Nuevas tradiciones

lista de propósitos que queremos cumplir para el futuro. Asimismo, tras sopesar de los pros y contras de nuestras situaciones personales, nos autoimponemos cambios para mejorar. O, al menos, lo intentamos. Y, a veces, simplemente nos inventamos nuevas tradiciones que hagan nuestra existencia algo más entretenida.

En este momento, es una perogrullada afirmar que a través de los recientes senderos por los que discurre mi vida, ésta se ha vuelto algo convulsa. No obstante, lo maravilloso de estos giros de guión es exactamente la oportunidad de elegir cualquier cosa, esto es, empezar de nuevo, ser alguien diferente. Aun así, en esencia, es arduo modificar hábitos que están inherentemente ligados a nuestra persona. Otros, sin embargo, son más fáciles. Por ejemplo, antes de venir a Canadá, estuve valorando mis posibilidades en ese futuro incierto que, de cierta forma, aún perdura. Gracias a los distintos ámbitos a los que me he dedicado, ya sea académica o profesionalmente, podría utilizar cualquiera de ellos y construir una nueva vía, apartada de la anterior. Aun así, en este mundo tan volátil y mutable, no podemos dar por hecho que todo será cómo nos habíamos imaginado. En parte, son sorpresas que vuelven a la vida más emocionante. Dentro de estos nuevos cambios, el más urgente es encontrar un trabajo. Me encantaría dar con un empleo que me proporcionara valor añadido, no solamente, profesionalmente, sino también en lo personal. En todo caso, el azar y la casualidad tendrán que jugar su parte y tendré que analizar qué opción es más idónea cuando se dé el caso.

Además del tema laboral, hay otras cuestiones que también son proclives a ser modificadas: la ya recurrente pérdida de peso y mejora del estilo de vida, o la aún más presente búsqueda de una estabilidad emocional más allá del celibato. Sin embargo, tampoco es que me sienta especialmente preocupado por estos asuntos en este momento. Esto se debe a que vivo el presente y me dejo llevar, en busca de un futuro prometedor. Eso sí, ya tengo en mente ciertos pasos que tomar para seguir con cambios en ambos asuntos. En definitiva,  ya iremos viendo que nos depara el paso del tiempo.

Como anécdota de la semana, relacionada con nuevas tradiciones, aunque, en este caso, ya sean algo viejas, quería traer a colación dos hábitos que me impuse a principios de este año. Por un lado, pensé en apuntar todas aquellas conversaciones que me parecieran curiosas, graciosas o interesantes. Durante meses, estuve compilando varios momentos por el mero deseo de luchar contra las manecillas del reloj y guardar aquellas historias que conforman nuestro día a día, pero que se diluyen con el paso del tiempo. Sin embargo, debido a un accidental tropiezo, que provocó que mi teléfono móvil se escurriera de mis manos para darse de bruces contra el suelo, he perdido la mayoría. Eso no me ha impedido continuar con esta manía personal de escuchar conversaciones ajenas, pero sí que me ha entristecido que hayan desaparecido.

Por otro lado, también comencé entonces una tradición, que no es tan frecuente como la anterior, pero que me hace ilusión explicarla. Tengo familiares y amigos que cuando viajan se traen recuerdos de los lugares que visitan. Algunos suelen comprar el mismo objeto y adornan sus casas con ellos. Desde pequeño, siempre he querido descubrir nuevos países y culturas y, ya entonces, tenía pensado hacer alguna colección de este estilo. De hecho, tengo el segundo cajón de mi escritorio de Asturias lleno de postales de todos los lugares en los que he estado en Escocia cuando vivía allí. No obstante, quería que esta nueva tradición tuviera un significado especial más allá del mero coleccionismo. Por ello, pensé en utilizar un llavero de la ciudad anterior en la que hubiera vivido para abrir la puerta de mi nuevo lugar de residencia. De este modo, portaría constantemente el recuerdo del lugar del que vengo y de los pasos que me han llevado hasta el ahora.

Por ello, desde hace unos días, cuando abro la puerta del apartamento temporal en el que me hospedo en Toronto, lo hago con una llave de la que cuelga un Manneken Pis sobre un pedestal. En éste, grabadas en diferentes colores, aparece la palabra Brussels. La pregunta de si este será éste el llavero definitivo aún no tiene respuesta, aunque no soy ajenos a los vaivenes de la vida y ya no me precipito a elucubrar lo que ha de venir.

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