De Putin a poutine

¡Ya ha llegado! ¡Ya ha llegado! El invierno ya está aquí. Aún no he visto caminantes blancos, pero estoy seguro de que no tardarán en llegar. Tras una semana que los canadienses definirían como “ola de calor”, ha vuelto el frío polar. No he oído nada de vórtice ártico, pero apostaría a que muy lejos no anda. ¡Hoy hemos superado los -20 ºC! Pero no me preocupa, ya que el cutis que voy a tener después de que pase esta maravillosa estación va a ser envidiable. En todo caso, si la cosa se pone peor, siempre nos quedarán las interminables madrigueras de topo, o en inglés the path,  que atraviesan el centro de la ciudad. ¡Qué pena no tener una que saliera directamente desde mi piso a la oficina!

De cualquier modo, el ser humano tiene un instinto de supervivencia muy desarrollado, o eso dicen. En mi caso, para enfrentarme al frío engaño al cerebro de una manera pseudoracional. Por ejemplo,  al salir de la estación de St. Andrews para ir a la oficina, en cuanto subo un par de escalones y la gélida brisa matinal me da la bienvenida, lo primero que veo es un reloj-termómetro digital. Mi sorpresa es mayúscula cuando aparece la temperatura y ante mí hay escrito un enorme 25º en rojo. En ese momento, mi cerebro manda una señal a todo mi cuerpo, protegido por capas y capas de ropa, indicándole que disfrute de esta cálida anomalía. Sin embargo, mi ilusión se trastoca cuando la pantalla vuelve a cambiar y aparece un enorme -4º. ¡Mi gozo en un pozo! Al menos, este ejemplo siempre es mejor que cuando ves -3º y, en realidad, son -20 ºC. Pues eso, que el ser humano se inventa triquiñuelas para autoconsolarse.

Esto no sólo me pasa cuando me atrevo a caminar por la calle, sino que también cuando voy a tomar un café. Al lado del trabajo hay una cafetería de la franquicia Tim Hortons (la verdad es que Toronto está plagado), en donde siempre pido mi chute de cafeína en forma de un americano, o black coffee como lo llaman aquí. Pues eso, cuando entro allí, siempre me siento en unos butacones muy confortables que rodean una chimenea eléctrica, que no desprende ningún tipo de calor. ¿Por qué lo hago? Pues otra vez, porque prefiero autoengañarme y pensar que estoy acurrucado junto al fuego. Esto también lo hago cuando ando por Yonge Street o cruzo Dundas square y me dejo deslumbrar por toda la luz que emiten los carteles, tiendas y pantallas que hay por doquier. Debe de ser que tanto brillo me hace recordar el crepitar de las llamas

En todo caso, lo que no se puede hacer es resignarse y rendirse ante el frío. Por ello, es conveniente buscarse actividades por las tardes que ayuden a evadirse. Como quería algo que me borrara la nieve y el frío de la cabeza, se me ocurrió apuntarme a un curso de idiomas en la Universidad de Toronto. Como quería algo paradisíaco y con connotaciones más cálidas, me decanté por el ruso. Al menos, en alguna parte de Rusia hará más calor que en Canadá. O quizás, en Azerbaiyán o Kazakstán. En realidad, no quería perder los pocos conocimientos que tenía de este idioma eslavo. Además, aún tengo presente mi meta de acabar leyendo a Tólstoi o Dostoyevski en ruso, aunque, probablemente, me lleve unos cuantos años alcanzar ese objetivo. De cualquier manera, por algún sitio hay que empezar.

La clase de ruso no decepcionó. No es que aprendiera mucho nuevo, pero me sentía contento de volver a escuchar esos sonidos ya medio olvidados. Estuve dos horas con otras 10 personas más en el aula, entre las que destacó por sus exquisitos modales la china que estaba sentada junto a mí. Sí, ¡he querido ser irónico! Sé que cuando se pertenece a otra cultura, los valores y las formas difieren de los propios. No obstante, nunca me dejará de sorprender que una persona se ponga a comer en clase, a las 18.30, que se eche una siesta, literalmente, con la cabeza sobre la mesa. Que responda al profesor a deshora con un tono chillón, que bien te podría reventar los tímpanos. Que se burle de tu pronunciación de la “g” en ruso, cuando su acento era francamente cuestionable. Pues sí, un encanto de chica . Por ello, he tenido la fortuna, o más bien desventura, de escoger el sitio que está a su lado. Ya iré viendo cómo se comporta en las próximas clases, aunque de mí siempre recibirá una sonrisa, hipócrita o no, pero una sonrisa.

Lo bueno de las casualidades es que no te dejan de sorprender. Me vine a Canadá a trabajar y acabo estudiando la lengua de Putin. Y justo el día de antes, me como una especialidad canadiense que se llama poutine. Estas palabras homófonas (y no porque sean palabras que suenan a gay, ¡Putin no lo quiera!) vinieron a mí, casualmente, en un espacio de tiempo relativamente corto. El domingo me deleité con un buen plato de poutine, guarrada máxima compuesta de patatas fritas con queso en grano y gravy (salsa de carne). Como diríamos en Asturias, o al menos en la comarca de Avilés, no me dio más. No sé si sería por la calidad del plato o por su falta de sustancia. En todo caso, supongo que repetiré, pero mis expectativas ya no serán tan altas. Y, por su lado, el lunes comencé las clases de ruso. ¿Casualidad o premeditación? Me imagino que un poco de ambas, pero sigo sorprendiéndome con lo curioso que es el destino.

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One thought on “De Putin a poutine

  1. Estaba llegando al final e iba a continuar con mi boicot claramente, pero el guiño me ha ganado!!!

    Por cierto, cuando trabajé en el hotel en UK desayuné durante dos meses al lado de dos chinas. Sé de lo que hablas.

    Tregua de una semana.

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