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Primavera viajera (Parte I)

Desidia. Palabra que describe mi actitud con respecto a este blog en los últimos meses. Me malacostumbro y al final pierdo el norte. En todo caso, ya lo dice el sabio refranero español: “Más vale tarde que nunca”. Por ello, intentaré ser más constante y escribir con mayor asiduidad. Vanas promesas que espero cumplir, aunque confieso que soy débil y me dejo llevar por la desidia.

8 de junio. Ni un sólo post en todo mayo. La verdad es que he estado ocupado. Pero no todo empezó en el mes de las flores, sino que hay que trasladarse al mes de las lluvias, abril, para retomar mi historia aparcada. Lo bueno de escribir con tanto desfase temporal, es que puedes hacer acopio de muchas experiencias vividas en un mes y sintetizarlas en unas breves líneas. Lo malo es que la memoria te puede jugar una mala pasada y hacerte olvidar anécdotas verdaderamente reseñables. En los próximos posts intentaré esforzarme para que no se me quede nada en el tintero, a la vez que echaré mano de la síntesis como recurso estilístico. Aun así, muchos sabéis que no soy parco en palabras y que me agradan sobremanera las perífrasis y demás parafernalias.

Abril. Ottawa. Fiesta hipster. Nueva York. Arantxa. 30 días de mi vida explicados en cinco conceptos y siete palabras. Me deberían de dar un premio a la simplificación. Tras este arrebato idólatra tan inherente a mi forma de ser, procuraré ser más prolijo en mis explicaciones. El primer punto de este relato tiene lugar entre el 31 de marzo y el 4 de abril, justamente la semana en la que tuve que ir a trabajar a Ottawa. Por entonces, disfrutábamos en Toronto de un tiempo envidiable. El domingo anterior a mi partida habíamos ido a tomar el sol a la plaza de Nathan Philipps, donde se erige el ayuntamiento de la ciudad, después de haber probado un suculento almuerzo en un restaurante japonés y de haber presenciado una manifestación en contra del referéndum de autodeterminación de Crimea.

Pues bien, ya el lunes con mi maleta en la mano me dispuse a coger mi camino hacia el aeropuerto Billy Bishop Toronto City, más conocido como “el aeropuerto de la isla”, dado que se encuentra en una de las islas de Toronto. Un metro, un autobús y un ferry fueron necesarios para poder llegar. Eso sí, el skyline de Toronto a una hora tan temprana de la mañana es digno de ver. Una vez instalado en mi asiento, despegamos y poco a poco iba dejando la primaveral Toronto para ir adentrándome en la invernal Ontario, aún cubierta de nieve. En una hora de vuelo había pasado de una incipiente primavera a un invierno persistente. En el taxi a la oficina, el taxista me pretendía alentar con la idea de que Ottawa es muy bonita en verano. Lo que no dudo en absoluto, pero, entonces, mis ojos no veían más allá de la incesante nieve amontonado por doquier.

El taxi me dejó en la Oficina y allí me dirigí con paso decidido, arrastrando mi pequeña maleta. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Una ciudad diferente, un lugar de trabajo distinto y gente desconocida. No obstante, el trato fue cordial en todo momento y me gustó poder desconectar de mi vida torontoniana durante una semana. Ottawa es una ciudad bonita, aunque, para mi gusto, pequeña. Quizás, ya me he acostumbrado a grandes urbes como Barcelona, Madrid o Toronto. En todo caso, lo bueno de las ciudades pequeñas es que son muy manejables. La Oficina está en el centro de la ciudad, a 10 minutos del hotel donde me hospedaba (valga decir, que la habitación en la que me alojaba era más grande que mi propio apartamento y que el hotel contaba con gimnasio y piscina), el Parlamento de Canadá (principal atracción turística de la ciudad) quedaba a un tiro de piedra, además de otros sitios de interés, que, por pereza o por desidia, no visité. Sabía que volvería a ir, así que tampoco pretendía hacer un recorrido turístico al estilo japonés. Básicamente, los cinco días que estuve allí fueron de relax, desconexión y tranquilidad.

Al menos, tuve esa calma durante la estancia, ya que el vuelo de vuelta a Toronto fue de todo menos sosegado. Tras compartir el taxi con un desconocido que me invitó al trayecto, llegué al aeropuerto con tiempo suficiente antes del embarque. Una vez sentados todos los pasajeros, que difícilmente llegaríamos a la treintena, el avión despegó. El viaje fue en general cómodo. Sin embargo, en cuanto nos dispusimos a descender, comenzaron todas las penurias. Turbulencia tras turbulencia, el avión se aproximaba al aeropuerto, cubierto por una espesa capa de niebla que parecía que nos mantenía en un limbo inquietante. Blanco era el único color que se veía a través de la ventanilla. Una inmensidad blanca. Nada más se vio durante un rato, hasta que finalmente una masa de agua oscura se perfilaba debajo del aparato. Era el lago Ontario. Y justo detrás nuestro estaba el aeropuerto. El piloto no había calculado bien y no era capaz de aterrizar. Ante el nerviosismo de los pasajeros, sonó la voz enlatada de la cabina. Parafraseo: “Debido a la poca visibilidad no he podido aterrizar el avión. Lo intentaré una segunda vez. Cruzad los dedos. Si no lo consigo, nos volvemos a Ottawa”. No sé qué me horrorizó más si pensar que tenía que pasar un minuto más en ese avión o si verme de vuelta en Ottawa sin nada que hacer. Hubo suerte. A la segunda, aterrizamos. Ya en la pista, una señora que estaba sentada cerca de mi exclamó: “Thank you, pilot, for keeping me alive” (“Gracias, piloto, por mantenerme con vida”). Yo entonces sólo pensaba en tomarme una copa y calmar los nervios. En casa, eventualmente, cayó un chupito de vodka.

Así empezó abril y mi primavera viajera. El siguiente viaje sería Nueva York, pero entremedias celebramos la segunda fiesta temática: la fiesta hipster. Mi disfraz: una barba espesa, una camisa roja y bastante llamativa, un gorro de punto y unas gafas de sol. Leñador canadiense me llamaban. En verdad, no sé si acerté o no con el atuendo. En todo caso, creo que lo del hipsterismo no va mucho conmigo. Hay que comerse demasiado el tarro en una estética que no pega mucho con mi personalidad. Eso sí, para pasar un rato divertido y ser alguien diferente por una noche, el disfraz me vino de perlas. Y con esto y un bizcocho escribo punto y final al post de hoy y prometo no demorarme en escribir el siguiente, a no ser, claro está, que me pueda la desidia.

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