Un crisol de culturas

El avispado lector al entrar en el post de esta semana pensará: “Pufff… Ya nos viene a contar las maravillas de la conocida como la ciudad más multicultural del mundo [Toronto]”. Pues bien, no van desencaminados, pero mi intención no es repetir mis impresiones cuando llegué por primera vez a esta gran urbe canadiense ni tampoco enumerar los barrios de comunidades extranjeras. Por el contrario, busco plasmar una serie de experiencias acaecidas la última semana que ponen de manifiesto la diversidad cultural en la que me veo inmerso.

Empecemos por el fin de semana pasado. Como ya mencionaba en mi post anterior, el sábado ayudé a organizar una fiesta sorpresa. Los asistentes éramos principalmente canadienses o españoles. Entre mis tareas, se encontraba recoger la comida encargada. Poco antes del comienzo del guateque (esta palabra me recuerda a mis padres), ahí estaba yo esperando al coche que me habían reservado por Uber. Debo reconocer que es la primera vez que lo utilizaba y que, como me suele pasar, estaba algo nervioso al no saber qué podía o no podía hacer. El hombre, callado pero simpático, me llevó en un pispás a la zona conocida como Midtown Toronto, que sería el centro geográfico de la ciudad. Allí me estaban esperando cuatro kilos de carne con tortillas mexicanas, nachos y varios tipos de salsa. El restaurante estaba hasta la bandera y había una cola fuera para obtener mesa. Al tener la comida encargada, me dirigí directamente a la barra y allí una señora me atendió. Por supuesto, toda la conversación fue en español. Tras ahumar un poco el coche del Uber, la llegada del manjar mexicano fue gratamente recibida por los invitados de la fiesta. Sin embargo, sobró mucha comida y durante tres día estuve comiendo tacos. Ya llegó un momento en el que pensaba que iban a salírseme por las orejas, pero, bueno, finalmente se acabaron.

Tras la anécdota del fin de semana, pasamos al martes. Me imagino que todo el mundo estaría expectante por las elecciones en Estados Unidos. Al compartir huso horario y tener acceso a las cadenas de televisión estadounidenses, la experiencia fue más llevadera que la de los compatriotas europeos, que tuvieran que seguir los resultados de madrugada. Durante semanas nos han bombardeado con noticias sobre la campaña electoral. Hemos visto los debates presidenciales y presenciado el intercambio de acusaciones, recriminaciones y descalificaciones mutuas. Una vez pasado el 8 de noviembre, lo que observamos es una nación dividida, pero como ya nos dice el refranero español, “nunca llueve a gusto de todos”. Estoy contento de poder vivir este momento histórico tan cerca de Estados Unidos, pero me alegra aún más poder hacerlo desde Canadá con Justin Trudeau al mando. Esperemos que la decisión democrática de los estadounidenses no repercuta negativamente en el devenir de muchos desafíos globales. Eso sí, de la nueva presidencia de EE. UU. me llevo el meme en el que salen Donald Trump y Barack Obama con un titular que dice: “Orange is the new black” (“El naranja es el nuevo negro”, nombre de una serie estadounidense), al comparar el color de la tez de ambos mandatarios.

Recompuesto tras el shock electoral, el miércoles me dirigí a la Galería de Arte de Ontario para asistir a una exposición titulada Mystical Landscapes (“Paisajes místicos”). En ella se exponen obras de Gauguin, Monet, Munch y Van Gogh, junto con otros artistas europeos y canadienses. Al contemplar los cuadros, me retrotraje a mis clases de historia del arte con 18 años e intenté recordar las enseñanzas que una vez aprendí. En la exposición quedé cautivado por el artista sueco Eugène Jansson, del que nunca había oído hablar, pero que consiguió llamar fuertemente mi atención con sus cielos de Estocolmo al atardecer, bañados por los últimos rayos del ocaso y las luces del norte tiñendo el firmamento. La exhibición ha despertado el interés de muchos torontonianos y las salas estaban llenas de gente, en especial aquellas con obras de artistas reconocidos.

Así pues, una semana con un poco de diferentes culturas. Esto es Toronto. Más allá de sus barrios, sus restaurantes y sus peculiaridades, estoy en una ciudad en la que te despiertas en un sitio y pasas el día en el país que más apetezca. Hoy me iré a dar un paseo por el barrio griego para luego seguir por el indio y mañana ya será un día nuevo. El azar y la casualidad ya dirán adónde debo encaminar mis pasos.

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