Cervezas, pasadizos y vueltas por la nieve

Después de una semana en Canadá, se puede decir que ya impera cierta estabilidad en mi día a día. Me explico. Ya he cruzado esa línea imaginaria, pero tangible, de la primera vez en muchos aspectos de mi nueva vida. Tras diez días, ya conozco el centro de la ciudad, ya sé dónde comprar, ya he aprendido cómo poner la lavadora y la secadora, etc. En definitiva, ya me ubico en un lugar y, por ende, ya no me siento tan perdido como lo estaba al principio. Es reconfortarte caminar por las calles de Toronto y darte cuenta de que ya eres capaz de reconocer distintos lugares. De que lo que antes era desconocido ahora se torna en familiar. Pero, al mismo tiempo, todo presenta todavía una pizca de novedad que hace imposible que te aburras. De hecho, estás entusiasmado con probar cosas nuevas y conocer más y más sitios, como una cafetería en la que sentarte a charlar, un parque nevado con ardillas saltando de árbol en árbol o un bar en el que evadirte.

Toronto es una ciudad que ofrece muchas actividades de ocio. Sin embargo, no siempre apetece salir de casa, ya que hay que luchar con ahínco contra un enemigo letal: el frío. Posiblemente, mis temores sobre las bajas temperaturas canadienses eran infundados, porque tampoco me parece que sea algo insoportable. En todo caso, reconozco que no apetece mucho deambular por la ciudad azotado por gélidas ráfagas de viento cuando puedes estar resguardado en casa al calor. Ésta sería la solución más fácil, pero, a la larga, se volvería contra mí, ya que pasarían los meses y me habría acabado percatando de que había desaprovechado el tiempo mirando a las blancas paredes del piso. Por ello, me gusta huir de la resignación y salir a descubrir mi nueva ciudad, incluso si el frío parece que nunca te va a abandonar.

Aunque ya llevo más de una semana aquí, se puede afirmar que el pasado fue mi primer fin de semana. El anterior fue un puro descontrol, entre la llegada, el jet lag, el piso y las primeras impresiones y reacciones. Por lo tanto, desde el viernes he podido disfrutar de lo que Toronto tenía para ofrecerme y la verdad es que no me ha decepcionado. Más bien, todo lo contrario, ya que he descubierto rincones escondidos de la ciudad que me han animado a querer conocer aún más. Por supuesto, todos estos nuevos descubrimientos han venido acompañados de largos paseos por las aceras heladas, y aderezados de cervezas, copas y especialidades canadienses. Si es que tengo que ser honesto. Necesitaba desesperadamente salir de fiesta. Quizás, no desesperadamente, pero tenía muchas ganas. Es que no sé por qué, pero cuando estás es un bar, aunque sea un tugurio oscuro con los baños tan acogedores como una madriguera de topo, las cosas adquieren una perspectiva diferente o, a lo mejor, múltiples perspectivas. Probablemente es el alcohol, o el ambiente del lugar. No lo sé, pero deduzco que para mi salud mental es muy sano y necesario salir asiduamente de fiesta, aunque sea a tomar un par de cervezas. Y es ahí justamente donde comienza la historia de mi primer fin de semana real en Toronto. En un bar canadiense a las 18.30 para tomar chupitos de whisky (o güisqui, para los puristas) y acabar en casa de un amigo de una amiga de un amigo (¡Qué lío!) tomando algo. Dicen que cuando las salidas no las planeas, son mucho mejores. Debe de ser el factor sorpresa. El viernes no fue una excepción.

El fin de semana no sólo quedó en una noche de fiesta, sino que también estuvo cargado de momentos anecdóticos como fue ir a comprar el móvil el sábado por la mañana. No sé si debería dedicar un post a esta experiencia, ya que fue bastante curiosa. En todo caso, sólo decir que comprar un teléfono o instalar Internet en casa puede convertirse en toda una aventura. Más allá de los líos comerciales, el sábado continúo con una cena en una renombrada hamburguesería de la calle Queen West, zona, a mi parecer, alternativa con toques de moderneo/postureo. De cualquier forma, el ambiente del barrio era bastante interesante y la hamburguesa que me pedí estaba riquísima. La verdad es que no hay nada más yanki que comerse una buena hamburguesa con todos sus complementos. Me imagino que será la primera de muchas más, aunque espero no pasarme. Para ello, ya tengo un plan de acción. Me he provisto de tarteras suficientes como para montar una empresa de catering. Así que durante la semana comida casera y los fines de semana, caeré en la tentación.

Tras calmar nuestro apetito, fuimos a un bar de Queen a refrescar el gaznate con unas jarras de cerveza. Francamente, el sitio tenía buena pinta. Luz tenue, decoración vintage, mucha gente (que siempre te indica que está bien), etc. Sin embargo, lo que más me llamó la atención del local fueron los aseos. O quizás, para ser más exactos, el periplo que había que recorrer hasta llegar. Tras la barra del bar y las últimas mesas, llegabas a la cocina, la cual había que cruzar, literalmente; lo que es “realmente” higiénico. Una vez allí, había que bajar una escalera estrecha que te conducía a un angosto pasadizo, cuyos suelos estaban decorados con teselas de colores, semejando obras de Gaudí. La verdad es que me sentía cual Dorothy siguiendo baldosas amarillas, aunque mi meta no era la Ciudad Esmeralda, sino un baño pintarrajeado de grafitis. En definitiva, un antro. No obstante, debo reconocer que, a excepció del aseo, el bar tenía su encanto.

Por último, el domingo ya fue un día más tranquilo. Nos dispusimos a llevar a cabo una actividad dominguera extrañamente globalizada. No, no es lo que os pensáis. No fuimos a tomar el brunch (o almorzar, para los puristas), sino que fuimos a una especie de rastro. Cuando estás solo en una ciudad, alejado de la mayoría de amigos y familiares, a menudo piensas que a tal o cual persona le encantaría visitar tal y cual sitio. Y casualmente eso me pasó el domingo en Kensington market. Ya fuera en la cafetería en la que nos refugiamos para protegernos del frío y de la nieve, o ya fuera en las tiendas que configuraban el par de calles que constituyen este pequeño rastro torontoniano, se me venía a la cabeza mi hermana y en lo que le iba a gustar ese lugar. Quizás, este pensamiento se debía a que había hablado con ella unas horas antes y aún tenía grabada su efusividad en mi memoria. De cualquier manera, estoy seguro de que Kensington market le encantaría, aunque, probablemente, el sitio sea mucho más bonito en primavera que ahora.

Tras el paseo en la nieve, la comida, la sobremesa y, de nuevo, otra caminata, nos fuimos a casa. Era hora de ir descansar, limpiar, hacer la colada y mentalizarse para el día siguiente, en el que, probablemente, tendré que volver a saltar varios charcos con nombre propio: Impresora HP Laserjet. Al menos, me queda la ilusión de saber que aún me queda mucho más de Toronto por descubrir. ¡Aunque no sé si podré esperar hasta el viernes para hacerlo!

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