Saltando charcos

La vida desde cero en un nuevo país no es para nada sencilla. Al menos, al principio, ya que tienes que lidiar con un sinfín de tareas. Encontrar casa, limpiarla, decorarla, comprar comida y otros enseres, ir al banco, sacar dinero, apuntarte al gimnasio o a la biblioteca, etc. Tan sólo son algunas de las actividades a las que debes enfrentarte en un corto lapso de tiempo. Eso si te apetece tener cierta estabilidad desde el principio. Yo no es que sea muy maniático, pero, digámoslo así, me gusta ser previsor. Además, estos quehaceres de índole personal no suponen ningún esfuerzo, hasta que no los compartes con los propios del trabajo. Y es que así es, una vez que empiezas a trabajar tu vida se ve trastocada por completo. O eso es lo que me ha pasado a mí desde el lunes pasado, cuando puse mis pies por primera vez en la oficina.

Mi puesto oficial en mi nuevo trabajo es el de asistente de analista comercial, que suena menos pretencioso que la traducción al inglés: Trade Analyst Assistant. Además, de todas las áreas que podía abarcar dentro de mi posición, me ha tocado o he elegido, según se mire, el departamento de vinos. ¡Que sí!¡Que estoy de acuerdo con que me pega bastante! Si no fuera así, habría buscado algo más ameno, como puede ser la inversión (irónico). No obstante, no es cierto que sólo me dedique al tema comercial o de promoción (vocablo que ha cobrado un nuevo significado para mí tras haberlo oído más de veinte mil veces), sino que también tengo otras responsabilidades, entre las que se encuentra el ocuparme de los sistemas informáticos de las oficinas de Toronto y de Ottawa. Tampoco estoy muy seguro de si, también esta vez, tuve yo algo que ver con la elección de un perfil de tecnologías de la información, o por el contrario, me tocó por puro azar y casualidad. Supongo que será por una mezcla entre suerte y preferencia o, quizás, porque me vieron entusiasmado con adquirir más responsabilidad. De cualquier modo, ésta es mi realidad. Soy como Clark Kent y Superman, o pensándolo mejor, como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, ya que no me siento para nada un superhéroe. Ojalá tuviera poderes sobrenaturales, así mi vida sería mucho más fácil en el trabajo, o al menos, mucho más sosegada.

Si es que me quejo de vicio. Mi carga de trabajo no es para nada abrumadora. Lo que pasa es que aún no le tengo pillado el punto. Además, la combinación de mis dos funciones me desborda por momentos, sobre todo, en lo que a informática se refiere. Pero, bueno, poco a poco parece que me las puedo ir apañando, aunque sea con algo de ayuda. En todo caso, no puedo evitar esbozar una sonrisa cuando pienso en ese momento tan placentero de la mañana, en el que acabas de llegar a la oficina, te sirves un café, te acomodas y te pones a comprobar tu correo. Estás tan a gusto sin apenas nada que hacer. Sólo tienes que ponerte al día, revisar las tareas pendientes y… De repente, tu paz y tranquilidad desaparecen. Has recibido un correo electrónico. Lo abres y lees un mensaje críptico que dice: “Se me ha caído el móvil a un charco. Ven enseguida.”

Sudores fríos recorren tu espalda y empiezas a notar cómo te tiemblan las piernas. Temes lo peor y sólo se te vienen a la cabeza pensamientos absurdos. Es que te parece imposible que haya podido caer un móvil en un charco si hace tanto frío que están todos congelados. Sin embargo, te armas de valor y vas a ver qué ha pasado. Pues sí, imposible pero cierto, el móvil se había mojado y estaba para tirar. De pronto, ante tu perplejidad, oyes pronunciar la frase lapidaria: “Soluciónamelo ya.” Das un respingo y te pones lívido como la nieve que ves caer a través de la ventana. Remueves toda la oficina de arriba a abajo sin encontrar un móvil operativo, preguntas a tus compañeros de trabajo y, al parecer, consigues que alguien traiga uno al día siguiente. Informas de la buena noticia y respiras aliviado.

Sin embargo, tu felicidad no dura mucho tiempo, ya que al día siguiente el móvil de sustitución resulta ser incompatible con la tarjeta SIM del móvil encharcado, así que te mandan ir a comprar uno nuevo. Tras perderte y encontrarte, preguntar, dudar e, incluso, regatear, vuelves a la oficina con las manos vacías. Pero justamente en el instante en que has perdido toda esperanza es cuando alguien te dice por la espalda: “¿Un móvil? Yo tengo uno en mi mesa. No me acordaba…” En ese momento, experimentas sentimientos de alegría y desconcierto, paz y violencia, pero acabas sonriendo y agradeciendo la ayuda ofrecida. Una vez que tienes el nuevo aparato en tus manos, compruebas su compatibilidad y esta vez, aparentemente, sí que funciona. Lo entregas contento y, por fin, te desentiendes del asunto del móvil y el charco.

Pues eso, que la vida en un nuevo país no es sencilla. Además del día a día, a veces te toca lidiar con problemas imprevistos que te parecen surrealistas, pero ya lo dicen los franceses, o siendo más políticamente correcto, los francófonos: “C’est la vie !“, así que sólo me queda resignarme, disfrutar de lo bueno y estar preparado para cuando se cierna sobre mí una nueva tormenta y las calles se llenen de charcos. Antes de venirme a Toronto, y debido a las noticias poco alentadoras en relación con la ola de frío que asolaba la ciudad, pensaba que el único charco que saltaría en un tiempo sería el Atlántico, que los de la ciudad estarían congelados. Se ve que me equivocaba, puesto que, inesperadamente, ya me ha tocado saltar otro. ¡Me alegro de que esta vez no me haya mojado!

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