Entre lo real y lo abstracto

Otro jueves lleno de casualidades por compartir. Esto de autoimponerse una rutina ayuda a mantener cierto sentido del tiempo. Si no, bien podría estar viendo atardeceres sin saber ni en qué día vivo. Amaneceres, obviamente, muchos no veo, ya que a esas horas me encuentro agazapado en la cama viajando por los mundos de Morfeo. Cuando el azar decida que ya es hora de acabar con el dolce far niente, supongo que me acordaré de lo largas que pueden llegar a ser las jornadas laborales y de lo preciados que eran esos pequeños, o no tan pequeños, momentos de esparcimiento.

La rutina de escribir me gusta. Debo reconocer que me hace las semanas más amenas. Sin embargo, no siempre la inspiración me viene en forma de musa cantarina susurrándome melodías al oído. Todo lo contrario. Muchas veces debo rebuscar en lo más profundo de mí mismo historias que os puedan interesar a vosotros, mis queridos lectores. Por cierto, hablando de vosotros, me temo que soy poco correcto a la hora de trataros de este modo en estos lares. O, al menos, de eso es de lo que he tenido constancia recientemente. Según una reputada escuela de aprendizaje de español como lengua extranjera sita en Toronto, los futuros profesores de sus aulas deben abstenerse de utilizar el pronombre personal de segunda persona “vosotros”, que se utiliza de manera habitual en España. El motivo radica en su deseo de no atormentar a los pobres estudiantes con una forma verbal que apenas es utilizada por 50 millones de personas, en comparación con el número total de hispanohablantes que se decantan por otras fórmulas como el “ustedes”. No es que me haya puesto a contar los individuos que emplean el “vosotros” en España o en el mundo, pero me resulta de una estulticia supina el obviar durante seis cursos anuales esta forma verbal. Con una clara y concisa puntualización sería más que suficiente, pero se ve que han desterrado al “vosotros” al ostracismo. Más allá de estas nimiedades que, como lingüista, me frustran, la semana ha contado con no pocas anécdotas curiosas. Para no abrumar a nadie, me limitaré a dos de ellas.

La primera me lleva a reflexionar sobre la abstracción. Pero no en un sentido artístico como aquel dibujo de formas sinuosas que un profesor sustituto nos pintó en la pizarra de aquella clase de 3º de primaria en el C.P. Asturamérica de Cuideiru, sino que me refiero a lo abstracto y lejano que queda tu anterior vida cuando te mudas al extranjero. Para ilustrar este sinsentido pongo un ejemplo. El otro día salí de casa a hacer la compra. Me tocaba preparar la cena y tenía en mente una receta familiar que había previamente consultado a mis progenitores: “patatas a la importancia”, o como la llamamos en casa “patatas a la telaraña”. Raudo y veloz fui al supermercado Longo’s de la calle Bloor East, en donde seleccioné los ingredientes precisos (eso sí, de un patatús ya no me muero al ver el precio, aunque, quizás, mi cartera no opine lo mismo). Comprados los alimentos necesarios, emprendí el camino de regreso a casa, absorto en mis pensamientos y en mis quehaceres diarios de esta nueva singladura. Entre altos rascacielos me movía en mi salsa con mi teléfono inteligente, como si fuera una prolongación de mi ser, cuando de repente los acordes de una lengua que no era el inglés llegaron a mis oídos. Se trataba de gente hablando en catalán. Cuando alcé la mirada y miré al grupo, justo a mi lado pasaba Jordi Évole. Atónito y abstracto me quedé. Y de lo sorprendido, también mudo. ¿Será que tenemos un programa de Salvados en tierras canadienses o acaso presentador ha decidido visitar Toronto? No lo sé, pero ahora estoy intrigado.

Por su lado, la segunda historia me devuelve a la realidad, pero no a la de esta vida nueva, sino a una de esas vidas que vivo lejos de aquí, en donde se encuentran mis seres queridos. Ahormada a la distancia, mi familia ha realizado un curso acelerado de tecnología de comunicaciones. Entre correos electrónicos, wasaps y videoconferencias, aún pareciera que hablara más con ellos que en casa. No obstante, la informática a veces tiene su intríngulis. Si no, que se lo pregunten a mi hermana cuando intentó contactar conmigo hace unos días para hablar por FaceTime. Al marcar el número y llamar, al otro lado de la línea apareció una mujer al volante, de procedencia africana y con un suntuoso turbante en la cabeza. Según la descripción de mi hermana, el momento fue hilarante, pero, sin duda, lo más gracioso debió de ser la cara de mi abuela al ver a esa señora en la pantalla en el lugar en el que se suponía que tendría que estar su nieto. Al parecer, mantuvieron una entretenida charla sobre mi paradero, aunque, de seguro, poco sacaron en claro.

En definitiva, sigo entre lo real y lo abstracto viviendo un presente emocionante en busca de un futuro prometedor. Como hasta ahora no puedo desligar estos dos mundos, y tampoco es que quiera, me afano por tirar hacia adelante, que ya me supone bastante esfuerzo. No sé lo que pensaréis de este comecocos, pero prometo que con este blog intento mostraros de forma irónica pero honesta esta nueva experiencia a todos vosotros. Ups, “ustedes”.

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One thought on “Entre lo real y lo abstracto

  1. Consulta bien tus recetas con tus fuentes, pues creo que has mezclado dos distintas. Sin embargo esto da lo mismo, seguro que te salió espectacular y se chuparon los dedos .’)

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