El número 13

La vida es una serie de elecciones. Unas pueden ser acertadas y otras, por el contrario, ser un craso error. En todo caso, nunca se está del todo seguro de cuáles te llevarán a buen puerto y cuáles te harán navegar un poco más o, quizás, naufragar. Desde este planteamiento todo parece sencillo, el hombre (y la mujer, para que nadie se sienta excluido) tiene ante sí mismo la posibilidad de marcar su propio destino. Sin embargo, muchas veces tememos reconocer la importancia que tiene la suerte en las decisiones que tomamos. Ya reflexionaba Woody Allen sobre todo esto en Match Point. Si la pelota de tenis golpea en la red, por una fracción de segundo no sabes si vas a perder o ganar. Y así es la vida, una sucesión de elecciones que no sabes por dónde te van a llevar.

Tras esta breve consideración en voz alta, quiero compartir una serie de casualidades que me ocurrieron en el día de ayer. El 10 de enero de 2014 será, sin duda, un día memorable en mi vida. Al menos, a corto plazo, ya que no puedo aún discernir la transcendencia de esta fecha sin conocer las repercusiones de mis actos venideros. Me explico. Ayer, 10 de enero, comenzó el que podría ser el año de mi vida, o la experiencia de mi vida, o la etiqueta que prefiráis. Ayer, hice una elección. Monté a un avión (aunque para ser lo más técnico posible, fueron dos, pero es un dato irrelevante) con rumbo a Toronto.  Era una decisión meditada, estudiada y esperada por verse cumplida. Por lo tanto, no me supuso ningún trauma abandonar mi país y embarcarme en esta nueva aventura. Los viajes cansan y los trámites aeroportuarios agotan. No obstante, las ganas de llegar a tu nueva vida, de ver lo que te espera son siempre más fuertes.

Durante todo el trayecto, ocurrieron un montón de absurdos momentos que me encantará ir explicando línea tras línea, café tras café, cerveza tras cerveza… Pero el que me ocupa hoy es el relacionado con el número 13. Siempre me he considerado una persona bastante supersticiosa. No sé si se debe al haber crecido en un pueblo, a mi paletismo intelectual o a la falta de referencias divinas que necesitan ser suplidas por la cultura pagana y popular. De cualquier modo, las supersticiones son intrínsecas a una sociedad y conforman su propia idiosincrasia. Por ello, quiera o no, me afectan y son inherentes a mí. Al montar en el avión de Madrid a Fráncfort, en donde hicimos la escala para Toronto, nos tocó sentarnos en la fila 14. En realidad, no me había quedado del todo claro si habíamos sido nosotros quienes habíamos seleccionado el asiento o habían sido los de la agencia de viajes, pero en ese momento me daba un poco igual. Al acercarnos a la fila asignada, me percaté de que los asientos pasaban de la fila 12 directamente a la 14, saltándose deliberadamente la fila 13. Me pareció curioso que se optara por eliminar la cifra y se continuara la numeración con normalidad. Pensaba que las empresas serias no tomarían en consideración una absurda superstición, pero me equivocaba. Se ve que a los pasajeros les podría resultar de mal agüero volar  en un lugar con tanta carga cósmica negativa. En todo caso, como soy una persona supersticiosa, lo puedo llegar a entender, por lo que, al final, nos sentamos en la fila décimo tercera del avión, aunque hubiera un número 14 sobre mí, y emprendimos el vuelo.

Todo podría haber acabado ahí y haberse convertido en una anécdota sin más. Pero, al parecer, me volvía a equivocar. Tras perder mi tiempo, paciencia y alegría en el aeropuerto de Toronto, pudimos salir, coger un taxi y dirigirnos a la gran urbe canadiense. La oscuridad, el frío y la nieve no eran la mejor tarjeta de bienvenida, pero ver el skyline de Toronto iluminado con la CN tower imponiéndose por encima del resto de edificios es un espectáculo digno de ver. Una vez en el edificio en donde residiré los próximos meses, y tras haber firmado el contrato y recogido las llaves, nos dispusimos a subir a nuestros respectivos apartamentos. Y fue entonces, cuando el azar y la casualidad se volvieron a cruzar en mi camino, justamente en el ascensor. Como no suelo frecuentar edificios de treinta plantas todos los días, nunca me había parado a pensar en su numeración. Pero, al parecer, los encargados del inmueble sí que son supersticiosos y prefirieron no arriesgarse y saltarse una planta entera, de la 12 a la 14. Curioso, pero cierto. El temor a ser víctimas de la mala suerte resulta ser una preocupación constante en ambas orillas del Atlántico. Quizás, valiese la pena realizar un estudio sociológico.

En suma, el azar está ahí y no se puede negar. Quien quiera tentar a la suerte que lo haga, a mí, por ahora, me va muy bien con mis supersticiones y cuentos. Espero que todo siga yendo igual de bien en el nuevo trabajo el próximo lunes 13.

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