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La torre de Babel

Antes de llegar a Toronto, muchos de mis allegados, amigos, familiares y conocidos en general se obsequiaron con ciertas útiles indicaciones de cómo iba a ser mi vida en Toronto. Algunos conocían la ciudad y me animaban efusivamente a descubrirla, mientras que otros se decantaban por transmitirme los tópicos típicos sobre la metrópoli canadiense. Muchos de ellos no eran más que prejuicios o puro desconocimiento.

En España hay tres historias que la gente te cuenta cuando sabe que vas a vivir en Toronto. En primer lugar, el tema estrella de conversación es el frío. Por norma general, la mayoría de españoles con los que hablé antes de venirme para aquí me comentaban que iba a pasar mucho frío, porque iba prácticamente al Polo Norte. Me resulta graciosa la ignorancia de la gente o la falta de curiosidad sin más. Cierto es que Canadá es un país que se encuentra muy al norte, pero si alguien cogiera un mapa y se parara a mirar dónde está situado Toronto (latitud 43º 42′ 59.72″ N), comprobaría que no me hallo en la tierra de los osos polares. De hecho, si lo comparamos con mi pueblo natal, Oviñana/Ouviñana (Asturies), comprobamos que se encuentra ubicado en la latitud 43º 35′ 2.9004″ N. Por ende, sólo me he desplazado hacia el oeste unos cuántos miles de kilómetros, más concretamente, 5.687 kilómetros. Cuatro pasos de nada…

En segundo lugar, muchos te cuentan la historia de un argentino de Santa Fe que se fue a vivir a Toronto cansado de su país. Tras pasar unos idílicos días otoñales en Canadá, se maravilla del primer día en que los copos de nieve invaden el cielo dejando un manto blanco tras de sí. Al cabo de los días, el pobre hombre se da cuenta de que la nieve no cesa de caer y que hace un frío insoportable. Entonces, comienza a maldecir el día en el que se le ocurrió montarse en un avión con rumbo Toronto. Al final, no duda en marcharse y volverse a su país de calor y mosquitos. La comparación entre su historia y la mía dista mucho en asemejarse. No niego que estoy ya un poco hasta las narices de la nieve y del frío, pero la promesa de un verano cálido y de una ciudad que despierta del largo letargo invernal me seduce y me tienta. ¿Cuánto puede cambiar la perspectiva de una ciudad al pasar de ir disfrazado con capas y capas como una cebolla a ir ligero de ropa enseñando carne? Hasta que no lo viva os tendréis que quedar con la intriga…

En tercer y último lugar, posiblemente, el chascarrillo más manido y utilizado hasta la saciedad en relación con Toronto es el que comienza con la famosa pregunta: “¿Sabes qué se ve desde la torres más alta de Toronto (la CN Tower, para quienes lo desconozcan)?; y sigue con la respuesta: “Torontoentero”. ¿Absurdo? Sin lugar a dudas. Pero, indiscutiblemente, en España se ha extendido más rápidamente que la Coca-Cola.  En todo caso, de torres va el post de hoy y no se trata de ningún doble sentido. Más concretamente, quiero hablar de la Torre de Babel, aquel edificio erigido en la antigüedad en Babilonia en donde se hablaban infinidad de lenguas. Si juntamos este concepto con el de Toronto, obtenemos: Toronto Babel. Se trata de un grupo de gente que queda todos los miércoles en un bar de la calle Queen West para conocer a gente de otros países y aprovechar para hablar diferentes idiomas. Un servidor ha frecuentado estos encuentros un par de veces. Unas veces conoces a gente encantadora y otras veces a gente no “tan” encantadora. De cualquier modo, hay un par de anécdotas que me han ocurrido durante estas reuniones. Por ejemplo, el primer día que fui conocí a los dos organizadores: un brasileño y una rusa.  Sin embargo, la mayor parte de la tarde la pasé  jugando al billar con un chico que quería aprender español. Le gané las tres partidas. Resultado: No lo he vuelto a ver más. Espero que no se lo tomara como algo personal.

Asimismo, tras haber ido un par de ocasiones, acabé haciendo buenas migas con la chica rusa. La verdad es que me ayuda un montón a mejorar mi paupérrimo ruso. Sinceramente, apenas la entiendo cuando me habla en ruso, pero, bueno, poco a poco voy mejorando. Las clases en la Universidad de Toronto también ayudan bastante. En todo caso, la chica ha conseguido sorprenderme por su espontaneidad. Una tarde estábamos hablando de todo y de nada cuando, de repente, me suelta: “Tengo un pasaporte ruso y uno canadiense. Ahora quiero uno americano y otro de la Unión Europea”. Me mira fijamente y me sonríe. Yo, con mi cara de perplejidad, esbozó una sonrisa forzada y pienso para mis adentros: “Pues va a ser que conmigo no…” La verdad es que después de esa conversación, no hemos vuelto a tocar el tema. De cualquier modo, me ha cogido bastante confianza y, por ello, una de las tardes que fui al encuentro (el 26 de febrero, más concretamente) me propuso que participara en una entrevista en francés para CBC/Radio-Canada. Ni corto ni perezoso, acepté encantado y le conté mi vida a la periodista. Aún no me han pasado el enlace de Internet; sólo espero que la cerveza no hablara por mí.

En definitiva, los tópicos típicos no dejan de ser estereotipos que no siempre tienen por qué cumplirse. Mismamente el chiste de la torre más alta de Toronto, a la cual aún no he subido, no deja de ser una nadería, pero debo confesar que envidio su popularidad. Por ello, desde este momento, me propongo firmemente buscar el éxito mediático. Ya he tenido mi primer intento, aunque, posiblemente, mi participación radiofónica no sea espectacular, pero, al menos, me consuela saber que ya he tenido mi primer minuto de fama en Canadá.

El lago Muskoka

La idiosincrasia del pueblo canadiense es singular. De hecho, cada pueblo tiene unos rasgos distintivos que los diferencian de otros pueblos y sociedades. En el caso de Canadá, y más concretamente de Toronto, se puede decir que un aspecto inconfundible de sus habitantes es la educación o el saber estar. Probablemente haya dicho más veces sorry, thank youplease en este país en dos meses que en Madrid, Barcelona o Asturias en el mismo periodo de tiempo. No es que mis padres no me hayan criado adecuadamente, sino que en España no se estila ser tan pomposo en las formas. De cualquier modo, mejor que te sonrían y que te deseen un buen día, tarde o noche a que te traten fríamente y de manera brusca, como te puede pasar en cualquier supermercado chino de la avenida Spadina.

Ciertamente, Toronto es una de las ciudades más multiculturales del mundo. De hecho, cuesta encontrar lo que un español denominaría un “canadiense canadiense”. Sé que el término es un poco vago, pero creo que se entiende perfectamente a lo que me refiero. Por ello, muchas veces es curioso ver cómo cada cultura interacciona con las demás. En todo caso, volviendo al tema de los canadienses, una cosa curiosa, aunque normal, es la obsesión por los temas relacionados con la meteorología. Si quieres hablar con alguien, sólo tienes que decir qué frío hace, qué invierno más largo, cuánta nieve, etc. Seguro que con esos temas de conversación haces amigos en Canadá. Pero, ¿qué se puede esperar de un pueblo que celebra el día en el que se ha registrado más frío en su país (-63 ºC en Snag (Yukón), el 3 de febrero de 1947)? Incluso, el Google de Canadá hizo un doodle especial para conmemorar tan señalada fecha.

En todo caso,  a los canadienses les gusta celebrar un montón de ocasiones especiales. Una de ellas es Family Day (“El día de la familia”), que tiene lugar el tercer lunes de febrero en la mayoría de provincias de Canadá. Es una fiesta que no conmemora nada en especial, sino que sirve de excusa para no trabajar y disfrutar de un fin de semana largo en febrero. Para no hacer caso omiso al refranero español, que sabiamente dice que “allá donde fueres haz lo que vieres”, el fin de semana del 14 al 17 de febrero, 6 españoles, 2 brasileños y un perro (Capone) alquilamos un coche y una casa de campo (cottage) en los alrededores del Lago Muskoka, más concretamente a las afueras de la ciudad de Huntsville.

El viaje cumplió todas las expectativas. Aunque eso ya lo sabía, ya que antes de emprender el periplo por la llanura de Ontario, volvió a demostrarse mi teoría de los malos inicios. En pocas palabras, para que algo me salga bien, al principio me tiene que ir mal. Tengo varios ejemplos en mi vida que han ido constatando esta teoría, pero como seguramente me volverá a suceder, la explicaré más detalladamente en otra ocasión. Esta vez no fue una excepción. Tras pasarnos horas y horas buscando un coche para 8 personas y un perro en Toronto y alrededores, hacía falta que nos organizáramos bien para proveernos de los enseres y vituallas necesarias para un fin de semana en el campo. Para ello, cogimos el coche y nos dirigimos a un supermercado con aparcamiento subterráneo. Aparcamos y subimos a hacer la compra.

Cuando llegamos, empezó a sonar la alarma de incendio; algo bastante frecuente en Toronto. ¡Ya me ha pasado más de cinco veces y no es que se encienda por lo ardiente que soy! Pasamos del ruido y nos dispusimos a buscar la comida que necesitábamos. De pronto, sonó el altavoz del supermercado anunciándonos que sólo quedaban 15 minutos para el cierre del supermercado. Os lo podéis imaginar. Seis personas corriendo como locas por todo el supermercado cogiendo productos diversos a diestro y siniestro. ¡Un show, vaya! Cuando la cajera nos vio llegar con el cargamento de comida a 5 minutos de cerrar, creo que se acordó de todas nuestras familias juntas. De cualquier modo, esbozó una sonrisa y nos saludó cortésmente, como buena canadiense. Metimos todas las bolsas en el carro y bajamos al aparcamiento. Al llegar, nos llevamos la gran sorpresa de la noche. Habíamos aparcado el coche en zona restringida y, por lo tanto, no podíamos acceder a ella. Ante nuestra impotencia y estupefacción, a los 15 minutos apareció la responsable de seguridad del edificio con cara de “me habéis jodido en medio de mi estresante trabajo, sentada en mi cubículo devorando pollo frito y rascándome la barriga.” Nosotros, como ya habíamos aprendido, sonreímos, nos disculpamos, fuimos educados y así nos dejó ir a buscar el coche y salir de ese agujero. Moraleja: Aparca el coche en zona restringida, te haces el “longui” y te sale gratis.

Tras la comida, vino la bebida. Canadá y su política de venta de bebidas alcohólicas. Se podría hacer un estudio sociológico. Fuimos a la tienda Beer store y pedimos unas 144 cervezas. Sólo por si nos quedábamos con sed en medio de la campiña. Una vez hecha la compra, estaba todo resuelto. 8 personas, un perro, 144 cervezas, una tonelada de comida y el equipaje. ¿Misión imposible? No, fin de semana genial. Y así fue. Al día siguiente nos embarcamos en un viaje de unas tres horas largas para llegar a la casa de campo. Desempaquetamos y nos dispusimos a conocer un poco la zona. En verdad, el fin de semana se puede resumir con dos palabras: comida y fiesta. Aparte de esto, caminamos por un lago helado, comimos nubes al fuego con chocolate (malvaviscos o marshmallows), jugamos con Capone y él con nosotros, nos metimos dentro de un iglú y conocimos la hermosa ciudad/villa de Huntsville, lugar de nacimiento de la medallista olímpica Dara Howell. Pero, bueno, que en definitiva lo que hicimos fue comer, comer y comer: tortitas, pizzas, pasta, arroz, ensaladas, salchichas, bacon, huevos, tortillas de patata, chocolate, helado, etc. ¡Una dieta sana y equilibrada, aderezada, por supuesto, con litros y litros de cerveza!

En suma, no hay mejor manera de pasar el día de la familia en Canadá que con aquellos que forman parte de ella en tu nuevo país. Fue un fin de semana lejos de la bulliciosa Toronto, de su tráfico, su gente, sus restaurantes de comida rápida y su palpitante ajetreo diario. Un fin de semana diferente que espero volver a repetir, aunque la próxima vez con el lago descongelado. En todo caso, el invierno aún tiene que dar sus últimos coletazos y auguro una lenta entrada a la estación primaveral.