo, escribo este blog.

En fin, resulta que soy un joven afrancesado. Espero que tengan buena imagen de los galos, porque si no, no sé cómo tomármelo. En todo caso, es mejor que cuando conozco a alguien, les digo mi nombre y se quedan perplejos, porque piensan: “¡Hostia, como Pablo Escobar!” De hecho, hace unos días, me presentaron a un chico. Al verme con mi camisa de rayas rojas y blancas, que utilizo tanto como disfraz de Wally o de pirata, en festividades carnavalescas, y saber que me llamaba Pablo, me asoció rápidamente con el famoso narcotraficante colombiana. Incluso, me afirmó que llevaba la misma camiseta que él llevaba. Mira que me he visto las dos temporadas de la serie de Narcos, pero no me suena que llevara justamente esa indumentaria. En definitiva, si me dan a elegir entre Escobar o un francés, creo que me quedo con los gabachos.

Esto es todo por hoy. Sigo siendo pobre un día más, porque no me ha tocado la lotería, pero sólo económicamente. En el fondo las experiencias son las que enriquecen nuestras vidas. He pasado de tener una belleza de cánones griegos, según algunas amistades, a parecer algo afrancesado. ¿Qué nos deparará el azar y la casualidad en 2017? Eso está por ver y aquí estaré para contároslo.

Más frío que el invierno

Acabo de llegar a casa de hacer unos recados. En el transcurso de vuelta a casa, se ha desatado una tormenta de nieve que nos ha dificultado el paso a los viandantes. Por suerte, no he pasado demasiado frío, ya que me había provisto de más capas que una cebolla. Eso sí, mi pobre cara sí que se ha tenido que enfrentar con las gélidas ráfagas de viento y copos de nieves que se le cruzaban. Con las temperaturas que estamos viviendo, ya tengo un cutis terso y, por desgracia, unos labios resecos, que ni siquiera el cacao que me he comprado pueden remediar. En fin, esto es Canadá.

Hoy, por suerte, no he tenido que trabajar. Ni en la tienda ni en la escuela. Por lo tanto, ha sido un día un tanto relajado. Nada comparado con este fin de semana pasado en la tienda. En donde ha habido una afluencia masiva para aprovisionarse de los néctares etílicos preferidos de los canadienses. Como es costumbre ya, algunos clientes merecen que hable de ellos en este rincón de Internet. En el post anterior, mencionaba la campaña de donaciones para fundaciones benéficas que estamos desarrollando en la tienda. Pues bien, una señora se me acerca el otro día con un par de botellas de champán. La mujer iba engalanada con un abrigo de pieles y llevaba un gorro con lentejuelas, que me recordaba a aquellos típicos de los años veinte. Además, portaba varias joyas que brillaban por doquier. Hago contacto visual y le pregunto si desea donar para un hospital para niños. En lugar del socorrido “not today” (“hoy no”), me contesta que se había enterado de lo que cobraban los médicos en ese hospital y que le aparecía abominable tener que contribuir con dos, cinco o diez dólares. Mi respuesta, como siempre, fue una sonrisa.

Sin embargo, este no fue el caso que más me llamó la atención. Ese mismo día un hombre se acercó más tarde. Su vestimenta denotaba un alto estatus social. Básicamente, como la mayoría de clientes del barrio, dado que es un lugar en donde el dinero podría crecer de los árboles. Llevaba uno de esos típicos fulares estampados alrededor del cuello junto con ropa de marca. Al formularle la pregunta en cuestión, el hombre se negó taxativamente mientras farfullaba que él no se había hecho millonario gracias a donaciones y que si los del hospital querían dinero que trabajen más duro. Sí, señoras y señores, ese es el típico espíritu navideño. En fin, no todos son tan vehementes a la hora de rechazar este pago.

Más allá de mis clientes adinerados, esta semana he tenido una nueva clase privada como profesor de español. Mi alumno fue un señor de unos 70 años, a quien le apetecía aprender una lengua nueva. Cuando le comenté que era de España, me comentó que tenía pensado viajar allí pronto. La clase comenzó con una serie de dudas sobre un texto que había leído. Entre ellas, el hombre no se aclaraba en relación con las fechas. Para ilustrarle, utilicé el mismo día: “el martes 13 de diciembre de 2016”. Con esto, como presupondréis, vino la consabida superstición de los martes y 13 en España, junto con la dichosa coletilla. Al señor parece que le hizo gracia y continuamos con la lección. Aunque su nivel era de principiante, se notaba que hablaba otras lenguas extranjeras, ya que hacía preguntas muy concretas que para otro estudiante pasarían desapercibidas. Un tema que le suscitaba especial interés era la pronunciación de diferentes palabras como “caro” y “carro”. Lo tengo que confesar. No lo pude evitar y le expliqué que carro no era la única palabra para referirse al automóvil y que, concretamente, para mí era bastante inusual. De hecho, cada vez que leo “carro” en el libro de texto, se me viene a la cabeza Manolo Escobar y su carro robado. Y lo que me intriga es la imagen que tendrían los latinoamericanos que no usen el vocablo “coche” cuando escuchan esta canción. Como bien dice otra pieza musical, más moderna y con vídeo de Youtube incluido, “¡qué difícil es hablar el español!”

Pues bien, compañeros del metal, como cariñosamente se dirige a mí un buen amigo, y aún no tengo claro por qué, esto es todo por hoy. El próximo jueves espero estar brindando porque algún joven del colegio San Ildefonso cante el número de mi décimo de lotería. Hasta entonces, a seguir por esta senda marcada por el azar y la casualidad en Canadá.

El caminante rutinario

Y siguen pasando los días, uno tras otro. Le vida ya se va acomodando al nuevo ritmo marcado. Es extraño que no se produjera un pequeña transición entre el dolce far niente y la vida del trabajador por cuenta ajena. Pero no, nada de eso ha pasado. O quizás sí, pero aún no le he dado aún el tiempo necesario para que fermente esta sensación de cambio.

Me he incorporado a esta nueva rutina como si nunca hubiera estado haciendo otra cosa. En mi nueva realidad inventada, ya no soy solamente yo, sino que también soy quien yo quiera ser. Me explico. Trato con decenas de personas nuevas cada día y nadie sabe nada de mí más allá de mi apariencia física y mi nombre. Los más suspicaces me interrogan por el acento que perciben en mi voz. A estas personas atrevidas les indico mi procedencia y les animo a visitar mi país. Y hasta ahí. Todo lo demás me pertenece sólo a mí. De hecho, nadie me quita el inventarme una personalidad nueva con cada cliente. A maravillarlos con una historia no ocurrida que pueda tejer con mis espontáneos pensamientos. O, tal vez, a provocarles conmiseración para conmigo con un relato lleno de infortunios y penalidades. En definitiva, puedo hacer lo que quiera. Eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja, un alto y cordial hello al comenzar la conversación y un thank you and have a good day al acabarla.

Al mismo tiempo, este anonimato adquirido sirve para analizar sociológicamente a tu entorno. Comprobar cómo los prejuicios y las ideas preestablecidas pueden conformar la opinión de la gente sobre ti. Hace unos meses ya, una amiga recibió un comentario ofensivo de una clienta cuando la atendía en el comercio en el que trabajaba. La mujer se atrevió a decirle a su hija que si no quería acabar de dependienta, como mi amiga, tenía que estudiar. Lo que nadie le dijo que a esa señora es que lo mejor era que mantuviera la boca cerrada y no presupusiera lo que desconoce. De hecho, mi amiga, como muchos otros de mi generación, no sólo es licenciada, sino que también cuenta con un máster y otras aptitudes que la sobrecualifican para el puesto que ejercía en ese momento. Pues bien, esa situación tampoco me ha sido ajena, aunque, en mi caso, viene aderezada con un regusto de racismo. Hace unos días, otra mujer se acercó a la tienda y me preguntó por la medida de una botella de vodka. En la etiqueta aparecía que contenía 1,14 litros del preciado licor, pero la mujer quería saber cuánto era en onzas. A mí el absurdo sistema de medidas anglosajón nadie me lo ha explicado y tampoco tengo interés en conocerlo. Cierto es que de libras a kilos ya tengo una idea aproximada, pero el resto me parece absolutamente arcaico para los tiempos que estamos viviendo. Al no poder contestarle correctamente, su respuesta fue un exabrupto en forma de pregunta: “Don’t you speak English?” Ante su falta de respeto, lo que recibió fue una respuesta cortante y grandes dosis de educación. En definitiva, todo lo que ella no había sabido mostrar.

No obstante, más allá de estas anécdotas que te amargan el día. El resto de clientes se ha mostrado bastante afable. Eso sí, cuando les pregunto si quiere hacer una donación para un hospital. Las excusas con las que me contestan son de lo más variopintas. A imaginación nadie les gana, aunque casi siempre suelen musitar “not today” (“hoy no”). Pero tampoco mañana, ni pasado, ni al otro… Nadie les obliga, pero serían más honrosos al negarse y dar las gracias. En fin, a pesar de todo, mi jefe está muy contento con las donaciones que he ido consiguiendo a lo largo de mi corta etapa en la empresa. Tanto es así que el lunes pasado una persona del hospital para el que realizamos esta campaña se acercó a la tienda. Quería agradecer el esfuerzo que estábamos realizando para conseguir nuevos fondos. Su visita vino acompañada de foto, en la que se me invitó a unirme. Pues bien, ahí me veis a mí, con el jefe y tres compañeros más, sosteniendo un diploma por ser una entidad colaboradora. Mi sonrisa y mi pose con el cuadro enmarcado al estilo de ganador de concurso de televisión con un cheque millonario quedarán para la posteridad. No sé en dónde, pero en algún sitio será.

En definitiva, la rutina se ha apropiado de mi día a día. El azar y la casualidad me han dado un horario, un modus operandi y un propósito. Sigo expectante del camino que me queda por recorrer, pero sin preocupaciones. El porvenir sigue siendo un problema de mi yo futuro y a él ya le tocará decidir.

Primeras impresiones

Como ya contaba en posts anteriores, mis penas por la búsqueda de un trabajo son cosas del pasado. Ahora, a la falta de uno, tengo dos. Pero vayamos paso por paso. Hace una semana que llevo haciendo cursos de formación, tanto para la tienda de bebidas alcohólicas como para las clases de español. Sin embargo, solamente he trabajado por el momento en el monopolio público y mis futuros alumnos aún no han tenido la suerte (o desdicha) de conocerme. Eso ocurrirá mañana, así que todavía queda tiempo para contar.

De los alicientes de trabajar en la tienda de vinos, además de servir a una entidad pública y haber prometido mi lealtad a la reina Isabel II como muestra de mi honestidad ante las tareas que me toca desempeñar, se encuentra el trato con los clientes. Es cierto que llevo pocos días, pero eso poco ha importado para sumar nuevas historietas a mi haber. Muchos de nuestros clientes se percatan de mi acento y se interesan por saber mi historia. Todos quedan embelesados con la idea de España, el sol, la comida y el estilo de vida. De hecho, no pocos han pasado sus vacaciones en varios puntos de la geografía española, aunque ninguno me ha sorprendido por haber visitado Asturias. Es lo que hay. Seguimos siendo un diamante en bruto, aún por explotar turísticamente. Espero que todavía quede mucho tiempo para eso.

Hay otro grupo de clientes que aprovechan estos días para hacer acopio de bebidas para las fiestas. Ya sea para regalar o para convidar durante alguna de las celebraciones. Cada día que voy me encuentro con personas que gastan en alcohol cifras desorbitantes. Por ahora, mi récord en una sola venta asciende a más de 6.400 dólares canadienses, esto es, unos 4.500 euros. ¡Vaya! ¡Casi nada! Pero qué se puede esperar de un barrio en el que algunos clientes gastan 1.000 euros por unos zapatos, que parecen unas babuchas de cualquier mercado marroquí. Pues lo obvio: un despilfarro constante. En todo caso, a final de cuentas, el dinero está para gastarlo y quien tenga, pues que se permita todos los lujos que vea conveniente.

Otro tipo de clientes son aquellos que parece que no tienen otro pasatiempo en la vida que darte conversación. Por ejemplo, el fin de semana pasado un señor ya mayor se me acercó y me empezó a contar la historia del edificio en el que se halla la tienda: la antigua estación del Norte de Toronto en el barrio de Summerhill. Entre los datos que más me llamaron la atención se encuentran la visita del rey Jorge VI de Inglaterra y su esposa en 1939, justo antes del inicio de la II Guerra Mundial; la torre del reloj imitando el Campanile di San Marco, sito en la plaza de San Marcos de Venecia; o los ladrillos y piedras empleados para su construcción, que fueron traídos desde la vecina provincia de Manitoba y que tienen fósiles incrustados. En definitiva, un sitio con solera y con más secretos que lo que se puede apreciar a primera vista.

Del uso como estación ferroviaria ya estaba enterado. De hecho, es algo patente cada hora cuando pasan por encima un tren tras otro. El temblor de las miles de botellas en ese momento apunta a un mal desenlance. Entiendo que el sitio tiene su encanto, pero situar una licorería junto a unas vías de tren es algo rocambolesco. Esta situación me recuerda a la que vivía la familia Banks de Mary Poppins cuando el Almirante Boom ordenaba disparar un cañonazo para indicar cada hora en punto. Sin duda, en la película todo era más exagerado, pero es para que os hagáis una idea de lo que experimento cada hora.

En resumen, las primeras impresiones son bastante positivas. El azar y la casualidad me han llevado a un lugar histórico, que esconde más de lo que parece. Por el momento, seguimos pasito a pasito hacia adelante y sin perder la sonrisa. Espero que con el transcurrir de las semanas también aumente mi conocimiento en bebidas alcohólicas y pueda ser aún más sibarita si cabe con lo que consumo.