El diario de Ana Frank, la lámpara de Aladdín y el chicle de fresa

Al viajar es mejor ir ligero de equipaje. O al menos, eso es lo que dice el dicho. Y exactamente es lo que me propuse antes de coger el avión hacia Toronto. Sin embargo, uno puede fácilmente subestimar aquello que desea llevarse consigo para un periodo amplio de tiempo, como es mi estancia en Canadá. Después de plantearme la idea remota de que mi ropa se multiplicaba al entrar en contacto con el agua cual gremlin, tuve que lidiar con el gran dilema al que todos (y también, todas) nos hemos enfrentado alguna vez: ¿Qué me llevo y qué me dejo?

Aunque parezca una nimiedad, en el fondo, es una ardua decisión, que debe ser bien meditada. Tras haber visto, leído y escuchado las noticias sobre el vórtice ártico que asolaba el norte de EE. UU. (de Canadá apenas se hablaba, con la excepción de la bucólica imagen de las Cataratas del Niágara congeladas), el planteamiento más racional era el de cargar la maleta de ropa de invierno. La verdad es que no resultaba un problema, dado que mis padres me habían provisto, de forma algo exagerada, de todo lo que pudiera necesitar. Pues, ahí estaba yo. En la tesitura de decidir qué formaría parte de mi armario canadiense y qué se quedaría cogiendo polvo en un triste cajón en Madrid. Así pues, llegado el momento, y sobre todo esperando que me entrara lo suficiente en la maleta y que ésta no superara el límite de peso, me tocó tomar una dolorosa decisión: desprenderme de prendas a las que les tenía cariño. Es curioso cómo se puede tener afecto a un jersey o una chaqueta. No obstante, uno de mis propósitos de este año es dejar aquello que me lastre atrás y tomar una actitud más positiva hacia la vida. No es que una camiseta o suéter vayan a implicar un cambio radical, pero por algún lado hay que empezar.

Al final, la maleta se acabó llenando y llenando, hasta que ya no cabía un alfiler. La cerré y recé (en un sentido no religioso) para que, en el aeropuerto, no pesara más del límite permitido. Todos mis temores se desvanecieron cuando el personal de tierra de Lufthansa facturó mi maleta sin apenas importarle cómo era ni cuánto pesaba. Tras disfrutar de un viaje con escala sin preocuparme por ella, en Toronto su carga volvió a afligirme. Lo digo en un sentido literal, ya que parecía como si fuera Atlas con el mundo sobre mis espaldas. Quizás estoy siendo exagerado, pero pesaba un quintal. Del aeropuerto a casa en taxi, y tras hacerme con las llaves, al fin, abrí la puerta del que sería mi nuevo hogar durante una larga temporada.

Francamente, lo primero que pensé fue que tenía muchas cosas. Acto seguido, lo mucho que tendría que limpiar, ordenar y redecorar. Como en ese momento no era persona, preferí acostarme y dejar para el día siguiente el oportuno lema de la Real Academia Española: “Limpia, fija y da esplendor”. Tras la noche, y superado el jet lag, me puse manos a la obra. Es interesante alquilar el piso del becario que sustituyes, que a su vez había remplazado a otro, y así sucesivamente. Interesante porque en el transcurso de los años se van acumulando objetos que te permiten elucubrar sobre la vida que pasaron en ese apartamento.

Debo reconocer que estoy muy agradecido al becario anterior, porque me ha dejado un sinfín de productos que no he tenido que comprar, desde comida hasta cremas faciales. No obstante, también el piso me ha provisto de enseres y objetos cuya utilidad es cuestionable. Me refiero a cosas que dibujan mi nuevo hábitat, pero que no sé realmente qué hacer con ellas. Desde unos patines sobre hielo del 41, cuando calzo 43, pasando por una lámpara de Aladdín de plástico o un póster gigante de Angry Birds. No es que el pequeño bazar chino que es mi casa esté sólo lleno de trastos, también esconde gratas sorpresas. Por ejemplo, la versión en inglés de “El diario de Ana Frank”, propiedad de una Biblioteca pública de Alcobendas. Libro que no me he leído y que me hace ilusión leerlo y que, ahora, gracias a la casualidad, podré hacerlo. También hay otras sorpresas curiosas como es el jabón para lavar los platos. Huele a chicle de fresa Boomer, así que os podréis imaginar lo nostálgico que me pongo cada vez que lo utilizo.

En conclusión, que me vine con poca cosa e hice bien, ya que la casa parece más un todo a 100 que un apartamento. En todo caso, lamento no haber sabido de antemano de todo lo que iba a disponer, ya que habría hecho hueco para cosas que me esperan aletargadas en Madrid. ¡Ay, zapatillas de andar por casa, cómo os echo de menos!

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4 thoughts on “El diario de Ana Frank, la lámpara de Aladdín y el chicle de fresa

  1. Pasado el 14-1-14 ya podemos decir que media enero y estarás bien instalado. Yo que soy escorpio y que mi nº de zodiaco es el 13, creo que nos está nada mal, ¡que lo sumas y da 4 y es un número par!
    Muchas suerte a tus primeros pasos en Toronto y síguenos contando.
    Besos
    Mer

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