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Hasta el infinito o más allá

Esta semana ha sido de locos. He empezado a recibir llamadas de empresas, he asistido a ferias de empleo y he sido entrevistado para varios puestos. Al final, os podréis librar de mis lamentos y penas varias ante las inciertas perspectivas de mi futuro aún por escribir. Me doy cuenta de que tiendo a la exageración cuando explico los pormenores de esta búsqueda ciega de un porvenir. No obstante, es mi estilo y es el que es. Alguien muy cercano a mí me ha felicitado recientemente por haber encontrado una voz propia y distinguible, aunque a veces peque de seriedad y me aleje de mis lectores. Hoy vengo aquí a volver a hacer a hincapié a un tema que me ha acompañado desde antes de aparecer en escena en este teatro de la vida, esto es, mi primer apellido.

Después de dos años, compruebo que las gentes de Toronto están más habituadas al hecho de que alguien tenga dos apellidos. Si muchos tienen dos nombres, ¿por qué no podrían tener dos apellidos? Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, como ya es costumbre, resulta que Ruisánchez no es del gusto de todos, ya sea en Canadá o en España. Desde mi más tierna infancia, he tenido que lidiar con personas que se creían con la autoridad de decirme cómo se escribía mi propio apellido. En algunas ocasiones, cuando añadían una zeta en medio, incluso argüían que yo era el responsable del equívoco. En conclusión, desidia e ignorancia. Entiendo que para los no avezados o no conocedores de personas con tan insigne apellido pueda resultar extraño. De hecho, según el Instituto Nacional de Estadística, en España sólo lo compartimos 417 personas en primera posición y 514 en segunda; por lo que muy común, muy común, pues no es.

Acostumbrado ya a los “Ruizsánchez” y otros engendros, el hecho de que me lo volvieran a escribir mal en Toronto no me pilló por sorpresa. Si de pequeño el Club Pescanova no me traumatizó al enviarme correspondencia con el apellido equivocado, no me iba a afectar ahora con unos cuantos años más a mis espaldas. El jueves pasado, unas pocas horas más tarde de haber publicado el post anterior, asistí a una conferencia titulada “Innovación en Canadá”, organizada por una asociación de empresarios hispanos afincados en Canadá. El plato fuerte de la charla lo protagonizó el Director Gerente de Twitter Canadá, quien nos habló de las bondades del mercado canadiense y de los retos de las nuevas tecnologías en el mundo actual. El acto se celebró en una de las últimas plantas del edificio Bay Adelaide Centre, con unas vistas impresionantes de toda la ciudad, especialmente al caer el sol.

Llegué a la cita a la hora establecida, mostré mi entrada y me dieron mi tarjeta de identificación. Ahí aparecía mi nombre acompañado de “Ruiz” y “Sanchez”, como si estos dos tuvieran algo que ver conmigo. Es como si a Mariano le escribieran “Mar” y “Ano” o “Marrano”. No sé, a pesar de todos los años, sigue siendo absurdo. Algo contrariado, me resigné y me colgué la tarjeta del bolsillo de la chaqueta. Me acerqué a la sala y esperé a que comenzara la conferencia. Una vez finalizada, se formaron corrillos en los que los asistentes intercambiaban impresiones y se relacionaban. Lo que se conoce hoy en día como hacer networking. Yo, en la cola de la comida, entablé conversación con varias personas. Entre ellas, se encontraba un informático de una importante empresa canadiense. Al ver mi tarjeta, su reacción fue de asombro al leer a lo que me dedicaba: Spacecraft Controller en la European Space Agency (es decir, Controlador de Aeronaves Espaciales en la Agencia Espacial Europea). ¡Exacto! “Esto que es lo que es”. Pues bien, al haber escrito mal mi nombre, a la hora de buscarlo en Linkedin para incluir mi profesión, habían utilizado la información de otra persona. Aunque desorientado en un primer momento, el error no me arredró y continué con la conversación haciendo chanza de la situación. De hecho, me inventé que esa era mi doble identidad y que, en realidad, era un espía. Un poco de comedia no hace daño a nadie, incluso si delante de ti tienes a una alta ejecutiva de Twitter Canadá.

Sin duda, ese día fue cuando menos curioso, pero me sirvió para conocer a gente, hacer algún que otro contacto y aclarar un poco mis expectativas laborales. El azar y la casualidad dirán qué pasos habré de andar y aquí estaré cada jueves para relataros el camino recorrido. En todo caso, de la anécdota de esta semana he aprendido que para futuras ocasiones tengo que leer las cosas con más detenimiento, no vaya a ser que un día despegue hasta el infinito o más allá.

15 de octubre

De quince en quince y tiro porque me toca. Ya ha pasado un mes desde que aterricé en tierras canadienses y parece que el azar y la casualidad me lo han querido recordar de forma especial. Soy consciente de que estamos a 20 de octubre, pero resulta que el día 15 no ha caído en jueves. Como balance de estos treinta y pico días de aventuras torontonianas, me siento razonablemente satisfecho. Cierto es que aún no he picado a la puerta correcta del empleo remunerado, pero reconozco que no cejo en el empeño de encontrar alguna oportunidad para desenredar esta maraña de incertidumbre.

Pues bien, el 15 de octubre, santo de mi señora madre y fecha señalada en el calendario, me encontraba yo repantigado en el sofá cuando recibí una inesperada noticia. Tenía correo. Había recibido una postal con una fotografía del cuadro “El puente de Charing Cross” (1899), del pintor francés Claude Monet, óleo sobre lienzo que forma parte de la colección del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. El remitente de la misiva era un señor canadiense que estaba disfrutando de un viaje por España y Portugal con su esposa. Me imagino que os preguntaréis por qué yo era el destinatario de esta postal. Pues bien, hace unas semanas, justo antes de embarcarme en esta nueva vida que el destino me tenía reservada, me afané en ponerme en contacto con todas aquellas personas que residían en Toronto y que pudieran echarme una mano, entre los que se encontraban los trabajadores de mi antigua oficina en la ciudad. Al hablar con ellos, me informaron de que había llegado un correo electrónico al buzón de la oficina en el que alguien preguntaba por mi persona. Me lo reenviaron y leí con asombro el contenido del mensaje: “Just a silly question. Are you still in Toronto?” (“Una pregunta estúpida. ¿Sigues en Toronto?”). El autor era un señor al que había resuelto una duda  en 2014 sobre lugares en España en los que se produjera vino con la variedad de uva chardonnay. Tras intercambiar varios correos y algunos consejos, el hombre pareció contento con mis comentarios. Tanto es así, que dos años más tarde, recibí el correo mentado anteriormente. Le escribí para informarle de mi pronta vuelta a Toronto y entonces me respondió que el motivo de su interés por mi localización era enviarme una postal como muestra de su agradecimiento por la ayuda prestada. Dicho y hecho.

Sin embargo, esa no sería la única postal que recibiría ese fin de semana. En el transcurso de mi conversación semanal con mis progenitores, mi madre me comunicó que había recibido otra postal. Esta vez, desde Tailandia. Una de mis amigas aventureras emprendió un viaje sola por el país asiático este verano. El azar hizo que el vuelo de ida despegara de Bruselas y que pudiéramos vernos durante unas horas. Entonces, nos pusimos al día, comentamos nuestras inquietudes, esbozamos nuestros futuros proyectos y nos prometimos realizar un viaje juntos a Islandia en el futuro próximo. Pues bien, con su postal de aguas cristalinas y paradisiacas, al estilo de “La playa” en la que se bañaba Leonardo DiCaprio en el 2000, esta compañera de vida me recordaba nuestra promesa de descubrir el paraíso helado. Sigo manteniendo mi palabra y espero que en 2017 ese viaje se haga realidad, aunque, para ello, antes necesitaré encontrar una fuente de ingresos estable.

En principio, no espero más correspondencia. Sin embargo, siempre me queda la ilusión de recibir una de esas cartas escritas de puño y letra, en las que la caligrafía transmite esa proximidad que las nuevas tecnologías han borrado. Como colofón del post de esta semana, sólo quiero resaltar un pequeño detalle de la postal de Madrid. En el reverso, junto a las palabras de afecto y agradecimiento, está el sello de correos. Éste tiene la imagen de un asturiano que emprendió un viaje a Las Américas para fundar hace ya más de 450 años el primer asentamiento europeo en el territorio que hoy ocupa Estados Unidos. Se trata del explorador Pedro Menéndez de Avilés y de la ciudad de San Agustín de la Florida (1565). Inspirado por la figura del avilesino, junto con la del bisabuelo que emigró a Cuba a principios del siglo XX, como tantos otros, para hacer fortuna, sigo buscando mi suerte en un continente que desde antaño ha sido sinónimo de oportunidades.

¡A trinchar el pavo!

El segundo lunes de octubre se celebra Acción de Gracias en Canadá. Esta tradición se remonta varios siglos atrás, aunque con orígenes diversos, que van desde lo divino hasta lo terrenal, desde el descubrimiento de nuevas tierras hasta el agradecimiento por buenas cosechas. En Estados Unidos y Puerto Rico se celebra también, pero, en este caso, el día es el cuarto jueves del mes de noviembre. Dando inicio, con el consiguiente “viernes negro”, a un mes en homenaje del capitalismo y consumismo, que tiene como culmen las navidades.

No vengo hoy aquí a departir sobre la pérdida de valores sufrida por nuestras tradiciones a lo largo del tiempo ni sobre la manera de escoger las fechas de efemérides en esta orilla del Atlántico. Seguro que estos temas me darían para varios posts. Vengo, sin embargo, a expresar mi agradecimiento. Pero como siempre, empecemos por el principio. La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un evento de promoción de vinos de D.O.Ca. Rioja, organizado por Vintages. La verdad es que la degustación no fue barata, pero debo reconocer que muchos de los vinos eran exquisitos y algunos estaban fuera de mi alcance económico. Allí, además de probar caldos de 1987 y 1994, me reuní con conocidos y amigos. Entre copa y copa, me propusieron acudir a una cena familiar de Acción de Gracias, que tendría lugar el domingo siguiente. Sin dudarlo, asentí y acepté la invitación.

Mis experiencias previas relacionadas con Acción de Gracias eran dos: una pseudocomida tradicional en Toronto y una cena con especialidades mexicanas y estadounidenses en Phoenix. Ambas tuvieron lugar durante mi primer año en Norteamérica. La transcurrida en Canadá la organizamos en forma de comida en mi entonces apartamento de la calle Isabella. Al no ser duchos en el arte de cocinar el pavo, que por lo visto es cuestión de horas y horas y horas, nos decantamos por otro menú. De primero cocinamos una crema de calabaza con panceta ahumada, o beicon. De segundo preparamos la ya famosa receta de pollo al horno relleno de manzana y pasas, con baño de sirope de arce sobre lecho de patatas y verduras de temporada. Los comensales quedaron satisfechos, pero, para ser justos, el pavo le habría dado un toque más local. En cuanto a la segunda, discurrió en Arizona durante el viaje que me llevó a visitar a una gran amiga de Scottsdale, a las afueras de la capital del Estado. Eso sí que fue una cena de Acción de Gracias con todos los ingredientes típicos de la tradición estadounidense, encumbrados por un pavo de dimensiones bíblicas, con su aderezo de arándanos rojos, y otros platos como el pastel de batata recubierto de crema de malvaviscos, también conocidos como nubes blancas de golosina.

Pues bien, el domingo sumé una nueva cena de Acción de Gracias a mi corta lista. Me sentí muy agradecido por haber sido invitado. Por fin, iba a vivir una cena típicamente canadiense. A ver, el pavo seguía siendo el centro de atención, pero la comida difería, en cierto modo, de la que había degustado otrora en Phoenix. He de reconocer que, en mi mente, había prejuzgado el significado de esta fiesta. Me había imaginado que se trataba de una celebración familiar. En España estamos acostumbrados a organizar grandes celebraciones en torno a suculentos manjares. Sin embargo, solemos separar cuidadosamente las celebraciones familiares con aquellas con amistades. Por ello, cuando nos reunimos los veinte comensales, me sorprendió que la procedencia de cada uno fuera dispar. Allí nos encontrábamos los propios miembros de la familia, otra familia conocida de los anfitriones, compañeros de trabajo y amigos. Cada uno de los invitados aportó algo a la cena y todos nos sentimos como en casa. Debido a mi afán por teorizar y racionalizar todo, supongo que el hecho de que, históricamente, Canadá y Estados Unidos sean países receptores de inmigración haya convertido esta fiesta en una celebración que traspasa las fronteras del estricto círculo familiar, creando así vínculos duraderos con otras familias.

Como anécdota de ese día, sólo comentar los esfuerzos de los comensales por decir cosas en español. Que te deseen un feliz pavo con la frase Happy polvo! es algo que voy a tardar en olvidar. Asimismo, acabar la noche paseando junto al lago Ontario con el titileo de las luces de los rascacielos de Toronto y de la CN Tower multicolor de fondo, junto con una sesión privada de ventosaterapia al estilo Michael Phelps al llegar a casa, hizo de la velada un jornada bastante singular. Como conclusión general de esta fiesta, considero que en España deberíamos organizar más celebraciones conjuntas entre familiares y amigos. ¿No son acaso las amistades una parte grande de nuestros seres queridos? Al estar lejos de casa, los amigos también se convierten en parte de tu nueva familia. Por ende, quiero agradecer a todas mis amistades todo el cariño, afecto y apoyo que me transmiten, tanto para los que comparten mi día a día como para los que, aunque la distancia nos ha separado, siguen ahí, muy presentes.

Nuevas tradiciones

lista de propósitos que queremos cumplir para el futuro. Asimismo, tras sopesar de los pros y contras de nuestras situaciones personales, nos autoimponemos cambios para mejorar. O, al menos, lo intentamos. Y, a veces, simplemente nos inventamos nuevas tradiciones que hagan nuestra existencia algo más entretenida.

En este momento, es una perogrullada afirmar que a través de los recientes senderos por los que discurre mi vida, ésta se ha vuelto algo convulsa. No obstante, lo maravilloso de estos giros de guión es exactamente la oportunidad de elegir cualquier cosa, esto es, empezar de nuevo, ser alguien diferente. Aun así, en esencia, es arduo modificar hábitos que están inherentemente ligados a nuestra persona. Otros, sin embargo, son más fáciles. Por ejemplo, antes de venir a Canadá, estuve valorando mis posibilidades en ese futuro incierto que, de cierta forma, aún perdura. Gracias a los distintos ámbitos a los que me he dedicado, ya sea académica o profesionalmente, podría utilizar cualquiera de ellos y construir una nueva vía, apartada de la anterior. Aun así, en este mundo tan volátil y mutable, no podemos dar por hecho que todo será cómo nos habíamos imaginado. En parte, son sorpresas que vuelven a la vida más emocionante. Dentro de estos nuevos cambios, el más urgente es encontrar un trabajo. Me encantaría dar con un empleo que me proporcionara valor añadido, no solamente, profesionalmente, sino también en lo personal. En todo caso, el azar y la casualidad tendrán que jugar su parte y tendré que analizar qué opción es más idónea cuando se dé el caso.

Además del tema laboral, hay otras cuestiones que también son proclives a ser modificadas: la ya recurrente pérdida de peso y mejora del estilo de vida, o la aún más presente búsqueda de una estabilidad emocional más allá del celibato. Sin embargo, tampoco es que me sienta especialmente preocupado por estos asuntos en este momento. Esto se debe a que vivo el presente y me dejo llevar, en busca de un futuro prometedor. Eso sí, ya tengo en mente ciertos pasos que tomar para seguir con cambios en ambos asuntos. En definitiva,  ya iremos viendo que nos depara el paso del tiempo.

Como anécdota de la semana, relacionada con nuevas tradiciones, aunque, en este caso, ya sean algo viejas, quería traer a colación dos hábitos que me impuse a principios de este año. Por un lado, pensé en apuntar todas aquellas conversaciones que me parecieran curiosas, graciosas o interesantes. Durante meses, estuve compilando varios momentos por el mero deseo de luchar contra las manecillas del reloj y guardar aquellas historias que conforman nuestro día a día, pero que se diluyen con el paso del tiempo. Sin embargo, debido a un accidental tropiezo, que provocó que mi teléfono móvil se escurriera de mis manos para darse de bruces contra el suelo, he perdido la mayoría. Eso no me ha impedido continuar con esta manía personal de escuchar conversaciones ajenas, pero sí que me ha entristecido que hayan desaparecido.

Por otro lado, también comencé entonces una tradición, que no es tan frecuente como la anterior, pero que me hace ilusión explicarla. Tengo familiares y amigos que cuando viajan se traen recuerdos de los lugares que visitan. Algunos suelen comprar el mismo objeto y adornan sus casas con ellos. Desde pequeño, siempre he querido descubrir nuevos países y culturas y, ya entonces, tenía pensado hacer alguna colección de este estilo. De hecho, tengo el segundo cajón de mi escritorio de Asturias lleno de postales de todos los lugares en los que he estado en Escocia cuando vivía allí. No obstante, quería que esta nueva tradición tuviera un significado especial más allá del mero coleccionismo. Por ello, pensé en utilizar un llavero de la ciudad anterior en la que hubiera vivido para abrir la puerta de mi nuevo lugar de residencia. De este modo, portaría constantemente el recuerdo del lugar del que vengo y de los pasos que me han llevado hasta el ahora.

Por ello, desde hace unos días, cuando abro la puerta del apartamento temporal en el que me hospedo en Toronto, lo hago con una llave de la que cuelga un Manneken Pis sobre un pedestal. En éste, grabadas en diferentes colores, aparece la palabra Brussels. La pregunta de si este será éste el llavero definitivo aún no tiene respuesta, aunque no soy ajenos a los vaivenes de la vida y ya no me precipito a elucubrar lo que ha de venir.