Monthly Archives: September 2016

Entre lo real y lo abstracto

Otro jueves lleno de casualidades por compartir. Esto de autoimponerse una rutina ayuda a mantener cierto sentido del tiempo. Si no, bien podría estar viendo atardeceres sin saber ni en qué día vivo. Amaneceres, obviamente, muchos no veo, ya que a esas horas me encuentro agazapado en la cama viajando por los mundos de Morfeo. Cuando el azar decida que ya es hora de acabar con el dolce far niente, supongo que me acordaré de lo largas que pueden llegar a ser las jornadas laborales y de lo preciados que eran esos pequeños, o no tan pequeños, momentos de esparcimiento.

La rutina de escribir me gusta. Debo reconocer que me hace las semanas más amenas. Sin embargo, no siempre la inspiración me viene en forma de musa cantarina susurrándome melodías al oído. Todo lo contrario. Muchas veces debo rebuscar en lo más profundo de mí mismo historias que os puedan interesar a vosotros, mis queridos lectores. Por cierto, hablando de vosotros, me temo que soy poco correcto a la hora de trataros de este modo en estos lares. O, al menos, de eso es de lo que he tenido constancia recientemente. Según una reputada escuela de aprendizaje de español como lengua extranjera sita en Toronto, los futuros profesores de sus aulas deben abstenerse de utilizar el pronombre personal de segunda persona “vosotros”, que se utiliza de manera habitual en España. El motivo radica en su deseo de no atormentar a los pobres estudiantes con una forma verbal que apenas es utilizada por 50 millones de personas, en comparación con el número total de hispanohablantes que se decantan por otras fórmulas como el “ustedes”. No es que me haya puesto a contar los individuos que emplean el “vosotros” en España o en el mundo, pero me resulta de una estulticia supina el obviar durante seis cursos anuales esta forma verbal. Con una clara y concisa puntualización sería más que suficiente, pero se ve que han desterrado al “vosotros” al ostracismo. Más allá de estas nimiedades que, como lingüista, me frustran, la semana ha contado con no pocas anécdotas curiosas. Para no abrumar a nadie, me limitaré a dos de ellas.

La primera me lleva a reflexionar sobre la abstracción. Pero no en un sentido artístico como aquel dibujo de formas sinuosas que un profesor sustituto nos pintó en la pizarra de aquella clase de 3º de primaria en el C.P. Asturamérica de Cuideiru, sino que me refiero a lo abstracto y lejano que queda tu anterior vida cuando te mudas al extranjero. Para ilustrar este sinsentido pongo un ejemplo. El otro día salí de casa a hacer la compra. Me tocaba preparar la cena y tenía en mente una receta familiar que había previamente consultado a mis progenitores: “patatas a la importancia”, o como la llamamos en casa “patatas a la telaraña”. Raudo y veloz fui al supermercado Longo’s de la calle Bloor East, en donde seleccioné los ingredientes precisos (eso sí, de un patatús ya no me muero al ver el precio, aunque, quizás, mi cartera no opine lo mismo). Comprados los alimentos necesarios, emprendí el camino de regreso a casa, absorto en mis pensamientos y en mis quehaceres diarios de esta nueva singladura. Entre altos rascacielos me movía en mi salsa con mi teléfono inteligente, como si fuera una prolongación de mi ser, cuando de repente los acordes de una lengua que no era el inglés llegaron a mis oídos. Se trataba de gente hablando en catalán. Cuando alcé la mirada y miré al grupo, justo a mi lado pasaba Jordi Évole. Atónito y abstracto me quedé. Y de lo sorprendido, también mudo. ¿Será que tenemos un programa de Salvados en tierras canadienses o acaso presentador ha decidido visitar Toronto? No lo sé, pero ahora estoy intrigado.

Por su lado, la segunda historia me devuelve a la realidad, pero no a la de esta vida nueva, sino a una de esas vidas que vivo lejos de aquí, en donde se encuentran mis seres queridos. Ahormada a la distancia, mi familia ha realizado un curso acelerado de tecnología de comunicaciones. Entre correos electrónicos, wasaps y videoconferencias, aún pareciera que hablara más con ellos que en casa. No obstante, la informática a veces tiene su intríngulis. Si no, que se lo pregunten a mi hermana cuando intentó contactar conmigo hace unos días para hablar por FaceTime. Al marcar el número y llamar, al otro lado de la línea apareció una mujer al volante, de procedencia africana y con un suntuoso turbante en la cabeza. Según la descripción de mi hermana, el momento fue hilarante, pero, sin duda, lo más gracioso debió de ser la cara de mi abuela al ver a esa señora en la pantalla en el lugar en el que se suponía que tendría que estar su nieto. Al parecer, mantuvieron una entretenida charla sobre mi paradero, aunque, de seguro, poco sacaron en claro.

En definitiva, sigo entre lo real y lo abstracto viviendo un presente emocionante en busca de un futuro prometedor. Como hasta ahora no puedo desligar estos dos mundos, y tampoco es que quiera, me afano por tirar hacia adelante, que ya me supone bastante esfuerzo. No sé lo que pensaréis de este comecocos, pero prometo que con este blog intento mostraros de forma irónica pero honesta esta nueva experiencia a todos vosotros. Ups, “ustedes”.

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3, 2, 1… ¡Acción!

Hoy se cumple una semana desde que me he trasladado a Toronto. En comparación con la primera vez que aterrizaba en estas tierras, mis sentidos han estado menos despiertos o, más bien, se encontraban aletargados. Esto se debe a que la novedad, al ser efímera, se ha diluido por haber tenido su momento en 2014. Sin embargo, la sensación de esta nueva llegada podría considerarse como eufórica y sosegada al mismo tiempo.

Me explico. Por un lado, el reto de una nueva vida por escribir es emocionante. Cada día al levantarme puedo abrazar una idea y seguirla hasta alcanzarla. Al menos, esta euforia de que todo es posible sigue siendo factible siete días después. En principio, espero que se prolongue hasta que quiera volver a la realidad o, en su caso, la rutina encorsete mis horarios y, por ende, mi libertad. Por otro lado, la experiencia de regresar a Toronto la asocio con el sosiego y tranquilidad de caminar por una vida nueva en unos zapatos viejos. Por mucho que la ciudad y yo mismo hayamos cambiado, mantenemos un equilibrio entre nuestro idilio pasado, el presente que se escurre entre las manos y el futuro prometedor. En definitiva, considero que ha sido un inicio de viaje, cuando menos, positivo.

Un adjetivo que puede describir el corto período tras mi vuelta sería “activo”. Me atrevería a decir que el propio país y sociedad canadienses alientan a no perder el ritmo y a estar ojo avizor ante las oportunidades que se presentan ante ti. Por ello, venciendo el desfase horario, me he apresurado por realizar todos aquellos trámites pendientes, que podían lastrar mis pasos futuros. Con los deberes hechos, los amigos y conocidos contactados y las ofertas de trabajo buscadas, me siento preparado para encauzar esta nueva aventura. De cualquier manera, el azar y la casualidad ya dirán por qué vericuetos habrá de pasar el río de mi existencia.

Siempre que se toma una decisión, la mente se cuestiona si es la correcta. En mi opinión, la vida es una serie de elecciones que van modelándola. Cuando se escoge un camino, no se hace inconscientemente, sino que se encuentra inscrito en unas circunstancias concretas. No obstante, a pesar de estar seguro de la opción elegida, las dudas no se apaciguan solamente con la razón. Así pues, me pregunto qué sería de mí si no hubiera emprendido este viaje. En mis otras vidas, las que vivo sin vivir en ellas (un poco al estilo de Santa Teresa de Jesús), hoy estaría ocupado con quehaceres diversos. Por ejemplo, si me hubiera quedado en mi Asturias natal, hoy habría ido a la entrega de certificados de la Universidá Asturiana de Branu en el paraninfo del Edificio Histórico de la Universidá d’Uviéu. Allí me hubiera reencontrado con amigos y profesores y hubiera rememorado anécdotas y recuerdos del curso. De otro modo, si Bruselas hubiera sido mi capital europea, me imagino que estaría celebrando con otros amigos que comprueban cómo los trabajos aparecen y sus vidas se tornan estables. Y si nunca me hubiera ido de Madrid o Barcelona, no estaría echando de menos a grandes compañeros de vida y estaríamos construyendo nuevas historias juntos.

Estoy en todas esas vidas sin estar, pero de lo que estoy totalmente seguro es que lo que quiero vivir es este presente, porque es el único que tengo y el que he decido que continuara. Por ello, cargadas las pilas y estando bien activo, me preparo para salir de nuevo a escena en este nuevo, pero, a la vez, conocido escenario torontoniano. 3, 2 1… ¡Acción!

15 de septiembre

“¡Hola! Soy Pablo. Y soy de Asturias”. Pronuncié esta alocución en un día como hoy, 15 de septiembre, hace justamente una década. De aquella, contaba yo con 18 años y me encontraba en el edificio en el que empezaría a germinar una nueva etapa de esta apasionante aventura que es la vida.

Tras haber salido del que se había convertido mi hogar apenas unas semanas atrás, me dirigí a la entonces Facultat de Traducció i Interpretació del Campus de Les Rambles de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Allí había previsto un acto de bienvenida para nuevos alumnos. Inexplicablemente para mi persona, llegaba con algo de retraso. Razón por la que, cuando crucé el umbral  de la puerta del auditorio de ese magno edificio, los asientos libres escaseaban. En mi fuero interno, los nervios me carcomían y mis pensamientos se limitaban a asumir que, por un lado, no entendería a la mayoría de mis futuros compañeros, porque estarían hablando en catalán; y que, por otro lado, había perdido la oportunidad de socializar, viéndome obligado a hacerme un hueco en donde buenamente me era posible. El lector avezado se dará cuenta de que la hipérbole es inherente tanto a mi discurso como a mi día a día. ¡Son manías que tiene uno!

Pues bien, allí me hallaba yo, sentado junto a un centenar de personas, en su mayoría mujeres, cuando escucho detrás de mí a unas chicas hablando en castellano. Vi la oportunidad de entablar una conversación, me di la vuelta y solté la dichosa frase con la que he comenzado esta nueva entrada del blog. La receptora de mi mensaje me observó detenidamente con cara amistosa y se presentó. Lamentablemente, necesitó repetirme su nombre tres veces para que yo me enterara de cómo se llamaba. Su semblante, entonces, se tornó menos cordial, mientras que, para mis adentros, me sentía estúpido por haber dado una primera impresión tan penosa. Sin embargo, no debió de ser para tanto, dado que con el paso de los meses esa chica se convertiría en una gran amiga con la que sigo guardando una relación excepcional. Junto a ella, durante estos últimos 10 años, múltiples personas me han acompañado y, en mayor o menor medida, me han enseñado formas diferentes de ver la vida. Algunas nunca me han dejado escapar, otras las llevo en mi recuerdo, pero a todas les agradezco el papel que consciente o inconscientemente han tenido sobre mí. Yo no sería quien soy si el azar y la casualidad no nos hubieran juntado.

Ese 15 de septiembre se abría para mí un mundo desconocido. Pasaba del control paterno a la emancipación y, por primera vez, me sentía dueño de decisiones reales que me afectarían para los años venideros. Al mismo tiempo, me alegraba por estar cumpliendo mis otrora sueños y por seguir el camino que yo propiamente había diseñado para mí. El destino, no obstante, es caprichoso y, en ocasiones, le gusta llevarte por los senderos más insospechados. Así pues, hoy, 15 de septiembre de 2016, también inicia otra etapa nueva en mi andadura por el mundo. Mis pasos desandan un trecho y me retrotraen dos años atrás. Me devuelven a Toronto, ciudad en la que me siento como en casa y en la que vive parte de esas amistades que han dejado una marca indeleble en mi corazón. Aún así, he dejado Europa con tristeza, porque allí está mi familia y mi hogar. En todo caso, aunque no pueda reprimir las lágrimas al alejarme de mis seres queridos, sé que la decisión de inmigrar ha sido la acertada. En la ruleta de la vida hay que apostar al número que crees que más te va a aportar, a pesar de que, de primeras, no sepas si vas a perder o ganar. Por mi naturaleza optimista, siempre busco el lado positivo de las cosas, pero soy consciente de que todas nuestras decisiones tienen un coste de oportunidad.

Escribo estas líneas desde el avión que me transporta a Canadá. Entre el manojo de sentimientos contradictorios y el cansancio de una noche demasiado corta, pienso en el trayecto que me resta y en lo ya transcurrido. Más allá de mis cuestiones existenciales, de este día me quedo para el recuerdo con la reverencia del asistente del vuelo entre Madrid y Londres tras informar sobre las medidas de seguridad de la aeronave, con su anuncio por megafonía de la pérdida por un pasajero de una bolsa de “El Cortés Inglés” con unos zapatos y con un cartel publicitario de restaurantes italianos en el aeropuerto de Londres Gatwick con el eslogan “Pasta la vista, baby”. En fin, el viaje continúa y estoy seguro de que alguna historieta más saldrá de este periplo. Sin embargo, hasta entonces no dejo de pensar en el enrevesado destino que ha escogido esta fecha del 15 de septiembre para volver a dar un giro a mi vida. Qué mejor manera de festejarlo que retomando la escritura de este blog lleno de azar y casualidad, ahora de nuevo, en Canadá.