Monthly Archives: November 2016

Y la nieve llegó…

El viernes pasado vivimos en Toronto un clima de absoluta excepcionalidad para estas fechas del año. Hacía 18 grados centígrados. Ni corto ni perezoso me dispuse a dar un paseo con el perro por alguna senda que no hubiera transitado aún. Para los que me conocen, me imagino que no les extrañe mi interés por caminar, ya sean 10, 20, o incluso, más de 60 kilómetros en el mismo día. Pues con un tiempo tan atípicamente bueno, no lo podía desaprovechar.

Durante estos meses en Toronto, he seguido cultivando esta afición por descubrir mi entorno paso a paso. La verdad es que me viene heredada de mi padre, quien camina más de una hora al día, y  a su vez de mi abuela paterna, que solía andar bastante cuando la salud se lo permitía. Pues bien, ese día me decanté por una excursión a lo largo del río Don hasta llegar a su desembocadura en el lago Ontario y alcanzar la cercana playa de Cherry Beach. En total, eran unos 13 kilómetros, que me servirían para ejercitar mi aún dolorida rodilla, tras el trastazo que me había llevado la semana anterior. Como es habitual, no suelo encontrarme a muchos viandantes por los recovecos en los que suelo transitar, pero no puedo quejarme del estado de las sendas. Al menos, hasta ahora, ya que en invierno el ayuntamiento no realiza tareas de mantenimiento. Tampoco puedo dejar de mencionar los sitios pintorescos que encuentras en zonas apartadas de la ciudad. Puentes inutilizados de una época pretérita, largos caminos cubiertos por un frondoso manto de hojas amarillas y escoltados por altos árboles que mudan para el invierno, vías de ferrocarriles sin trenes, que al buscar su principio o final, siempre me hacen recordar el futuro, el porvenir y la oportunidad, además del triste final de Tolstói en aquella fría habitación de la estación ferroviaria de Astápovo en que exhaló su último aliento.

Ese viernes, aparte de conocer nuevos rincones de la ciudad, pude disfrutar de un agradable paseo para meditar. Una vez dejado el río a un lado, había que cruzar la zona portuaria hasta llegar al destino. El sol estaba sucumbiendo ante la noche y una vez a la altura del lago, se podía observar el reflejo de los imponentes edificios del centro de la ciudad teñidos de colores rosáceos y anaranjados. Durante la vuelta los rascacielos comenzaban a brillar y a dar la impresión de una ciudad futurista. El perro me acompañó sin mostrar fatiga alguna, aunque el pobre a veces aqueja las largas distancias que le marco. En todo caso, para su alivio perruno, no creo que vayamos a recorrer muchas millas más en los próximos meses debido a las adversas condiciones climáticas que tenemos por delante.

De hecho, mi idílico tiempo primaveral se esfumó a la primera de cambio. Es decir, a los dos días. El domingo me levanté y tras las ventanas un cielo gris encapotaba la urbe. Echando la vista abajo, un manto blanco cubría los tejados, aceras, calles y jardines que podía ver desde el apartamento. Adiós al otoño, el invierno ha llegado. Por suerte, ese día me invitaron a una feria de vinos y productos gourmet. De esta manera, podría llorar mis penas ante el túnel que nos acompañarían durante los próximos meses. No es que no supiera dónde me metía antes de venir, pero es que me sigue dando mucha pereza el frío gélido que se avecina. Espero que una vez mentalizado lo pueda soportar con más alegría.

La feria no tuvo pérdida. Pero, sin duda, lo mejor fueron los puestos de vinos, quesos y caquis españoles. No sólo porque hubiera trabajado en ellos dos años atrás, sino que sus productos me acercaban un poco a casa, al menos aunque fuera un poco. Del resto de expositores, me quedo con una salsa de champiñones y unos tentempiés vegetarianos parecidos a las patatas fritas, junto a las entretenidas instrucciones de un joven cocinero canadiense. Así mismo, también probé suerte en un sorteo para un viaje con todos los gastos pagados a Barbados. Si el frío llama a la puerta de tu casa, un avión al Caribe siempre es una buena opción. Veamos si el azar y la casualidad quieren que el país isleño se sume a la lista de mis próximos destinos.

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La galleta de la suerte

Tras varios días de dieta baja en calorías, el domingo me di una recompensa en forma de sushi. Con mi hermana y un selecto grupo de amigas comparto esta pasión por el pescado crudo enrollado en bolitas de arroz y algas. Fuimos al restaurante al que solía ir hace dos años, que se encuentra a dos minutos de mi entonces hogar. Snif. Snif. Según Jorge Luis Borges, “cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios, sino los tiempos”. La verdad es que parte de razón tiene, pero, en este caso, también echaba de menos su comida.

El restaurante servía los mismo platos que entonces, pero como novedad, en cada mesa había una tableta con todos los platos y la comanda podía realizarse directamente desde la mesa. Tienen un sistema de bufé libre, pero que te traen directamente a la mesa. Una vez acabado el atracón de la delicia nipona, nos obsequiaron con dos galletas de la suerte. Cuando abro la mía, me encuentro con el siguiente mensaje: “What you have been wishing for is on its way/ Ce que vous désirez est en route”, o en español: “Lo que deseas está en camino”.

Pues bien, la galleta no estaba muy equivocada, porque al día siguiente conseguí una nueva oportunidad laboral. Esta vez como profesor de español como lengua extranjera. Es decir, una vuelta a los orígenes. Aún no están cerrados todos los detalles, pero parece ser que podría empezar a impartir clases a partir de enero, una vez que haya seguido un curso de formación. La idea sería compaginar ambas ocupaciones y convertirme en una hormiguita trabajadora que se ganara el pan. En todo caso, no alcemos las campanas al vuelo, porque aún tengo que realizar sendas formaciones y empezar sendos trabajos antes de hacer planes de futuro. Pero la alegría no me la quita ya nadie.

Sin embargo, no quiero recrear el cuento de La lechera, aunque parece que vaya siguiendo sus pasos. Y no lo digo de una manera metafórica. Como muchos sabréis, la lechera es una muchacha que lleva su cántaro de leche al mercado. En su cabeza va imaginando las cosas que comprará con el dinero que obtenga de la leche. En su imaginación cada vez se va haciendo más rica, pero todos sus sueños se derrumban cuando tropieza con una piedra y el cántaro se hace añicos. Siguiendo su ejemplo, ayer tras haber obtenido una evaluación positiva de la prueba que me hicieron como profesor, volvía yo a casa del supermercado inmerso en mis pensamientos cuando me vi envuelto en el juego de la gravedad dirigiéndome estrepitosamente hacia el suelo. Por fortuna, la compra se mantuvo en su sitio, a excepción de las manzanas que salieron rodando sobre el negro asfalto. Entre la vergüenza, la cola de coches que querían pasar y mi dolor de rodilla, me levanté como pude y seguí adelante. Eso sí, más atento a la realidad.

Otra vez el azar y la casualidad han querido escribir las líneas de mi aventura vital. Pareciera que me pongo a buscar anécdotas, pero como muchos dicen, la realidad supera a la ficción. De cualquier modo, mi filosofía actual es vivir el presente y dejar las decisiones futuras para mi yo futuro. Esta enseñanza la aprendí durante mi viaje a Indonesia hace ya un año y, desde entonces, intento aplicarla cuanto puedo. Cierto es que como buen piscis, debo luchar viento y marea para intentar no planificar. Aún así, en una conversación reciente con una amiga, me comentaba que yo tenía un máster en planificación, así que supongo que deberé seguir trabajando por cambiar.

En todo caso, me alegro de seguir sin engrosar la cuenta corriente de ningún psicólogo, ya que al parecer las galletas de la suerte de esta ciudad parecen hacer su papel. Hace dos años ya me decían que quisiera más a mí mismo con el siguiente mensaje: ”It is impossible to please everybody. Please yourself first. / Charité bien ordonnée commence par soi même” (“Antes de complacer a los demás, quiérete a ti mismo”, o algo así). Y ahora, parece que tampoco se han equivocado. Veremos que me depara el azar y la casualidad en el siguiente tentempié asiático.

Un crisol de culturas

El avispado lector al entrar en el post de esta semana pensará: “Pufff… Ya nos viene a contar las maravillas de la conocida como la ciudad más multicultural del mundo [Toronto]”. Pues bien, no van desencaminados, pero mi intención no es repetir mis impresiones cuando llegué por primera vez a esta gran urbe canadiense ni tampoco enumerar los barrios de comunidades extranjeras. Por el contrario, busco plasmar una serie de experiencias acaecidas la última semana que ponen de manifiesto la diversidad cultural en la que me veo inmerso.

Empecemos por el fin de semana pasado. Como ya mencionaba en mi post anterior, el sábado ayudé a organizar una fiesta sorpresa. Los asistentes éramos principalmente canadienses o españoles. Entre mis tareas, se encontraba recoger la comida encargada. Poco antes del comienzo del guateque (esta palabra me recuerda a mis padres), ahí estaba yo esperando al coche que me habían reservado por Uber. Debo reconocer que es la primera vez que lo utilizaba y que, como me suele pasar, estaba algo nervioso al no saber qué podía o no podía hacer. El hombre, callado pero simpático, me llevó en un pispás a la zona conocida como Midtown Toronto, que sería el centro geográfico de la ciudad. Allí me estaban esperando cuatro kilos de carne con tortillas mexicanas, nachos y varios tipos de salsa. El restaurante estaba hasta la bandera y había una cola fuera para obtener mesa. Al tener la comida encargada, me dirigí directamente a la barra y allí una señora me atendió. Por supuesto, toda la conversación fue en español. Tras ahumar un poco el coche del Uber, la llegada del manjar mexicano fue gratamente recibida por los invitados de la fiesta. Sin embargo, sobró mucha comida y durante tres día estuve comiendo tacos. Ya llegó un momento en el que pensaba que iban a salírseme por las orejas, pero, bueno, finalmente se acabaron.

Tras la anécdota del fin de semana, pasamos al martes. Me imagino que todo el mundo estaría expectante por las elecciones en Estados Unidos. Al compartir huso horario y tener acceso a las cadenas de televisión estadounidenses, la experiencia fue más llevadera que la de los compatriotas europeos, que tuvieran que seguir los resultados de madrugada. Durante semanas nos han bombardeado con noticias sobre la campaña electoral. Hemos visto los debates presidenciales y presenciado el intercambio de acusaciones, recriminaciones y descalificaciones mutuas. Una vez pasado el 8 de noviembre, lo que observamos es una nación dividida, pero como ya nos dice el refranero español, “nunca llueve a gusto de todos”. Estoy contento de poder vivir este momento histórico tan cerca de Estados Unidos, pero me alegra aún más poder hacerlo desde Canadá con Justin Trudeau al mando. Esperemos que la decisión democrática de los estadounidenses no repercuta negativamente en el devenir de muchos desafíos globales. Eso sí, de la nueva presidencia de EE. UU. me llevo el meme en el que salen Donald Trump y Barack Obama con un titular que dice: “Orange is the new black” (“El naranja es el nuevo negro”, nombre de una serie estadounidense), al comparar el color de la tez de ambos mandatarios.

Recompuesto tras el shock electoral, el miércoles me dirigí a la Galería de Arte de Ontario para asistir a una exposición titulada Mystical Landscapes (“Paisajes místicos”). En ella se exponen obras de Gauguin, Monet, Munch y Van Gogh, junto con otros artistas europeos y canadienses. Al contemplar los cuadros, me retrotraje a mis clases de historia del arte con 18 años e intenté recordar las enseñanzas que una vez aprendí. En la exposición quedé cautivado por el artista sueco Eugène Jansson, del que nunca había oído hablar, pero que consiguió llamar fuertemente mi atención con sus cielos de Estocolmo al atardecer, bañados por los últimos rayos del ocaso y las luces del norte tiñendo el firmamento. La exhibición ha despertado el interés de muchos torontonianos y las salas estaban llenas de gente, en especial aquellas con obras de artistas reconocidos.

Así pues, una semana con un poco de diferentes culturas. Esto es Toronto. Más allá de sus barrios, sus restaurantes y sus peculiaridades, estoy en una ciudad en la que te despiertas en un sitio y pasas el día en el país que más apetezca. Hoy me iré a dar un paseo por el barrio griego para luego seguir por el indio y mañana ya será un día nuevo. El azar y la casualidad ya dirán adónde debo encaminar mis pasos.

La Arcadia laboral

Finalmente, he logrado mi primer trabajo. Es el primero, porque si decido pasar aquí el invierno, posiblemente necesite buscar más sustento económico para sobrevivir en el paraíso helado. Sin embargo, por algún lugar hay que empezar y el mío será en el monopolio provincial de compra, venta y comercialización de bebidas alcohólicas de Ontario. Al entrar a trabajar en esta empresa pública, mi vida laboral, nacida en el estanco familiar, continúa en una la licorería oficial. Se ve que el azar y la casualidad han querido que me siga dedicando a la mala vida.

Debido a mi santa cabeza, hoy he dejado mi tarea de escribir en el último momento. No obstante, al haberse cambiado la hora en España el fin de semana pasado y al seguir con la misma en Toronto al menos hasta dentro de unos días, puedo escribir dentro de los márgenes del jueves. Eso sí. Será una carrera a contrarreloj y espero que mi prosa no se vea desnaturalizada por las prisas. Pues bien, como contaba, tengo trabajo en una tienda de bebidas alcohólicas. Mi primer día será dentro de un par de semanas, porque antes debo realizar una formación, que según me describieron en la entrevista es muy “divertida”. No creo que nos den muestras gratis del producto, porque el curso es en línea, pero estaría bien. De hecho, el viernes pasado tuve otra entrevista en otra tienda de bebidas alcohólicas canadienses. Durante el transcurso de la misma, me dijeron que dentro de la política de empresa estaba entregar cada semana una botella de vino para que el dependiente conociera el producto y pudiera venderlo mejor. Lo que no te contaban es que de esta manera podían justificar el salario paupérrimo al que te sometían, que ascendía a poco más del salario mínimo por hora. Este hecho, junto con la pregunta de si estaría dispuesto a disfrazarme de racimo de uvas, me tiró un poquito para atrás, pero nunca se sabe. Quizás acabe trabajando allí también. Así, me conviertiré en un pluriempleado, aunque todo eso es adelantar acontecimientos y, por ahora, mis dotes de adivino no han dado buen resultado.

Así pues, la entrevista de la empresa sin disfraz fue bien. Tan bien que me han seleccionado para cubrir una vacante de manera temporal. Durante mi conversación con el gerente, intenté crear un vínculo de confianza. Por ello, le expliqué anécdotas e historias relacionadas con mi conocimiento sobre el vino y otras bebidas alcohólicas. Asimismo, cuando me indicó que antes de empezar a trabajar, tenía que hacer un juramento a la Reina Isabel II de Inglaterra (y también de reina de Canadá) por trabajar en una empresa pública, le dije que estaba dispuesto, pero que, claro, no sé si sería contrario a mi supuesta lealtad como súbdito de la corona española. Le debí hacer gracia y, por eso, me ofreció el trabajo. Al final, todos los manuales y páginas webs con consejos sobre entrevistas laborales deberían mencionar que lo importante es ser uno mismo y crear confianza, ya que somos seres humanos y buscamos a alguien en quien podamos contar.

Hasta mi estreno laboral, no tengo claro qué estaré haciendo. Tengo varios planes en mente, desde una boda y una fiesta sorpresa hasta una feria de vinos y un voluntariado de última hora. En todo caso, a pesar de que no he alcanzado aún la Arcadia laboral del trabajo acorde con mi perfil académico y laboral previo, me siento contento y predispuesto a enfrontar este nuevo reto. Disculpas por el retraso a los que me lean en Europa de noche, pero “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir.”