Carnaval a bajo cero

Lo admito. Soy un vago. Tanto en Toronto, como en España, como en cualquier sitio donde esté. Si no lo fuera, este post lo habría escrito hace justamente un mes, semana arriba o semana abajo. Sin embargo, los vaivenes de la vida te vuelven perezoso e inconstante, por lo que me he visto obligado a posponerlo sine die hasta hoy que he encontrado un momento de tranquilidad para escribir cuatro líneas. Pues bien, una de las películas que más me gustan es Le premier jour du reste de ta vie (“El primer día del resto de tu vida”) de Rémi Bezançon.  Saco a colación esta cinta, porque en una escena la madre de la familia protagonista pregunta a su hijo (interpretado por Marc-André Grondin, actor oriundo de Montreal) si sabe lo que es la “procrastinación”. Éste a duras penas es capaz de pronunciar tal vocablo, así que obviamente también desconoce su significado. Para los que nunca hayáis escuchado esta palabra, indica el hábito de realizar actividades más entretenidas e irrelevantes en lugar de aquellas tareas que son más urgentes. En castellano plano, es el antónimo del famoso refrán: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Vaya, la historia de mi vida.

Así pues, si hubiera sido más raudo con la pluma, o en este caso con el teclado, os podría haber detallado con mayor precisión mis aventuras y desventuras de principios de marzo. No obstante, intentaré hacer acopio de aquellas anécdotas que puedan resultar de interés. Y por ello, nos tenemos que trasladar al 8 de marzo, conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. De hecho, no sé si sigue llevando esa coletilla final, pero mis creencias religiosas me obligan a añadir el adjetivo. Además de ser un día tan importante para nuestras sociedades, también es una fecha muy señalada en mi calendario, dado que fue justamente ese día hace 26 años cuando decidí aparecer en este mundo. Podrían surgir cientos de debates sobre la génesis de mi aparición en relación con el momento preciso, esto es, la concepción o el alumbramiento, pero no me apetece iniciar una disertación sobre aspectos ético-morales y metafísicos. Por el contrario, quiero hablar de mi cumpleaños.

El cumpleaños es un día importante. Algunos se lo toman peor, otros mejor, yo, en particular, me siento contento. Mentiría si dijera que no es duro pasar esa fecha tan señalada sin el cariño de los seres queridos, pero es lo que hay, así que no me queda otra. Para ese día tan especial tuve la idea de organizar una fiesta de cumpleaños. Llamadme original. No es que no me gusten las fiestas sorpresa, pero seamos serios, cuando uno no hace nada para celebrar su cumpleaños, ¿quién no se imagina que sus amigos le tendrán algo preparado? Por ello, para no cargar a nadie con responsabilidades innecesarias, y porque, además, es algo que me encanta, tomé la decisión de celebrar una fiesta, más concretamente una fiesta temática. Por aquel entonces, mi cabeza en lo único que podía pensar era en que el invierno me estaba amargando la existencia. Por ende, tomé le resolución de enfrentarme a todo pronóstico meteorológico y propuse festejar mi aniversario con una fiesta veraniega. La idea tuvo gran acogida, más si cabe, porque ya era marzo y aún no habíamos celebrado el oportuno carnaval con sus típicos disfraces. Así pues, ¡qué mejor ocasión que una fiesta espontánea para evadirse y dejar a un lado la rutina diaria!

El tema de la fiesta debo reconocer que era facilón. No obstante, mi carencia de vitamina D me animaba a urdir esta estratagema para saciar mis ansias de sol, incluso si la fiesta no me iba a proporcionar la calidez de los rayos de Lorenzo. Principalmente, porque era de noche, pero, además, porque en el mundo real seguía haciendo frío. En resumidas cuentas, que ahí estábamos un grupo de entre diez y quince personas, ataviados con ropa de playa y bailando al son de canciones más propias de otras tierras y otras épocas del año. No quiero caer en la soberbia, pero debo afirmar con rotundidad que la fiesta fue un gran éxito. Al menos, esa es la impresión que da cuando miro las fotos de esa noche.

Aparte de celebrar el carnaval con esencia veraniega, también llegó el momento de hacerlo vestidos de verde. No por la esperanza o por la primavera, sino que por el día de San Patricio, el 17 de marzo. Como, al parecer, no tuvimos suficiente con disfrazarnos la semana de antes con nuestros atuendos veraniegos, fuimos a Dollarama a aprovisionarnos de todos los accesorios necesarios para alumbrar nuestra chispa verde. Yo me compré un gorro, unas gafas y un colgante en forma de trébol. He de indicar que el dichoso collar de plástico me dejo una marca verde en todo el cuello, por lo que no sabía si me estaba transformando en Hulk o en la Malvada Bruja de Oeste. En todo caso, de este detalle no me percaté hasta la mañana siguiente. Nuestra particular celebración de San Patricio transcurrió como cualquier fin de semana normal, pero con un toque verde. Eso sí, la gente que nos cruzaba con la calle nos saludaba y sonría de una manera peculiar, e incluso nos felicitaba por haber dejado la vergüenza en casa.

Fue un día memorable, o mejor dicho, un fin de semana diferente, ya que además de la noche de juerga, también asistimos al desfile de San Patricio, en el que participó el mundialmente conocido alcalde de Toronto, Rob Ford. Desgraciadamente, no tuve la suerte de conocerlo. Otra vez será. Lo que sí que tuve la ocasión de presenciar es la unión de toda la ciudadanía de Toronto alrededor de la festividad de este santo irlandés. Nunca había ido a un desfile de San Patricio, así que tampoco sabía lo que me iba a encontrar, pero, sin duda, una charanga de chinos no estaba ni remotamente en mis quinielas.

En definitiva, “a mal tiempo, buena cara”, así que hemos decidido celebrar fiestas temáticas con asiduidad. Será que nos gusta lo de disfrazarnos. De hecho, la próxima será este fin de semana y ya lo tengo todo preparado, pero debido a mi vagancia innata, probablemente no os la contaré hasta dentro de unos cuantos días; cuando, por fin, haya conseguido ponerme al día. En esta batalla sólo puede quedar uno: la pereza o yo; aunque me cueste, resistiré.

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One thought on “Carnaval a bajo cero

  1. Dollarama te saca de cualquier apuro! Y tenía unas galletas de chocolate que estaban buenísimas… Me ha gustado la charanga de chinos como concepto. Love TO!! Besitos raudos 😉

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