La suerte china

Toronto es conocida por ser una de las ciudades más multiculturales del mundo. Si cualquiera abre la página sobre Toronto en Wikipedia, puede ver que es un atributo que sus habitantes muestran con orgullo. De hecho, sólo hace falta echarle un vistazo al mapa de Google para observar que está compuesto de un montón de barrios como Little Italy, Koreatown, Little Portugal o el clásico de otras urbes cosmopolitas: Chinatown. Lamento informar de que no he encontrado Little Spain . Quizás, la marca España aún no ha influido lo suficiente en Toronto, aunque eso sí,  la ciudad cuenta con una Roncesvalles Avenue. Misterios navarros. Pues bien, el fin de semana pasado, en un afán aventurero, nos dispusimos a conocer Chinatown con motivo de la celebración del Año Nuevo Chino; año del caballo, por cierto.

Es curioso cómo puede cambiar una ciudad cuando pasas de una calle a otra. Cuando caminas a lo largo de Spadina Avenue todo son letreros en chino, decoración asiática y música oriental. Parece como si pasaras de un país helado con las aceras cubiertas de nieve y lleno de establecimientos de comida basura a un país igualmente congelado, con montones de restaurantes de comida basura, pero con un sinfín de carteles con signos que desconoces lo que significan. El plan era poco ambicioso. Quiero decir, tranquilo. No sólo por nosotros, sino porque con la nieve que caía tampoco apetecía mucho hacer una maratón de cultura china en una tarde. Por ello, nuestra expedición se puede resumir en una comida en un restaurante chino y una visita a los eventos programados para tamaña ocasión.

El restaurante tenía un gran salón con un montón de mesas y al poco de sentarnos nos presentaron la carta. En la oficina nos habían recomendado que tomáramos Dim Sum, así que eso fue lo que pedimos. Sin embargo, lo que no nos habían explicado es que el Dim Sum no era un plato, sino que era una especie de menú en el que tenías varios platos diferentes de los que te servían pequeñas raciones. Tras hacer un poco el ridículo y enervar ligeramente al camarero, comenzó el banquete. Francamente, no sé cómo será la comida en China, pero estoy bastante seguro de que la de ese restaurante era, cuando menos, similar; en comparación con cualquier exquisitez china que haya probado en España antes. Por ello, no dudo en que algún día repetiré.

En cuanto a los actos de celebración del Año Nuevo Chino, nos decantamos por el plan de ir a un centro comercial. Lo sé, ¡me estoy adaptando a la vida canadiense! El primero que visitamos fue “interesante”. Digo primero porque nos confundimos de centro comercial y nos metimos en uno que tenía más pinta de bazar que de otra cosa. Básicamente, allí había unas señoras ataviadas con el vestido tradicional chino cantando algo ininteligible, pero que debía de ser un temazo cuando Mao todavía vivía. Lo digo por la media de edad del público. Asimismo, todo estaba decorado con los colores de la suerte (rojo) y del poder y del emperador (amarillo). Vaya, que poco más, cerrabas los ojos y parecía que estuvieras viendo banderas rojigualdas. Nunca se me había pasado por la cabeza hasta entonces, pero a lo mejor los chinos nos tienen por un país afortunado por enarbolar esos colores. Quién sabe… por soñar que no quede.

En cuanto nos percatamos del error de ubicación, nos dirigimos al segundo centro comercial, en donde  había una orquesta que tocaba música tradicional y un ambiente más festivo. Sin embargo, por el camino vimos una tradición curiosa, que volveríamos a presenciar con más detalle más adelante en repetidas ocasiones. Dos dragones (por supuesto, uno rojo y otro amarillo), acompañados de una comitiva con tambores, se paraban ante las puertas de los negocios de cuyos dinteles colgaban lechugas con unas tarjetas rojas para escenificar una danza de buena suerte. Supuestamente, de esta manera se bendice el negocio para el nuevo año. Al reflexionar sobre ello, llegué a una perturbadora conclusión. Si el dragón cuando se come una lechuga y baila un poco, da buena suerte; yo, cuyo signo del zodiaco chino es el dragón, cuando me como una lechuga y hago movimientos igual de estrambóticos, ¿también doy buena suerte? Es un punto a tener en cuenta, ya que si voy repartiendo suerte sin saberlo, quiero que el karma se porte bien conmigo y que no ponga más móviles encharcados, escáneres e impresoras en mi camino.

En definitiva, de toda nuestra incursión por el barrio chino, las anécdotas más destacadas fueron dos. En el centro comercial, cuando me dispuse a comprar unos fideos de arroz  y la tendera se despidió diciéndome: “Happy New Year! (¡Feliz Año Nuevo!”). A lo que yo sonreí, con cierta extrañeza por lo raro que se me hacía el momento. Y en el restaurante,  cuando tras la comida, nos trajeron la cuenta con unas galletas de la suerte, cuyo papelito bilingüe me advertía: “It is impossible to please everybody. Please yourself first. / Charité bien ordonnée commence par soi même” (es decir, “Antes de complacer a los demás, quiérete a ti mismo”, o algo así). Me alegro de no pagar a un psicólogo para que me arregle la vida. En Chinatown me la resuelven de una forma directa, pero más dulce.

 

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