Casualidades en el Subduero

El karma es llanamente la aplicación cósmica del sabio refrán español “ojo por ojo, diente por diente”. Es decir, que el universo, el demiurgo o el azar se encargarán algún día de devolverte el resultado de tus acciones presentes, sean buenas o malas. Supersticioso como soy, no he querido que el karma me jugara una mala pasada, así que hace poco más de diez días, tomé la “alegre” decisión de acoger en mi casa a una chica del Subduero.

Para todos aquellos no familiarizados con el término Subduero, voy a intentar explicar el concepto de manera sucinta pero esclarecedora. Geográficamente, el Subduero es la superficie de tierra que se extiende al sur del río Duero y que abarca los territorios de la Península ibérica que se encuentran bajo ese río. No obstante, la importancia no recae en lo geográfico, sino en lo antropológico. Me explico. El Subduero representa una línea imaginaria que hace una diferenciación entre los valores, convicciones y estilo de vida de los habitantes de cada zona. Esto no quiere decir que unos sean mejores que otros, sino que son diferentes. Incluso, podría decirse que antagónicos. En todo caso, no es que yo sea un experto sobre el tema, por lo que prefiero dejar la conceptualización del Subduero a los más entendidos en el asunto.

Volviendo a mi historia, hace unos diez días llegó a mi vida una chica del Subduero, con nombre del Subduero y características inherentes al Subduero. No es que  todo este hecho me echara para atrás a la hora de invitarla a mi casa, pero, sin duda, me asustaba el choque entre nuestros dos mundos. No obstante, si hubiera sido un gran problema para mí, seguramente habría sido más cauto y no le habría propuesto que se quedara en mi casa. Así pues, ahí estoy yo un miércoles frío y oscuro dirigiéndome con paso firme al cruce de las calles Yonge Bloor, uno de los principales puntos de la ciudad de Toronto. Allí era donde había quedado con mi primera e inesperada huésped en Canadá. El encuentro fue cordial. Se sucedieron los típicos temas de conversación: ¿Qué tal el viaje? ¿Hace mucho frío? ¿Te has comprado mucha ropa de abrigo? ¿Estás muy cansada? Bla, bla, bla… Al final, nuestros pasos nos condujeron a mi hogar, dulce hogar, en donde nos esperaba otro chico, Produero, y en donde empezamos a conocernos de verdad.

Durante los días en que mi invitada estuvo alojad en mi casa, se sucedieron ciertas situaciones, malentendidos y momentos propios de la vida en pareja. Incluso si nosotros éramos una extraña pareja. Sin embargo, una de las anécdotas que más me marcaron, además de la afición de mi ahora nueva amiga del Subduero por la música en lugares pequeños e íntimos, fue la historia que nos contó al poco de instalarse en mi casa. Todo empezó de una manera muy prototípica del Subduero: con muchos giros, detalles y chascarrillos propios de la gente de esa tierra. De hecho, en varios momentos del relato dudé de la credibilidad del mismo, ya que esa combinación de narrativa con humor a lo Subduero no me acababa de cuadrar. En definitiva, su historia se situaba en un pueblecito de la región de Murcia, más concretamente en Moratalla. Resulta que en ese lugar el personaje más conocido a lo largo de su historia fue un tal Ruy Sánchez. Al parecer, el pobre hombre vivió a finales del s. XV y era un labriego manco que transportaba leña de un pueblo a otro. En uno de sus días de faena se le apareció Cristo y le encomendó que se construyera una ermita sobre la cima del Monte Benamor. Para ello, obró un milagro delante de los habitantes de la comarca sanándole el brazo al pobre Ruy Sánchez.

Mi cara de estupefacción y de incredulidad en ese momento eran un verdadero poema. ¿Qué posibilidades existen en que invites a una total desconocida a tu casa en Toronto, que se convierta en tu nueva compañera de trabajo y, para colmo, que te diga que el hombre más célebre de su pueblo perdido de Murcia tiene el mismo nombre que tu primer apellido? Si la verdad es que el Ruisánchez nunca me deja de sorprenderme. Más allá de los dolores de cabeza por la incapacidad de la gente para escribirlo bien, mi apellido me ha servido, por ejemplo, para venirme a Toronto, aunque sea de una manera “indirecta”. Me explico. Antes de comenzar el máster que me acabaría abriendo la puerta a mi nuevo trabajo en Canadá, tuve que superar un largo proceso de selección, cuya última prueba era una entrevista, a la cual asistí un tanto nervioso. Tras estar en una sala con un montón de personas cuyas caras volvería a ver días más tarde, fui el penúltimo en ser llamado para comenzar la entrevista. Al poco de sentarme delante de mi entrevistadora, ella me dijo, textualmente, con una sonrisa de oreja a oreja: “Me hace gracia tu apellido. Es como el mío, pero junto.” Conclusión instantánea en mi cabeza: prueba superada; y así fue.

Por ende, es curioso cómo incluso alejándote allende los mares, haya casualidades que vuelven a ti fortuitamente. Ahora que sé que quizás un antepasado mío fue bendecido por la gloria de Dios, la verdad es que concilio mucho mejor el sueño. De cualquier manera, mi nueva amiga del Subduero me ha asegurado que cuando vaya a su pueblo murciano, enseñe el carné de identidad, ya que seguramente todos me invitarán a copas debido a mi ilustre apellido. ¿Quién me iba a decir que mi futuro podría ser el de cacique sureño o señorito del Subduero?

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