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Las viejas costumbres

Comenzar una nueva vida desde cero en un país diferente no es fácil. Era algo que sabía, que tenía interiorizado y que no me suponía ningún trauma existencial. Además, creo que es algo que ya he comentado un par de veces. Por ello, con ánimo de no provocar una epidemia de bostezos, no volveré a enumerar los cientos de trámites que deben realizarse cuando se empieza a vivir en el extranjero. Esta vez, por el contrario, prefiero referirme a esas pequeñas cosas del día a día que te devuelven a tu realidad de inmigrante. Por ejemplo, en la manida película francesa Amélie o, para los más puristas, Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, el guionista nos presenta a los distintos personajes diciéndonos lo que les gusta y los que no. En ningún caso, se tratan de esas preferencias pseudointelectuales que abundan en los grupos de hipsters, o por simplificar, amantes del “postureo”, en relación con la última canción del grupo más indie del rincón más underground de su trozo de cultura suburbana, o la contagiosa pasión por las novelas del autor más controvertido en materia de cría de cuervos albinos. Lo que hace el guionista de Amélie no es nada más que presentar a unos personajes normales a través de unas acciones cotidianas. Pues eso es lo pretendo yo con este post: mostrar mi vida en Toronto a través de esas costumbres rutinarias que te demuestran que aún no eres una parte integrada de tu nuevo país.

Las viejas costumbres son las que calan. Las que permanecen estoicamente en tu interior a pesar del inexorable paso del tiempo. Para evitar más pensamientos profundos (y con demasiada carga de “postureo”), voy a continuar con una serie de ejemplos que se han ido sucediendo durante este primer mes en tierras canadienses. Con el paso de tiempo, te acomodas. Es inevitable. No puedes luchar contra ello. La rutina te envuelve y te dejas llevar. Todo parece que es igual que cuando estabas en España. Han cambiado muchos aspectos de tu vida, pero has sabido suplir los huecos para hacer más llevadera tu estancia fuera de tu país. Sin embargo, siempre hay momentos en los que vuelves a tener los pies en la tierra. Un ejemplo que ilustra todo lo que cuento es el agua corriente de casa. Tanto en la pila como en el baño y en la ducha tengo un grifo con dos roscas. En una aparece la letra “C” y en la otra, la “H”. Pues bien, no sé qué cable se me debe de cruzar en la cabeza que siempre, o al menos en la mayoría de las ocasiones, acabo girando la de la letra “C”. Mi subconsciente asocia esa tuerca con “caliente”, mientras que la “H”, con “helado”. Sin embargo, amigos, la realidad es bien distinta. “C” se refiere a cold (frío) y “H”, a hot (calor). ¡Qué desastre!Tantos años aprendiendo inglés, para que no sepa la diferencia. ¡Qué dinero más mal invertido! Si es que no sé si soy gilipollas al girar siempre la rosca con la “C” o masoquista. En todo caso, he tenido una gran idea. Voy a hacer igual que en el experimento de “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange) en el que se asociaba la música de Beethoven con un sentimiento de dolor. Cada vez que vea una “C”, me recorrerá un escalofrío por todo el cuerpo y alejaré instantáneamente mi mano para no sufrir las temibles consecuencias. Poco a poco, espero que pueda entrar en razón.

Otra muestra de mi inadaptación mental es el caso de los semáforos. En cada país las señales de tráfico son las mismas, pero, a la vez, diferentes. Canadá no es una excepción, pero parece que yo no me quiero dar cuenta. Espero no tener que lamentarlo un día de estos. Pues eso, el caso es que tengo un cierto apego a los semáforos españoles. No sé de dónde procede ese encariñamiento, pero es una verdad como un templo. En Canadá los semáforos para viandantes tienen tres paneles diferentes. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, no son tres colores (rojo, ámbar y verde), sino que son un monigote andando, una mano naranja  y una mano con unos números cuenta atrás. El primero significa que se puede cruzar; el segundo, que no se puede; y el tercero, que se puede cruzar, pero que los coches también pueden pasar. Pues bien, mi amor por los semáforos españoles se refleja en el hecho de que cada vez que veo al monigote digo: “Está en verde”; cuando no hay nada en verde. Del mismo modo, cuando veo la mano naranja, digo: “Está en rojo”; cuando no hay nada en rojo. No sé si esto puede ser un problema de daltonismo o, simplemente, que tendría que haber visto más “Barrio Sésamo”. En todo caso, viendo que en Canadá se puede girar a la derecha en un semáforo en rojo, no se si me lo deberían de hacer mirar a mí o a los canadienses.

Por último, y para no aburrir más, otro aspecto que también me choca bastante y que me hace tener los pies en la tierra son las preconcepciones culturales. Esto es, a grandes rasgos, lo que nuestra cultura nos enseña que podemos esperar del otro. Para ejemplificar este concepto voy a utilizar mi propia experiencia a la hora de comprar mi teléfono canadiense e intentar instalar Internet en casa. Pues bien, en ambos casos, la historia es parecida. Un cliente, yo, va a una tienda (Wind para el móvil y Rogers para Internet), expone su situación y hace la pregunta que le interesa. Pues bien, para la gran mayoría de españoles, y no creo que me esté equivocando al generalizar, lo que en el fondo se quiere saber es: “¿Esto cuánto me va a costar?” Pues bien, para los canadienses, al parecer no, sino que tienen todo un procedimiento para hacerte perder el tiempo hasta responder esa pregunta. Te piden los datos, te miran que tu tarjeta de crédito sea compatible al no ser canadiense, te explican los planes en lo referido a prestaciones, etc. Cuando ya llevas más de media hora en la que te han contado las maravillas de contratar el respectivo servicio con su compañía, te dicen algo así: “Pues esto te va a costar X dólares canadienses, ¿lo quiere pagar ahora con la tarjeta?” En el caso del móvil, caí en la tentación de los datos ilimitados; sin embargo, en el caso de Internet, aún recuerdo la cara del vendedor tras contarme su discurso con toda su parafernalia hasta llegar a la gran pregunta: “¿Quiere que le concierte una cita para instalarle la conexión a Internet?” Mi respuesta fue llanamente “no”. Al pobre se le rompieron todos los esquemas, pero más pobre era yo que lo había estado oyendo durante horas cuando sólo quería saber cuánto me iba a costar. Por eso, a veces, se presuponen modos de actuar distintos desde perspectivas culturales diferentes.

En definitiva, que por mucho que quieras integrarte en una sociedad, siempre hay aspectos de tu pasado que te devuelven a la realidad. Podría haber citado muchos más ejemplos como las cuentas en los bares para saber cuánta propina hay que dejar al camarero, las tiendas en las que dejas tu bolso al dependiente para que lo tire al suelo a cambio de un número de identificación, o esos establecimientos en los que sienten una curiosa afición a llevar a cabo repentinos simulacros de incendio. No obstante, no es mi estilo desgranar todas mis anécdotas en una sola partida; los que me conocen bien saben que siempre me gusta hacerme el interesante y guardarme un as bajo la manga. Como bien enuncia el título de este post, nunca hay que perder las viejas costumbres.

La suerte china

Toronto es conocida por ser una de las ciudades más multiculturales del mundo. Si cualquiera abre la página sobre Toronto en Wikipedia, puede ver que es un atributo que sus habitantes muestran con orgullo. De hecho, sólo hace falta echarle un vistazo al mapa de Google para observar que está compuesto de un montón de barrios como Little Italy, Koreatown, Little Portugal o el clásico de otras urbes cosmopolitas: Chinatown. Lamento informar de que no he encontrado Little Spain . Quizás, la marca España aún no ha influido lo suficiente en Toronto, aunque eso sí,  la ciudad cuenta con una Roncesvalles Avenue. Misterios navarros. Pues bien, el fin de semana pasado, en un afán aventurero, nos dispusimos a conocer Chinatown con motivo de la celebración del Año Nuevo Chino; año del caballo, por cierto.

Es curioso cómo puede cambiar una ciudad cuando pasas de una calle a otra. Cuando caminas a lo largo de Spadina Avenue todo son letreros en chino, decoración asiática y música oriental. Parece como si pasaras de un país helado con las aceras cubiertas de nieve y lleno de establecimientos de comida basura a un país igualmente congelado, con montones de restaurantes de comida basura, pero con un sinfín de carteles con signos que desconoces lo que significan. El plan era poco ambicioso. Quiero decir, tranquilo. No sólo por nosotros, sino porque con la nieve que caía tampoco apetecía mucho hacer una maratón de cultura china en una tarde. Por ello, nuestra expedición se puede resumir en una comida en un restaurante chino y una visita a los eventos programados para tamaña ocasión.

El restaurante tenía un gran salón con un montón de mesas y al poco de sentarnos nos presentaron la carta. En la oficina nos habían recomendado que tomáramos Dim Sum, así que eso fue lo que pedimos. Sin embargo, lo que no nos habían explicado es que el Dim Sum no era un plato, sino que era una especie de menú en el que tenías varios platos diferentes de los que te servían pequeñas raciones. Tras hacer un poco el ridículo y enervar ligeramente al camarero, comenzó el banquete. Francamente, no sé cómo será la comida en China, pero estoy bastante seguro de que la de ese restaurante era, cuando menos, similar; en comparación con cualquier exquisitez china que haya probado en España antes. Por ello, no dudo en que algún día repetiré.

En cuanto a los actos de celebración del Año Nuevo Chino, nos decantamos por el plan de ir a un centro comercial. Lo sé, ¡me estoy adaptando a la vida canadiense! El primero que visitamos fue “interesante”. Digo primero porque nos confundimos de centro comercial y nos metimos en uno que tenía más pinta de bazar que de otra cosa. Básicamente, allí había unas señoras ataviadas con el vestido tradicional chino cantando algo ininteligible, pero que debía de ser un temazo cuando Mao todavía vivía. Lo digo por la media de edad del público. Asimismo, todo estaba decorado con los colores de la suerte (rojo) y del poder y del emperador (amarillo). Vaya, que poco más, cerrabas los ojos y parecía que estuvieras viendo banderas rojigualdas. Nunca se me había pasado por la cabeza hasta entonces, pero a lo mejor los chinos nos tienen por un país afortunado por enarbolar esos colores. Quién sabe… por soñar que no quede.

En cuanto nos percatamos del error de ubicación, nos dirigimos al segundo centro comercial, en donde  había una orquesta que tocaba música tradicional y un ambiente más festivo. Sin embargo, por el camino vimos una tradición curiosa, que volveríamos a presenciar con más detalle más adelante en repetidas ocasiones. Dos dragones (por supuesto, uno rojo y otro amarillo), acompañados de una comitiva con tambores, se paraban ante las puertas de los negocios de cuyos dinteles colgaban lechugas con unas tarjetas rojas para escenificar una danza de buena suerte. Supuestamente, de esta manera se bendice el negocio para el nuevo año. Al reflexionar sobre ello, llegué a una perturbadora conclusión. Si el dragón cuando se come una lechuga y baila un poco, da buena suerte; yo, cuyo signo del zodiaco chino es el dragón, cuando me como una lechuga y hago movimientos igual de estrambóticos, ¿también doy buena suerte? Es un punto a tener en cuenta, ya que si voy repartiendo suerte sin saberlo, quiero que el karma se porte bien conmigo y que no ponga más móviles encharcados, escáneres e impresoras en mi camino.

En definitiva, de toda nuestra incursión por el barrio chino, las anécdotas más destacadas fueron dos. En el centro comercial, cuando me dispuse a comprar unos fideos de arroz  y la tendera se despidió diciéndome: “Happy New Year! (¡Feliz Año Nuevo!”). A lo que yo sonreí, con cierta extrañeza por lo raro que se me hacía el momento. Y en el restaurante,  cuando tras la comida, nos trajeron la cuenta con unas galletas de la suerte, cuyo papelito bilingüe me advertía: “It is impossible to please everybody. Please yourself first. / Charité bien ordonnée commence par soi même” (es decir, “Antes de complacer a los demás, quiérete a ti mismo”, o algo así). Me alegro de no pagar a un psicólogo para que me arregle la vida. En Chinatown me la resuelven de una forma directa, pero más dulce.

 

Casualidades en el Subduero

El karma es llanamente la aplicación cósmica del sabio refrán español “ojo por ojo, diente por diente”. Es decir, que el universo, el demiurgo o el azar se encargarán algún día de devolverte el resultado de tus acciones presentes, sean buenas o malas. Supersticioso como soy, no he querido que el karma me jugara una mala pasada, así que hace poco más de diez días, tomé la “alegre” decisión de acoger en mi casa a una chica del Subduero.

Para todos aquellos no familiarizados con el término Subduero, voy a intentar explicar el concepto de manera sucinta pero esclarecedora. Geográficamente, el Subduero es la superficie de tierra que se extiende al sur del río Duero y que abarca los territorios de la Península ibérica que se encuentran bajo ese río. No obstante, la importancia no recae en lo geográfico, sino en lo antropológico. Me explico. El Subduero representa una línea imaginaria que hace una diferenciación entre los valores, convicciones y estilo de vida de los habitantes de cada zona. Esto no quiere decir que unos sean mejores que otros, sino que son diferentes. Incluso, podría decirse que antagónicos. En todo caso, no es que yo sea un experto sobre el tema, por lo que prefiero dejar la conceptualización del Subduero a los más entendidos en el asunto.

Volviendo a mi historia, hace unos diez días llegó a mi vida una chica del Subduero, con nombre del Subduero y características inherentes al Subduero. No es que  todo este hecho me echara para atrás a la hora de invitarla a mi casa, pero, sin duda, me asustaba el choque entre nuestros dos mundos. No obstante, si hubiera sido un gran problema para mí, seguramente habría sido más cauto y no le habría propuesto que se quedara en mi casa. Así pues, ahí estoy yo un miércoles frío y oscuro dirigiéndome con paso firme al cruce de las calles Yonge Bloor, uno de los principales puntos de la ciudad de Toronto. Allí era donde había quedado con mi primera e inesperada huésped en Canadá. El encuentro fue cordial. Se sucedieron los típicos temas de conversación: ¿Qué tal el viaje? ¿Hace mucho frío? ¿Te has comprado mucha ropa de abrigo? ¿Estás muy cansada? Bla, bla, bla… Al final, nuestros pasos nos condujeron a mi hogar, dulce hogar, en donde nos esperaba otro chico, Produero, y en donde empezamos a conocernos de verdad.

Durante los días en que mi invitada estuvo alojad en mi casa, se sucedieron ciertas situaciones, malentendidos y momentos propios de la vida en pareja. Incluso si nosotros éramos una extraña pareja. Sin embargo, una de las anécdotas que más me marcaron, además de la afición de mi ahora nueva amiga del Subduero por la música en lugares pequeños e íntimos, fue la historia que nos contó al poco de instalarse en mi casa. Todo empezó de una manera muy prototípica del Subduero: con muchos giros, detalles y chascarrillos propios de la gente de esa tierra. De hecho, en varios momentos del relato dudé de la credibilidad del mismo, ya que esa combinación de narrativa con humor a lo Subduero no me acababa de cuadrar. En definitiva, su historia se situaba en un pueblecito de la región de Murcia, más concretamente en Moratalla. Resulta que en ese lugar el personaje más conocido a lo largo de su historia fue un tal Ruy Sánchez. Al parecer, el pobre hombre vivió a finales del s. XV y era un labriego manco que transportaba leña de un pueblo a otro. En uno de sus días de faena se le apareció Cristo y le encomendó que se construyera una ermita sobre la cima del Monte Benamor. Para ello, obró un milagro delante de los habitantes de la comarca sanándole el brazo al pobre Ruy Sánchez.

Mi cara de estupefacción y de incredulidad en ese momento eran un verdadero poema. ¿Qué posibilidades existen en que invites a una total desconocida a tu casa en Toronto, que se convierta en tu nueva compañera de trabajo y, para colmo, que te diga que el hombre más célebre de su pueblo perdido de Murcia tiene el mismo nombre que tu primer apellido? Si la verdad es que el Ruisánchez nunca me deja de sorprenderme. Más allá de los dolores de cabeza por la incapacidad de la gente para escribirlo bien, mi apellido me ha servido, por ejemplo, para venirme a Toronto, aunque sea de una manera “indirecta”. Me explico. Antes de comenzar el máster que me acabaría abriendo la puerta a mi nuevo trabajo en Canadá, tuve que superar un largo proceso de selección, cuya última prueba era una entrevista, a la cual asistí un tanto nervioso. Tras estar en una sala con un montón de personas cuyas caras volvería a ver días más tarde, fui el penúltimo en ser llamado para comenzar la entrevista. Al poco de sentarme delante de mi entrevistadora, ella me dijo, textualmente, con una sonrisa de oreja a oreja: “Me hace gracia tu apellido. Es como el mío, pero junto.” Conclusión instantánea en mi cabeza: prueba superada; y así fue.

Por ende, es curioso cómo incluso alejándote allende los mares, haya casualidades que vuelven a ti fortuitamente. Ahora que sé que quizás un antepasado mío fue bendecido por la gloria de Dios, la verdad es que concilio mucho mejor el sueño. De cualquier manera, mi nueva amiga del Subduero me ha asegurado que cuando vaya a su pueblo murciano, enseñe el carné de identidad, ya que seguramente todos me invitarán a copas debido a mi ilustre apellido. ¿Quién me iba a decir que mi futuro podría ser el de cacique sureño o señorito del Subduero?