El lago Muskoka

La idiosincrasia del pueblo canadiense es singular. De hecho, cada pueblo tiene unos rasgos distintivos que los diferencian de otros pueblos y sociedades. En el caso de Canadá, y más concretamente de Toronto, se puede decir que un aspecto inconfundible de sus habitantes es la educación o el saber estar. Probablemente haya dicho más veces sorry, thank youplease en este país en dos meses que en Madrid, Barcelona o Asturias en el mismo periodo de tiempo. No es que mis padres no me hayan criado adecuadamente, sino que en España no se estila ser tan pomposo en las formas. De cualquier modo, mejor que te sonrían y que te deseen un buen día, tarde o noche a que te traten fríamente y de manera brusca, como te puede pasar en cualquier supermercado chino de la avenida Spadina.

Ciertamente, Toronto es una de las ciudades más multiculturales del mundo. De hecho, cuesta encontrar lo que un español denominaría un “canadiense canadiense”. Sé que el término es un poco vago, pero creo que se entiende perfectamente a lo que me refiero. Por ello, muchas veces es curioso ver cómo cada cultura interacciona con las demás. En todo caso, volviendo al tema de los canadienses, una cosa curiosa, aunque normal, es la obsesión por los temas relacionados con la meteorología. Si quieres hablar con alguien, sólo tienes que decir qué frío hace, qué invierno más largo, cuánta nieve, etc. Seguro que con esos temas de conversación haces amigos en Canadá. Pero, ¿qué se puede esperar de un pueblo que celebra el día en el que se ha registrado más frío en su país (-63 ºC en Snag (Yukón), el 3 de febrero de 1947)? Incluso, el Google de Canadá hizo un doodle especial para conmemorar tan señalada fecha.

En todo caso,  a los canadienses les gusta celebrar un montón de ocasiones especiales. Una de ellas es Family Day (“El día de la familia”), que tiene lugar el tercer lunes de febrero en la mayoría de provincias de Canadá. Es una fiesta que no conmemora nada en especial, sino que sirve de excusa para no trabajar y disfrutar de un fin de semana largo en febrero. Para no hacer caso omiso al refranero español, que sabiamente dice que “allá donde fueres haz lo que vieres”, el fin de semana del 14 al 17 de febrero, 6 españoles, 2 brasileños y un perro (Capone) alquilamos un coche y una casa de campo (cottage) en los alrededores del Lago Muskoka, más concretamente a las afueras de la ciudad de Huntsville.

El viaje cumplió todas las expectativas. Aunque eso ya lo sabía, ya que antes de emprender el periplo por la llanura de Ontario, volvió a demostrarse mi teoría de los malos inicios. En pocas palabras, para que algo me salga bien, al principio me tiene que ir mal. Tengo varios ejemplos en mi vida que han ido constatando esta teoría, pero como seguramente me volverá a suceder, la explicaré más detalladamente en otra ocasión. Esta vez no fue una excepción. Tras pasarnos horas y horas buscando un coche para 8 personas y un perro en Toronto y alrededores, hacía falta que nos organizáramos bien para proveernos de los enseres y vituallas necesarias para un fin de semana en el campo. Para ello, cogimos el coche y nos dirigimos a un supermercado con aparcamiento subterráneo. Aparcamos y subimos a hacer la compra.

Cuando llegamos, empezó a sonar la alarma de incendio; algo bastante frecuente en Toronto. ¡Ya me ha pasado más de cinco veces y no es que se encienda por lo ardiente que soy! Pasamos del ruido y nos dispusimos a buscar la comida que necesitábamos. De pronto, sonó el altavoz del supermercado anunciándonos que sólo quedaban 15 minutos para el cierre del supermercado. Os lo podéis imaginar. Seis personas corriendo como locas por todo el supermercado cogiendo productos diversos a diestro y siniestro. ¡Un show, vaya! Cuando la cajera nos vio llegar con el cargamento de comida a 5 minutos de cerrar, creo que se acordó de todas nuestras familias juntas. De cualquier modo, esbozó una sonrisa y nos saludó cortésmente, como buena canadiense. Metimos todas las bolsas en el carro y bajamos al aparcamiento. Al llegar, nos llevamos la gran sorpresa de la noche. Habíamos aparcado el coche en zona restringida y, por lo tanto, no podíamos acceder a ella. Ante nuestra impotencia y estupefacción, a los 15 minutos apareció la responsable de seguridad del edificio con cara de “me habéis jodido en medio de mi estresante trabajo, sentada en mi cubículo devorando pollo frito y rascándome la barriga.” Nosotros, como ya habíamos aprendido, sonreímos, nos disculpamos, fuimos educados y así nos dejó ir a buscar el coche y salir de ese agujero. Moraleja: Aparca el coche en zona restringida, te haces el “longui” y te sale gratis.

Tras la comida, vino la bebida. Canadá y su política de venta de bebidas alcohólicas. Se podría hacer un estudio sociológico. Fuimos a la tienda Beer store y pedimos unas 144 cervezas. Sólo por si nos quedábamos con sed en medio de la campiña. Una vez hecha la compra, estaba todo resuelto. 8 personas, un perro, 144 cervezas, una tonelada de comida y el equipaje. ¿Misión imposible? No, fin de semana genial. Y así fue. Al día siguiente nos embarcamos en un viaje de unas tres horas largas para llegar a la casa de campo. Desempaquetamos y nos dispusimos a conocer un poco la zona. En verdad, el fin de semana se puede resumir con dos palabras: comida y fiesta. Aparte de esto, caminamos por un lago helado, comimos nubes al fuego con chocolate (malvaviscos o marshmallows), jugamos con Capone y él con nosotros, nos metimos dentro de un iglú y conocimos la hermosa ciudad/villa de Huntsville, lugar de nacimiento de la medallista olímpica Dara Howell. Pero, bueno, que en definitiva lo que hicimos fue comer, comer y comer: tortitas, pizzas, pasta, arroz, ensaladas, salchichas, bacon, huevos, tortillas de patata, chocolate, helado, etc. ¡Una dieta sana y equilibrada, aderezada, por supuesto, con litros y litros de cerveza!

En suma, no hay mejor manera de pasar el día de la familia en Canadá que con aquellos que forman parte de ella en tu nuevo país. Fue un fin de semana lejos de la bulliciosa Toronto, de su tráfico, su gente, sus restaurantes de comida rápida y su palpitante ajetreo diario. Un fin de semana diferente que espero volver a repetir, aunque la próxima vez con el lago descongelado. En todo caso, el invierno aún tiene que dar sus últimos coletazos y auguro una lenta entrada a la estación primaveral.

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