¡A trinchar el pavo!

El segundo lunes de octubre se celebra Acción de Gracias en Canadá. Esta tradición se remonta varios siglos atrás, aunque con orígenes diversos, que van desde lo divino hasta lo terrenal, desde el descubrimiento de nuevas tierras hasta el agradecimiento por buenas cosechas. En Estados Unidos y Puerto Rico se celebra también, pero, en este caso, el día es el cuarto jueves del mes de noviembre. Dando inicio, con el consiguiente “viernes negro”, a un mes en homenaje del capitalismo y consumismo, que tiene como culmen las navidades.

No vengo hoy aquí a departir sobre la pérdida de valores sufrida por nuestras tradiciones a lo largo del tiempo ni sobre la manera de escoger las fechas de efemérides en esta orilla del Atlántico. Seguro que estos temas me darían para varios posts. Vengo, sin embargo, a expresar mi agradecimiento. Pero como siempre, empecemos por el principio. La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un evento de promoción de vinos de D.O.Ca. Rioja, organizado por Vintages. La verdad es que la degustación no fue barata, pero debo reconocer que muchos de los vinos eran exquisitos y algunos estaban fuera de mi alcance económico. Allí, además de probar caldos de 1987 y 1994, me reuní con conocidos y amigos. Entre copa y copa, me propusieron acudir a una cena familiar de Acción de Gracias, que tendría lugar el domingo siguiente. Sin dudarlo, asentí y acepté la invitación.

Mis experiencias previas relacionadas con Acción de Gracias eran dos: una pseudocomida tradicional en Toronto y una cena con especialidades mexicanas y estadounidenses en Phoenix. Ambas tuvieron lugar durante mi primer año en Norteamérica. La transcurrida en Canadá la organizamos en forma de comida en mi entonces apartamento de la calle Isabella. Al no ser duchos en el arte de cocinar el pavo, que por lo visto es cuestión de horas y horas y horas, nos decantamos por otro menú. De primero cocinamos una crema de calabaza con panceta ahumada, o beicon. De segundo preparamos la ya famosa receta de pollo al horno relleno de manzana y pasas, con baño de sirope de arce sobre lecho de patatas y verduras de temporada. Los comensales quedaron satisfechos, pero, para ser justos, el pavo le habría dado un toque más local. En cuanto a la segunda, discurrió en Arizona durante el viaje que me llevó a visitar a una gran amiga de Scottsdale, a las afueras de la capital del Estado. Eso sí que fue una cena de Acción de Gracias con todos los ingredientes típicos de la tradición estadounidense, encumbrados por un pavo de dimensiones bíblicas, con su aderezo de arándanos rojos, y otros platos como el pastel de batata recubierto de crema de malvaviscos, también conocidos como nubes blancas de golosina.

Pues bien, el domingo sumé una nueva cena de Acción de Gracias a mi corta lista. Me sentí muy agradecido por haber sido invitado. Por fin, iba a vivir una cena típicamente canadiense. A ver, el pavo seguía siendo el centro de atención, pero la comida difería, en cierto modo, de la que había degustado otrora en Phoenix. He de reconocer que, en mi mente, había prejuzgado el significado de esta fiesta. Me había imaginado que se trataba de una celebración familiar. En España estamos acostumbrados a organizar grandes celebraciones en torno a suculentos manjares. Sin embargo, solemos separar cuidadosamente las celebraciones familiares con aquellas con amistades. Por ello, cuando nos reunimos los veinte comensales, me sorprendió que la procedencia de cada uno fuera dispar. Allí nos encontrábamos los propios miembros de la familia, otra familia conocida de los anfitriones, compañeros de trabajo y amigos. Cada uno de los invitados aportó algo a la cena y todos nos sentimos como en casa. Debido a mi afán por teorizar y racionalizar todo, supongo que el hecho de que, históricamente, Canadá y Estados Unidos sean países receptores de inmigración haya convertido esta fiesta en una celebración que traspasa las fronteras del estricto círculo familiar, creando así vínculos duraderos con otras familias.

Como anécdota de ese día, sólo comentar los esfuerzos de los comensales por decir cosas en español. Que te deseen un feliz pavo con la frase Happy polvo! es algo que voy a tardar en olvidar. Asimismo, acabar la noche paseando junto al lago Ontario con el titileo de las luces de los rascacielos de Toronto y de la CN Tower multicolor de fondo, junto con una sesión privada de ventosaterapia al estilo Michael Phelps al llegar a casa, hizo de la velada un jornada bastante singular. Como conclusión general de esta fiesta, considero que en España deberíamos organizar más celebraciones conjuntas entre familiares y amigos. ¿No son acaso las amistades una parte grande de nuestros seres queridos? Al estar lejos de casa, los amigos también se convierten en parte de tu nueva familia. Por ende, quiero agradecer a todas mis amistades todo el cariño, afecto y apoyo que me transmiten, tanto para los que comparten mi día a día como para los que, aunque la distancia nos ha separado, siguen ahí, muy presentes.

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